miércoles, 14 de septiembre de 2011

LA VÍCTIMA PERFECTA (2010), de Antti Jokkinen

A menudo, buscar la soledad no es más que el principio del miedo. Detrás de una casa que exhibe ventanas como ojos y que se asoma a la ciudad con un aire que bien podría ser tomado como de perplejidad cuando entre sus ladrillos semejantes a las arrugas de la edad, hay un siniestro deseo de cerrar sus puertas y recibir de manera hostil todo lo que pueda ser joven, nuevo, fresco y, peor aún, mujer.
Pero no cualquier mujer, tiene que ser una mujer determinada. Una chica que despierte el deseo inmediato con su altura, con su moral, con su determinación de tirar hacia delante sin el apoyo de ningún hombre. Ellos guardan la herida que ella esconde. Ellos son la rabia y el desquite. Ellos son el desequilibrio que ha sacudido su vida que aspira a una lejana perfección en un aislamiento que, simplemente, tiene que arrinconar en medio de reflejos de su propia imagen, en crujidos de una madera noble recién pulida y que sirve de suelo, de agarradero y también, de apeadero.
Con estos trazados, la película podría haber tenido un interés de cuento urbano, con tintes de terror, con atmósferas de suspense bien atrayentes pero se queda en la caricia de algo que nunca llega a alzar el vuelo y que no es más que una sucesión de tópicos más que manidos, más que sabidos y más que vistos. Y si no, basta preguntar al Barbet Schroeder de Mujer blanca soltera busca…; o al Philip Noyce de Sliver; o, incluso, aunque algo más lejanamente al Gordon Willis que firmó su única obra dirigida bajo el título de Ventanas, pequeña reliquia desconocida que merecería la pena volver a revisar. El caso es que la última moda estadounidense consiste en coger a un director de origen nórdico (en este caso, finlandés) para rodar las historias de misterio que se traen entre manos, quizá con una aspiración ingenua de conseguir tanto éxito como el obtenido por los escritores de esas latitudes que dominan todo el mercado de literatura negra mundial en estos días de desesperanza y calamidad. Pero no tienen por qué ser necesariamente mejores. El tal Antti Jokinnen se equivoca en muchos ángulos aunque acierta en el del gran susto de todo el alquiler, no sabe imprimir tensión, se queda en algo tan educado como los ciudadanos de su país y así es muy difícil sorprender a un público que se queda a medio camino, deseando pasar miedo y teniendo, tan sólo, un poquito de nada.
No cabe duda de que Jokinnen se apoya en el trabajo de Hillary Swank, una chica que huye del cine más netamente comercial como de la peste y de la que merecería la pena rescatar una película que pasó totalmente desapercibida con el título de 11:14 Destino fatal y que aquí se aplica y no convence. Resulta algo más conquistador el deambular de Jeffrey Dean Morgan, más que nada porque este señor se parece en maneras y físico a nuestro Javier Bardem y a Robert Downey Jr., y sorprende la buena salud que aún demuestra el anciano Christopher Lee, con ganas y ánimos de inspirar terror o, cuando menos, desconfianza, recordando aquellos clásicos maravillosos de la Hammer que marcaron época y que tanto se echan de menos tanto por su clase como por su fotografía.
Así que hay que estar preparados para el reflejo que devuelve el espejo, para asistir al trabajo de un director que coarta toda inclinación sexual pero que convierte a su personaje central en una borracha que no hace más que beber vino como si fuera agua, para unos actores que no convencen demasiado, para los sustos de siempre y la originalidad del nunca. Se sabe todo antes de que pase y aún así hay algunas personas que dan botes en la silla cuando aparece lo inesperado. Yo también lo daría si encontrara un apartamento con unas vistas de ensueño, olor a madera vieja y bruñida, aroma a tranquilidad y un metro pasando de vez en cuando por debajo del edificio.

