La vida es un paseo en el que hay que prescindir de las cosas que sobran. Cuando la soledad es el ahogo, cuando el trabajo es un impedimento, cuando lo que te ata es más fuerte que lo que te espera, es cuando hay que buscar las notas adecuadas para una melodía más intensa que los compases impuestos por los vaivenes de unas corcheas que estuvieron mal escritas desde el principio.
La torpeza puede ser un estorbo que te condena al ostracismo y el miedo a perder no es más que una excusa para la inmovilidad. Entonces, de repente, dos frases oportunas, una sonrisa acogedora, una conexión inesperada convierten un ritmo mal llevado en el corazón en un romance compuesto sobre las líneas precisas de un pentagrama de esperanza y comodidad, requisitos para un futuro que se antoja corto e intenso.
En esta película que, sin grandes pretensiones, se deja ver con agrado, podemos asistir cómo un actor de la categoria de Dustin Hoffman nos enseña que con su mirada se habla mucho más que con las palabras. Con ella, con Emma Thompson, se nos permite intuir la irresistible belleza de una madurez atenazada por la vergüenza que no deja de ser el enemigo a batir. Juntos, les acompañamos por unos paseos donde expulsan la frustración que atenaza sus vidas. Con Hoffman, nos emocionamos. Con Thompson, sentimos. Con Hoffman, nos reímos. Con Thompson, nos recreamos. Con Hoffman, participamos. Con Thompson, nos protegemos...Y así, en una coda para el otoño del amor inesperado, entornamos levemente los ojos, dejando escapar algunos resquicios de esa ternura de la que casi nunca solemos echar mano.
El guión y la dirección están a cargo de Joel Hopkins en su segunda película y deja que la cámara sea tan sólo un espectador, un transeúnte que asiste con desenfado a unas pocas conversaciones pilladas al vuelo de un atardecer. Al final, el transeúnte seguirá por su camino, con las manos en los bolsillos y el ruido de las pisadas marcando la clave de sol que domina un lugar donde sólo había una capa de niebla.
La musica es la carabina de sus encuentros, y así un piano se deja arrancar unas notas porque son la meta de lo que él siempre quiso hacer, un libro es el escudo para unas miradas que ella nunca quiere notar y la desesperación de la soledad es lo primero que estos personajes perdidos en una gran ciudad tienen en común. Al principio, incluso el humor es tenso porque sólo piensan que la felicidad es un coto vedado para ellos. Más tarde, la confianza mutua será el impulso para el acercamiento y una mañana de agua y piedra, un beso será la cerradura de una relación que hará que ninguno llegue a tarde a la complicidad que tanto echaron de menos.
Al fondo, Londres, ciudad de colores fríos, bañada por las aguas del Támesis, intentando imitar la Viena de Antes del amanecer pero dejando que los protagonistas se enamoren en un feliz crepúsculo de bromas, anécdotas, invitaciones y sensibilidades. Y la urbe se inunda de tráfico de sentimientos, de aceras pisadas diciendo verdades a un extraño, de finales de calle asfaltadas con una decepción que huye ante la proximidad de un mero atisbo de magia esparcida con aires de desencanto.
Nunca es tarde para enamorarse no deja de ser un tratado sobre últimas oportunidades presentadas en dos vidas que confluyen arrastradas por un destino que nunca les ha querido. Y una suave sonrisa se esboza cuando vemos a dos actores que son capaces de darnos mucho con un gesto, con sus ojos, con unos ademanes, con sus estilos tan opuestos y, sin embargo, tan encajados. Algo que quizá nunca podrá regalarnos el tiempo, empeñado en encerrarnos como una flor en un libro, como una música nunca interpretada, como un sentimiento que parecía ya olvidado en las arrugas de la amarga experiencia.
En esta película que, sin grandes pretensiones, se deja ver con agrado, podemos asistir cómo un actor de la categoria de Dustin Hoffman nos enseña que con su mirada se habla mucho más que con las palabras. Con ella, con Emma Thompson, se nos permite intuir la irresistible belleza de una madurez atenazada por la vergüenza que no deja de ser el enemigo a batir. Juntos, les acompañamos por unos paseos donde expulsan la frustración que atenaza sus vidas. Con Hoffman, nos emocionamos. Con Thompson, sentimos. Con Hoffman, nos reímos. Con Thompson, nos recreamos. Con Hoffman, participamos. Con Thompson, nos protegemos...Y así, en una coda para el otoño del amor inesperado, entornamos levemente los ojos, dejando escapar algunos resquicios de esa ternura de la que casi nunca solemos echar mano.
El guión y la dirección están a cargo de Joel Hopkins en su segunda película y deja que la cámara sea tan sólo un espectador, un transeúnte que asiste con desenfado a unas pocas conversaciones pilladas al vuelo de un atardecer. Al final, el transeúnte seguirá por su camino, con las manos en los bolsillos y el ruido de las pisadas marcando la clave de sol que domina un lugar donde sólo había una capa de niebla.
La musica es la carabina de sus encuentros, y así un piano se deja arrancar unas notas porque son la meta de lo que él siempre quiso hacer, un libro es el escudo para unas miradas que ella nunca quiere notar y la desesperación de la soledad es lo primero que estos personajes perdidos en una gran ciudad tienen en común. Al principio, incluso el humor es tenso porque sólo piensan que la felicidad es un coto vedado para ellos. Más tarde, la confianza mutua será el impulso para el acercamiento y una mañana de agua y piedra, un beso será la cerradura de una relación que hará que ninguno llegue a tarde a la complicidad que tanto echaron de menos.
Al fondo, Londres, ciudad de colores fríos, bañada por las aguas del Támesis, intentando imitar la Viena de Antes del amanecer pero dejando que los protagonistas se enamoren en un feliz crepúsculo de bromas, anécdotas, invitaciones y sensibilidades. Y la urbe se inunda de tráfico de sentimientos, de aceras pisadas diciendo verdades a un extraño, de finales de calle asfaltadas con una decepción que huye ante la proximidad de un mero atisbo de magia esparcida con aires de desencanto.
Nunca es tarde para enamorarse no deja de ser un tratado sobre últimas oportunidades presentadas en dos vidas que confluyen arrastradas por un destino que nunca les ha querido. Y una suave sonrisa se esboza cuando vemos a dos actores que son capaces de darnos mucho con un gesto, con sus ojos, con unos ademanes, con sus estilos tan opuestos y, sin embargo, tan encajados. Algo que quizá nunca podrá regalarnos el tiempo, empeñado en encerrarnos como una flor en un libro, como una música nunca interpretada, como un sentimiento que parecía ya olvidado en las arrugas de la amarga experiencia.
Quizá Orson Welles no sea el mejor director de la historia del cine, pero sí es uno de los más fascinantes. Y en esta ocasión lo que tenemos es un encargo que intentó solventar con la mejor disposición y sin renunciar a sus premisas estéticas ni a su obsesión por las relaciones con el poder. En esta ocasión, el poder del terror, de la remota posibilidad de que un nazi se asentara con una vida normal en una pacífica comunidad de los Estados Unidos, llevando una vida respetable y con un cierto prestigio entre sus convecinos. El terror cotidiano. Hablas con él. Lo aceptas como algo natural. Y ni siquiera sabes que existe aunque no deja de estar ahí. En todas partes. En ninguna…



