jueves, 8 de marzo de 2012

LUCES ROJAS (2011), de Rodrigo Cortés

Dominar la levitación, comunicarse por telepatía como si fuera un móvil sin palabras, agitar los objetos con la telequinesis, abrir una puerta a la posibilidad de que haya un mundo más allá de la vida... Juegos de manos como fenómenos paranormales que hacen de la psique, un teatro. El temor a las fuerzas que no se pueden comprender es tan antiguo como la razón. El fraude es inherente al hombre. Y luchamos para negar nuestra naturaleza, para reafirmar nuestra individualidad, para considerar nuestra habilidad como algo inaceptable.
En la frontera entre la verdad y la mentira está la voluntad de creer. Las luces rojas que se diferencian de la multitud son tan falsas como la normalidad. Y es ahí donde el fenómeno tiene lugar. En la credulidad, en la ingenuidad, en la verdad que no hace alardes. El escepticismo es lícito, como también lo es dejarse embaucar. El ser humano es así. Está preparado para perder pero no está preparado para enfrentarse con lo evidente. Es la grandeza de la mente humana, a menudo estrecha y demasiado apagada.
El director Rodrigo Cortés intenta introducir levemente al espectador en una atmósfera de inquietud, más propia de lo desconocido que de la psicología del terror. Reúne a un reparto competente en el que destaca Robert de Niro por su capacidad de dejar el corazón helado con una mirada que no existe y de trasladar el presentimiento de la oscuridad detrás de su rostro de arcilla y seguridad. Por el contrario, Cillian Murphy sigue sin transmitir nada más que unos ojos muy especiales que parecen ausentes de vida y de emoción. Pero lo peor de todo es que, jugando con el miedo, vale todo y la lógica de determinadas secuencias, sin duda impactantes y vitales para hacer de la película un producto cercano al susto, se resiente cuando todo se mira en conjunto. Es difícil apartar la mirada, es difícil no encontrar la nada a la vuelta de los títulos de crédito.
Evidentemente, todo esto funcionaría muchísimo mejor si se hubiera trabajado con más determinación. La película podría haber sido buena si las cosas no sucedieran porque sí (aunque no lo parece mientras se ve la cinta) y si, en lugar de preocuparse por abofetear al público con un final que es tan facilón como tramposo, la tensión se palpara a lo largo de toda la historia, salpicándolo todo de sentido, de la presencia de lo oculto, de una mentira contada a medias pero que podría ser una verdad cortada en trozos.
No cabe duda de que a Rodrigo Cortés le ha seducido la idea de contar con un presupuesto en condiciones después del inesperado éxito que supuso Enterrado pero aquí huye de la claustrofobia y tiene que manejar a todo un reparto, en espacios abiertos y sin preocuparse demasiado de un ambiente que se le escapa entre los dedos. Su película es eficaz en el momento, es fraude si se piensa.
El mirar velado con ojos de vidente es ya un punto de partida interesante, adentrarse por los caminos del ocultismo es una tentación a punto para ser devorada; manejar a actores de talla en una trama de puro desconocimiento es un salto hacia delante. Sin embargo, todo eso sirve de muy poco si la obsesión está en hacer saltar de la butaca al espectador sin pensar en la coherencia porque el salto es menor, la sensación de inquietud se evapora, la película se olvida pronto y la noche se aparece como un animal dispuesto a ser mucho más temible que esta historia de videntes que oscilan entre el fraude y la verdad. Y el hecho de que sean una cosa u otra no es una cuestión de prueba, es una cuestión de creencia de aquellos que asisten a sus supuestos milagros. Tal vez el individuo que esté a su lado tenga más poder, quién sabe. Miren de reojo y dejen que el aire transporte las ondas de la psique. Es el arma más increíble diseñada jamás. Con ella se puede amar, se puede vivir, se puede crear y se puede creer.

