viernes, 11 de junio de 2010

LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN (1960), de Michael Curtiz

Es hora de que hagamos una pequeña y fugaz visita al universo de Mark Twain. Fue ese escritor que salpicó todas sus historias con maderas de ríos, camisetas deshilachadas, costumbrismos eternos y chicos que encontraban rutas mientras buscaban rumbos. Nunca tuvo demasiada suerte en sus sucesivas y muy numerosas adaptaciones al cine porque era difícil dar con ese tono, entre cómico e irónico, que acentuaban sus letras hasta elevarlas a la categoría de maestras. Quizá podríamos salvar la versión de esa historia excepcional que hizo Tay Garnett en 1949 con Bing Crosby en el papel principal titulada Un yanqui en la corte del Rey Arturo (una de sus novelas más divertidas) o aquella trepidante película de aventuras convertida en exhibición de espadachines con un pelo de extravagantes que fue El príncipe y el mendigo, de William Keighley con Errol Flynn dando saltos. En esta ocasión vamos con uno de los personajes a los que el propio Mark Twain tenía más cariño como era Huckleberry Finn, el compañero de andanzas de Tom Sawyer y que ya tuvo una desafortunada versión unos veinte años antes con Mickey Rooney de protagonista. Aquí, nos vamos a encontrar con un Huck Finn medio inventado, con un final completamente distinto al que aparece en la novela, con grandes escenarios como campo de juegos del travieso aunque inteligente protagonista y con un reparto en el que destaca por derecho propio ese gran comediante, de rostro un poco increíble y cercano a la caricatura como Tony Randall.
Lo importante de la película es que, más que retratar las aventuras y desventuras del afamado personaje, intenta atrapar el espíritu de esas lecciones morales que Twain sabía colocar con magistral intensidad sin perder nunca de vista la humanidad que todos ellos desprenden. El balance final se inclina hacia un director que estaba ya con un pie en el estribo como Michael Curtiz y que sabía hacia dónde dirigir la cámara e impregnarla de todos los sentimientos que quería sugerir. Y así se consiguen unas cuantas brazadas de diversión, pequeños momentos de orgullo cinematográfico, frases de altura, dichos de sabiduría literaria, palabras que rozan la eternidad. No falta el sentido del humor, tan propio del autor, en manos de Randall y de ese encanto de campeón de boxeo que fue Mickey Shaughnessy. En el fondo, hay una descripción excepcional de lo que fue, entre bromas y chanzas, la juventud de los Estados Unidos.
Así pues estén listos para unas cuantas carcajadas inesperadas, algún que otro momento emotivo, arrebatos contra la esclavitud, movimientos en el sofá de regusto de ver buen cine, injusticias morales que tensan un poco la visión de nuestras vidas (sólo por unos instantes, no se asusten) y sobre todo el enorme y sorpresivo descubrimiento de que ahí, en la mitad izquierda del pecho, lo que late y se mueve, no es un corazón de piedra. Es una estrella que brilla en el cielo de nuestro interior.

