jueves, 14 de mayo de 2009

NUNCA ES TARDE PARA ENAMORARSE (2009), de Joel Hopkins

La vida es un paseo en el que hay que prescindir de las cosas que sobran. Cuando la soledad es el ahogo, cuando el trabajo es un impedimento, cuando lo que te ata es más fuerte que lo que te espera, es cuando hay que buscar las notas adecuadas para una melodía más intensa que los compases impuestos por los vaivenes de unas corcheas que estuvieron mal escritas desde el principio.
La torpeza puede ser un estorbo que te condena al ostracismo y el miedo a perder no es más que una excusa para la inmovilidad. Entonces, de repente, dos frases oportunas, una sonrisa acogedora, una conexión inesperada convierten un ritmo mal llevado en el corazón en un romance compuesto sobre las líneas precisas de un pentagrama de esperanza y comodidad, requisitos para un futuro que se antoja corto e intenso.
En esta película que, sin grandes pretensiones, se deja ver con agrado, podemos asistir cómo un actor de la categoria de Dustin Hoffman nos enseña que con su mirada se habla mucho más que con las palabras. Con ella, con Emma Thompson, se nos permite intuir la irresistible belleza de una madurez atenazada por la vergüenza que no deja de ser el enemigo a batir. Juntos, les acompañamos por unos paseos donde expulsan la frustración que atenaza sus vidas. Con Hoffman, nos emocionamos. Con Thompson, sentimos. Con Hoffman, nos reímos. Con Thompson, nos recreamos. Con Hoffman, participamos. Con Thompson, nos protegemos...Y así, en una coda para el otoño del amor inesperado, entornamos levemente los ojos, dejando escapar algunos resquicios de esa ternura de la que casi nunca solemos echar mano.
El guión y la dirección están a cargo de Joel Hopkins en su segunda película y deja que la cámara sea tan sólo un espectador, un transeúnte que asiste con desenfado a unas pocas conversaciones pilladas al vuelo de un atardecer. Al final, el transeúnte seguirá por su camino, con las manos en los bolsillos y el ruido de las pisadas marcando la clave de sol que domina un lugar donde sólo había una capa de niebla.
La musica es la carabina de sus encuentros, y así un piano se deja arrancar unas notas porque son la meta de lo que él siempre quiso hacer, un libro es el escudo para unas miradas que ella nunca quiere notar y la desesperación de la soledad es lo primero que estos personajes perdidos en una gran ciudad tienen en común. Al principio, incluso el humor es tenso porque sólo piensan que la felicidad es un coto vedado para ellos. Más tarde, la confianza mutua será el impulso para el acercamiento y una mañana de agua y piedra, un beso será la cerradura de una relación que hará que ninguno llegue a tarde a la complicidad que tanto echaron de menos.
Al fondo, Londres, ciudad de colores fríos, bañada por las aguas del Támesis, intentando imitar la Viena de Antes del amanecer pero dejando que los protagonistas se enamoren en un feliz crepúsculo de bromas, anécdotas, invitaciones y sensibilidades. Y la urbe se inunda de tráfico de sentimientos, de aceras pisadas diciendo verdades a un extraño, de finales de calle asfaltadas con una decepción que huye ante la proximidad de un mero atisbo de magia esparcida con aires de desencanto.
Nunca es tarde para enamorarse no deja de ser un tratado sobre últimas oportunidades presentadas en dos vidas que confluyen arrastradas por un destino que nunca les ha querido. Y una suave sonrisa se esboza cuando vemos a dos actores que son capaces de darnos mucho con un gesto, con sus ojos, con unos ademanes, con sus estilos tan opuestos y, sin embargo, tan encajados. Algo que quizá nunca podrá regalarnos el tiempo, empeñado en encerrarnos como una flor en un libro, como una música nunca interpretada, como un sentimiento que parecía ya olvidado en las arrugas de la amarga experiencia.

