jueves, 24 de junio de 2010

VILLA AMALIA (2010), de Benoit Jacquot

En el umbral del trauma, una mujer en trance de ruina decide acabar con lo poco de ella que aún sigue en pie. Sin pensar en cómos o porqués, arrasa con todo lo que hace que sea persona Abandona su trabajo. Vende su casa. Se despide de su madre. Olvida lo que deja atrás. Sólo deja un pequeño nudo en forma de un amigo de la infancia y parte en busca de la soledad absoluta con la esperanza de no dar ni un ápice de su tiempo a la vida.
Y es que quiere dejar de existir sin dejar de vivir. Tal vez porque se ha asomado tímidamente al abismo de su propio interior y lo que ha encontrado es el vacío más desolador. No le importa que sus decisiones afecten a los que la rodean. Eso le da exactamente igual. Quiere un lugar donde esconderse, donde ser insignificante, donde pueda confundirse en una mirada indiferente. El precio de la soledad es la dureza del corazón.
En los rasgos de la historia que se quiere contar aparece una actriz como Isabelle Huppert, actriz de incómoda madurez, que es capaz de dotar al personaje de solares de sufrimiento acompañados de una débil luz interior, de una nada en la oscuridad que brilla como la punta de un cigarrillo en la noche. Con ella, deslizamos el abdomen sobre el filo de una navaja cortante, entornamos un poco los ojos por el atractivo que aún posee y sabe transmitirnos la certeza de que la película se va a despedir a la francesa. Más que nada porque muchas de sus reacciones son demasiado cercanas a una locura que coquetea taimadamente con el egoísmo. No hay admiración en esa mujer que decide romper con todo para no hacer nada. Eso no es tan difícil porque lo que realmente tiene valor es volver a levantarse después de una caída.
Además, acompañando a sus extrañas reacciones, nos encontramos con que la profesión de la protagonista es la de intérprete de piano, con melodías asonantes y dodecafónicas cercanas a la estridencia y al sin sentido musical como metáfora de una vida que nunca ha sabido cómo llevar el compás. En el camino hacia una terraza que se adivina inmersa en un paisaje donde el mar y la tierra parece que se besan con la presencia del ardiente sol como carabina, ella tendrá que volver irremediablemente al pasado y enfrentarse con su primer trauma que, por supuesto, nunca llegará a superar. Quizá por eso, dejó de tocar las notas adecuadas y su música se vuelve silencio.
Por lo demás, es una película contada con mucho paisaje que pone nuestra envidia a trabajar y poco argumento que ponga nuestras ideas en orden. No hay más que heridas que se dejan sangrar, descriptivos retratos de hombres a los que no se les ve la cara, paseos por el lesbianismo y por un constante vapuleo a la conducta moral. Cuando se rompe con todo, no se sabe lo que es el aprecio, el apego a las cosas, el cariño hacia los demás. Que la vida te dé, pero no des nada a la vida. Es una ingrata. Siempre te pondrá los cuernos.
Lo que está claro es que, entre tanta pretensión de hacer un retrato en profundidad del alma femenina, lo que le sale al director, Benoit Jaquot, es la abyección cruel y sin remordimiento de una mujer que sólo quiere ser amante de la soledad y nos encontramos ante una película que no es fácil de ver, que no es amable, que no llega, no calma y no toca. Y entonces, en lugar de salir bañados en aires de nuevos comienzos, resultamos empapados de decepcionantes y despreciables finales. Es muy francesa. Es muy autocomplaciente. Es muy Huppert. Es muy volátil. Es la voluntad de romper con la narrativa para encontrar un lugar apartado, en algún rincón de nuestra mirada, siendo presa de la inamovilidad, de la más deprimente soledad vestida de bonitos escenarios. Más vale irse de vacaciones e inundar los pulmones de nuevos sueños.

