viernes, 10 de febrero de 2012

MISIÓN IMPOSIBLE 4: PROTOCOLO FANTASMA (2011), de Brad Bird

Cuando se tiene al peligro como profesión, no se conocen límites. Da lo mismo si hay que entrar en el Kremlin o si es necesario columpiarse en la fachada del edificio más alto del mundo. Lo importante es tener la certeza de que se está haciendo lo correcto porque lo imposible ha dejado de ser necesario. Repudiar a los agentes es el final. Salvo para aquellos que están acostumbrados a vivir al filo del abismo.
Apenas hay tiempo para tomarse un respiro. El peligro acecha. El peligro apremia. Hay que conquistarlo para luego acabar con él. La música de Lalo Schifrin sigue siendo el camino de fuego de una mecha que se dirige hacia la inevitable explosión. Lo trepidante llega a ser único. Tampoco la lógica se ha hecho para convivir con la acción. Lo físico convertido en irreal. Lo imposible es una aventura.
El incógnito parece hecho para los héroes sin nombre ni cobijo. Desde allí se convierten en sombras y fantasmas que protegen intereses que llegan a la evasión. Un aparcamiento automatizado puede ser el agujero de la rabia desatada, una cárcel es un hervidero listo para estallar, un hotel es el punto de encuentro ideal para poner en práctica una farsa de tecnología y desconfianza. Incluso una tormenta de arena, velo natural a la persecución desbocada, se transforma en una trampa que asfixia, esconde, lucha y pasa.
Cuarta entrega de las aventuras de Ethan Hunt que se coloca en calidad inmediatamente después de aquella primera parte que dirigió con evidente profesionalidad Brian de Palma y con un Tom Cruise al que ya se le empiezan a notar los años y que sigue brindando intensidad a raudales al papel más inocuo del universo. Lo cierto es que, en esta ocasión, dirige Brad Bird, ese tipo que hizo del dibujo animado un arte y consiguió emocionar y transmitir un buen puñado de mensajes positivos en El gigante de hierro, maravillar con la sencillez y la buena cocina que destilaba Ratatouille y demostrar que sabía realizar una película de acción perfecta en Los increíbles. Y, como no podía ser menos, ha sabido llenar la aventura de tensión bien repartida, de giros de tuerca que no hacen más que enriquecer la visión y colocar el punto de mira en el mismo centro del goce sin más pretensión que salir del cine con las piernas un poco flojas de tanto peligro consumido.
Tampoco se puede negar la extraordinaria belleza de Paula Patton, lejos de aquella maestra de escuela que comprendía los problemas de la protagonista de Precious, y parece que hay un intento de renovación de la franquicia con la aparición de Jeremy Renner con deseos irresistibles de tomar el relevo del protagonista. En todo caso, Misión imposible 4 es un entretenimiento eficaz, bien agarrado y resuelto, con momentos de verdadera maestría dentro de su vocación de mero vehículo para pasárselo bien.
Así que descuelguen el teléfono móvil y asegúrense de que no sale humo de sus entrañas. Elijan bien la compañía. Tengan  a punto los disfraces para poder opinar después. Actúen con la característica falta de sentimientos de un agente imposible. Que la misión sea un éxito porque la acción es la apropiada. Ya saben que dentro de cinco segundos este papel se autodestruirá. Acepten el encargo. Sin vacilación alguna. Lo único que es necesario en este tipo de asuntos es encender la mecha. El resto sólo es para descolgarse. Y no duden de que al final hay que despeñarse. A su alrededor habrá toda una prole de megalómanos, asesinos, engañadores profesionales....Supongo que no les importará. El peligro es la profesión y el negocio va muy bien. Descarguen sus nervios porque la satisfacción visitará sus labios y el gesto risueño hará una breve aparición. Y no es poco, señores. Es todo un diamante. 