miércoles, 13 de mayo de 2009

EL EXTRAÑO (1946), de Orson Welles

Quizá Orson Welles no sea el mejor director de la historia del cine, pero sí es uno de los más fascinantes. Y en esta ocasión lo que tenemos es un encargo que intentó solventar con la mejor disposición y sin renunciar a sus premisas estéticas ni a su obsesión por las relaciones con el poder. En esta ocasión, el poder del terror, de la remota posibilidad de que un nazi se asentara con una vida normal en una pacífica comunidad de los Estados Unidos, llevando una vida respetable y con un cierto prestigio entre sus convecinos. El terror cotidiano. Hablas con él. Lo aceptas como algo natural. Y ni siquiera sabes que existe aunque no deja de estar ahí. En todas partes. En ninguna…
Al fin y al cabo, la caza del zorro en algún bosque perdido puede ser la pista que lleve a la solución. Y Orson Welles sazona toda la historia (en cuyo guión participó activamente John Huston) con unos planos memorables como el de Franz Kindler aserrando la escalera…una luz de mal en el final de los peldaños. O la hipnótica recreación de un reloj, parábola de la exactitud en la que se mueve la perversidad. No hay valores morales, no hay nada que pueda sobreponerse a los ideales equivocados. Siempre serán mucho más fuertes y mucho más fáciles que los que están en el camino de la rectitud. De todas formas “Karl Marx no era alemán…era judío”.
Edward G. Robinson encarna al sabueso de pipa herida que tiene que olisquear la podredumbre en los rincones para poder limpiarla. Tampoco le importan los medios que tiene que utilizar para atrapar a quien tiene su odio y posee su frialdad. La observación del mal es siempre un reflejo de la paciencia de quien sabe esperar si lo que quiere es vencer. Los cebos son condenables. Los ojos del perro de presa están en lo cierto pero no son más que los de alguien que utiliza el tiempo para acabar con lo que amenaza y no debería repetirse nunca más.
Nunca gozó de gran prestigio esta película. Muchos historiadores del cine, mucho más cualificados, no han dudado de catalogarla como un “Welles menor”. Sin embargo, a mí me parece una película que roza peligrosamente la obra maestra. Porque no deja de avisar, con ese estilo absolutamente expresionista que caracteriza a la obra de su director, sobre la falsedad de unas vidas que se dedican a los pasatiempos favoritos de la tranquilidad. El cóctel, las damas, el cotilleo, la cordialidad impuesta por no se sabe qué normas, la admiración por quien es maestro y líder en ciernes de una comunidad tan débil que ni siquiera se da cuenta de que lo es. El peligro está ahí. La propaganda está ahí. Tan fácil como dibujar una svástica en un cuadernillo de un teléfono público. El amor no sirve de nada. Sólo es una tapadera más. Una excusa más. Y Orson Welles nos pone ojo avizor. No siempre quien tiene un título y una pose cultural es el que más confianza nos debe dar. A veces, seres más corrientes pueden ser más especiales. En ocasiones, mujeres más débiles pueden ser más fuertes. Y aún así, en las cloacas de donde reina la paz y la armonía, puede moverse la bestia que devore todo y comience a canalizar el exterminio de lo que nos hace seres humanos.
Yo sé que Orson Welles nunca será un extraño para quien sabe bucear en el bombardeo de su imagen y en la intrincada selva de todo lo que nos quiere decir.

martes, 12 de mayo de 2009

INFIELMENTE TUYO (1948), de Preston Sturges

 Esta es una de esas comedias negras que hurgan con batuta en el pensamiento desbocado. Sí, hombre, aquel que hace que pensemos en un momento dado en algo absurdo…por ejemplo…no sé…que nuestra mujer, en estos instantes, está con otro hombre. Y no sólo eso, sino que está con otro hombre más joven. Y además, es un hombre más joven de razonable éxito con un futuro brillante por delante. Y por si fuera poco, la está invitando a cenar mientras nosotros estamos en plena faena laboral. Y encima…
Pues eso. Eso es la película. Es divertida. Es fresca. Es ingeniosa. Es descacharrante en ocasiones. Es Preston Sturges, uno de esos directores que con una comedia en las manos era capaz de regalar un pedazo de vida vista con una mirada irónica y vivaz. Fue un extraordinario guionista y un director de extraordinaria sutilidad. Y con una filmografía corta nos dio una serie de títulos inolvidables como éste que nos ocupa El gran McGinty, Los viajes de Sullivan, Las tres noches de Eva o Un marido rico, todas ellas comedias de enorme clase, que, al mismo tiempo que nos dibujaban una amplia sonrisa en la cara, también nos clavaban un par de dardos bien puestos en nuestra conciencia.
En esta ocasión, Sturges contó con el talento de Rex Harrison y en él descansa la piedra angular de toda la película. Harrison es el centro y el extremo. Es lo agudo y lo grave. Es lo sutil y lo evidente. Es el sueño y es la realidad. Y sin duda, con su excepcional trabajo, consigue dar un par de buenas bofetadas a nuestro infantil ego masculino al que deberíamos poner ya pantalones largos.
Así, mientras la sinfonía de nuestros esfuerzos va avanzando compás tras compás, entramos en una irremediable delicia de melodía vital que va llenando nuestros gestos de sonrisas, carcajadas, alegrías amontonadas mientras asistimos a las tribulaciones de un hombre en clave de mi. Mi, yo, ego…
Entre medias de la representación, nos pedirán la colaboración con unos cuantos golpes de batuta en el atril. Estén bien atentos, Aclaren las gargantas. Las carcajadas deben ser límpidas, cristalinas e impecables. En el momento preciso. Esperen la señal y la mirada para su entrada. Aquí el que se equivoca…pierde. En la dinámica de la partitura está expresada la hilaridad que deben poner a su intervención. Es puro clasicismo en el cine. La risa nunca es vulgar. Y aquí tienen la oportunidad que siempre han estado esperando para dar rienda suelta a su talento para reír. Ya me contarán si el sentido del humor que nos propone el genial Preston Sturges es lo suficientemente elegante. Yo ya me estoy poniendo el chaqué…

