En esta ocasión, nos encontramos ante una interesante película británica, dirigida por el hábil artesano Ronald Neame (director, años después, de aquel inusitado éxito que supuso La aventura del Poseidón), que es un impactante drama en el que se nos describe el matrimonio de dos personas que tienen puntos de vista totalmente opuestos sobre la vida y el mundo, todo ello aderezado con una trama política que a algunos puede parecer superflua pero que confiere una estimable textura a una historia que dominan de principio a fin sus intérpretes principales: el gran Peter Finch y la habitualmente muy desaprovechada Mary Ure.
Lo cierto es que es una película que nos habla de la inocencia de un hombre y de un pueblo que resultan cogidos por las turbulencias políticas de fácil respuesta que no son más que salidas hacia el futuro más próximo de toda una nación. La combinación con la diferencia de miradas hacia la vida entre dos personas que se aman irremediablemente hacen que la historia se nos presente como algo que sentimos lejos pero también muy, muy cerca. Por lo demás, la dirección de Neame destaca a través de las excelentes escenas de masas, el uso efectivo de la banda sonora y en un inesperado humanismo en todos los caracteres que jalonan este drama de sospechas, realismo social y amor desacompasado que hace que nos alistemos de forma obligada para tomar partido.
En el corazón de la película, late una vocación documentalista reflejada en las sensaciones que podemos tener al verla. No es la típica película con típicas soluciones adecuadas a nuestros sentimientos. No habrá catarsis. No habrá respuestas satisfactorias. Quizá la intención es reflejar más la vida real que una ficción realista que convierte nuestra visión en una pregunta que nos guía a través de la búsqueda de la verdad con la que convivimos todos los días de nuestra existencia.
La conciencia, en muchas ocasiones, no deja de ser un enemigo a batir y luchar por lo que se ama sólo es un duelo con nuestra propia conciencia. Ahí está el punto central que sugiere un film que está bien hecho y que no deja de entrometerse en nuestro pensamiento planteando un dilema de incomodidad. Tal vez, Malasia, allí donde el mundo da la vuelta, sea una metáfora perfecta para decirnos que la sensación de intentar hacer lo correcto también puede arrinconarse en lugares muy extremos, en el mismo oriente de los sentimientos.
La película no deja de interferir en el curso normal de los acontecimientos que rodean a este médico atrapado en medio del caos, de una enfermera nativa (excelente la actuación de Natasha Parry) y de su propia esposa. Y, en ocasiones, la diplomacia de un hombre que no entiende demasiado bien el cerco de lo que ocurre no es suficiente para resolver unos problemas que se antojan pequeños para lo que está sufriendo el mundo.
Es posible que sea el momento de mirar hacia una película que, sin ser una obra maestra, invita a ser espectadores de una historia que hace que echemos un vistazo a nuestro propio interior. Puede que, incluso, lleguemos a regiones inexploradas en rincones que creíamos desiertos y que están habitados por algunos sentimientos que siempre están presentes a la hora de tomar decisiones. Al fin y a la postre, esos sentimientos son los que nos hacen querer ser hombres grandes o criaturas muy pequeñas. La elección está ahí.






