miércoles, 16 de enero de 2013

FRENCH CONNECTION (1971), de William Friedkin

Un disparo en la nada. Un disparo perdido. Un disparo herido. Un disparo…y luego…Popeye Doyle lucha con todas sus fuerzas contra esos intermediarios del tres al cuarto que se dedican a meter la droga por las calles, a ensuciar aún más una ciudad fría y sucia, a recoger el dinero de la basura. Y no duda en emplear todos los medios que cree necesarios. Un bar con olor a tabaco, lleno de tipos que llevan una papelina, un cigarrillo, una bolsita, una jeringuilla, un bote. Correr por las calles es, en el fondo, una lucha por la supervivencia de lo poco, poquísimo, que queda de limpio en el entorno. El jardín está lleno de suciedades. Los trenes pasan con un estruendo que te recuerdan que está prohibido soñar. Demasiadas esperas. Demasiados olores en ese coche que acumula polvo. Demasiado matarse para que no haya reconocimiento.
Al otro lado de la calle, en un restaurante de lujo, caliente y bien alimentado, está ese jefe del negocio que Doyle ha encontrado por casualidad. Es un francés presumido, almibarado y diabólicamente listo. El metro es el escenario perfecto para asistir a un duelo de astucias. Las puertas se abren y se cierran. El movimiento inesperado es la vía de escape. La rabia sale. La burla entra. La decepción se queda en el andén.
Más tarde, cuando el negocio está cerrado, vuelve la burla porque Popeye Doyle será muchas cosas, pero no se rinde. Ha atravesado toda la ciudad al volante de un coche que seguía a un asesino encerrado en un vagón del suburbano. Ha destrozado cubos de basura, eventuales vehículos que pasaban por allí, ha desahogado su rabia con el pie en el acelerador. Así que no va a dejar escapar ahora al pez gordo. Y la trampa se ha preparado minuciosamente. El barro de una ciudad sin piedad no deja de aparecer. Todo es de un realismo que huele a gris y a podrido. La conexión francesa merece llevarse lo suyo. Nadie se burla de Popeye Doyle y de su compañero Russo.
William Friedkin dirigió esta película con uno de los montajes más impresionantes que ha dado el cine. Basta con hacer la prueba de cuántos planos hacen falta para asistir a la trepidante y genial persecución del coche detrás del vagón. Y poniendo furia en todos y cada uno de ellos está el maravilloso rostro de Gene Hackman, actor de carácter que era capaz de afrontar cualquier papel, de llevar adelante cualquier ficción y de llenar a los espectadores con una presencia única y relevante. A su lado, el fallecido Roy Scheider, que ya comenzaba a dar muestras de una calidad que, de forma sorpresiva, se estancó en los ochenta. Y, por supuesto, enfrente, nuestro Fernando Rey, suavidad vistiendo ropas caras, insultante en su lujo, temible en su negocio. Todos ellos pusieron mucha carne en el asador de esta conexión que descubrió que el mundo de las drogas tenía tercos combatientes que pasaban frío y que se armaban de tesón para poder llegar a las culpabilidades que dejan a muchos tirados por la calle, sin más esperanzas que una muerte rápida y poco convulsa. Por eso, Popeye Doyle estaba ahí, dispuesto a disparar, dispuesto a llevarse por delante a quien hiciera falta, dispuesto a ser un guerrero de la jungla de cemento a punto de ser devorado por los caimanes del lago blanco. Corre, Popeye, corre. No dejes de hacerlo.