jueves, 9 de febrero de 2012

MONEYBALL: ROMPIENDO LAS REGLAS (2011), de Bennett Miller

En determinados momentos de la vida uno tiene la sensación de que es hora de romper con lo que se conoce y renovar la idea de lo que se sabe. Un callejón sin salida suele ser el reclamo ideal para el talento. Una ocurrencia original es la espuela que pica en los costados y la valentía es algo que nunca debe faltar. El triunfo no es el objetivo. La verdadera meta es la diversión del juego en sí mismo. Algo que se sabe cuando en nuestro rostro aún no existen las arrugas de la madurez y luego se olvida, como un jugador en desgracia.
Mirar diferente es un arma para cualquier desafío. Llegar un poco más lejos con menos. Hablar con quien se deja la piel. Ignorar lo obsoleto. Estar seguro del lanzamiento porque más vale base en mano que pelota volando. Renovar el pensamiento y conseguir que el deporte siga vivo porque, amigo, cuando se conoce el éxito después de tantas derrotas es muy difícil caer en la vanidad que provoca la fama. Si sólo se persigue el olor del dinero, se pierde el encanto de la audacia, del disfrute, del juego como tal.
Es muy difícil que un actor llegue a la seguridad que aquí demuestra Brad Pitt. Ha dejado atrás excesos afectados, poses juveniles que le proporcionaban un auge efímero ayudado por un físico privilegiado, papeles que denotaban un permanente aire de rebeldía irritante. Ahora tenemos a un actor que se encaja en sí mismo, que no hace lo que no sabe y que convence con una mesura tan atractiva que es casi imposible resistirse a su encanto. A su lado, un Jonah Hill muy creíble como el activo licenciado de Harvard que transforma el juego en una enorme tabla estadística que es perfectamente aplicable en un juego como el béisbol. En tercer plano, Philip Seymour Hoffman en un papel que no resulta del todo bien trazado y que recuerda peligrosamente los registros de aquel Wilford Brimley que daba textura a las películas de Sidney Pollack y que también ejerció de entrenador en la que es, posiblemente, la mejor bola bateada en el cine bajo el título de El mejor, de Barry Levinson. Todos ellos ocupan las bases de una película que se resiste a emocionar desde el plano deportivo y se concentra más en las entrañas de un equipo que lucha por codearse con los mejores cuando tiene todas las papeletas para estar en el furgón de cola. Y, sobre todo, por dejar bien a las claras que el goce está en el juego y no en el resultado.
No cabe duda, sin embargo, que habría que preguntarse si es necesario desperdiciar una vez más a Robin Wright en un papel tan minúsculo como intrascendente, si el guión no deja algún que otro cabo suelto y si algún día alguien tendrá la bondad de explicarnos detalladamente las reglas del juego para que sepamos de lo que hablan. La historia, en todo caso, sabe caminar entre la comedia inteligente, con unos diálogos rápidos y brillantes, y el drama deportivo sin pretensiones de emoción. Y ahí está su mayor virtud. No trata de conectar con el público a toda costa, con trucos baratos ya vistos en muchas entradas y aún más carreras. Se limita a centrarse en la superación personal, sin bombo y platillo, con agallas y con la certeza de que la vida, por mucho fracaso que se tenga encima, merece la pena siempre que haya algún incentivo moral de por medio.
No hay discursos de lágrima fácil, ni jugadas que ponen la piel carne de gallina con una orquesta sinfónica de fondo al conseguir un triunfo clave. Hay clavos de realidad, salidas de tono muy afinadas, astucia en el negocio, audacia en la concepción y seriedad en los planteamientos. Nada sencillo de conseguir cuando resulta evidente que estamos dentro de un género que tiende hacia el retrato heroico o la jugada de leyenda. Y así es como se consigue la mirada distante, capaz de juzgar, presta al combate, lista para la ayuda. Las emociones sólo deben jugar en privado, tal vez oyendo una canción, tal vez sabiendo que, por una vez, se ha acertado. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

