jueves, 12 de febrero de 2015

FOXCATCHER (2014), de Bennett Miller

El dinero lo compra todo. Una finca de ensueño en un lugar donde las nubes acarician la tierra. Una sala llena de trofeos donde se exhibe el íntimo orgullo familiar de haber criado a los mejores caballos de América. Un gimnasio espectacular donde se puede entrenar la lucha libre con pasión. La única pregunta sin respuesta es si el dinero es capaz de comprar la estima y el cariño de los demás. Alguien cree que sí.
Todo empieza porque un deporte no significa solo pasión por él, sino también distanciamiento de la sombra más alargada. Es una forma de independencia pero no hay que olvidar que en toda independencia hay un intenso deseo de llamar la atención para demostrar que se vale, que se siente y que se lucha. Aunque sea lucha libre. Aunque sea un deporte de tipos con no demasiado cerebro y nula elocuencia. Eso da igual. Lo importante es demostrar. Demostrarlo todo. Dejar bien claro que se vale. Y dejar bien claro que se vale más allá de los ceros que existen en la cuenta corriente. Porque si esa fuera la unidad de medida del valor entonces lo mejor sería demasiado barato.
Más allá de eso hay una complicidad buscada pero que nunca llega a ser del todo sincera. Quizá porque detrás de la máscara de impasibilidad hay una nebulosa que indica que algo no marcha bien. Tal vez porque el cariño se niega a aparecer si no se comparten cosas que, en el fondo, no hacen más que dañar el espíritu y entregarse sin lucha. Aunque sea lucha libre. Aunque sea un deporte de tipos con llaves de fuerza que aplastan al adversario para que la rapidez y la astucia sea solo patrimonio de los campeones. No es lucha libre por casualidad. Es lucha libre porque así se cree que hay una permanente exhibición de fuerza que evadida por todos los lados de la colchoneta.

Sin duda, hay que destacar el trabajo de Steve Carell y de Mark Ruffalo en esta película. Ambos están perfectos en sus papeles y están acompañados de un Channing Tatum que, por primera vez, muestra algo de talento interpretativo moviéndose como ese luchador que pierde sus combates en la mente y los gana mientras tiene equilibrio. Detrás de las cámaras, Bennett Miller, director deTruman Capote, que vuelve a pasearse por los abismos del daño que puede hacer un cariño artificial y que solo desembocará en una expresión de inmadurez que acabará con todas las ilusiones, incluso la de un futuro lleno de comodidad después de un presente inmovilizado en la tarima. El resultado es una película irregular, con buenos momentos y una cierta morosidad narrativa para subrayar, con un tono algo cansino, los sentimientos que mueven a los protagonistas. Más allá de eso, todo se reduce a algo que podría haber sido explicado en menos tiempo y con más ritmo por mucho que se quiera acentuar que aquí no hay victorias heroicas ni peleas llenas de adrenalina. Solo el patetismo de un millonario que no sabía expresar el cariño pero que lo demandaba a golpe de talón. Ni siquiera sabía expresar la decepción mucho más allá de una bofetada inocua a pesar de que algo en su presencia movía hacia el temor. Quizá sea la soledad del poder. O quizá, también, sea la certeza de que, sin todos los millones que adornan una existencia vacía, no había nada salvo una enorme frustración. Y era incapaz de encontrar la última llave de aquellos a los que quería entregarse. 

