Es hora de que hagamos una pequeña y fugaz visita al universo de Mark Twain. Fue ese escritor que salpicó todas sus historias con maderas de ríos, camisetas deshilachadas, costumbrismos eternos y chicos que encontraban rutas mientras buscaban rumbos. Nunca tuvo demasiada suerte en sus sucesivas y muy numerosas adaptaciones al cine porque era difícil dar con ese tono, entre cómico e irónico, que acentuaban sus letras hasta elevarlas a la categoría de maestras. Quizá podríamos salvar la versión de esa historia excepcional que hizo Tay Garnett en 1949 con Bing Crosby en el papel principal titulada Un yanqui en la corte del Rey Arturo (una de sus novelas más divertidas) o aquella trepidante película de aventuras convertida en exhibición de espadachines con un pelo de extravagantes que fue El príncipe y el mendigo, de William Keighley con Errol Flynn dando saltos. En esta ocasión vamos con uno de los personajes a los que el propio Mark Twain tenía más cariño como era Huckleberry Finn, el compañero de andanzas de Tom Sawyer y que ya tuvo una desafortunada versión unos veinte años antes con Mickey Rooney de protagonista. Aquí, nos vamos a encontrar con un Huck Finn medio inventado, con un final completamente distinto al que aparece en la novela, con grandes escenarios como campo de juegos del travieso aunque inteligente protagonista y con un reparto en el que destaca por derecho propio ese gran comediante, de rostro un poco increíble y cercano a la caricatura como Tony Randall.Lo importante de la película es que, más que retratar las aventuras y desventuras del afamado personaje, intenta atrapar el espíritu de esas lecciones morales que Twain sabía colocar con magistral intensidad sin perder nunca de vista la humanidad que todos ellos desprenden. El balance final se inclina hacia un director que estaba ya con un pie en el estribo como Michael Curtiz y que sabía hacia dónde dirigir la cámara e impregnarla de todos los sentimientos que quería sugerir. Y así se consiguen unas cuantas brazadas de diversión, pequeños momentos de orgullo cinematográfico, frases de altura, dichos de sabiduría literaria, palabras que rozan la eternidad. No falta el sentido del humor, tan propio del autor, en manos de Randall y de ese encanto de campeón de boxeo que fue Mickey Shaughnessy. En el fondo, hay una descripción excepcional de lo que fue, entre bromas y chanzas, la juventud de los Estados Unidos.
Así pues estén listos para unas cuantas carcajadas inesperadas, algún que otro momento emotivo, arrebatos contra la esclavitud, movimientos en el sofá de regusto de ver buen cine, injusticias morales que tensan un poco la visión de nuestras vidas (sólo por unos instantes, no se asusten) y sobre todo el enorme y sorpresivo descubrimiento de que ahí, en la mitad izquierda del pecho, lo que late y se mueve, no es un corazón de piedra. Es una estrella que brilla en el cielo de nuestro interior.