viernes, 8 de mayo de 2009

CAMINO A LA PERDICIÓN (2002), de Sam Mendes


“Cuando me preguntan sobre Michael Sullivan, sobre si era un hombre bueno o no tenía ni pizca de bondad en su corazón, yo siempre contesto lo mismo…Era mi padre”.
Así termina el camino a la perdición que intenta sortear para su hijo un asesino despiadado, que no pestañea a la hora de apretar el gatillo pero que entrega su vida a cambio de que el chico no tenga que iniciar el mismo camino que le llevó a convertirse en un hombre sin más alma que todo el amor que esconde bajo su impasible capa de crueldad calculada. Serán seis semanas en las que el padre intentará recuperar la estima del hombre que le crió como si fuera su propio hijo (impresionante ese Paul Newman que articula su despedida ante las cámaras oscilando sabiamente entre el cariño, la frustración, la ira y el dolor) y que acabará ejecutando una venganza reservada para aquellos que ya no tienen nada que perder y mucho que ganar si consigue la libertad para lo único que le queda en ese mundo de violencia brutal que es el mismo infierno.
Sumidos en una lluvia que encharca el fuego que escupe una ametralladora parapetada en la oscuridad, asistimos a la impresionante escena en la que Sullivan asesina a todos los sicarios de su padre adoptivo para acabar, al final, con él, convirtiéndose en el único instante en que el asesino profesional, la bestia desatada, esboza un gesto de sufrimiento. El matón tiene que asesinar su pasado para que el hijo pueda disponer de un futuro. Y lo hace porque debe hacerlo, porque, por encima de su innombrable profesión, es padre y no hay disparos que puedan con eso.
Detrás de él, encargado de eliminarle, va un hombre que gusta de retratar a la muerte, un fotógrafo del pánico que, después de matar, quiere recoger los primeros instantes de sus víctimas en esa vida llamada muerte. Es una marioneta que parece moverse impulsada por los hilos del horror. De hecho, cuando dé la espalda a su cámara, esos hilos se cortan y cae inanimado como un títere sin mano, como un muñeco roto que ya no sirve, que sobra, que tiene su cara salpicada con las heridas de un juguete al que se golpea con furia porque es completamente inútil.
Esta es una de esas películas que, quizá, no fueron suficientemente valoradas en su momento, tal vez amenazada por la cercana sombra de la ópera prima de su director, Sam Mendes, y que fue “American Beauty”. Pero, si dejamos que los años treinta nos golpeen en las entrañas, encontramos interpretaciones soberbias de Tom Hanks, de Paul Newman, de Jude Law y de Daniel Craig, todos ellos sumergidos en una fotografía magistral de Conrad Hall y en un montaje conciso y brillante de Jill Bilcock. Es justo lo que necesitaba cualquier camino que tiene su fin en la misma orilla de un mar abierto que evita que un niño…un niño que sólo quiere ser amado por su padre, termine en la perdición que se contagia cuando la sangre brota sin ninguna piedad.