ESPEJISMO DE AMOR (1940), de Sam Wood

A pesar del desafortunado y engañoso título en castellano, Espejismo de amor es una de las películas más inteligentes que se hicieron en la década de los cuarenta. Para ello se contó con un guión, atrevido y lleno de agudezas, de Dalton Trumbo, un hombre de talento asombroso que, aunque fue la figura más señera de los llamados “Diez de Hollywood”, hombres que fueron perseguidos por el Comité de Actividades Antiamericanas hasta que acabaron con sus huesos en la cárcel, se da la paradoja de que aquí su guión es dirigido por un director que no dudó en delatar a todos los que pudo y en declararse parte de la derecha radical como Sam Wood. En cualquier caso, y con la inestimable colaboración de Ginger Rogers, aquí en el mejor papel de su carrera, la película es una obra maestra de la sugerencia, del sutil encanto del doble sentido y de considerar al espectador algo inteligente.
La película cuenta la historia de Kitty Foyle, una chica que tiene que luchar, como cualquiera de nosotros, por un trabajo, una vida estable, un amor que la llene y ese derecho a los pequeños instantes de felicidad que todos tenemos. En esa lucha y en esa conquista, se encuentra irremediablemente cercada por aquello que desea, pero también por aquello que necesita. El resultado es una interpretación asombrosa, merecedora del Oscar a la mejor actriz en un año de dura competencia y que hizo despegar la carrera dramática de Ginger Rogers, empeñada como estaba en apartarse de la elegante y alargada sombra de Fred Astaire. Ella y sólo ella es quien domina la función con un despliegue de recursos impresionante.
Por otro lado, y dejando aparte sus ideas políticas, la dirección de Sam Wood es precisa y acertada y siempre ha formado parte de mi asombro la increíble modernidad de una historia que se adelanta a su época en varias décadas. Y aunque, tal vez, pudiéramos caer en la trampa de decir que es una película hecha por y para las mujeres, yo creo que también es una muestra de lo que los hombres debiéramos pensar sobre ellas y, si bien no cabe la menor duda de que es un melodrama, de vez en cuando deberíamos echar un vistazo a nuestras lágrimas para estar bien seguros de que siguen ahí dispuestas a recordarnos que, debajo del encallecido mar de asfalto y desilusión que nos rodea, siempre hay algo que puede hacer que seamos mejores, más sensibles y más humanos. Espejismo de amor puede ser el reflejo de las lágrimas de otra persona, de otra cualquiera, que nos deja que nos introduzcamos en su interior y podamos ver la razón de un agua que resbala mansamente por las mejillas de alguien adorable. Nademos en esas gotas. Veamos la pena para ser un poco más nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2012

EL VIENTO Y EL LEÓN (1975), de John Milius

"Vos sois como el viento,
y yo soy como el león.
Vos sois la tierra que pica
y abrasa los ojos.
Rujo con furia,
pero no me escucháis.
Hay una gran diferencia entre nosotros:
Vos, como el viento, jamás sabréis cuál es vuestro sitio
mientras yo, como el león, siempre sabré cuál es el mío".

Tal vez, debajo de una fascinante chilaba negra se esconde un guerrero romántico que sólo ansía la escurridiza libertad. Y en las recónditas arenas del desierto, allí donde el calor deshace a los hombres y los convierte en meras sombras de agua, puede que haya un líder que consiga lo que no es capaz de hallar el más poderoso de los hombres. El amor incondicional del pueblo protegido bajo su capa de luchador incansable, la admiración de aquellos que observan sus movimientos y el respeto que todos los hombres arrojados y valientes merecen tener. En su batalla, no existen dianas, ni combates de boxeo con guantes en las manos, ni aseguradas partidas de caza en busca del oso convertido en símbolo. No. En su batalla hay sangre de verdad, cuerpo a cuerpo, el todo o la nada en cada galopar, el polvo del desierto tragado en los pulmones y adherido a la garganta, el filo de la espada presto a hendirse en la piel de lo que los quieren exterminar...Para Muley Ahmed Mohammed El Rashuli es más bello hacer lo imposible que pecar con el conformismo. Por eso mismo, él es el león, el jefe aclamado por la manada para que les guíe y les proteja. Teddy Roosevelt sólo es el viento, que descoloca lo que yace sobre la tierra y pasa sin dejar huella. Por muy fuerte que sea el viento, el león seguirá rugiendo con furia para que los suyos tengan la seguridad que las potencias extranjeras les niegan.
Vista hoy en día, en tiempos políticamente tan correctos, esta película sobre la grandeza de un líder pequeño y sobre la pequeñez de un gigante hace que tengamos la certeza de que, a menudo, la nada puede con el todo. Injustamente olvidada, yo no puedo caer en tal pecado, tal vez porque, cuando se estrenó, a un profesor se le ocurrió la idea de que yo podría escribir sobre ella en una hoja a cuadros. Fue mi primer artículo sobre cine con apenas diez años. 
Señora Pedekaris...nos encontraremos cuando ambos seamos nubes doradas flotando sobre el viento...¿Es que no hay ni una sola cosa en tu vida por la que se merezca perderlo todo?