martes, 13 de septiembre de 2011

SOLO ANTE EL PELIGRO (1952), de Fred Zinnemann

Un hombre camina por la calle polvorienta de un pueblo despreciable. Su traje negro contrasta con el blanco de un sol asfixiante. Va armado pero tiene miedo porque está solo. El polvo se adhiere a sus botas como preámbulo de su muerte más que segura, como si la tierra tuviera prisa para cubrir su cuerpo. La cadena de un reloj cuelga de su chaleco advirtiéndole, a cada paso que da, que le queda un segundo menos de vida. Sus pasos se van trazando entre el temor y la inapelable decisión de honradez que ha tomado. Sus ojos, sinceros, escrutan la calle de un lado a otro en busca de un arma que le haga compañía y, también, de la bala que llevará su nombre. Es muy alto y el sol, allá justo en el mediodía, proyecta su sombra oblicua en varias direcciones a la vez, como si se tratara de un fantasma difuminado en su propio estado etéreo, como si comenzara a entrar en la muerte. A la altura del corazón, una estrella que no brilla y que acabará despreciando en un gesto de hombría desprovisto de énfasis.
A su alrededor, una mujer que no entiende que él sea capaz de defender algo que, simplemente ya no es suyo y que ponga en riesgo su propia felicidad por cumplir un supuesto deber moral. Una antigua amante, despechada por su abandono, que en el fondo sigue enamorada de él y que guarda una profunda admiración por su honestidad y su orgullo. Un ayudante que siempre se ha sentido aplastado por su aura de hombre bueno y valiente, más allá de toda consideración, consciente de su deber y que no huye. ¿Por qué no huye? Maldito, Kane. Que se vaya del pueblo y entonces yo tendré mi oportunidad de hacerme valer. Un amigo que piensa que los que vienen traerán más prosperidad al pueblo y que, por tanto, él tendría que irse. Intereses creados. Falsedades humanas. Bajeza moral por el siempre reprochable dinero. Kane, vete o muere.
Fred Zinnemann dirigió esta película con guión de Carl Foreman como metáfora épica sobre el maccarthysmo y el miedo y la indiferencia que se instalaban en Hollywood mientras el fascismo se hacía sitio por su noviazgo con el capital. Y consiguió hacer que Gary Cooper estuviera hundido en su mirada, desesperado en su acción, arado en su rostro tan cercano al miedo cerval. Y así la película se incrustó con enorme coherencia dentro de la filmografía del director, obsesionado con ofrecer retratos de hombres que tenían que enfrentarse a acontecimientos que les sobrepasaban. Al fondo, el triunfo siempre era dudoso. Kane quizá consiga sobrevivir pero algo muere dentro de él. Tal vez la confianza en las personas, o puede que la seguridad en los amigos. Ya no volverá a ser el mismo porque dejó una estrella tirada en la polvorienta calle de Hadleyville como símbolo del desprecio que siente por la gente que prefirió el caos y el desorden como medio para la prosperidad antes que la justicia y la defensa de lo que siempre estuvo a su lado. Y Kane lo estuvo. Cumplió con su deber. Fue ley y fue orden. Fue sinceridad. Fue lo que le pedían que fuera. Y, al final, hace lo que pide su propia integridad. Y no es fácil. Porque está solo.