miércoles, 6 de mayo de 2009

SICKO (2007), de Michael Moore


Debo reconocer que Michael Moore llegó a impresionarme con aquel documental que le hizo ganar un Oscar titulado Bowling for Columbine y que describía, con astuta jugada final incluida, lo fácil que era convertirse en un asesino en una sociedad enferma que creía que al demonio de las armas se le combatía con un rifle que regalan con el ticket de compra de un simple supermercado. Más tarde me conmocionó con Fahrenheit 9/11, una información algo sesgada ideológicamente pero que contenía grandes cantidades de buen cine derivadas del 11-S.
En esta ocasión, Moore me hace ir de la incredulidad a la emoción pasando por una dulce sonrisa de ingenuidad al presentar a esa misma sociedad enferma que ha puesto la sanidad pública en manos absolutamente privadas. En ese momento en que el capitalismo pasa a ser un servicio de todos es cuando la salud importa un pimiento, el negocio crece hasta límites insospechados y la reducción al absurdo es una fórmula matemática tan simple como “si no pagas, muérete”.
Nuevamente, Moore nos asombra con la descripción de una sanidad para los doscientos cincuenta millones de estadounidenses que pueden permitirse un seguro privado que pagan, en muchas ocasiones, a cambio de ninguna prestación. ¿Usted está enfermo? Tenga cuidado, si padeció la más leve gripe cuando tenía seis años, el seguro se negará a sufragar sus gastos médicos. ¿Usted necesita una medicación habitual en su tercera edad? Como viva en Estados Unidos va a tener que trabajar hasta los ochenta años (algo que está permitido) para poder sufragar los astronómicos precios que imponen las industrias farmacéuticas. ¿Usted lleva a su hija de dieciocho meses con cuarenta de fiebre a un hospital que no pertenece al seguro que tiene suscrito? Patada donde la espalda pierde su honroso nombre y búsquese el lugar adecuado, aquí no queremos peligros públicos. Y Moore, con su habitual habilidad, nos regala unos minutos de extraordinario cine cuando nos cuenta, metido en las esferas del poder, quién ideó este extravagante, cínico e inútil sistema sólo para enriquecer a los de siempre; y en contraportada, nos sirve un ambicioso plan de reforma de la sanidad pública ideado por cierta primera dama que hoy presta sus servicios como Secretaria de Estado. Ese innovador plan incomoda tanto, que hace funcionar la maquinaria propagandística contra una medicina que, ya de primeras, ellos llaman “socializada” y termina con ciertas sumas de dinero bastante obscenas.
La ingenuidad de Moore, por otro lado, pasa por la comparación con sistemas de protección social muy avanzados, como son los de Gran Bretaña y Francia (donde, recién parida, el Estado te envía una puericultora a casa para hacerse cargo de tu hijo ocho horas por semana para que te puedas dedicar a tu rutina habitual) y cree que eso es la perfección suma, como si esa fuera la panacea para los problemas estadounidenses. Nada de listas de espera, no se pagan impuestos...total, un médico de atención primaria de la pérfida Albión sólo gana 200.000 dólares al mes...
El colmo del rizo es cuando, fiel a su costumbre de dar un golpe genial al final de la película, se lleva a unos cuantos enfermos a Cuba para reclamar asistencia médica gratuita porque los presos de Guantánamo también la tienen, siempre según el mágico mundo de colores de la Administración Bush. Aún así y todo, Moore nos habla con el corazón en la mano y saca a relucir una afilada ironía para, al final, dejar una puerta abierta a la esperanza...Lástima que la salud no viva de ella. Y no lo olviden. Coman verduras, fruta, salgan a pasear y busquen por internet la página donde se les facilita el matrimonio con un canadiense para poder disfrutar de su seguridad social pluscuamperfecta.