miércoles, 11 de febrero de 2015

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (1974), de Sidney Lumet

Doce hombres justos casi siempre pronuncian un veredicto justo. Un tren, detenido en medio de ninguna parte y un asesinato. Un crimen que haría las delicias de cualquier salón de té. Basta con ponerse en la piel de un detective privado que solo acepta casos difíciles, de esos que hacen discurrir las células grises y ya está introducido el elemento inesperado. El crimen perfecto puesto en entredicho porque un cursi y remilgado detective belga llamado Hércules Poirot duerme en el mismo vagón donde se comete el asesinato. El pasado, demasiado a menudo, no ayuda a ajustar cuentas.
Y todos los sospechosos están demasiado perfilados. La mujer que no deja de charlar, la sueca que habla trastabillándose y con una cadencia algo retardada, el mayordomo impecable (no lo olviden, si en un asesinato hay un mayordomo de por medio, sigan la pista), el vendedor de coches italiano, el eficiente conductor del coche-cama, el conde y su bellísima mujer, el coronel del ejército colonial, la guapa señorita que esconde un secreto, el nervioso ayudante de la víctima. Todo está demasiado caracterizado, como preparado de antemano, como si éste fuese un caso que se lleva planeando más de veinte años. El color sepia se confunde con el color, la tinta de los periódicos de entonces parece la grasa de las ruedas del tren inmóvil, maldito detective relamido…
Sidney Lumet dirigió la que, posiblemente, sea la mejor adaptación que se haya hecho nunca de una novela de Agatha Christie, con un actor impresionante dando vida al mítico detective creado por su pluma en la piel de Albert Finney. Solo él ha sido Poirot, solo él ha conseguido dotar de una capa de grasa inteligente al ridículo hombre del bigotito, el bombín que se ha dedicado a investigar crímenes entre la aristocracia. Su interpretación eclipsa al resto del esplendoroso reparto, acertadísimo, al que Lumet otorga su momento de lucimiento con sabiduría en el ritmo y, sin salir del tren, con una ambientación absolutamente creíble. Y ésa es una de las grandes virtudes de la película. Podemos intuir el mundo de alrededor sin salir de esos pasillos estrechos, lujosos, únicos de un tren que ya es leyenda. Eso solo puede hacerlo alguien que dominaba como nadie las tramas situadas en espacios cerrados, como la mente de Poirot, como el lugar de un crimen que no dejará pistas en el momento de llegar a alguna parte.

Y es que es muy difícil buscar culpables cuando la maraña de engaños se enreda en los más ínfimos detalles y las pistas que puedan conducir al asesino son las que deja el propio asesinado. Recuperar un papel quemado con una sombrerera de mujer, hallar el desafío de un batín con el dibujo de un dragón a la espalda, un fantasmagórico empleado de ferrocarriles de baja estatura y al que le falta un botón de la chaqueta, un pañuelo con una inicial, un puñal, ruidos de distracción…El misterio está ahí mismo, en la noche atravesada por un tren que recorre media Europa en busca de una inocencia que se perdió hace mucho, mucho tiempo y por una crueldad que necesita hallar su final después de tanto sufrimiento.