miércoles, 7 de marzo de 2012

COMPAÑEROS MORTALES (1959), de Sam Peckinpah

La primera película como director de Sam Peckinpah es ya de por sí toda una declaración de intenciones de un hombre que quiso romper las reglas del western que, hasta su aparición, habían fijado creadores tan inmortales como John Ford y Anthony Mann. Como primera muestra, es absolutamente chocante ver cómo Maureen O´Hara, una actriz modelada como si fuera estatua viviente en las manos de ese gran escultor en el tiempo que era John Ford, aquí es dueña de una sorprendente sensualidad, faceta que domina a la perfección y que sirve como instrumento rompiente para un Peckinpah que, después de esta película, daría ya un serio aviso de maestro con la maravillosa Duelo en la alta sierra.
No en vano, en esta primera incursión tras las cámaras, nos encontramos ante una historia que, sí, está ambientada en el Oeste, pero que no habla más que de cicatrices de la emoción y tiene una puesta en escena que nos hace ver que las balas que más duelen son aquellas que se sueltan con el diálogo. No nos engañemos. No es una película fácil de ver. No nos dejemos arrastrar por propagandas fáciles. Peckinpah no quiere sólo una ensalada de tiros y un par de momentos líricos, quiere calar, llegar allí donde hasta ese momento, no había llegado nadie, dibujar el crepúsculo de épocas que se acaban y donde sus personajes no saben ya vivir porque lo único que resta, tal vez, es morir. No deja de ser un trabajo de aprendizaje para el que, luego, sería el gran realizador de esa obra maestra que es Grupo salvaje pero tiene un interés que para sí quisieran muchos primerizos. De hecho, los primeros compases de la película son sorprendentemente confusos y pillan a contrapelo del espectador avezado, pero Peckinpah, sospecho, ya sabía muy bien lo que se estaba haciendo al intentar buscar un ritmo que luego sería marca de fábrica.
Sin duda, también es una película que tiene los defectos propios de alguien que quiere dominarlo todo sin tener todos los resortes necesarios, como una música que se repite con machacona insistencia y que no está en consonancia con el gran poderío visual de un cineasta que ha sido pieza de referencia para otros grandes directores como Martin Scorsese o Quentin Tarantino pero hay que tener una cierta valentía para atreverse a contar la historia de unos personajes que se unen sin tener nada en común e intentar romper, aunque en esta ocasión se atenúe con cierta timidez, todo lo que hasta ese momento se había hecho en las imágenes de una época que no tenía tanta leyenda y que, si fue historia, lo fue para unos pocos valientes.
Quizá dentro de lo arrebatadoramente romántico en su violencia, Sam Peckinpah nos hizo ver cuál es el tamaño del odio y, lo que es aún mejor, supo pintarlo sobre unos cuantos fotogramas.

martes, 6 de marzo de 2012

LOS LIRIOS DEL VALLE (1963), de Ralph Nelson

Un hombre humilde, hijo de la carretera, que va de aquí para allá sin más techo que su coche. De repente, llega a un sitio en ninguna parte. Tierra árida para cultivar. Yunque de sol divino. La voz de Dios no llega a rincones de sacrificio. Pero allí, donde no hay otro dinero que la esperanza es donde florecen los lirios del valle. Y en el lugar donde crecen es donde los hombres saben que tienen su misión. La de él, la de este Homero sin ceguera, es la de construir una capilla con ladrillos de adobe, amasados con sudor y dudas. Hay ocasiones en las que un hombre tiene que hacer algo, sabe que tiene que hacer algo y tiene la certeza de que la forja de su destino está hecha a base de una cruz que acaricia el cielo porque si no de él no quedará más que el polvo llevado por el viento, un suave dibujo de motas en el lienzo del aire, tan breve como un suspiro, como un rastro sin huella en la frágil memoria.
En el desértico camino con cuatro sombras negras deslizándose al encuentro de Dios, siempre hay un regreso, una mirada hacia el cielo, agradecimiento a las plegarias atendidas porque, de algún modo, en el hombre más pequeño, hay un gran hombre y en las gotas del sudor trabajado por altruismo hay unos cuántos trazos de dignidad agarrada por las solapas, de rabia controlada y asegurada con que algo merece la pena, de esa inexplicable e indescriptible sensación de que hemos pisado la tierra que nos acoge para realizar eso mismo, esa misión, ese mandato que al principio no supimos ver y que convertimos en meta y objetivo de nuestras ilusiones. Y no lo hacemos por dinero, ni por egoísmo, ni por vanidad. Quizá ahí reside todo lo que de noble tiene el ser humano. Sentir que se tiene que hacer aquello para lo que has nacido y aquello que te reserva un lugar allí donde realmente merece la pena. Sea el cielo o la satisfacción. El amor por las cosas o la ética del comportamiento. Aquí lo que menos importa son las creencias. Es en lo que se cree.
Los lirios del valle, de Ralph Nelson, fue el primer Oscar al actor principal ganado por un actor de raza negra, Sidney Poitier. En eso se cree. Quizá para eso nació.

viernes, 2 de marzo de 2012

MI SEMANA CON MARILYN (2011), de Simon Curtis

La intensidad de los focos puede llegar a cegar los ojos hechos con el azul del cielo. Pero, también, solo una piel de porcelana hace brillar como una estrella a una chica cercada por las inseguridad, sitiada por los complejos, adulada por las falsedades. En el mundo de la ficción ya no se sabe cuál es la realidad, ni siquiera cuando pasa por su lado. En el mundo de la realidad, nadie deja que una ficción dure más de una caricia.