jueves, 10 de junio de 2010

MAMUT (2010), de Lukas Moodyson


La vida es ese jugador de ajedrez que no tiene la menor idea de cómo se mueven las fichas y hace que la lógica se convierta en un caos y que las vidas que deberían tener una misión y un destino estén extrañamente desencajadas por la propia naturaleza del hombre. Existir hoy en día es querer creer que el éxito está en lo que se hace y no en lo que se debe hacer.
El gran problema de toda esta historia es que su director, el sueco Lukas Moodyson, se queda a medias en todos sus intentos. Quiere ser descarnado y se conforma con ser encarnado. Quiere ser incisivo y no pasa de ser vivo. Quiere ser descriptivo y se detiene en ser lírico pero sin dejar de ser moderno con lo cual ni poesía, ni rima. En realidad, esta película no es nada, entre otras cosas, porque se dedica a enseñarnos las vidas de unos personajes cuyos problemas y ansiedades nos tocan muy de lejos. Como un genio de la informática que se desplaza a Thailandia para un viaje de trabajo que se prolonga por las negociaciones de no se sabe muy bien qué y lo único que se necesita es su firma. O una médico que se implica emocionalmente con un niño que ha sido cruelmente maltratado por su madre mientras en casa es incapaz de prestar la atención debida a su hija. O una emigrante filipina que cuida niños ajenos en los Estados Unidos mientras los suyos viven al borde de la miseria en su país natal. Vidas desencajadas que luchan con denuedo para tener un instante, sólo unos minutos, de coherencia. Cuando lo consiguen, el resultado no puede ser otro que el descoloque para otras cinco vidas que rodean a los protagonistas.
Y así, la película navega durante dos horas en las aguas a la espera de la aparición de la espuma, pero no. No pasa nada. Es sólo atrapar un segmento de unas personas con unos problemas que podrían haber sido otros. El director sueco que dirige todo el tinglado nos lo quiere vender como si fuera marfil en pluma y, en los muchos momentos de vacío, nos damos cuenta de que no es otra cosa más que un bolígrafo en plástico.
Eso sí, el tipo quiere ser muy trascendente, tiene unas ganas enormes de llegar aunque se queda a soplidos derrengados en su narrativa, tedioso en su muestrario y harto reiterativo en sus mensajes. En cuanto a las interpretaciones Gael García Bernal se comporta como un adolescente de ordenador en garaje y que ha encontrado la piedra filosofal por casualidad; Michelle Williams sufre mucho y duerme poco; Marife Necesito es la más contenida y la que más destaca cuando se deja desbordar por el siempre delicado abismo de la frustración y la distancia; y el ilustre secundario que, por lo general, ha sido Tom McCarthy es el tópico retrato de un bobo de corbata y status que abunda en muchas direcciones ejecutivas. Lo demás es algo que ya está muy visto, que hemos degustado incontables veces y que convierten a la película en algo vulgar y moroso y sin interés y removido de butaca sin agitar ni una neurona y...
El caso es que todo el conjunto llega a ser irritante cuando los personajes van cayendo en estupideces que parecen advertidas de antemano porque, como no ocurre nada, todo es más previsible que un reloj. Es volver una y otra vez sobre las desgracias de unas vidas que ponen en evidencia que el suceso profesional es un precio demasiado alto para dejar de asistir al impresionante espectáculo que supone ver crecer a tus hijos. Pero para decirnos eso no hace falta hacer ninguna película. Más bien supone que dejemos de hacerlas para poner los pies en el suelo y escribir con el marfil en la pluma todos esos retazos de cariño que dejamos como rastro de que somos aún más pequeños cuanta más fortuna nos sonríe. Y ésa es la auténtica partida de ajedrez, la genuina burla al estilo de vida que tanto sin sentido luce y que hemos moldeado a medida de nuestra propia vanidad que, además, suele ser del tamaño de un mamut.

miércoles, 9 de junio de 2010

CINTIA (1958), de Melville Shavelson


Una casa flotante en medio de un río es la semilla para que unos seres de cariño desperdigado comiencen a sentir el significado de lo que es una familia. Tal vez porque falte un toque de encanto en mujer, tal vez porque un hombre sabe cuál es su rumbo a seguir porque se resistía a soltar amarras. Aún así, en ese cauce quieto, plácido y expectante se construye un hogar, algo parecido a un principio de vida que no será más que una enseñanza de la felicidad que siempre viene después.
Concebida inicialmente por Betsy Drake, por entonces esposa de Cary Grant, y con la idea de que ella misma interpretase el papel principal, el amor nunca avisa cuando llega y Grant perdió los huesos por Sophia Loren. Ella misma reconoció que “ningún hombre me ha querido tanto como Cary Grant” y, quizá, cuando dos personas enamoradas se ponen delante de la pantalla, hay algo que traspasa la frontera entre espectador y actor y empezamos a sentir que sí, que ahí había química, que había miradas, que había otra historia detrás de la historia. El resultado es una comedia amable, con encanto, muy discreta pero, sin duda, con una complicidad a la que merece la pena asistir. Tanto es así que, a pesar de tener todas las papeletas para convertirse en una comedia romántica superada por los años, ha aguantado la prueba del tiempo con admirable cariño. Y lo necesario para vencer a ese temible enemigo se halla en la pareja protagonista, en sus diálogos al filo de lo divertido, engarzados con la fluidez de un río que nos lleva directamente hacia el descubrimiento del verdadero amor. Por supuesto, la fórmula está más trillada que un campo de girasoles, pero el espectador siempre cae en esa sensación de bienestar que desprenden algunas películas que fueron hechas sin genio, pero con sabiduría; sin excesivo talento, pero con unos buenos centímetros de clase a la medida de cualquiera.
Así que hay que prepararse para unas cuantas ondas de agua originadas por una piedra que, suavemente, cae con ligereza; para una mirada comprensiva hacia las cosas bonitas que tiene la vida (no crean, las tiene, lo que pasa es que no siempre sabemos verlas); para sentirse bien y ladear un poco la cabeza dejando que el corazón sea el guía y que la mente descanse en la popa. Hay Cary Grant para dar y tomar, con ese estilo tan increíble que hizo que todos, alguna vez en la vida, quisiéramos ser como él. Es una personalidad que cautiva con el abrazo de una sonrisa que no se tomaba demasiado en serio. Él es la razón de que el cinismo que siempre está presente en nuestros interiores vaya a tomarse unas cañas al bar e, incluso, vuelva algo borracho. Eso sí, que la emoción esté bien serena porque tampoco se nos va a hacer un nudo en la garganta. Lo que van a sentir es cómo los ojos se entornan levemente, igual que si cayeran a un colchón de nubes y cómo la amargura se acurruca en un rincón para dejar paso a una suave, casi imperceptible, esperanza. Esa es la magia de un momento suspendido en el ocio de nuestros sentimientos.