martes, 10 de febrero de 2015

MUERO CADA AMANECER (1939), de William Keighley

Muero cada amanecer porque un maldito fiscal del distrito lo ha arreglado todo para que yo vaya a parar con mis huesos en la cárcel. La corrupción está entre los que mandan y mi profesión de periodista que dice la verdad molesta a todos. Han muerto tres personas y se me culpa. Intento que nada me afecte pensando que la cárcel es solo un estado temporal a pesar de que me han condenado a veinte años y un día. Pero esto acaba con cualquiera. No se puede hablar salvo en las horas de patio. Hay que trabajar todo el día en un telar de algodón que se enreda, que corta las manos, que se atasca y que hay que engrasar todos los días. Como alguien no haga algo pronto, no saldré de aquí nunca.
Muero cada amanecer porque he conocido a muchas personas malvadas, deseosas de dar rienda suelta a su ambición y, sin embargo, aquí, en la cárcel, he encontrado a un mafioso de cierta categoría que es capaz de dar lo mejor de sí mismo por mí. Y eso no es corriente. Es una contradicción vital. Es un hombre malo que, en algún lugar de su corazón, guarda un resquicio de gratitud y quiere pagar demostrando mi inocencia. Todo lo que yo tengo que hacer es denunciarle por un crimen. Y entonces todo se aclarará. El maldito fiscal del distrito ha nombrado a uno de sus secuaces como jefe de la junta de libertad condicional. Jamás saldré de aquí por esa vía. Y sigo muriendo, día tras día, esperando que alguien se fije en mi caso y se dé cuenta de que soy inocente. La cárcel me ahoga.
Muero cada amanecer porque tengo una chica ahí fuera esperándome. Es otra periodista. Es inteligente y tiene empuje. Llora por mí todos los días y yo la quiero. Pero es inútil. Tiene que jugar algunas cartas con astucia para que el mafioso se decida a aclarar el crimen del que se me acusa. Ella lucha mientras yo espero. Y la espera me mata porque el algodón es aburrido, insoportable, pesado y odioso. Los guardias de esta prisión son viciosos de la crueldad. Les gusta humillar a todos. Alguno muere por su culpa. Y ellos no tienen conciencia. En realidad, si lo pienso un poco, ellos son los prisioneros y yo soy el hombre libre. Y no puedo quitar de mi vista estos barrotes que me encierran y me enmudecen. Muero porque la verdad no la quiere conocer nadie. Muero por una libertad que no llega.
Muero cada amanecer porque el día se hace eterno y la noche es demasiado silenciosa. Cuando te encadenan en la celda de castigo te obligan a estar de pie todo el día, a comer de un plato como si fueras un perro, a dejar de ser hombre. Tortura. Para librarme de ella solo tengo que morir y, no obstante, cada amanecer se presenta un nuevo día en el que hay menos esperanza y solo una promesa de repetición. No es fácil morir todos los días.

Muero cada amanecer supuso la primera nominación al Oscar para James Cagney. Y no hacía ningún papel de asesino, ni de ladrón, ni de hombre hecho a sí mismo que se salta todas las leyes para construir un imperio. Solo era un periodista que fue encarcelado por decir la verdad. Y a punto estuvo de convertirse en un hombre malo. Dirigida por William Keighley, la película retrata la vida en la cárcel para un inocente. Con sus días repetidos, sus pactos secretos, sus veladas amenazas, sus certezas vigiladas y su silencio arrinconado. Es como para morir cada amanecer.

viernes, 6 de febrero de 2015

RELATOS SALVAJES (2014), de Damián Szifron

Comedia negra, ira clara. Situaciones que escapan al control porque no podemos seguir aguantando una vida que se empeña en partir la cara a los que la miran de frente. Para partir la cara, mejor al de delante. Reaccionar delante de los que te han arruinado la vida es lo mínimo que se le puede pedir a un ser humano. El meollo de la cuestión es saber hasta dónde se puede llegar…y si nos pasamos de frenada da igual. Hemos dado gusto a la rabia, que es esa cosa que te hace hervir las tripas y te sale a gritos de la garganta cerrada.