martes, 15 de enero de 2013

ALGUNOS HOMBRES BUENOS (1992), de Rob Reiner

En una mirada, todo el poder. Nadie tose al diablo. Nadie osa convocarle si él no quiere venir. Tal vez solo pueda hacerlo aquel oficial jurídico sin importancia que ensombrece su carrera bajo la sombra de un padre que fue leyenda en los estrados. Es un insecto sin importancia que no se da cuenta de la increíble función que lleva a cabo un hombre que tiene como consigna luchar o morir. Tirar de galón es fácil. Tirar de carácter a todo un coronel es lo difícil. La simple insinuación está penada con un bonito consejo de guerra. ¿Está claro? Muy claro, señor.
Se tienen pruebas y presentimientos pero, por una vez, valen más los segundos que los primeros. La impasibilidad de un oficial médico que tiene que cumplir el papel del buen profesional es una primera dificultad porque no se sabe nunca lo que pasa por la mente de esos galenos con galones. Por otro lado, los pobres acusados. Chicos torpes que han dejado la mente en algún lugar del deber y que obedecen sin chistar ni cuestionar ninguna orden. Si el jefe la da, por algo será. Ellos solo obedecían pero deberían haber cuidado del más débil, de esa pieza del engranaje que no es que no sirva, sino que le cuesta más. Otro coronel que sirvió en los servicios de inteligencia y que también debería haber dicho algo sin arrugarse. Un maldito oficial que ejecuta las órdenes con el pleno convencimiento de que el viejo tiene razón. Escalones irregulares que van ofreciendo la panorámica del horror y de hacer de ello una rutina. El orgullo no cuenta. Cuentan las razones. Los muros no se resquebrajan solos. Lo hacen porque faltan los hombres adecuados para sostenerlos. Es así de simple. O vales o mueres.
Rob Reiner adaptó con maestría la obra teatral de Aaron Sorkin, llevando el enfrentamiento a tensiones inaguantables. El reparto, liderado con eficacia por Tom Cruise en el que, quizá, sea el mejor trabajo de su carrera y por un soberbio e imponente Jack Nicholson se ve sostenido por el de un puñado de hombres buenos con nombres como los de Kevin Bacon, Kiefer Sutherland, Kevin Pollak o J.T. Walsh y, en último lugar, por el de Demi Moore. Porque el abandono nunca puede ser una razón, porque dejar que el débil se defienda solo no es más que un signo de cobardía, porque sin honor no hay nada y no valen códigos de tradición que mancillan el verdadero sentido de lo difícil. Y esos hombres buenos son los encargados de vigilar el muro, de hacer que el abuso no sea presa de lo habitual, de permitir que los culpables se cubran con la impunidad de un uniforme abotonado con condecoraciones e insignias, de hacer que la verdad, la verdad imposible, encaje. Las órdenes son claras. No importa quién sea el culpable. Hay que dar con él. Porque si se deja escapar, los débiles serán castigados y solo podrá sobrevivir el perfecto soldado de la cruz gamada.