viernes, 3 de febrero de 2012

ALBERT NOBBS (2011), de Rodrigo García

La vida golpea con demasiada dureza. No hay piedad para el miserable y eso lleva a tomar soluciones drásticas que requieren el empuje y la consideración de un hombre. No importa estar oculta tras una servilleta de camarero. La mirada es pura impasibilidad. Un mueble más con carne y ojos. Sólo en la intimidad de la habitación existe la debilidad del dinero. Ni siquiera a solas se vuelve a ser mujer. Eso está reservado para los sentimientos que no traspasan la piel. El afán de progresar manda. El sexo es algo que se puede esconder y olvidar.
Lo malo de todo el asunto es que nada es muy creíble. El segmento de vida que se describe carece de planteamiento y todo es nudo. La tragedia se masca y la lógica se arrincona. Sencillamente porque la mujer que prefirió pasar por hombre no quiere volver a ser mujer. Quiere prosperar bajo su apariencia masculina. Con alguien a quien cuidar. Con una tienda con la que sueña. Con una existencia que parece inalcanzable.
Detrás está una actriz de la enorme categoría de Glenn Close. Ella no sólo interpreta, sino que también produce y escribe y sabe que tiene entre manos un material que es perfecto para su lucimiento. El problema está en que se nota en demasía cómo giran los engranajes de su actuación y el resultado es una extraña combinación de momentos brillantes con fingimientos que se tornan impostados. Su mirada en el vacío es el desconsuelo. Sus movimientos al andar son encantadoramente femeninos. Su escasa envergadura contrasta notoriamente con el estupendo trabajo de Janet McTeer, mucho más creíble en su papel aunque ayudada por un físico que se presta a ello. Vivir la vida de otro no es fácil. Sobre todo si el discurrir se basa en las apariencias.
La historia, por otro lado, es una indecisión casi anecdótica. A nadie le importa mucho qué es lo que va a pasar y parece que eso tampoco es un obstáculo para un argumento que toma la apariencia de un drama dickensiano para luego dirigirse hacia una tragedia basada en el equívoco. Nada queda del sacrificio. Sólo la espera, dulce y callada. Las sábanas se vuelven testigos. La miseria se vuelve evidente.
Rodrigo García dirige con oficio y con poca convicción y tiene puntos de apoyo importantes en unos secundarios eficaces y concienzudos como Brendan Gleeson, espectador de una serie de acontecimientos que se precipitan hacia una brutal sinceridad o como Pauline Collins, baja estofa de burguesía adinerada que no duda en aprovecharse de todos y de todo parapetándose tras una moral tan falsa como su intención. Sólo la opresión de la misma vida es capaz de aplastar sin conmiseración a los que buscan un lugar bajo un sol que no existe.
Tal vez la juventud sea un pecado que tardamos mucho en saldar. En ella se dan los impulsos y los errores que se presentan más tarde como irreparables. La sensación de libertad de unas mujeres que viven como hombres es tan irresistible que se dejan huellas en la arena. Las apariencias pueden llegar a ser muy fuertes pero no tanto como para apoyar toda la vida en ellas. El sexo es un escondite temporal que probaron con suerte variada Jack Lemmon y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco; Dustin Hoffman en Tootsie; José Luis López Vázquez en Mi querida señorita y, mucho más cercana a ésta, Barbra Streisand en Yentl. Algunas veces la equivocación es la terquedad. Es vivir sin ser. Es ser nada con tal de ser algo. Y entonces es cuando el fantasma de la humillación se hace presente, acechando bajo los adoquines de una ciudad que lucha por sobrevivir. Si no hay dinero, todo es posible. Incluso vivir con un sexo prestado. Y en esta película no hay suficiente altura como para maravillarse. Hay una actriz que quiso hacer un gran papel y se queda en una gran mentira. Todo por no mirarse debajo de las faldas. 