Querida Marilyn:
Es difícil poseer el equilibrio cuando todas las miradas están demasiado pendientes de ti, de tus andares, de tu cuerpo exuberante, de tu sonrisa que invita a la lujuria, de tu gesto que hace soñar. Los genios que poseen el talento querrán saber qué es lo que hace que emanes tanta luz y lo intentarán buscar en las oscuridades que rodean tu imagen. El rubio de tu pelo pasa por ser una selva de deseos inalcanzables para cualquier hombre. Y tú no has estado nunca rodeada de hombres porque siempre crees que no has sido más que un objeto de deseo. Del deseo de la presunción, del deseo de la sexualidad, del deseo de la vanidad, del deseo de la destrucción. Y ambos sabemos que lo que tú realmente has querido es un poco de comprensión, unas gotas de compañía, un espectador que asienta y mire cómo la fama te devora. Así, Marilyn, tú piensas que no te sentirás tan sola y estás equivocada. Continuamente estás rodeada de gente, estrella de piel de porcelana y engarces de platino, y no dejas de saborear la amargura de la más tremenda de las soledades. Y no sabes enfrentarte a ella.
Eres el centro de todas las miradas. Todas quieren ser tú. Todos quieren tenerte. Y tú quieres tener a alguien pero la cámara te llama con su enorme boca de cristal negro e incluso los que dicen cuidarte no tienen más objetivo en la vida que querer ser parte importante de tus movimientos, de tus gestos y de todas esas inolvidables sensaciones que eres capaz de transmitir a través de la pantalla. Marilyn, querida...¿es que todavía no te has dado cuenta de que la porcelana es frágil y que, poco a poco, te estás rompiendo en mil pedazos de blancura y ruido? Tu sonrisa es pura indecisión, tu anonimato es algo perdido en la memoria, tu felicidad no reside en el éxito pero el éxito es una droga de la que es muy difícil desengancharse. En el fondo, la mujer más deseada también era la más débil, también era la más desesperada, también era la más derrotada. No importa que trabajes con uno de los mejores actores de la historia. Tampoco importa que todo el mundo te tratara como una copa de cristal transparente, delicada, impoluta. Ni siquiera importa la fascinación que un chico lleno de ilusiones siente por ti o tu matrimonio con un intelectual de la verdad y de la huida como Arthur Miller. Lo que importa es que tu rostro tiene algo que refulge, que hipnotiza, que llama y que apresa. El público se enamora cada vez que te ve. Y tú desconoces lo que significa la palabra “enamorarse”. Puede haber otros muchos verbos cercanos a ése, pero ése lo desconoces por completo.
De vez en cuando, Marilyn, habrá una actriz como Michelle Williams que intente recrear tus gestos y, a lo mejor, contratarán a un tipo llamado Kenneth Branagh para que dé vida a Laurence Olivier. Ninguno de los dos se parecen a los imitados pero ambos harán un trabajo basado en la verdad de las personalidades que será notable. Es lo que tiene ser un mito. Podrá haber algo parecido pero nunca habrá el hallazgo de lo auténtico. Por lo demás, Marilyn, recuerda que hay muchos por aquí que te siguen queriendo, a los que sigues fascinando, a los que sigues enamorando con tu pícara ingenuidad. También hay otros que bucean en los rincones de tu vida para saber cómo, con todo para triunfar, solo conseguiste abrirte paso hacia la muerte. Seguro que algún día me podrás decir cómo lo hiciste.
Un beso, chica de porcelana. El crítico vuelve a mí y el sueño se acaba y tú ni siquiera pudiste vivirlo. Aún así, todos deberíamos darte las gracias por algo que brotaba de ti espontáneamente. Se llamaba magia.