LA BALADA DE CABLE HOGUE (1970), de Sam Peckinpah


Tal vez encontrar agua en el desierto sea como hallar un sueño en la vida. En el árido erial de la nada se puede ver pasar el final de una época que, sin darte cuenta, ha pasado por encima de ti diciéndote adiós. La alegría de vivir queda enterrada en la novedad del olor a gasolina y así amar se queda en una simple broma y la aventura, la verdadera aventura, es no dejarse arrollar por el avance de unos tiempos que ni te mirarán al pasar. Al final, la historia será una balada y la ensoñación te llevará tan lejos que creerás haber vivido…cuando lo que realmente has hecho es morir lentamente…
Atípica película en la filmografía de Sam Peckinpah que cuenta con un trabajo fuera de serie de Jason Robards, La balada de Cable Hogue se presenta como un ejercicio de estilo que se aleja de lo habitual en su director pero que ahonda en su temática crepuscular en donde se arrincona a seres que perdieron su destino igual que el tiempo se extravía en algun lugar de una vida sin mucho sitio. Aquí no hay tomas en cámara lenta, ni violencia desbocada, ni héroes en contra de la corriente. La cámara lenta la impone la misma historia y Peckinpah coquetea con la comedia más amarga que, en algunos momentos se convierte en la amargura más cómica sin dejar de pasar por lo grotesco con oportunas paradas en la espiritualidad, en el romance, en la locura, en el final... Y aún así consigue que la sonrisa se nos quede helada en la boca con estalactitas de arena colgando de nuestros colmillos. Para remate final, la llegada inevitable del destino no registrado quedará como la herida abrasadora y sedienta de algo que debió ocurrir pero que nunca pasó.
Y es que quizá somos los que soñamos y no lo que hacemos. Somos los que sentimos y no lo que construimos. Somos polvo entre el polvo y no lo que queremos ser. El sol juzgará, y sin duda, ahí mismo, apoltronados en el sofá, armados con un mando a distancia que busca agua para la visión y que será gozosa para quienes la encuentren, ustedes también lo harán. Y en esta ocasión, el veredicto será difícil porque está película no es un western aunque ocurra en esa época y deberán entrar en un alto en el camino para beber un trago del agua que les sirvan y algunos no podrán. Si es así, cojan el coche y váyanse a dar una vuelta por ese desierto de asfalto que nosotros mismos hemos creado. Quizá encuentren una balada que quiera ser soñada y escuchada…

martes, 5 de mayo de 2009

UN EXTRAÑO EN MI VIDA (1960), de Richard Quine


Él es un hombre de éxito. Ha ascendido por peldaños de hormigón hasta la cima. Crea cada vez que tiene que construir. Quiere a su mujer pero ella sólo está interesada en que él mantenga su posición de triunfo. Sólo finge escuchar y las apariencias son importantes. Él desea alguien que le acompañe en sus alturas, que tenga interés en sus innovaciones arquitectónicas. Construir, para él, es sinónimo de amar.
Ella es una mujer de fracaso. Se casó con su apuesto marido para escapar de un hogar que quedó destrozado por una infidelidad de su madre. Quiere ser apoyo y no algo bonito que pasear y enseñar. Tiene que conseguirlo porque se sabe atractiva, con mucho amor para dar. Ella no recibe y, cada día, su casa parece que es una prisión que estrecha sus paredes para condenarla a la mediocridad de la mujer que asiente y calla, que obedece y pierde, que siempre da la vuelta porque tiene miedo a salir del mismo sitio en el que le ha confinado la rutina de su falso bienestar.
Ellos son una pareja furtiva. Él, en el mismo momento en que la ve, apenas puede sujetar su inspiración. Ella tarda en decidirse pero, cuando lo hace, es incapaz de controlarse aunque sabe, igual que él, que todo lo que tiene un principio, tiene un final. Y en ese terminar, ella sabe que en las paredes que él ha levantado hay cimientos de pasión. Cuando la construcción de la casa acaba, la despedida se hace inevitable pero, al igual que la casa, el amor permanece, se queda ahí, siempre alzado sobre el barranco de la incomprensión de las reglas moralmente establecidas, del cinismo oportunista de quien se quiere aprovechar y, sobre todo, de una separación que no derrama lágrimas pero que desparrama sueños que parecen hechos de madera y recuerdo. La casa estará allá arriba, en la colina, donde él amó tanto que pudo crear.
Richard Quine, un hombre que se movía con mayor soltura en la comedia que en el drama, dirigió con maestría esta historia de amor que pisaba con fuerza en los irreprochables parterres de los vecindarios perfectos, allí donde el barro encenaga las vidas que se desbordan hacia la infamia. Y en algún rincón del cine nos diseñó una casa rodeada de un foso en el que se quedaron fuera las esquirlas que los demás van dejando, como huellas de una frustración quemada en alguna reunión social que no sirve de nada, como signos de una decepción que nadie se complace en mostrar salvo para mantener la vida fingida, la vida actuada, la vida derribada. Y derribar es lo contrario de construir, lo contrario de amar.