jueves, 8 de septiembre de 2011

LA PIEL QUE HABITO (2011), de Pedro Almodóvar

La piel es el enorme receptor de nuestras sensaciones, de nuestros deseos expresados, de nuestras frustraciones contenidas. Todo se manifiesta a través de ella, como si fuese un altavoz del alma, dispuesta a erizarse ante la emoción, a estirarse ante el dolor, a envejecer lentamente, como las hojas de un libro que se va escribiendo con la pluma del tiempo y la escritura de la vida. El problema surge cuando la piel que se posee no es la que corresponde.
Si fuera así, si fuera posible habitar una piel distinta de la nuestra, entonces todos los deseos quedarían taponados por los ruidos sordos de un corazón que pugna por salir, todas las frustraciones quedarían al desnudo pues no se controlarían las sensaciones de la capa en la que nos escondemos, todas las emociones estarían limitadas a las propias del recuerdo y estarían adormecidas por tener que existir dentro de algo que no es más que una burda mentira, un engaño disfrazado de venganza y a través de una película que es un melodrama ligeramente disfrazado de psicología.
Así, Pedro Almodóvar, describe una parábola en la que está particularmente interesado y claramente entusiasmado pero parece que se le desfleca la trama al recurrir a un flashback que se podría haber ahorrado con una simple explicación. En el momento en que mete esa marcha atrás, todo se le cae en picado, hundiéndose en un profundo bache narrativo que bucea en elementos entresacados de El coleccionista, de William Wyler; de Vértigo, de Alfred Hitchcock; y de El silencio de los corderos, de Jonathan Demme. Y aunque se mueve en los terrenos del absurdo sigue obsesionado con sacar adelante una historia que se aleje del melodrama y que no consigue realizar. Almodóvar, con su cámara certera, de planos de indudable belleza y de aciertos indudables en la puesta en escena, vuelve una y otra vez a lo mejor y, tal vez, lo único que sabe hacer: el drama sentimental.
Para ello cuenta con un Antonio Banderas que se muestra admirablemente entonado en algunas secuencias y que resulta extrañamente fingido en otras, como no encontrándose demasiado a gusto en el papel, y también con una Elena Anaya a la que se encarga de hacer llorar a discreción y que revela, en determinados instantes, que hay algún aire de excesiva y consciente importancia en lo que hace. En definitiva, ambos consiguen acompañar la irregularidad de una película que acaba por resultar torpe en un planteamiento que sólo comienza a entenderse pasados dos tercios de proyección y que se precipita a un desenlace rápido sin ningún nudo de por medio.
La venganza terapéutica propia de un psicópata obsesionado por revivir a través de cualquier medio los escasos momentos felices de su vida acaba en un inevitable viaje a la locura que convierte a Pigmalión en cenizas, víctima de sus propios sueños de deidad. No hay nada mejor que unas cuantas costuras para atrapar la verdadera naturaleza del ser humano y condenarlo a vivir una vida que siempre será una falsedad suavemente maquillada de blanco y carmín. La respiración será la misma, la mirada será más sensible y la belleza incluso se hará evidente pero hay algo que no se borra ni con lo imposible visitando el cuerpo. Y lo malo de todo es que también hay algo de simpatía por el irresponsable de turno que no merece más que el rechazo.
A menudo, habría que cerrar los ojos para intuir, en todas sus dimensiones, cómo cambia una vida si el aspecto fuera diferente. Tal vez, la sensibilidad fuera fotografía. Tal vez, el equilibrio fuera una quimera. Tal vez, incluso, el asco de un beso podría convertirse en el cielo abierto con la lengua del deseo. Todo parece muy lejano y, sin embargo, hay algo de verdad al fondo. Por muy errado que ande quien dirige, el respeto por el intento no puede ser pasto de una mesa de quirófano. 