martes, 8 de junio de 2010

CAMINO DE SANTA FE (1940), de Michael Curtiz


Si bien es cierto que la cotización de Errol Flynn en terrenos de western, si exceptuamos la maravillosa falsedad histórica de Murieron con las botas puestas, de Raoul Walsh, bajaba muchos enteros, no es menos cierto que estamos ante una de esas películas que dejan un cierto regusto a aventura, donde Flynn se movía con mucha más seguridad, gracias, sobre todo, a que detrás de la cámara se hallaba un director del estilo, de la clase y de la elegancia de Michael Curtiz. Todo ello no deja de ser curioso si tenemos en cuenta que Curtiz y Flynn se detestaban mutuamente y que hubiera sido demasiado fácil dejar a Flynn haciendo un triple tirabuzón sin red puesto que su imagen gallarda, de caballero de capa y espada y sonrisa de bribón difícilmente cuadraba con el agua salvaje salpicada por el cabalgar entre los ríos. Sin embargo, aquí Curtiz contaba con un par de ases en la manga que supo utilizar con singular maestría. Uno de ellos fue Raymond Massey que, en su papel de John Brown consigue una interpretación de tal magnitud que unos años después se decidió a hacer una película basada en la vida de este mítico héroe abolicionista norteamericano, que algunos se atrevieron a llamar terrorista, con el título original de Seven angry man, nunca estrenada en España. El otro, por supuesto, más que un as, era una reina que adquiría los rasgos y la sabiduría de una actriz de la talla de Olivia de Havilland.
Como curiosidad habría que decir que, en esta ocasión, se trata de otro retrato bastante figurado de un icono de la historia estadounidense como Jeb Stuart, amigo, entre otros, del general Custer, interpretado curiosamente por Ronald Reagan (mal, como siempre. Yo siempre he dicho que la mejor interpretación que hizo Reagan en su vida fue la última, en la imprescindible Código del hampa, de Don Siegel) que un par de años más tarde dejaría este mismo papel al mismo Errol Flynn.
En fin, que después de todo este galimatías, tenemos que decir que la película, a pesar de su nulo valor como documento histórico, es una entretenida película de ficción con personajes reales, con un final particularmente trepidante en el que suenan las trompetas de un destino que se escribe en el cuaderno pautado del cielo como un grito de libertad que, de forma excitante, te obliga a tomar partido en contra del eterno abuso del hombre contra el hombre, y te empuja a la rima poética de los verdaderos valores que deberían ser supremos en cada uno de nosotros. Así que, sinceramente, ¿qué importa que lo que nos cuente la película no sea verdad? ¿No es el cine un mero entretenimiento? Pues aquí lo hay a puñados.
La ética y la acción se presentan aquí disfrazadas de balas en un tambor de revólver que gira para hacer prevalecer los derechos del hombre de color. Y quizá ese sea el camino de la santa fe al que se refiere el título: decidir qué es lo que conviene a una mirada y cuál de las dos opciones es la que más conviene a una mirada que suplica por ser libre.