jueves, 2 de febrero de 2012

J. EDGAR (2011), de Clint Eastwood

Cuando se manejan los hilos del poder durante muchos años, no se atienden a razones tan simples como la ética, la moralidad, la libertad y el servicio público.  La experiencia siempre ha dictado la máxima de que los años fijan los resortes de la conveniencia, del desprecio hacia los valores no compartidos, del patriotismo como excusa, de la nada detrás de la oscuridad. Una vida personal bien vale la monstruosidad del chantaje y de la periódica demostración de que la única conducta posible es la del que realmente utiliza el pensamiento como arma para un fascismo siempre justificado.
No importa si por el camino se sacrifican normas que no se permiten a otros, si el cariño de alguien que ama es tan prescindible como todo lo demás, si la insidia contra quienes tienen razón no deja de ser una sospecha de la subversión. El poder hay que ejercerlo en las sombras. No tiene sentido darle forma fuera de ellas. Toda verdad lleva una mentira aparejada. Todo acto tiene una excusa envuelta en una bandera. La intención por encima de los medios. Los medios por encima del fin.
La vida de John Edgar Hoover aparece retratada por Clint Eastwood con demasiados rasgos por rellenar a pesar de la evidente denuncia de un hombre que poseía tantos recursos para ejercitar el poder que su vida se confundió con su deber. No vale cualquier acción ilegal para mantener la legalidad. Eso no es jugar limpio con la democracia y más si la posición resulta privilegiada para hurgar en los rincones más sucios de la vida pública. Proteger y servir son sólo dos palabras bonitas que quedan enmarcadas en unos dorados principios que se traicionan desde las mismas entrañas del Estado. Más que nada porque no se duda en dejar absolutamente de lado la propia vida del que más manda para tener controladas las vidas de los demás.
Leonardo di Caprio está muy bien en su papel de Dios burócrata armado, usuario del poder que se le confiere con la auto justificación preparada de antemano. Resulta impulsivo en su juventud, siniestro en su madurez y confundido en su ancianidad porque el poder para él ya es una ramera que no es muy limpia y no tiene sábanas llenas de sueños. Sobre todo porque encarna al hombre encargado de tenerlos controlados.
Lo malo de todo esto es que la historia del mítico director del F.B.I. deja demasiado fríos a los que desean un acercamiento esclarecedor a una de las figuras más siniestras del entramado del poder estadounidense. Eastwood no apuesta fuerte por la historia, se decanta por una estructura algo confusa y define todo el argumento en episodios que marcaron una época sin profundizar con intensidad en razones, reacciones y juicios. No tiene miedo en mostrar las tremendas contradicciones de un hombre que exigía una rectitud que, tras ideales presuntamente razonables, escondía un fascismo beligerante que jamás reconocía como tal pero no es capaz de dar al personaje dimensión y volumen porque, en el fondo, cree que fue un individuo equivocado, engañado de sí mismo y perfectamente convencido de que estaba haciendo lo correcto, lo mejor y lo indiscutible.
Y es que los oídos del Estado se pueden encontrar en todas partes. El último deseo de aquellos que manejan el verdadero poder es el control de sus semejantes en sus más mínimos actos. Tal vez, la acumulación de tantas atribuciones lleva a hacerles pensar que están muy cerca de convertirse en dioses de la manipulación descarada, del libelo arrasador, de la infamia institucionalizada, de la culpabilidad construida en falso y de la imagen heroica del defensor de unos valores que no son mayoritarios pero que son presentados como ejemplos de nobleza.
Las palabras, a menudo, son tan traidoras que son capaces de camuflar el auténtico peligro que se adivina tras la recogida de la exhaustiva información sobre la ciudadanía. Es la voz que sale de la mueca grotesca y desfigurada del fascismo que quiere parecer democracia. 