miércoles, 23 de junio de 2010

EL LADRÓN DEL REY (1955), de Robert Z. Leonard


Estamos ante una de esas historias, llenas de romance y aventura, que sólo podían ocurrir a los soldados de la fortuna. Y es que lo que ocurre a una sola persona es sólo una pieza más del enorme engranaje que puede cambiar el rumbo de una nación. Alguien quiere echar al Rey, un bandido campea por la Corte, una conciencia busca una espada en la que posarse, el que es malo puede ser bueno y los villanos, realmente, siempre son los más refinados.
Sin embargo, por debajo de una trama simple y cuya mayor virtud reside en la sencillez de unos acontecimientos que se siguen sin ninguna dificultad, tenemos un maravilloso ejemplo de un cine que puede ser un principio para los más jóvenes. No hay sangre, ni vísceras, ni cámaras lentas efectistas...hay aventura, duelos a espada, violencia, sí, pero de esas que ocurren con tanta plenitud entre piedras de castillos, entre armaduras de palacios y entre caballeros que no lo son tanto. Hay suspense, una narración nítida como el cristal, brillante como el acero y atrevida como un filo. Y, sobre todo, puede ser un estupendo inicio para que nuestros hijos vean cómo se hacía el mejor cine, ése que ya no se hace, ése que solamente se realizó en una época que podría compararse al Renacimiento en el arte de hacer películas. Yo no me la perdería.
Eso sí, todo es mucho más legendario que histórico. Aquí no hay didáctica de lo que ocurrió, pero sí enseñanza de cómo se debe empezar a ver. Hay actores de primer curso, como el nefasto Edmund Purdom, al que se le condenó después de aparecer en el tremendo fiasco que supuso Sinuhé, el egipcio y que, en esta ocasión, trata de aprovechar sus habilidades esgrimistas para hacer de bribón y de héroe, de villano y de conquistador, de salvador y de condenado. Pero por ahí detrás andan tres nombres de licenciatura como son Ann Blyth (que hizo un soberbio trabajo en aquella maravilla que era Alma en suplicio, de Michael Curtiz), David Niven, estupendo y elegante, como siempre, y con un inquietante toque de ambigüedad para otorgar más dimensión a su enigmático personaje y, sobre todo, George Sanders, el inolvidable crítico de teatro Addison de Witt de Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz y que era capaz de sacar aristas de un personaje plano y de desnudar al más osado de los ásperos. Incluso, casi de modo anecdótico, es necesario mencionar a un jovencito que pasaba por allí y que respondía al nombre de Roger Moore, poseedor de una flema británica que se ajustaba como un guante a la historia y que terminó con un número con licencia para matar.
Detrás de las cámaras uno de esos directores que nunca fue autor pero que hizo películas para no aburrir y que fue responsable de una maravilla visual que ha quedado como precedente del cine musical entendido como gran espectáculo como fue El gran Ziegfeld. Así pues, no, no es una gran película. Es un inicio para saber lo que era eso.

martes, 22 de junio de 2010

CYRANO DE BERGERAC (1950), de Michael Gordon

Quisiera dedicar este artículo a José Saramago, que me hizo ser ciego pero también me hizo ser lúcido.

Si hay algo que defina esta película de principio a fin, además de su poesía en el narrar, su lirismo en el amar y su derrota al acabar, es el nombre de José Ferrer. Él es Cyrano de Bergerac cuando se burla, cuando ríe, cuando llora, cuando ama, cuando se bate y cuando pierde. En sus ojos hay cruces difíciles de llevar, crueldades asumidas, rimas inacabadas, suplantaciones perfectas, gestos gallardos y desafíos que nunca se han sabido muy bien si eran por cuestiones de orgullo o búsquedas de un final que se demoraba en demasía. Detrás de él no hacían falta muchos decorados, porque los sentimientos eran los que formaban escenario para la historia de una derrota teñida de orgullo. Cuestión de narices, dirían algunos. Pisadas fuertes de hombre, dirán otros. Lo cierto es que el amor, para bellezas que sólo se atisban en interiores demasiado humillados, sólo es un sueño volátil y esquivo. El amor, ese suave murmullo de abejas que, con un beso, pone el acento invisible en el verbo amar. Sí, salvo para aquel que ama en silencio y, como tal, no puede tildar lo que desea porque no puede llegar a donde quiere.
Bien es cierto que en las desventuras de un amor no correspondido pero sí vivido, nos movemos entre extrañas bambalinas que son más teatro que cine y se acerca, como una inspirada pluma al papel sobre el que escribe, a las intenciones de Edmond Rostand, autor de la obra. Grandes son los momentos en los que devolvemos insultos en alas de la habilidad en la esgrima de la palabra y en la verborrea de la espada. Entristecidos asistimos a una muerte en mitad de una enorme cruz porque la vida niega lo indispensable al que le dio por derribar los más bellos e inútiles valladares. Todo en pos de un beso, de una ilusión, de un favor egoísta, de un poco de cariño en una vida que se va desperdiciando en desafíos.
La oscuridad se cierne por doquier en derredor del protagonista que, con nariz y espada, se adentra en la nada para salir en brazos de la luna que viene a buscarle como una fiel amada. Y en su mirada, retadora y temible, reluce una estrella de ternura que anhela un roce, una suavidad, una complicidad nunca hallada, un deseo visto de lejos, un sí que late por debajo de un rotundo no. Es Cyrano el que pone las palabras en boca del amado, siendo él la noche y el hado, siendo él victoria pero también humillado.
Es el instante preciso en que el debemos abandonarnos a ese hombre que nunca perdió la ilusión por decir cosas que no están escritas en ningún sitio, salvo en nuestro corazón. Fuera vergüenzas y ridículos. Qué más dan esas mundanas tonterías. Dejemos que la sístole golpee con la fuerza de un duelo. Permitamos que las palabras broten tal y como las sentimos y salgan sin control, detrás de una puerta, sin luz, ni farol. Ellas encontraran por sí solas su destino, su acomodo, su todo y su camino. Nadie es tan deforme que no tenga ni un ápice de hermosura dentro de sus ropajes, que sin parecerlo, tienen buena hechura. Desenvainen el acero y a luchar, a luchar...