viernes, 4 de junio de 2010

LEGIÓN (2010), de Scott Stewart


Ángeles de alas mutiladas para no seguir las órdenes de Dios porque, cansado de que no crean en Él, Él tampoco cree en el hombre así que envía a su ejército para exterminar su creación. Dios es venganza, Dios es impío, Dios es el Diablo que necesita lo que pide pero no pide lo que necesita. Y así hay que cargarse a todo lo que se ponga por delante porque siempre hay un niño que es esperanza aún cuando el de ahí arriba no tiene ninguna.
Y después de ver esta película que roza lo infame, no por lo que trata sino por cómo lo trata, hay que reconocer que hay algunos que también perdemos la fe en el hombre, sobre todo en los que son directores de cine, y comenzamos a creer que el talento fue un instante fugaz de esplendor; que las historias buenas y bien contadas son un mero recuerdo de ingenuo y que ya está bien de tanta tontería.
Además de todo eso, Dios no tiene ninguna personalidad. Primero crea el hombre creyendo en él. Luego ya no cree tanto en su criatura aunque permite su supervivencia. Más tarde, resulta que no, que no vale, que el hombre es una chapuza de criatura y que trae más a cuenta sepultarlo todo bajo las aguas. Después cambia de opinión y dice que bueno, que sí, que tenemos algunas cosas buenas así que creced y desperdigaos. Por último, se cansa un poco de que el hombre sea una veleta que va hacia donde sopla el viento. Para terminar, un arcángel (que debe ser el bueno del cielo porque en la muy superior Ángeles y demonios, de Gregory Widen también era el que nos salvaba a todos, mientras que Gabriel, como en ésta, debe ser el que más guerra da, como el muchacho descarriado que sigue a pie juntillas lo que manda el jefe) le convence de que mientras hay hombre, hay corazón y que la capacidad de sacrificio no es un patrimonio exclusivo de ángeles.
Total, que el arcángel, para demostrarlo, se arma hasta los dientes y cual Schwarzenegger celestial, se lía a tiros que da gusto. Y qué piruetas, oiga. ¿La historia? Y eso qué importa. Probablemente, si este material hubiera caído en manos de alguien como John Carpenter tendríamos una película de serie B más que digna, con mucha socarronería, dos o tres sustillos e incluso hasta alguna coherencia narrativa rozada con el chiste. Pero ya hemos llegado al sin sentido del ocio. Algo así como si Dios nos quisiera matar de aborregamiento y, casi en anagrama, de aburrimiento.
Lo mejor de la película, sin duda, es el trabajo del pobre Paul Bettany que es capaz de aportar algo de intensidad milagrosa a un personaje que tiene menos chicha que una llave. Lo demás, es prescindible. Cuando él no está en pantalla, la cinta muere. Ni efectos especiales, ni niños extraídos del infierno (por cierto, Luzbel no tiene nada que decir en el asunto y creo que debería tener voz y voto y hasta algún perdón), ni simulacros de susto, ni Dennis Quaid intentando hacer lastimosamente de Thomas Mitchell, ni ángeles caídos del cielo. Aquí no hay nada que escarbar. Y algunas tomas de exteriores son de vergüenza, claro que no debe haber muchas localizaciones que tengan el sol del cielo y el color de los campos del Señor pero es que hasta se huele el cartón.
Es el signo de unos tiempos que parecen escondidos bajo las alas de ángeles que nos protegen por la razón de la insistencia. Es la absoluta mediocridad del cine acercándose al declive de la imaginación. En vez de una misión de ángeles, se tambalean un montón de zombis. Y, como siempre, hay una madre a punto de dar a luz al nuevo Mesías. Lo predecible elevado a la originalidad. La nada salpicada de tiros. El argumento olvidado porque contar una historia no es ningún espectáculo. Quizá Dios no tiene personalidad, pero si quiere acabar con la Humanidad, tiene más razón que un Santo.

miércoles, 2 de junio de 2010

ALEJANDRO EL MAGNO (1956), de Robert Rossen


No cabe duda de que una de las carreras más truncadas a causa de la tristemente célebre “caza de brujas” que emprendió el Senador Joseph McCarthy (ya lo dijo el escritor Arthur Miller: “Estados Unidos se comportó como si estuviera al borde de la paranoia roja teniendo el Partido Comunista más pequeño del mundo”) fue la del director Robert Rossen. Hombre de inteligencia refinada, de pensamiento inquieto pero de certera visión, dejó muestra de su buen hacer en la maravillosa Cuerpo y alma, con John Garfield; ganó el Premio de la Academia con El político, radiografía de la podredumbre de las buenas intenciones de un hombre que empieza ayudando a los demás y termina ahogándose en sí mismo y encarnado por un inmenso Broderick Crawford. Luego vino el ostracismo, la cárcel, la inclusión en las listas negras, el exilio, donde rueda ésta biografía retratada desde el lado interior del ser humano que había bajo el nombre de Alejandro el Magno; el regreso a Estados Unidos, donde rueda ese estudio del heroísmo interesantísimo y muy poco conocido titulado Llegaron a Cordura y la realización de su obra maestra El buscavidas; para pasar después a tener que tragar con los caprichos de una estrella como Warren Beatty en el defenestrado retrato de la locura y el egoísmo que es Lilith.
El caso es que aquí Rossen no quiere ser el pintor del mayor de los conquistadores, sino el detallista de uno de los hombres más significativos de la historia. No desea la sangre de la espada, siempre espectacular y con tintes épicos. Quiere ofrecer el carácter y la personalidad que conformaban el espíritu de rebeldía y de superación diaria de un guerrero que un día lloró porque no había más mundos por conquistar. Por ello, Rossen no duda en suprimir batallas importantes, porque le interesa más la lucha en el interior del héroe. Hay algunas secuencias bélicas, sí, pero la verdadera guerra se libra en el diálogo, profundo y muy explicativo, que nos descubre motivaciones y actos, miradas (que Richard Burton clava con singular eficacia) y movimientos y, también, odios y desprecios.
El objetivo que Rossen perseguía no llegó a alcanzarse en su totalidad. Alejandro el Magno no es una película redonda aunque sí está recubierta de una fina capa de inteligencia y tiene un halo de convencimiento que hace de ella una historia que tan sólo quiere ofrecer ese lado que nadie quiere ver cuando se habla de una figura mítica.
Y, por supuesto, haciendo frente a un Richard Burton que ya comenzaba a ser grande, hay un Fredric March que sabía exhibir una envidiable sabiduría en la composición de un personaje. No nos dejemos timar por las relucientes corazas del campo de batalla, eso no es más que oropel para el papiro que refleja la Historia. Adentrémonos en el hombre, en el mito y en la leyenda.