miércoles, 7 de septiembre de 2011

TEMPLARIO (2011), de Jonathan English

En una época de barbarie, la tortura es la máxima forma de expresión y la evidencia que pone de manifiesto al poseedor de la fuerza. El barro parece agarrarse a los pies, el acero se siente en la piel, la sangre se derrama como si fuera agua y el despotismo de un rey que ve cómo se le escapa el poder es el móvil que hace que la muerte no deje la recogida de su cosecha.
Los templarios eran monjes-soldado que estaban infernalmente entrenados para defender los clavos de Cristo que tanto ama la Iglesia igual que si fuese una baronía en peligro de expropiación. Eran diestros asesinos, de vida ordenada y obediente, disciplinados y en la orilla misma de la crueldad. Temidos y osados, no dudaron en unirse a los barones que se enfrentaron al Rey Juan Sin Tierra cuando éste, despechado por la falta de respeto que le profesaron al obligarle a firmar la Carta Magna, se entregó a una guerra contra ellos para despojarles de cuantas posesiones tenían. El Rey Juan no se anduvo con tonterías. La muerte era la victoria y el suplicio, su forma de mandar. Y ambos castigos tenían que ser ejemplares y absolutos.
Con estos principios, podría parecer que esta película tenía algunos elementos de cierto interés para una buena historia pero, como siempre, las expectativas se ven frustradas porque detrás de las cámaras hay un inútil que mueve la cámara aquejado del baile de San Vito y se detiene, eso sí, con exquisita quietud, en la descripción de las más horribles y cruentas torturas. Es más, puedo asegurar que es la primera vez en mi vida que he visto cómo un tipo hunde el cráneo a otro con el brazo cercenado de un tercero. El caso es que el argumento coge elementos ya conocidos en El señor de la guerra, de Franklin J. Schaffner; y en Los siete magníficos, de John Sturges y se dispone a narrar, en la mayor parte de su metraje, los avatares y vicisitudes de un asedio en el que los buenos son los barones y los caballeros templarios y los malos son las huestes del Rey.
Dejando aparte el hecho de que la película carece de estilo y que es una locura intentar seguir cualquier secuencia de acción, la interpretación del protagonista James Purefoy es algo así como asistir a una permanente cara de un tipo que parece que tiene el hedor más putrefacto metido en sus fosas nasales. Sin expresión y sin matices, su papel lo podría haber hecho con mucha más pasión mi tortuga Jack. Eso sí, como creo que el director, Jonathan English, el genio de la shaky camera, lo sabe, hace que el plantel de secundarios se integre con nombres de la categoría de Paul Giamatti (enorme en su creación del Rey Juan), Brian Cox, Derek Jacobi y Charles Dance, con especial mención para él que, en sus escasos segundos de aparición, otorga la verdadera acción facial que la película necesita. Y además, English quiere ser poético y utilizando la estimable banda sonora para envolver los lamentos, los gemidos y los ruidos de huesos cortados de cuajo como si fuera una lucha épica y penosa, llena de angustia y de pena divina, lo cual sería loable si no fuera porque no se ve más que algo borroso, con salpicaduras rojas, gritos, rostros de furia, barro y eso sí, hombres partidos por la mitad.
Así que no hay nada nuevo bajo el sol salvo la sempiterna mediocridad. Lo que podría haber sido una aventura y una detallada descripción de la siempre apasionante vida de los templarios, se queda en una descabellada batalla gore, con muertes a cada cual más horripilante que convierte a la película en una descabellada candidata a formar parte de las favoritas de esos jóvenes amantes de la brutalidad más gratuita porque es más imaginativo idear formas de matar que construir un argumento con las motivaciones de un sitio que representa la más feroz resistencia contra el absolutismo. Y así no hay forma de hacer que las cosas cambien. 

martes, 6 de septiembre de 2011

AL VOLVER A LA VIDA (1948), de Byron Haskin

Hay momentos en los que parece que el tiempo se posa sobre los hombros y se convierte en una carga que se lleva con tranquilidad pero también con un enorme peso. Volver a respirar el aire despejado de la libertad después de pasar unos cuantos años encerrado puede significar encontrarse de nuevo con una ilusión que se hallaba sepultada bajo demasiados kilos de polvo. Pero también puede ser la evidencia de enfrentarse con ese pasado que pareció dormirse entre los barrotes de la cárcel. La venganza, ya se sabe, es un plato que siempre se come frío y alguien jugó para ganar para quedarse con todo. Incluso con el tiempo.
La ciudad parece oscura pero extrañamente acogedora. Sólo hay arrugas en la visión, empañadas por ese tipo que fue amigo desde la infancia, jugador de ventaja en cuanto creció y tramposo profesional con la ambición como móvil cuando se hizo hombre. Y, por supuesto, apartó a todos los que le estorbaban, incluso a su mejor amigo, al que mandó a la trena porque tenía la certeza de que él no hablaría. Tal vez porque es uno de esos pringados que, en un código de ética desconocido y realmente absurdo, no delata a sus compañeros y prefiere pagar por ellos. Es carne de desperdicio. Es perdedor. Y los perdedores no interesan.
Al volver a la vida es una estupenda y desconocida película de cine negro y resentimiento dirigida por Byron Haskin en 1948 que nos pasea por los rostros de Burt Lancaster y de Kirk Douglas por las calles del regreso. En ella hay siempre un leve gesto de engaño que parece estar escondido tras las cortinas de cada uno de los fotogramas que la pueblan. Ninguna escena parece ser sincera porque siempre está al acecho la soberbia del que se sabe ganador y la rabia del que ha estado rumiando su vuelta desde las frías paredes de una celda. Los ambientes son certeros. Los personajes están espléndidamente diseñados con una especial mención a ese contable que guarda remordimientos de conciencia, tercer camarada del grupo, bajo el rostro de Wendell Corey. Las escenas en el despacho de Douglas se hallan alrededor de lo magistral porque parece que en sus paredes hay papel de tensión, muebles de desprecio, atmósfera de superioridad, ventanas de ira. Y rostros oscurecidos por una fotografía que se empeña en hacer de sus ceños, acantilados y de sus labios, riscos. Es una excelente película que habla sobre el eterno retorno que se transforma por obra y gracia de la realidad en el amargo presente y en el ausente futuro.
Detrás de la mirada de ese hombre que sale del infierno, ya no hay lugar para el odio por mucha justicia que ansíe. Quiere aquello por lo que luchó durante tantos años y una sincera gratitud por su prolongado silencio. Las deudas tienen que pagarse porque si no las propias honestidades pueden herirse de muerte. Y lo honesto es ver esta película porque apenas se conoce y merece una segunda oportunidad.

