Cuando se tiene al peligro como profesión, no se conocen límites. Da lo mismo si hay que entrar en el Kremlin o si es necesario columpiarse en la fachada del edificio más alto del mundo. Lo importante es tener la certeza de que se está haciendo lo correcto porque lo imposible ha dejado de ser necesario. Repudiar a los agentes es el final. Salvo para aquellos que están acostumbrados a vivir al filo del abismo.
Apenas hay tiempo para tomarse un respiro. El peligro acecha. El peligro apremia. Hay que conquistarlo para luego acabar con él. La música de Lalo Schifrin sigue siendo el camino de fuego de una mecha que se dirige hacia la inevitable explosión. Lo trepidante llega a ser único. Tampoco la lógica se ha hecho para convivir con la acción. Lo físico convertido en irreal. Lo imposible es una aventura.
El incógnito parece hecho para los héroes sin nombre ni cobijo. Desde allí se convierten en sombras y fantasmas que protegen intereses que llegan a la evasión. Un aparcamiento automatizado puede ser el agujero de la rabia desatada, una cárcel es un hervidero listo para estallar, un hotel es el punto de encuentro ideal para poner en práctica una farsa de tecnología y desconfianza. Incluso una tormenta de arena, velo natural a la persecución desbocada, se transforma en una trampa que asfixia, esconde, lucha y pasa.
Cuarta entrega de las aventuras de Ethan Hunt que se coloca en calidad inmediatamente después de aquella primera parte que dirigió con evidente profesionalidad Brian de Palma y con un Tom Cruise al que ya se le empiezan a notar los años y que sigue brindando intensidad a raudales al papel más inocuo del universo. Lo cierto es que, en esta ocasión, dirige Brad Bird, ese tipo que hizo del dibujo animado un arte y consiguió emocionar y transmitir un buen puñado de mensajes positivos en El gigante de hierro, maravillar con la sencillez y la buena cocina que destilaba Ratatouille y demostrar que sabía realizar una película de acción perfecta en Los increíbles. Y, como no podía ser menos, ha sabido llenar la aventura de tensión bien repartida, de giros de tuerca que no hacen más que enriquecer la visión y colocar el punto de mira en el mismo centro del goce sin más pretensión que salir del cine con las piernas un poco flojas de tanto peligro consumido.
Tampoco se puede negar la extraordinaria belleza de Paula Patton, lejos de aquella maestra de escuela que comprendía los problemas de la protagonista de Precious, y parece que hay un intento de renovación de la franquicia con la aparición de Jeremy Renner con deseos irresistibles de tomar el relevo del protagonista. En todo caso, Misión imposible 4 es un entretenimiento eficaz, bien agarrado y resuelto, con momentos de verdadera maestría dentro de su vocación de mero vehículo para pasárselo bien.
Así que descuelguen el teléfono móvil y asegúrense de que no sale humo de sus entrañas. Elijan bien la compañía. Tengan a punto los disfraces para poder opinar después. Actúen con la característica falta de sentimientos de un agente imposible. Que la misión sea un éxito porque la acción es la apropiada. Ya saben que dentro de cinco segundos este papel se autodestruirá. Acepten el encargo. Sin vacilación alguna. Lo único que es necesario en este tipo de asuntos es encender la mecha. El resto sólo es para descolgarse. Y no duden de que al final hay que despeñarse. A su alrededor habrá toda una prole de megalómanos, asesinos, engañadores profesionales....Supongo que no les importará. El peligro es la profesión y el negocio va muy bien. Descarguen sus nervios porque la satisfacción visitará sus labios y el gesto risueño hará una breve aparición. Y no es poco, señores. Es todo un diamante.