martes, 1 de junio de 2010

A TRAVÉS DEL HURACÁN (1967), de Monte Hellman


Directamente extraído de la factoría de películas de serie B de Roger Corman sale este atípico e infravalorado western dirigido por el aventajado discípulo de aquel, Monte Hellman y escrito por un muchacho que iba camino de convertirse en estrella, un tal Jack Nicholson. Sí, sí, he dicho bien. Él escribió el guión (de hecho, Nicholson intentó la dirección en varias ocasiones y en una de ellas, Two Jakes, lo hizo realmente bien aunque jamás haya sido apreciado ese trabajo al tratarse de la segunda parte de la película-mito que fue Chinatown, de Roman Polanski) y lo hizo de forma destacable, siempre dentro de los parámetros de una película de asumida modestia, de estética minimalista pero que destila un notable interés.
En esta ocasión, el estrecho trabajo desarrollado entre Hellman y Nicholson reduce el género del western a su más abstracta esencia aderezando el conjunto con una subyacente e incómoda tensión que abarca más aspectos de los que parece y con un estilo del que beben algunos cineastas de la más estricta actualidad como Jim Jarmusch. La intención no era otra que la de ofrecer, allá por mediados de los sesenta, una alternativa a los estereotipados westerns que se habían hecho hasta entonces (quizá con la excepción de un muchacho que, poco a poco, iba cayendo en desgracia llamado Sam Peckinpah hasta que ideó esa maravilla llamada Grupo salvaje). Aquí no hay ni rastro de las típicas situaciones que se dan en las aventuras del lejano Oeste. No hay romanticismo, ni buenos chicos batallando contra malvados…ni siquiera hay héroes ni villanos sólo hay seres humanos corrientes que luchan con denuedo contra los elementos para poder sobrevivir. La soledad es el arma que siempre está cargada para abatir a los osados. Y el espectador, removiéndose en su sillón, encontrará que no hay nadie en quien depositar sus simpatías, pero tampoco sus desprecios. Dejará a los personajes solos, con su código de conducta privado y rígido. Y allí, en el ruido del disparo, nos encontraremos que no hay mitos, que no hay fronteras, que la tristeza estaba muy presente en aquel modo de vida que, tal vez, no era más que el paso huracanado de las oportunidades perdidas.
Rodada en apenas 18 días y aprovechando el reparto y los escenarios de la película inmediatamente anterior de Monte Hellman, El tiroteo, la novedad está en la alegoría que nos plantea la historia, con una atmósfera que conspira contra los protagonistas y, desde luego, habrá más de uno y más de dos que, pasados los diez primeros minutos de cinta decidan irse a lavar los platos, planchar la oreja o componer una balada pero habría que apreciar el esfuerzo de unos cuantos locos del cine que intentaron contarnos algo de un modo diferente, casi filosófico, utilizando lo mínimo para alcanzar lo máximo de sus ideas. Es muy extraño, y muy meritorio, comprobar que el existencialismo de Camus y de Sartre podía ser llevado al cine bajo el disfraz ejemplar de una película del Oeste. La verdad…a mí me picaría la curiosidad…aunque el fatalismo me hinque un proyectil y llegue a darme cuenta de que la vida no es más que una travesía a lo largo de un huracán impío.