viernes, 2 de septiembre de 2011

BETTY ANNE WATERS (2010), de Tony Goldwyn

Una mujer es la mejor garantía contra el sufrimiento. Si ella se lo propone, la agonía podrá ser larga pero será vencida; la desesperación podrá tener arrugas pero conservará su vitalidad; el menosprecio podrá ser prisionero de los años pero acabará siendo un arma de experiencia. Todo sea para demostrar que un hombre, algo estúpido e infantil, es inocente de un espantoso crimen que es puro reflejo de ignorancia.
Y es que hay ocasiones en que hay historias grandes que se ven confinadas en películas muy pequeñas porque hay alguien que decide que todo tiene que ser sin mucho énfasis, buscando la emoción pero sin recrearse en ella, diciendo a los actores que actúen pero en un tono muy bajo, como coartando expresiones, como apagando las reacciones en un ambiente rural en el que todo aparece gris, incluso lo hermoso.
Tony Goldwyn, actor de profesión y director ocasional, yerra profundamente en sus miradas de normalidad porque no se preocupa de ajustar bien los pernos de una trama que merece ser explicada en sus detalles. No se sabe cuál es la relación que une a la víctima con el acusado. Puede que le vendiera droga, puede que fuera su amante o puede que ni siquiera la conociese. Hay un aire de levedad en todo el asunto que lleva a pensar que a Goldwyn le preocupa más el hecho de decirnos bien a las claras cómo termina el interminable proceso de exoneración que en mostrar las resistencias burocráticas que aparecen cuando se quiere sacar a un hombre de la cárcel. No hay más enemigo que el tiempo y una policía interpretada equivocadamente por Melissa Leo y eso tampoco es que tenga demasiada importancia. Parece que Goldwyn tiene miedo de extender los tentáculos de un apasionante error judicial y de investigación y se dedica solamente a narrar la superación, mil veces vista, mil veces previsible, de una mujer que se saca la carrera de Derecho tan sólo para demostrar que su hermano es inocente.
Incluso cuando quiere ser profundo, es insoportablemente ligero, como lo es en esa insistente idea de que la infancia es lo que une, lo que nos hace ser lo que somos, lo que nos empuja a tener un sentimiento de hacer algo por los demás. Tampoco deja que el peso de la función lo lleven sus dos mayores activos que actúan bajo los nombres de Hilary Swank y Sam Rockwell. El planteamiento, el nudo y el desenlace se desarrollan bajo la premisa de que no importan las pruebas, no importan las jugadas políticas en un sistema judicial democratizado y, por tanto, sujeto a conveniencias de toga y ambición. Lo que importa es la insistencia de la protagonista y dejar bien claro que tuvo muchos obstáculos aunque la explicación de cuáles fueron se queda en que falta un papel, en que las pruebas pueden haberse destruido, en la importancia del ADN en la investigación policial moderna y en que el que persevera, tarde más o menos, triunfa. Y eso es tan bisoño que a uno le dan ganas de añorar una película como En el nombre del padre, de Jim Sheridan, mucho más agresiva, mucho más atinada y mucho, mucho más importante.
Así que a pesar de que aquí se lanza una protesta motivada contra la falta de ambición de un director que fue más elegido a dedo que otra cosa, lo cierto es que hubo elementos de origen que pudieron indicar que se podría haber hecho una buena película sobre el sufrimiento de un preso de condena injusta y el tesón de una mujer que es capaz de darlo todo y perder gran parte de su vida por el camino. Veinte años de lucha para reconocer que alguien se había equivocado y para que un hombre sin futuro pudiera tener un pasado para vivir. Y ni siquiera el camino para conseguirlo es interesante. Es flojo, sin pegada y, lo que es aún peor, sin ansias de tenerla. Y ahí es cuando ya la condena se vuelve contra el espectador apresado injustamente en su butaca .