viernes, 18 de junio de 2010

EL ASESINATO DE LA HERMANA GEORGE (1968), de Robert Aldrich

Si existe algún precedente para esa obra maestra del lesbianismo más claustrofóbico que es Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, de Rainer Werner Fassbinder, es ésta película de Robert Aldrich que se atrevió, por primera vez en el cine, a mostrar una relación lésbica sin oportunos escondites morales. El resultado es una película espléndidamente interpretada por dos actrices que aman y se arañan entre sí, como Beryl Reid y Susannah York, que cruzan la ternura con el odio con la facilidad con la que se mezcla una bebida alcohólica con un refresco y que conjugan una obra de enorme sensualidad, de una turbación potente y de una relevancia audaz con los aledaños de un universo cerrado y finito, con el fin de una mujer y el principio de otra, con la perdición a la que arrastra un espacio obsesivo que se va transformando en una trampa donde dos bestias se batirán hasta el final.
Eso sí, tampoco hay que dejarse llevar por una película que fue valiente sin parapetos. No es para todos los paladares. Hay que estar acorazado para poder verla y apreciar sin prejuicios la evolución emocional de unos personajes que se mueven entre la destrucción y el deseo, entre la vida y la botella, entre la ida y la vuelta. No es fácil adentrarse en los corazones de dos mujeres que tienen sus almas tan sorprendentemente distantes. En el fondo, el director Robert Aldrich (que se aleja de sus truculencias habituales para adentrarse en los meandros de la crueldad moral) no deja de recurrir a lo grotesco para retratar la historia de alguien que se resbala sin apoyos, que cae al abismo sin red. Hay que armarse de mucho ánimo para poder ver esta película con ojos de cuarta pared de teatro y dejar que, de vez en cuando, salga del televisor un zarpazo que puede hacer sangrar alguna de nuestras convicciones.
La vocación de absorbente es la profesión de una historia que convierte a las muñecas (igual que los maniquíes de la película de Fassbinder) en testigos de lo que podríamos describir como una bajada a los infiernos acompañados de un ángel. Y lo único que sacaremos en claro es un corazón que intentará latir bajo cero. O una frente nublada por la oscuridad. O una leve caída de la comisura de nuestros labios como signo de tristeza, o de incomprensión, o de rincón descubierto, o de esquina velada.
Más allá de las dos protagonistas, hay que destacar la aguda intervención de Coral Browne con su lengua malevolente cercando un mundo que no le pertenece. Y es que ésta es una película, o una obra de teatro, de mujeres que miran hacia adentro y descubren las fieras sedientas de amor que habitan en su interior. Tal vez porque no hay nada tan terrorífico para una mujer como el final del camino. Ni nada tan luminoso como su inicio. Entre medias, habrá risas, llantos, asco, cielos, infiernos, ratoneras, miradas, heridas, celos, envidias, juventudes e histerias. Es vida en un asesinato.