viernes, 11 de enero de 2013

THE MASTER (2012), de Paul Thomas Anderson

He aquí la confirmación inmediata de que, definitivamente, Paul Thomas Anderson es un hombre que no está bien. Si no, es inexplicable que se haya decidido por hacer la historia de un imbécil redomado, sin rumbo ni opinión, con menos cerebro que un artrópodo, que resulta captado por una secta religiosa muy cercana a la Cienciología que, detrás de toda una teología teórica, tiene más vacíos que el interior de un balón. El tipo intenta moverse entre la inteligencia y la maldad y lo que sale, irremisiblemente, es una rayada del doce y medio con vuelta.
Veamos. Tenemos a un tipo que es un verdadero bobo alevoso. En su período de servicio en la Marina va a la playa y hace guarrerías porque está más salido que el pico de una plancha. Se pone debajo del depósito de un torpedo y se bebe la gasolina (como lo leen), se somete a un tratamiento psiquiátrico de reinserción cuando la guerra termina y como está con una verdadera obsesión por jugar al parchís, allí le dan por perdido aunque le dan el alta. Se pone a trabajar de fotógrafo pero su gran pasión es satisfacer sus deseos con la primera que se ponga a tiro y cuando la rayada ya es de obturador le da un ataque y arremete contra un cliente. Se va a trabajar al campo. Como es un experto en cócteles venenosos se pasa dando tragos a un colega de labrantía y vaga por ahí hasta que ve una fiesta en un barco y allí se mete con el fin de echarse una siestecita. Y ya la tenemos liada. Resulta que allí está el gran gurú de una secta que le capta y, a través de una serie de torturas morales, le quiere tener agarrado de los mismísimos bajos mientras comparte con él unos tragos de disolvente para pintura y le somete a tratamiento para que la locura sea una anécdota sin importancia.
Ejemplo de diálogo que es para guardar en la memoria de un dromedario (porque joroba bastante):
-         ¿Está Doris?
-         No.
-         Bueno, pues dígale que he venido a verle.
-         ¿Te vas ya?
-         No, qué va.
-         ¿Quieres pasar?
-         No. Me voy. Tengo que irme.
Y ya el colmo de la risa tonta es cuando Philip Seymour Hoffman se arranca en medio de una conversación a cantar On a slow boat to China, de Frank Loesser y se la planta en toda la cara al sobreactuadísimo Joaquin Phoenix. Bestial. Y aún hay un montón de gente por ahí que clama a los cuatro vientos sobre el genio de Paul Thomas Anderson y de la cantidad de cosas que cuenta y de lo maravilloso que es ver esta película. Ni siquiera la actuación de Amy Adams es para tirar fuegos artificiales aunque está correcta en todo momento. Al final, se te queda una cara de tonto que resulta mitad alucinada, mitad incrédula. En el fondo, una voz en tu interior te dice “He aguantado toda la película para ver… ¿qué?”. Poniéndonos ya en el colmo de la irritabilidad podríamos nombrar…no sé…cualquier tontería que se haya hecho por ahí para hablar del timo continuo de las falsas iglesias sobre los desprevenidos fieles como El fuego y la palabra, de Richard Brooks, muy inferior a ésta, visto lo visto. Todo para subrayar, recalcar y dejar bien clarito, por si acaso aún había dudas, de que el rollito religioso a Paul Thomas Anderson le da grima hasta decir basta (que sí, colega, que ya lo dejaste nítido como una patena en Magnolia y en la inaguantable Pozos de ambición). Que lo sabemos, que la religión, en muchas ocasiones, aliena y arrasa voluntades, sobre todo cuando resulta un puro dogma, pero para decir cosas obvias ya tenemos a un montón de fantoches sentados en muchos escaños y a un buen puñado de incapaces sentados en la púrpura que no dan una orientación ni aunque se les pregunte una calle. “Te llevaré…en un bote a China…solos tú y yo…”.