jueves, 1 de septiembre de 2011

DINERO FÁCIL (2011), de Daniel Espinosa

En un mundo que no ofrece ni un ápice de calor, es sencillo sucumbir a las tentaciones que se adhieren al dinero ganado con facilidad. No importa tener un futuro. Tampoco importa el cariño o cualquier otro lazo afectivo. Eso sólo son regalos que da la vida sin esperar nada a cambio. Lo que importa es el presente. Tener dinero ahora y parecer un triunfador, aunque hayas perdido el alma por el camino, aunque de hombre sólo te quede el sexo, aunque se prefiera vivir de apariencias antes de que de realidades.
Y así cuando uno se quiere dar cuenta, resulta que está hasta el cuello de inmundicia y de corrupción. Se han pensado operaciones de ingeniera financiera con la lavadora a punto, se han cerrado acuerdos sin riesgo para que el dinero se halle en manos seguras aunque con el percutor puesto. Se ha asistido a tristes espectáculos que sólo la ingenuidad implícita se ha encargado de ocultar. Un asesino tiene una hija. Un camello tiene una hermana embarazada. Un estudiante de económicas tiene un problema de podredumbre moral. Algo, por otro lado, muy frecuente en algunos de los que aspiran a dirigir complejos entramados empresariales.
Con un estilo ciertamente nervioso que hace pensar en la posibilidad de que ya no existan trípodes en el mercado, Daniel Espinosa dirige esta película de cine negro moderno, con hombres de hoy, dejando de lado los sombreros de ala ancha y atmósferas expresionistas para bañarlo todo con la luz de la cruda realidad. El resultado es una película que, sin duda, está mal dirigida pero que está razonablemente bien escrita. Espinosa sabe mostrar sobre el papel el lado oculto de todos esos facinerosos que se enriquecen con negocios más sucios que un servicio de un centro comercial, sin ocultar sus afecciones y deserciones, sus inicios y sus fines, sus mediocridades y sus virtudes. Con esos mimbres, lo que se ve es un rosario de personajes muy bien definidos, de alguna que otra complejidad dramática que una repetitiva y mareante cámara al hombro se empeña en esconder sin orden ni concierto.
Y es que en idioma chino, la palabra “crisis” significa también “oportunidad” y algunos no dejan de aprovecharse de esa “oportunidad”. Es en este tiempo de “oportunidades” también cuando florecen individuos que sacan a relucir su peor calaña, tratando de teñir su alma de oscuro con tal de la recompensa inmediata, de vivir el presente con el máximo de intensidad sin pensar en el futuro, siempre traicionero y pacato. Son los vientos de la bajeza, que se instalan sin apenas darse cuenta abriendo caminos de facilidad por senderos brutales. Matar es fácil. Venderse lo es aún más. Lo verdaderamente difícil es encontrar ese punto en el que se puede sobrevivir sin perder la visión clara y ética de las cosas. Sobre eso, se pueden dar lecciones a más de uno.
Así que entre tiros a bocajarro, dudas morales, vacilaciones obsesivas y traiciones sin salida, nos encontramos con más de dos horas de película que a algunos cansa, a otros confunde y, a los menos, agrada. Por mi parte, voy a intentar imaginarme cómo sería esta película de argumento hundido en las entrañas del cine negro con una dirección tranquila y centrada, con sus tiroteos bien vistos, sus muertes exquisitas, sus intenciones aleccionadoras y con toda esta suerte de personajes propios de la época en la que vivimos y que no dudan en tomar atajos para vivir lo que les toca al máximo. Lo malo es que vivir lo que les toca puede ser un plazo demasiado corto de tiempo. En ocasiones, la traición no es muy rentable. Ver lo que se tiene delante y luchar por conservarlo con armas de hombre es lo que da beneficios. Y lo que es mejor, no es necesario que nadie blanquee nada. Ni siquiera nuestras propias conductas.