jueves, 17 de junio de 2010

LA ÚLTIMA ESTACIÓN (2009), de Michael Hoffman

El movimiento de desprecio hacia las cosas materiales que ideó León Tolstoi y que comprendía también el amor y la libertad como valores máximos, la resistencia pasiva como forma de protesta, la igualdad detrás de la verdad y el rechazo de la Iglesia, fue pasto de la interpretación errónea del fundamentalismo humanista. Lo que era idea, degeneró en religión mientras las obras del genio aspiraban a ser divulgadas a todos los rincones como un sentimiento de legado para los más pobres.
Toda idea, sin embargo, tiene su contradicción intrínseca y Tolstoi comienza a vivir en sus propias carnes la terrible batalla que se desata entre amor y libertad simplemente porque son conceptos contrapuestos. El amor son ataduras, obligaciones, dulzura regalada, humor cómplice, darse sin esperar nada, esperar sin derrota en la mirada. La libertad significa la capacidad de elegir, de hacer, de comportarse y de buscar lo que más se desea y eso, inevitablemente, siempre es la felicidad. ¡Qué gran choque se produce! La libertad es la felicidad pero nunca se es feliz si no hay amor. Y los mimbres de la creación, de la genialidad, del talento están hechos de trenzas de cariño que te da quien mejor te sabe comprender.
En este permanente enfrentamiento, por fin, encontramos cómo una película se puede elevar hacia categorías extraordinarias cuando dos actores de la sabiduría y encaje de Christopher Plummer y Helen Mirren aparecen en escena. Él sabe conjugar en un rostro de amable vejez y cansada pluma el intento de encontrar el equilibrio vital que le permita morir en paz y, no obstante, sólo consigue un desolador estado de guerra. Ella ilumina la escena con una presencia profunda que destila el saber mirar de una gran dama, la desesperación latente de quien olvidó cómo amar, la ira de permanecer detrás de las páginas cuando gran parte de la tinta inmortal del enorme escritor tiene su piel, su risa, su compañerismo, su vitalidad, su sentimiento de admiración y de soberano deseo de estar junto a quien siempre ha amado. Libertad es Plummer. Amor es Mirren. Y ambos colisionan violentamente porque la idea de amar nunca puede volverse religión.
Entre tanto, caminamos por espacios rusos que huelen a campo y trabajo, por estancias de madera que parecen recoger las virutas de los roces provocados por la actividad de un escritor que quiso ir un poco más allá en su visión de la realidad utilizando una ficción que nunca dejó de ser verdad. La inteligencia como arma y transferida en un papel para que el resto del mundo pueda llegar a librarse de la manipulación continua. Pero siempre habrá alguien que quiera coger el pensamiento del comunicador para reinterpretarlo y hacer que sea olvido de su razón, de su herencia, de su compromiso.
A pesar de algunos errores de planificación del director, Michael Hoffman, la película tiene mucho humor que pule la densidad de los obviados planteamientos literarios de Tolstoi. Más tarde, deriva en un drama sobre dos personas que se aman con tal intensidad que, en su tremendo combate de intereses, aún tienen tiempo para una despedida en calma, para una sonrisa de tranquilidad, para tener esa seguridad de sentirse felices porque han sido amados. Ahí reside, tal vez, el secreto y la unión de dos almas que el tiempo convierte en viejas y que guardan el latido necesario para seguir siendo humanas, para seguir siendo las dos partes de la misma persona, para seguir siendo destinos amarrados con fuerza el uno al otro, primera y última estación, libertad enamorada del amor, bendición y creencia, coherencia y calor, viaje y hogar, vida y agua, papel y escritura, arruga y conciencia, precio y mercancía, ternura y comprensión. Todas estas letras mal juntadas puede que sean las insondables estancias en donde se asienta el genio de un escritor que fue libertad y que tuvo amor.