jueves, 1 de marzo de 2012

LA INVENCIÓN DE HUGO (2011), de Martin Scorsese

Un engranaje de ruedas dentadas es como ese rompecabezas vertical que siempre sabe cuál es la pieza que encajará dentro de un segundo. El tiempo se encarga de ponerlo todo en su sitio, haciendo que cada elemento tenga su misión, su lugar perfecto e inamovible, su reflejo en una ciudad que vive con venas de luz y manecillas de progreso. Pero el tiempo acelera los sueños, los ahoga y los hace desaparecer. Un sueño quiso ser vida y, de repente, la sombra del olvido apagó el haz de un proyector de cine.
Los autómatas de piel no dejan estela a su paso porque las prisas y la descortesía comienzan a ser el futuro. En medio de la nada, en un rincón de un lugar donde el humo y el tiempo parecen unirse en el techo, un hombre intenta conservar unas migajas de ilusión, un recuerdo sobre sí mismo, una certeza que no fue más que un fracaso. Como el vigilante tic-tac que guarda lo inesperado, un niño sobrevive porque es hijo del reloj, de la precisión y de la exactitud que otorga la ansiedad por la fantasía. Y así, como por arte de magia y celuloide, la escritura va a buscar la imaginación, el cine ensancha el camino y un mundo de posibilidades se abre a los ojos de la ilusión, de la ilusión perdida en las trincheras, de la ilusión perdida en el fuego, de la ilusión perdida de las imágenes inasibles, volátiles, efímeras y geniales.
El homenaje a la aventura del descubrir es un regalo para cualquier niño. En la crueldad sin remordimiento hay mil historias sin engrasar y un amor presentido en el aroma de las flores. La sencillez es una rutina que merece la pena ser contada y el tiempo, por una vez, comienza a tener ojos de infancia, encajando las piezas que corresponden, dando al fracaso un reconocimiento, dando a la tristeza un amanecer mágico.
Martín Scorsese nos lleva de la mano con planos geniales, reviviendo a Hitchcock en más de una ocasión, cogiendo la llave de Lang, colgándose del tiempo con Lloyd y con la mente puesta en aquellos pioneros que consiguieron traspasar los límites del pensamiento y poner en la pantalla desbordantes ríos de color a mano y de cuento. Cuando las luces se apagan, solo alguien muy especial puede volver a transmitir la habilidad del genio, su aptitud espacial, su diversión por el entretenimiento, sus ganas de servir a un nuevo arte que soñó desde la primera vuelta de manivela. Todos los que aman realmente el cine deberían ver esta película. Más que nada porque, más que nunca, quien ama el cine, ama la vida.
Bajo los decorados deslumbrantes de los míticos Dante Ferretti y Francesca Lo Schiavo, corremos con Asa Butterfield para que vuelva a llenar nuestros corazones con la creencia de que la ficción es posible, con Ben Kingsley para que veamos en el  fondo de sus ojos la razón de la experiencia y el fulgor de los fotogramas. Detrás de la cámara, un director de fotografía como Robert Richardson sabe hablarnos con la belleza cazada y el goce comienza a instalarse porque, cada vez que vamos al cine, esperamos a la emoción a la vuelta del siguiente plano. Y Martín Scorsese lo consigue con sus transiciones deslumbrantes, con su virtuosismo de niño que creció con el cine, como un librero que presta incunables, como un inconfundible olor a madera, a calor de película, a sonrisa de quien lo ha visto todo y quiere volverlo a hacer con fulgor en la mirada y esperanza en la narración. Es el material con el que están hechos los grandes directores.
Cine, libros, imaginación fantasía, realidad...Todo se mezcla con particular maestría en una película que no tiene reloj, como la obra de los grandes hombres que intentaron capturar nuestras miradas con un invento del diablo, propio de brujos modernos, que alguien osó llamar cinematógrafo. Pasen y vean. Tal vez el tren, esta vez, sí se salga de la pantalla.                                   