miércoles, 1 de febrero de 2012

SHERLOCK HOLMES 2: JUEGO DE SOMBRAS (2011), de Guy Ritchie

Resulta hasta cierto punto lógico que una segunda parte de las aventuras iniciadas hace un par de años por Guy Ritchie en la piel del más famoso detective de ficción de todos los tiempos sea, por así decirlo, algo tan decepcionante como su director.  Era evidente que se sujetaron con las constantes reprochablemente estéticas y narrativas para fabricar un producto digno, declaradamente de acción, que no traicionaba demasiado el espíritu de Arthur Conan Doyle en lo referente a aquella primera entrega. Sin embargo con este juego de sombras, la baraja viene peor dada.
Y es que el éxito, ese gran traidor, es el elemento que otorga más mano abierta a quien quiere imponer su propio estilo y aquí a Ritchie se le ha dejado mano ancha y cara vuelta para que vuelva a hastiar con sus montajes absurdos, explicativos hasta la saciedad y dejando muy poco espacio a la habilidad para la sugerencia. Es un tipo que agarra una cámara y se cree que es un juguete. Se cree un innovador y en realidad es un plomo disfrazado de lápiz.
Con todos esos trucos de saltimbanqui cinematográfico, Ritchie sacrifica la tensión que se merece Holmes. Resulta que nos adentramos en los movimientos inmediatamente posteriores del prodigio de la inteligencia para darnos a entender que, más que un hombre abrumadoramente superior, es un ser tronado y ligeramente alucinado,  alejado de una realidad que Ritchie se empeña en mostrar con realismo y dejando su hábil expresión para que la luzca el sempiterno compañero y galeno John Watson y, en esta ocasión, mucho más acertado bajo la mirada intensa e incisiva de Jude Law.
Por lo demás, tampoco hay esos desenlaces en escenarios sorprendentes como aquel Puente de Londres donde se libraba una lucha de inteligencias y de habilidades asombrosas entre Robert Downey y Mark Strong. Hay planos de muy pequeña duración que descubren rincones de aquel Londres de inconfundible sabor y de impresionante rudeza pero no hay espacios que envuelvan la persecución del mal en una indudable metrópolis de crecimiento imparable. Aquí lo que hay es el olor del dinero fácil y muy poco merecido.
Por otro lado, Ritchie no duda en llamar a Noomi Rapace, la Lisbeth Salander de la versión sueca de Los hombres que no amaban a las mujeres y al siempre odioso Jared Harris, de físico interesante pero muy lejos del talento que adornaba el rostro de su dilecto padre Richard Harris. Y habría que preguntarse que es lo que obsesiona tanto al director para introducir con tanta facilidad en sus historias a la etnia gitana que aquí llega a ser protagonista sin razón (el personaje de Rapace podría ser gitana, francesa, polaca o indostaní) de una intriga que, sinceramente, carece de interés porque abunda en la originalidad ya trasnochada de la primera parte. El culpable es evidente desde el primer fotograma y el supuesto interés se centra en el cómo se le va a atrapar, lo que da juego a las más delirantes aventuras y a los absurdos más decepcionantes.
Así que lo mejor es destituir al director en cuestión si se quiere seguir con la franquicia. Ya dio lo mejor de sí mismo en la primera parte de las aventuras y desventuras del investigador privado del 221 B de Baker Street y lo que se necesita es algo más de pulso y algo menos de truco. Aligerar a una buena historia de lo innecesario resulta una labor reservada a aquellos que saben cuál es la urgencia del cine. Sin ahorrarse pesquisas y razonamientos. Sin escatimar esfuerzos y rebuscados líos dramáticos. Pero dándole lo que merece a una historia que se quiere dejar ya de acelerones imprevistos, cámaras lentas reflejando el caos de un bombardeo, cansinos callejones sin salida resueltos con cañonazos inesperados y dando empaque a un detective que sabía sobreponerse a la morfina para llegar a las mismas raíces de la inteligencia.