miércoles, 16 de junio de 2010

CUANDO HIERVE LA SANGRE (1959), de John Sturges


“Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, dijo en plena guerra Winston Churchill. Y a partir de ahí se construyó la historia que da lugar a esta película. Unos pocos se jugaron la vida para que otros pudieran sobrevivir. En las entrañas de estas bobinas de cine, se mueve un reparto que trabaja con soltura y que se convierte en el principal interés más allá de un argumento que, tal vez, no trate de convencer. Ahí tenemos, sin ir más lejos, la lujuria ocultada que despierta Gina Lollobrigida, que construye a base de carne y cintura a una mujer a la que no se puede dejar de mirar bajo cualquier lado y cualquier ángulo. Debajo de la ropa se siente su figura y la tentación se transforma en un arte de maniobras militares. Y, por allí, a su alrededor, el encanto alarga sus brazos para intentar una conquista en forma de guerra.
Por otro lado, Frank Sinatra, la voz que actuaba y lo hacía muy bien. Heroico, tierno, rebelde. Amargo cuando debe serlo. Temeroso de la vida, amigable con la muerte. Coquetea con el infierno porque sabe que se puede medir con el mismo Diablo. La dureza también puede caer en el tobogán de unas curvas que solamente se pueden encontrar en el mismo corazón de la jungla china. Y, por allí, acariciando su uniforme de granito, se hallan las grietas que todo hombre tiene detrás de una mirada que sólo busca una sombra donde descansar.
Un poco más allá, Peter Lawford, ese galán atractivo, limitado y no demasiado serio que, aquí, coge los bártulos de médico desterrado y se convierte en conciencia de quien corre peligro de caerse desbocado por los abismos de la ira. Es el hombre que visitó el cielo para tener la claridad necesaria en el calor del infierno. Y, por allí, sujetando su estetoscopio, siempre hay un poco de humanidad dispuesta a ser hecha prisionera por la crueldad que no deja de repetirse manchando de sangre la bata blanca que nunca lleva...o que nunca se quita.
Steve McQueen, el magnífico bribón que consigue aquí su primer papel de cierta importancia en el cine y al que Sinatra impone porque intuye las posibilidades de un hombre que dispara atractivo como balas de alta temperatura. Leal y rebelde. Promesa y futuro. Es el tipo de acción que secunda al que manda y que no se plantea las órdenes pero piensa sólo en salir vivo de la selva de sudor en la que se ha metido. Y, por allí, con el chasquido de cada bala, está la seguridad de que se dejará la piel, de que todo es lo mismo que nada y de que pronto, muy pronto, será algo más que un simple soldado.
Detrás de las cámaras, un hombre de acción como John Sturges que ya imprimió aquí ese color de sus películas, mezcla justa de polvo y desierto que contrasta con lo exótico de una turbulenta China que no quiere a los extranjeros. Los señores de la guerra están presentados. Siéntense y comprueben que, cuando hierve la sangre, la piel parece teñida de furia.

martes, 15 de junio de 2010

EL CLUB SOCIAL DE CHEYENNE (1970), de Gene Kelly


El ruido de unas nueces al romper su cáscara es el testigo ideal para un cambio de vida inesperado. Es difícil encerrar a quien se ha acostumbrado a tener el cielo como techo en las tristes paredes de la vida alegre. Tal vez porque los límites de la decencia quedan algo difusos después de tanto polvo entre ganado, tantas praderas recorridas y tantos sueños que nunca han existido. De repente, el olor de las vacas se convierte en el suave rastro de un perfume. Las polainas dan paso a la levita bien planchada y limpia. La barba de días es piel de veteranos y la moralidad no puede ser arrojada así como así a los pies de los caballos. Es lo que tienen las herencias. Nunca se sabe si te hacen un favor o te buscan la ruina.
Hay valentías que quedan fuera de toda duda pero las apariencias...ah, las apariencias. Son esas cosas que parece que van pegadas a uno, no importa en qué lugar o de qué manera, pero ahí están. Uno no puede pasar de ser un vaquero con hogar en la aventura a ser un tipo que se cobija bajo un techo agradable con una venta que podría ser un puro reproche. Y encima aún hay cuentas que saldar. Más vale ser prisionero del silencio, poner los ojos de rastreo y esperar a que la seda se desgaste de tanto roce.
Lo cierto es que debajo de la apariencia de un western, aquí se mueve en ropa interior una comedia de comportamientos en las que hay un ganador claro como Henry Fonda, callado, partiendo nueces y siendo un jugador que espera los naipes oportunos. James Stewart pone la voluntad y dirige Gene Kelly en un intento que, más que de risa, es de sonrisa. Por ahí en medio nos encontraremos con enredos de situación, algún que otro disparo consecuencia directa de la casualidad, trenes que se introducen en túneles y rondas por cuenta de la casa. Agradable de ver, curiosa de observar. Justo lo que es el personaje de Fonda. Un cascador de nueces nato.
Y es que no siempre lo que es una institución, en el más amplio sentido de la palabra, es sinónimo de honestidad, ni de limpieza, lo cual levanta alguna simpatía y, desde luego, hay vocación de originalidad en sus planteamientos o, incluso, jirones de charlatanería en sus desarrollos. Lo que está claro es que es un dilema divertido para quien reciba una herencia rentable pero no demasiado tranquila. Y ahí es donde está el punto fuerte de una película que divierte sin pretensión, que destapa falsedades, que desenfunda picardías pero guardando las debidas distancias. Eso sí, entre Fonda y Stewart se levantan complicidades y amistades que traspasan historias y son pequeñas realidades en ficciones de revólver. Son dos tipos que transmiten serenidad en un relato que podría despertar en alguno el deseo de la acción. Y no hace ninguna falta. Basta con transformarse en cliente del club social de Cheyenne, atravesar el umbral de su puerta y dirigirse al dueño para pedir algo bueno, rico y no demasiado caro. Al fin y al cabo, él y su socio son la sal de la tierra y saben que no hay nada más caliente que un buen fuego en una noche plagada de estrellas y coyotes.