jueves, 10 de enero de 2013

LA NOCHE MÁS OSCURA (2012), de Kathryn Bigelow

En la noche y en el silencio es donde se esconden las maldades y los secretos. Hombres como hormigas moviéndose alrededor de un objetivo que es incierto aunque apetecible incluso para los justos. Cada escalón es una victoria. Cada puerta volada es una invitación. Cada disparo es una sentencia pronunciada con sequedad, sin escrúpulos, sin conciencia. Solo importa el resultado. Solo importa que se lleve a cabo la venganza que siempre se toman los vencedores sobre los vencidos.
Así es como llegamos el término de una larguísima investigación que está jalonada de torturas, de suposiciones, de certezas volátiles, de verdades a medias en el oscuro núcleo del fanatismo. La obsesión comienza a ser enfermiza, las amistades se van quedando por el camino por errores, por ingenuidades, por cansancios, por tomar la salida fácil de un trabajo menos ingrato. Solo la perseverancia puede vencer porque tres mil asesinatos no deben quedar impunes. El análisis es esencial para llegar a la meta. Aunque eso cueste una buena parte de la energía y del equilibrio necesarios para seguir siendo un ser humano.
No deberíamos emitir juicios fuera de lo estrictamente cinematográfico después de ver esta película. Más que nada porque la directora, Kathryn Bigelow, no pretende azuzar nuestras mentes para emitirlos. Pretende ofrecer una especulación sin llegar a decir si todo lo que rodeó la operación de la captura y asesinato de Osama Bin Laden estuvo bien o estuvo mal e, incluso, se inclina hacia uno u otro lado en determinados momentos. Su objetivo es coger un hecho real y, sin duda y pensemos lo que pensemos, apasionante y construir una trama alrededor de ello. No ofrece justificaciones, no dice lo buenos que son los espías estadounidenses ni la preparadísima unidad de élite que lleva a cabo la operación, ni que la tortura esté justificada. Solo es un cuento con hilos reales sobre la obsesión que atenazó a muchas personas por cazar al terrorista más buscado de la historia, sobre los muchos errores que se cometieron, sobre la dudosa capacidad de los burócratas para tomar decisiones de este tipo y sobre la seguridad de que, después del hecho, no hay nada, se abre un vacío que llega a ser aún peor que la propia obsesión.
Y Bigelow lo hace realmente bien. Tiene un buen dominio del ritmo, hace que la investigación que desemboca en la acción ejecutiva sea apasionante, traza bien a los personajes principales y es capaz de extraer trabajos sobresalientes como la impresionante intensidad de Jessica Chastain acompañada de secundarios que resultan excepcionales como Jason Clarke y, sobre todo, un muy matizado y siempre excelente Mark Strong mientras todo se centra más en la debilidad humana que en el reproche institucional de todo el embrollo.
Sean listos, no se dejen cazar por el pensamiento políticamente correcto porque entonces la película se volverá del revés y no podrán disfrutarla. Es buena, hay lógica en todo ello aunque puede que no haya ninguna justificación. Y eso, lejos de jugar en contra del intento, lo hace a su favor. Porque el hecho que sobrevuela la trama es historia, lo demás es un poco de imaginación y de sentido común en su desarrollo. No es posible creer que todo residiera en la inteligencia de una sola persona y en su empuje y en su determinación, no. Pero como película todo funciona y como drama de espionaje, es posible. Despejen los maniqueísmos del pensamiento. Eso no lleva a ninguna parte. Y es una barrera que impide disfrutar. A lo largo de las dos horas y media que dura, hay que saber moverse por los rincones, hay que parapetarse en los lugares más seguros, hay que manejar el arma de los sentidos con exactitud matemática. El resto es solo una serie de imposiciones morales que, muy a menudo, no nos dejan ver lo bien construida que está la mentira.

miércoles, 9 de enero de 2013

LA CIUDAD DESNUDA (1947), de Jules Dassin

La ciudad vista desde el aire. Muestra una extraña desnudez, con su ropa interior de cemento y prisas, con sus misterios detrás de cada ventana, con su ruido ahogado hecho de asfalto. Un cadáver es encontrado y la brigada de homicidios comienza su trabajo. Nada es lo que parece. Un mentiroso compulsivo es uno de los testigos y un viejo sabueso se lanza a la caza del asesino. La ciudad desnuda es el perfecto escenario para mostrar el calor radiante de los suelos aplastados por las pisadas. Un joven policía realiza la labor de desgaste de suelas. Y un productor de cine, Mark Hellinger, pone la voz para narrar que la ciudad siempre está desnuda aunque no seamos capaces de darnos cuenta.
 La vieja loca que aparece. La asistenta que coquetea. La novia engañada. El niño que merece una regañina. La violencia que se esconde para aparece con toda su brutalidad. El final, hecho de hierro y soledad en las alturas, mientras se mira a una ciudad que parece trazada con un tiralíneas en el plano de las miserias. La ciudad se desnuda. Llena de excitación. Y las pistolas proporcionan el clímax. El calor arrecia. El odio se desata. La película es enorme. La ciudad también.
Jules Dassin dirigió con una maravillosa maestría este retrato urbano de muerte y de trasiego. Pensar en medio de tanta algarabía y de tanto calor, se convierte en toda una muestra de heroísmo y de audacia. La casualidad también tiene que aliarse para que el misterio llegue a ser resuelto. Y por ahí está esa vieja figura, pequeña, casi insignificante, de un veterano investigador que canta mientras desayuna, que siempre tiene un toque de humor preparado para que sus hombres trabajen con ánimo, que discurre con agudeza y concluye con brillantez y que está espléndidamente interpretado por Barry Fitzgerald, atípico policía de mirada difusa y pensamiento decidido. La satisfacción de resolver es la paga. El resto es dar rienda suelta al encerrado instinto de la gran ciudad.
Con una fotografía que se acerca al documental, unos personajes soberbiamente dibujados, casi grotescos en una ciudad que esconde demasiadas vergüenzas, La ciudad desnuda es una obra maestra del cine negro que merece ser redescubierta para darse cuenta de la originalidad de sus planteamientos, de la atipicidad de sus personajes, del peligro constante en el que se vive en una urbe que camufla los gritos, que urde demasiadas tramas, que recibe y nunca paga, que es piedra destartalada y baldosas de desánimo, que lucha y aburre pero no pierde, que es un callejón sin salida para quienes construyen sus vidas en mentiras. El asesinato construye su casa entre sus calles. Es el precio de ver a la ciudad desnuda y cansada, con luces de vuelta esperando el sol de ida. Es perder todos los días un poco aunque la victoria también pase por allí y solo dure unas horas. Horas de trabajo. Horas de deber. Minutos de satisfacción.