Golpe a golpe, venganza inmediata. Eso es lo que verdaderamente importa. Eso de que la venganza es un plato que se sirve frío es una pavada. El tiempo no hace más que arrojar la capa del olvido, incluso en la cólera que sale espontánea, incluso en las bajezas tan propias de cada uno que nos esforzamos por aplastarlas para no dar la medida de nuestro verdadero ser. La vida es un puro cuento. Y aquí hay seis ejemplos. El cuento del avión, el cuento de la cafetería, el cuento de la carretera, el cuento del límite humano, el cuento del accidente o el cuento de la boda. Todos terribles, salvajes, incontables. Y, sin embargo, en el fondo de ese pozo sin fondo que es el ser humano, hay algo de humor, algo de reírse de nosotros mismos, algo de que todo aquello sería imposible si nosotros no fuéramos tan posibles. En el fondo, la violencia brutal que anida en el interior de cada uno es un chiste fatal.
Y lo peor de todo es que lo pasamos bien, que somos espectadores de ese mundo irreal que tan cercano es a nuestras inquietudes. Quizá la sonrisa asoma en algún momento pero, en el fondo, es una sonrisa de miedo porque da auténtico pánico pensar que tenemos congéneres que pueden traspasar los límites de la conciencia y comportarse así, consumando el rencor en apenas unos minutos, quemando toda la frustración que se arrastra como si fuera leña en la hoguera, crepitante y consoladora. Tal vez haya algo de Quentin Tarantino pasado por un tamiz latino…y eso lo hace aún más temible.
Damián Szifron ha dirigido con pulso y complicidad, sabiendo dónde están los agujeros negros de lo que pretende contar y contando con la complicidad de actores superlativos como Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia o Marcelo Pozzi, extraordinario en su breve aparición como cocinero sabio en medio de una boda condenada. El resultado es salvaje y, al mismo tiempo, conmovedor porque creemos que todo eso no va a pasar y, sin embargo, algo dentro de nosotros nos está avisado de que sí, de que es posible, de que puede estar a la salida de un cine,  o en la cola, o en una escalera con un vecino, o en un mal gesto al volante. Y eso no hace más que colocarnos al borde de un abismo de consecuencias imprevisibles. Porque todos nosotros somos un precipicio de sentimientos que pueden acumularse hasta convertirse en una bomba de relojería que solo espera un golpecito final.
Y es que la oscuridad, la diversión y el realismo se dan extrañamente la mano en este cuento de cuentos que invita a usar el cerebro como arma y el pensamiento como filo. Hay historias mejores que otras, de eso no cabe duda, pero todas forman un rompecabezas literal de verdades dictadas con el puño y la ira. Lo peor de todo es que ambas cosas son adictivas y, una vez que se dejan salir del interior, pueden volverse una rutina y entonces es cuando haremos de este mundo algo totalmente inhóspito y vacío. Por mucha risa negra que haya detrás. Por mucha broma que podamos marear. Por mucha respiración que saquemos de nuestros cansados pulmones intentando dar una prórroga a la paciencia. La ira está ahí, como una droga, intentando desatar nuestras manos y nuestro odio largamente ahogado. Y en esta película, él es el protagonista. Somos una pandilla de resentidos, reconozcámoslo… ¿o no? 

jueves, 5 de febrero de 2015

NIGHTCRAWLER (2014), de Dan Gilroy

Las ciudades son agujeros negros donde impera el crimen, el asesinato, la muerte y la sangre. Un accidente terrible de cristales rotos y huesos desmenuzados. Un ajuste de cuentas entre dos desgraciados que sacaron a relucir sus pistolas. Un tiroteo brutal. Un cuello roto que vende más que cualquier buena noticia. La gente se abalanza sobre el morbo como carroña deseosa de devorar un buen banquete de podredumbre y la sociedad muestra, con las audiencias como medida de moral, que está mortalmente enferma.
En medio de tanta inmundicia, hay unos animales que olisquean el asfalto y se dedican a grabar los detalles más macabros de cualquier huella de violencia. La rapidez y el presentimiento se convierten en las armas primarias y una cámara y un foco son las que asestan el golpe fatal. El periodismo sensacionalista es un auténtico cáncer que alimenta las mentes sedientas de sangre consumida por los ojos y ya es una parte importante de un problema que corroe a todo aquel que se sienta delante de un televisor. Y entonces es cuando ese problema aumenta hasta límites insoportables porque la libertad de información se convierte en pura pornografía truculenta.
Uno de esos animales que no reparan en detalles morales y éticos puede que sea alguien que no siente la más mínima empatía hacia nadie. Puede grabar a un hombre con el cráneo destrozado sin pestañear o incluso puede preparar la escena si llega antes que la policía. Es uno de esos que pertenece a una generación que lo ha aprendido todo de la red, que cree que todos los conocimientos están contenidos en ella y que, por tanto, todo es verdad. Porcentajes, estímulos, estrategias y comprensiones. Él carece de todo eso porque, sencillamente, no ha nacido con ello. Cree que el amor se puede negociar. Cree que explotar a otros es lo más natural, que piensen e inventen algo para salir del hoyo como él lo ha hecho. El asfalto llama todas las noches y él se va a encargar de retransmitir el espectáculo. Ese tipo de periodismo puede llegar a ser cómplice de los mismos crímenes que se encarga de hacer llegar a todos los hogares. Las audiencias mandan. Las influencias hacen subir. Ser famoso es una ventaja y nadie merece serlo más que él.
Notable película, realizada con talento y ritmo, con sentido crítico y valentía por parte de Dan Gilroy, hermano pequeño de Tony Gilroy, director de, entre otras,Michael Clayton, y que cuenta con la colaboración de Jake Gyllenhaal dando a la perfección el perfil de un monstruo que deambula por las calles de Los Ángeles en busca siempre de más vísceras. Una máquina sin sentimientos que recita como un papagayo lo que aprende de internet y que no duda en utilizar cuantos medios estén a su alcance para alcanzar sus objetivos, incluido el de una cámara que siempre mira hacia arriba, intentando llegar a la cima de una ciudad corrompida que solo se para delante de una pantalla para participar de la muerte, con los ojos fuera de órbita y los colmillos asomando.
Y es que el asfalto es el colchón perfecto para derramar unos cuantos litros de sangre mezclada con la falta total de escrúpulos que nos invade. Es la certeza de que solo somos muñecos de unos cuantos desalmados que nos regalan nuestros quince minutos de fama…cuando ya estamos muertos. 