miércoles, 29 de febrero de 2012

LOS RATEROS (1969), de Mark Rydell

En los largos caminos de la vida es posible que, en alguna ocasión, tengamos como maestro a un ratero, a un charlatán, a un mentiroso, a un mujeriego…y que en un plazo muy corto de tiempo, nos intente enseñar a ser rateros, charlatanes, mentirosos y mujeriegos…y aún así consigue hacernos ser depositarios de un encanto especial, de una de esas sonrisas socarronas e irresistibles que sólo alguien como Steve McQueen era capaz de articular. Y es que esta película es lo que hace con nosotros. A pesar de que sabemos discernir y reconocer a unos fanfarrones, estúpidos y embaucadores, McQueen nos hace relajar el semblante; Mark Rydell, el director (años más tarde alcanzando el triunfo con la maravillosa En el estanque dorado) nos deja con una despreocupación agradecida; y John Williams, el compositor, nos acompaña con una extraordinaria banda sonora, preludio ineludible de su talento fuera de lo común, que hace que, muchas veces, creamos que incluso nuestra propia vida tenga música de fondo.
Tal vez, sólo tal vez, puede que no sea una película que guste a todo el mundo. Siempre que la vuelvo a visitar, me queda la sensación de reencontrarme con un viejo amigo con el que, a pesar del tiempo, me han unido ciertos lazos de afecto inconfesable. En el camino empedrado de fotogramas realizados con romance, excitación, oportunidades, experiencias…y sobre todo, eso sí, con un coche que hace que las manos nos apesten a volante.
No es una gran película, es una estupenda y divertida película por la que supuran algunas de las letras del gran William Faulkner en una de cuyas novelas se basa la historia. Es un rato de carácter, de actitud, de estilo, de juventud perdida y de madurez encontrada. Es un final de autenticidad que llega, después de risa interior, al exterior del corazón. Y para ello, nos movemos, a velocidad de bólido trasnochado, por una atmósfera única que, de alguna manera, también intenta denunciar algunos conceptos reprochables sobre la sexualidad y el racismo. Es un pequeño tesoro de ternura a través de la sonrisa. Es una película que solamente me hace añorar a ese magnífico bribón de difícil trato y personalidad errática que era Steve McQueen.
En cualquier caso, en medio de esa destacable carrera de caballos que también aparece en la película, no deja de ser un anuncio del adiós a la inocencia de un país que prefirió ser inocente a dejar de mentir. No se equivoquen, no es una de esas que nos deslumbra con su espectacularidad ni con una brillantez inusual. Es simplemente una visión sin clima de un viaje de iniciación en el que el embuste permanecerá como una forma de vida hasta que la misma muerte es la mayor de las falsedades.
No enseñen a mentir, una de las más grandes mentiras jamás imaginadas es el cine. Prepárense para asistir a la falacia. Y no se sientan culpables por sentirse divertidos o porque haya una cierta sensación que les conmueve y les lleva a la emoción. Es genial dejarse arrastrar en algunas ocasiones.

lunes, 27 de febrero de 2012

DUELO AL SOL (1946), de King Vidor

Bajo el sol abrasador, la arena del desierto se deja querer por la luz de un beso entre la tierra y el cielo. Las rocas son hornos de la árida pasión para que, con un último esfuerzo, en una postrera danza con la muerte, besarse sea la meta de unas bocas que se aman con la equivocación como caricia. Lo honrado es lo gris. Lo canallesco es lo atrayente. ¿Qué mujer de sangre hecha de fuego no ha pensado eso? La piel cetrina del deseo refulge en la oscuridad abriendo el abismo de la lujuria confundida con el amor. Una voz nos guía por los surcos abiertos al paso de un carromato y el destino sólo puede ser la muerte que, una vez más, no se habla con el amor.
La normalidad es la bala que aguarda su turno en el tambor de un revólver. El cielo descarga su ira de calor asfixiante transformado en la tierra en gotas de un sudor pegajoso que se niega a abandonar la piel en la que nació. El color del desierto impregna la mirada del turbio ámbar de la tentación de unos hombros desnudos y de unos ojos que te desnudan en su cálido pestañeo. El viaje hacia un romance imposible, a menudo, no tiene billete de vuelta.
Pues no. Aún así Duelo al sol no está entre mis preferencias. Es el alumno perfecto al que todo profesor guarda una cierta manía. Tal vez porque mi paciencia es limitada. O porque mi gusto es comparable al de un gusano de parra. No lo sé. Quizá tengo almacenadas algunas sensaciones que no me gusta reavivar cada vez que la veo. O, incluso, porque puede que no sepa el agudo significado de una pasión llevada hasta sus últimas consecuencias por parte de alguien que será polvo…mas polvo enamorado. Puede que no haya sabido amar nunca. O puede que King Vidor sea un director que, salvo raras excepciones como en …Y el mundo marcha, El manantial y Cenizas de amor, no me haga saltar de la butaca. Yo sé que esta película es buena. Lo sé. No hace falta que nadie me lo diga. Igual que sé que Elsa Pataky es una señora muy guapa, pero no me gusta.
Así que vista ésta gran ocasión que tienen para rebatirme, yo creo que deberían ver esta película, saborear sus matices, degustar su sensualidad y recubrirla del resbaladizo aceite del raciocinio. Luego cogen a su pareja por banda y, con los pensamientos bien colocados, diriman una batalla dialéctica que empiece por “Mira, cariño, el César Bardés ese que escribe en Los ojos del lobo, no tiene razón porque…”