Incapaz de ver la verdad de su inmensa nada, la mujer toma de nuevo otra decisión inmediata, sin pasar por el filtro del pensamiento. Y regresa al lugar de donde salió con el fin de intentar revivir lo que considera que fueron los mejores años de su vida simplemente porque cree que el amor estuvo presente. Y el amor es ese gran fugitivo que siempre está en busca y captura. Más bebida, más nada y por sus ojos trastornados intuye que la felicidad es un patrimonio que pertenece exclusivamente a los demás.
Recuerda cómo se ligaba en el instituto, cómo trató con indiferencia a todo aquel que no le era atractivo, cómo fue princesa con mando en plaza porque su físico era deslumbrante y todos los chicos rogaban por una simple mirada amable que les transportase a un sueño de unas pocas horas de compañía. El recuerdo siempre es engañoso porque deforma lo que creemos que fue perfecto y, sin embargo, es muy fiel con todo aquello que nos hizo fallar. El anonimato pesa como una losa cuando se ha sido la más envidiada de los alrededores. La fuga es una cueva. La huida es volver la mirada a la imagen que devuelve el espejo.
En un argumento anecdótico y con cierta tendencia a la comedia, resulta que nos encontramos ante una película que destaca por la presencia convincente de Charlize Theron, haciéndose cargo de un personaje de cierta complejidad psicológica pero que solo sabe moverse en el absurdo derivado de la depresión. El resto es un mero apunte que podría haber despuntado de la mediocridad si no fuera porque, por culpa de la inercia a la que condena un personaje que toma decisiones repentinas y es pura improvisación, el guión no se preocupa demasiado de las transiciones anímicas o de rascar más profundamente en la siempre difícil personalidad femenina. Así, al igual que se siente mal, en un momento dado, se siente bien de buenas a primeras. La cobardía se transforma en un mirar de frente y con paso decidido. Y no hay medias tintas. El pobre compañero que se erige en confesor, más atractivo que ningún otro, carece de humor y de la socarronería que pide a gritos su personaje. El objeto del deseo de la protagonista es más soso que una ensalada sin vinagre. El enredo en sí mismo no tiene mucho sentido y, aunque se ve sin demasiada preocupación, también se olvida al empujar la barra de la salida de emergencia del cine.
Detrás de las cámaras está el ínclito Jason Reitman, ese cineasta que no se sabe muy bien si es muy independiente o muy plegado a la comercialidad y que, en esta ocasión, está muy por debajo de la competente Up in the air aunque abunda en esa obsesión suya de hacer caer del pedestal a personajes que tienen todo para ser feliz y no consiguen verlo, creyendo siempre que los demás lo son. En la producción figura el nombre de John Malkovich y en el guión el de esa estrafalaria y excéntrica escritora que recibe el peligroso nombre de Diablo Cody. Todos ellos quedan empequeñecidos por la labor de Charlize Theron que, sin dejar de ser tremendamente atractiva, hace lo posible porque todos odien a la chica más guapa de la edad del pavo, solo que su pavo es con treinta y siete años. Es lo que tienen los mitos de los eternos retornos, que nunca se llegan a ir del todo y, con ellos, están los mismos defectos que los hicieron despreciables. Todo por no mirarse ahí dentro, donde está la verdad.