martes, 3 de febrero de 2015

EL INFIERNO DEL ODIO (1963), de Akira Kurosawa

Dar toda tu vida, tu esfuerzo, tu sueño para salvar al hijo de otro es un dilema moral de difícil solución. Un desalmado odia a ese magnate que está ahí arriba, con su casa llena de lujo, de diseño moderno y vida cómoda y el rencor es un monstruo que no hace más que crecer y devorar. El dinero es importante pero aún lo es más causar daño a ese malnacido que mira desde arriba a toda la pobreza de ahí abajo. Hay tanta simpleza en su interior que no repara en que ese hombre que se construyó una especie de castillo en lo alto de una colina de Japón comenzó como un humilde zapatero. Todavía guarda sus utensilios. Quizá para recordarse a sí mismo que también fue nadie. La elección es imposible. Por tu hijo, sí, haces lo que te pidan. Por el hijo del chófer…tal vez no sea tan fácil echar toda tu existencia por la borda, incluso en el momento en que ya se iba a dar el gran salto para ser alguien de verdadera importancia en el mundo de la industria zapatera. Hasta ahora, él piensa que las cosas han ido bien a base de esfuerzo, de muchas horas de trabajo, de decisiones acertadas. El instante para dejar atrás todo eso ha llegado…y un tipo que solo quiere droga para acabar con sí mismo quiere acabar con el sueño del lujo, de la ociosidad, de la siempre dulce idea de no hacer nada.
La maquinaria policial se pone en marcha y localizar al individuo es una tarea enorme en un país que todavía está pagando las consecuencias de la guerra. Japón tiene aún grandes diferencias sociales y apenas existe la clase media. Solo los de arriba y los de abajo. Y el trato es una canallada que no puede quedar diluido en la nube de gente que deambula para ir al trabajo, para divertirse en locales donde se baila tan apretado que apenas se pueden mover los pies, para olvidar tanta tragedia que, después de quince años, aún asola a un país que perdió el orgullo y la paz. El agobio es evidente pero alguien tiene que escarbar en esa ciudad de calor y de tonalidades blancas y negras, plagada de luces y de malas personalidades, de rostros que, a pesar de desear la diversión con todas sus fuerzas, exhiben su languidez porque no ven la luz al final del túnel. Vale la pena trabajar para que ese hombre hecho a sí mismo, recupere algo de su dignidad. Sobre todo porque su futuro ya ha muerto y no hay rescate para recuperarlo.

