El tren se desliza por las vías como una bala imparable. Su destino es su meta. Tiene que llegar a Chicago cueste lo que cueste. Por mucho que en su interior pululen maleantes, traficantes, agentes del F.B.I, chicas por las que uno se dejaría tirar del convoy en marcha, editores entrometidos o tías a las que les guste ponerse un perfume vomitivo. Luego habrá caídas del tren, rateros ingeniosos, revisores despistados, situaciones incómodas y un matón con mandíbula de acero que más parece una locomotora que un sicario. Es lo que tienen los viajes largos. Que puede pasar por cualquier cosa.
Maldito Rembrandt. Por culpa de unas cartas suyas dejando bien claro cuáles son sus obras se arma todo este embrollo. Se me olvidaba. También hay caídas del tren. O sea, que echan a gente. Sí. ¡Qué hijos de perra! Pero la ventaja del tren es que, como hace paradas, siempre se puede volver a subir aunque sea con un pie en el estribo y un freno desconectado. El caso es que los tiros vuelan, la aventura se sucede cual vagón tras otro, se produce el romance (ya lo he dicho, la chica está como para dejarse tirar porque, más que guapa, es atractiva, tiene encanto, y, además, le encanta la jardinería) y el malo…madre mía, qué tío más malo. Es malo con ganas. Es tan malo que a uno le gustaría estamparle esos cigarrillos tan finos en mitad de la cara. Pero no. Es un malo muy fino. Así que su crueldad, claro, es refinada. Las vías son interminables y la maldad también. Rembrandt…hijo de perra…
Arthur Hiller dirigió esta película con un buen pulso, sujetando los habituales excesos de Gene Wilder y haciendo de Richard Pryor un tipo aguantable. Más que nada porque sale poco y eso propicia que, quizá, sea la mejor película que hiciera esa pareja casual. Jill Clayburgh le pone categoría a la seducción y Patrick McGoohan siempre es ese tipo cuya cara esconde más secretos de los que se pueden intuir. La acción, a veces absurda, es trepidante, entretenida, fiable. Hay situaciones resueltas con un humor aparentemente lógico pero que esconden un surrealismo más que aceptable. Y es lo que tiene ser tirado del tren, que los hijos de perra proliferan a cada milla recorrida. Y este tren no parece que vaya a parar. Ni siquiera con la música de fondo del siempre suave y siempre oportuno Henry Mancini.
Así que agárrense al compartimiento. El champagne correrá y las insinuaciones son evidentes, con lo cual no son tan insinuantes. Ya lo dice un agente de seguros que viaja en el tren: “Esto es un prostíbulo sobre ruedas”. Por eso mismo hay tantos hijos de perra dentro. Tanto es así que, al final, cuando todo ha pasado, hasta la misma locomotora parece que esboza un gesto de burla, una risa sarcástica por un viaje que ha sido aventura, seducción, humoradas y buen rato. ¿Se puede conjugar todo eso y salir airoso?