martes, 8 de enero de 2013

EL ÚLTIMO TESTIGO (1974), de Alan J. Pakula

La confusión es la mejor arma para cometer un asesinato. Y más si la víctima es uno de esos tipos que se creen que van a salvar al mundo desde un puesto de responsabilidad. Un Kennedy cualquiera que está lleno de buenas intenciones. Pero las intenciones son peligrosas así que más vale extirparlas de raíz. Basta con montar una maniobra de distracción y disparar desde otro sitio cuando nadie mira. Al final, el asesinato ocupará muchas portadas de periódicos, se harán múltiples teorías e incluso oficialmente se montará una comisión de investigación que concluirá que el falso culpable actuó solo, por un mero afán de notoriedad, con balas de irresponsabilidad y ausencia de ideas. No hubo conspiración. El informe a disposición del público. Pero, claro, hay un cabo suelto. Los testigos. Sí, porque esa gente no hace otra cosa que mirar y… ¿quién sabe? Lo mismo alguno vio lo que no tenía que ver, o habló con uno que conocía a otro que le dijo cualquier cosa que le hizo atar cabos. Los que estuvieron cerca son los más peligrosos así que lo mejor es quitar la variable de la ecuación, así no hay incógnitas.
Cuando un periodista rebelde, difícil, en una casi permanente cuerda floja, ve pasar la muerte muy de cerca, entonces comienza a hacer preguntas. No son nada. Apenas un interrogante sobre una muerte presenciada. Y, amigo, por aquellas casualidades de la vida se da cuenta de que no solo hay asesinos sueltos sino que pertenecen todos a la misma empresa. La infiltración entre los empleados es vital pero apenas se da cuenta de que hay en marcha una nueva conspiración. Otro tipo al que hay que liquidar y que cree que puede hacer algo por ayudar a la gente con alguna gota de sinceridad y las malditas buenas intenciones en liza. Todo conduce a una trampa tan bien urdida que hay un rifle en el lugar adecuado, un disparo envuelto en intriga, un espacio sin muchas salidas. Al final, pues lo de siempre. Portadas en los periódicos. Múltiples teorías. Comisión de investigación. El falso culpable actuó solo porque era un inadaptado, un tipo sin norte. No hubo conspiración. El informe a disposición del público.
 Excelente película de ritmo pausado en la que el héroe se halla en un casi permanente estado de confusión, El último testigo, dirigida por Alan J. Pakula, teoriza sobre el asesinato de John Kennedy sirviendo otras víctimas propiciatorias, sin referirse nunca al magnicidio del Presidente pero con un claro objetivo que produce pánico a quien sabe ver. Estamos solos. La maquinaria del poder es imparable y se mueve con estrépito, sin importar a quién pisa, sin reparar en sentimientos o verdades. La mentira es la letra habitual de todos los días porque, desde el mismo poder, se ofrece una explicación que el público acepta sin problemas. Sí hay conspiración. El asesino actúa porque quiere mantener a la gente en la ignorancia, sin ideales que alcanzar, sin más agarraderos que elucubrar sobre posibles teorías de conspiración que nunca se podrán probar. Mientras tanto, el poder hará su voluntad. Y no importa cuál sea la reacción, lo hará igualmente. Porque en la oscuridad, no se ve nada.