Una gran película que Akira Kurosawa rodó muy cerca del drama personal y del cine negro poniendo en juego a dos de sus intérpretes preferidos como Toshiro Mifune y Takashi Shimura en la piel de ese millonario que no podrá progresar y de ese policía que se emplea a fondo para reparar, aunque sea con un grano de arena, la desgracia de un secuestro equivocado. En ella, Kurosawa pone en juego el odio que se llega a tocar en los suburbios por la gente a la que se ha olvidado en la tarea de la reconstrucción y que jamás podrá subir una colina para poner la piedra de una casa digna. El camino para ellos solo es cuesta abajo y el descenso será más lento si aparece la injusta crueldad para recordarnos a todos, a los que nos va bien y a los que nos va mal, que el odio no es la solución, que eso solo hunde más y más a todos aquellos que deseamos un futuro mejor sin exclusiones.

SOLAS (1999), de Benito Zambrano

El martes pasado sostuvimos un debate muy especial sobre "El espejo", de Andrei Tarkovski. Si queréis saber por qué, es mucho mejor que lo escuches aquí. Merece la pena, os lo aseguro.

La vida ha sido demasiado cruel porque ha hecho enfermar a la gente de soledad. No hay voces resonando en el interior de las habitaciones de las casas. No hay una risa contagiosa retumbando por entre los azulejos de las modestas cocinas. La verdadera miseria no es la falta de dinero, no es vagar sin rumbo por una vida que se ha cansado de rechazar a los que quieren entrar. La verdadera miseria es estar solo, sin compañía, sin nadie con quien hablar de naderías, de trascendencias, de vasos sucios y de platos blancos, de amaneceres que pasan desapercibidos y de atardeceres melancólicos que apagan la vida hasta la incógnita del día siguiente. Una voz sin respuesta. Un eco sin resonar. Solo el vacío, el frío más silencioso y, después, la indiferencia.
Y es que la vida se encarga de ahogar ilusiones. Puede que los hombres nunca seamos las respuestas esperadas. Puede que las mujeres aguanten el sufrimiento hasta límites insospechados pero, si vamos un poco más allá, solo asistiremos al auténtico rostro de la desesperanza porque no hay nada más ruinoso que una mujer que ha luchado y que ha perdido. Los autobuses ya emprenden el camino de vuelta y detrás no se ha dejado absolutamente nada. Se ha pasado por la vida con la misma ligereza que el viento, con la misma sensación de inutilidad que un buen montón de cascotes amontonados en un barrio viejo y cambiado. Quizá, al final, justo antes de continuar el camino, habrá una victoria insignificante que querrá dar una tregua al desequilibrio, con un rostro de niña y una barba de viejo. Con un par de palabras dichas en el momento oportuno para tener la seguridad, la íntima seguridad, la plena seguridad, de que no hay sitio para la soledad mientras la vida late y se abre camino a través de las inquietudes y de los miedos. Porque el secreto no está en saber vencerlos sino en saber dominarlos.
Tal vez quien haya tenido una existencia de humildad y servidumbre, de golpes sin caricias, de amor vertido en los pequeños detalles haya sabido mirar de frente al sol. Puede que un viejo sin más compañía que una lubina cruda y un perro listo tenga fuerzas para dar un buen puñado de esperanza y agarrar una nueva razón para seguir adelante. Quizás una mujer que solo encuentra callejones en el fondo de un vaso lleno de humo y resentimiento tenga una última oportunidad para darse cuenta de que ella nació para algo grande como es dar vida, lo más grande a lo que puede aspirar una mujer. Por eso, las madres son heroínas todos los días, todos los amaneceres, todas las noches, durante todas las lágrimas, durante todas las esperas. Son robles enfermos que nunca se doblegan ante la fuerza del viento, ni siquiera ante la fuerza egoísta de un hombre, ni siquiera ante la ingrata perspectiva de un destino que no guarda sorpresas, ni ilusiones aunque siempre, siempre, tendrán una esperanza en esos ojos que han sabido mirar mucho más allá de la superficie en la que todos nos escondemos tratando de disfrazar unos miedos que, ante todo, son cobardes.

Ana, María, Carlos…ya no estáis solos.