miércoles, 2 de enero de 2013

LOS MISERABLES (2012), de Tom Hooper

El pueblo habla cuando los estómagos comienzan a estar vacíos, cuando no hay mucha diferencia entre vivir y morir, cuando el robo, el asesinato y la injusticia se asienta entre los adoquines de la convivencia. Vivir así es solo conseguir un día más en la miseria, es prolongarse por inercia, es matar la ilusión en una triste rutina que solo espera el final. Ahí es cuando el pueblo grita, clama, se desgarra, se arrastra, se muere, se desangra y se hace peligroso. Se construyen las barricadas y se termina el hoy porque más vale morir construyendo un futuro que vivir sin él.
Entre medias, entre pancartas y discursos, entre heroicidades inútiles y represiones angustiosas, se hallan las debilidades humanas. La redención parece tan inalcanzable como la comida, el perdón es una palabra olvidada, la compasión solo sirve para cegar la evidencia, el amor es una nube que pasa entre la pólvora, la picaresca de los rijosos es una excusa para cometer crímenes diarios que atracan la moral y desprecian cualquier conducta. El deseo de salvar al otro es un canto elevado al cielo, soñar que se está al lado de quien más se quiere es un sueño que nace en las brumas de la muerte, no hay más direcciones que las que el destino quiere trazar y las balas zumban por las barricadas, dispuestas a acabar con todo. Con desesperanzas. Con quimeras. Con imposibles justicias. Con sinceridades acabadas. Con mentiras bien dispuestas.
Se podría pensar que el mayor atractivo de esta película está en esa decisión que ha tomado Tom Hooper, el director, grabando las voces cantando en directo con el fin de ganar en dramatismo en la acción y que escuchar a sus protagonistas es toda una delicia. Pero a poco que tengamos un poco combativo el oído nos damos cuenta de que Hugh Jackman falla precisamente en eso, en lo dramático; que Russell Crowe lo hace en lo contrario, en lo lírico; que Amanda Seyfried resulta cursi con su vibración aguda; que Sacha Baron Cohen y Helena Bonham-Carter están irritantes hasta la saciedad y que son los secundarios los que dan la sorpresa porque Anne Hathaway, segura candidata al Oscar, llega a emocionar con todas sus interpretaciones, porque Eddie Redmayne (visto no hace mucho en Mi semana con Marilyn) luce una voz llena de cuerpo y de registro y que Samantha Barks, en el rol de Eponine, resulta todo un descubrimiento con un papel que, en principio, no es el más atractivo. Por lo demás, Tom Hooper se ata deliberadamente de pies y manos porque, al grabar las canciones en directo, se ve obligado a recurrir al plano corto para que los micros estén al alcance de los intérpretes y la historia pide a gritos grandiosidad y objetivos abiertos que se lucen en contadas ocasiones. Aún así, con todos los defectos y todas las virtudes, aún más resaltadas por una impresionante orquestación de todos los temas, no cabe duda de que Los miserables arranca a tiras sentimientos, aplausos, requiebros de viva voz y lágrimas en diversos pasajes. Tal vez porque la miseria y la belleza son temas que a todos apresan de forma universal.
Habrá que verse de nuevo en las barricadas porque es ahí hacia donde vamos, cuando ya no quede demasiado para esperar un nuevo amanecer, a pesar de nuestras pasiones, de nuestras debilidades mundanas y de nuestros intereses individuales. Cuando eso quede superado, cuando no haya razones para seguir aguantando, tal vez haya que tirar unos cuantos muebles a la calle, armarse de más valor que de balas, gritar que la libertad se gana y no se regala y que decir bien alto que el pueblo debe cantar, que un día más solo tendrá sentido si se resiste, que las sillas vacías en las vacías mesas serán un precio que deberemos pagar para creer que mañana habrá un día mejor, que tendremos que preguntarnos quiénes somos para poder ser lo que siempre fuimos, que soñar un sueño es posible y que siempre habrá alguna canción, alguna película, algún cuadro o algún beso que nos erice la piel para avisarnos de que estamos vivos y que mientras lo estemos, tendremos tiempo de estar ahí parapetados, detrás de las barricadas.