miércoles, 25 de febrero de 2015

YAKUZA (1974), de Sidney Pollack

El honor no es algo que se quite y se ponga como una gabardina. Es algo que es difícil de llevar porque es lo que da la exacta medida de un hombre. El pasado siempre está reñido con el honor. Un favor a un viejo amigo. Una deuda pendiente. Una ofensa que sabe a humillación…Tal vez, el pago de la deuda viene de alguien que se considera un enemigo. Y en medio, la mafia japonesa, dispuesta a llevar hasta el final el saldo. Es una contabilidad de muertos que derraman su sangre con lentitud, con parsimonia oriental, con la mirada fija en los mismos ojos del horror.
El amor de verdad es algo que se queda ahí, latente, dormido por mucho tiempo que transcurra. Otra vez el pasado que sale al encuentro con la fuerza de unos sentimientos que costaron mucho dominar. Las gotas de sangre gotean por la espada del samurai. Los disparos resuenan como golpes del destino. Hay demasiado dolor agrupado en un solo hombre. Hay demasiadas deudas que no se pueden pagar porque permanecen en silencio. Y dos hombres dan su medida pagando con su propia carne en el mejor de los gestos, en el más inútil, en el más terrible.
Robert Mitchum aporta un rostro cansado, de vuelta de todo. Es el rostro de un hombre que ya hace mucho tiempo que perdió todo. Perdió su amor. Perdió su razón de vivir. Desde entonces, lo único que ha hecho ha sido deambular por el mundo, hacer favores a viejos amigos, trabajar de detective privado en un tiempo en el que ya no quiere ser protagonista. Lo fue para una mujer pero aquello tuvo que acabar porque no había futuro. Ella lo tuvo pero él no y fue un precio que pagó con gusto porque el amor impone sacrificios aunque siempre se vuelva a él. Ken Takakura posee un rostro que oscila entra la ira y la vergüenza. La ira que proporciona el deseo de haber sido mejor. La vergüenza que no se borra porque no estuvo allí donde se le necesitaba en el momento adecuado. Y ahora es el momento de pagar su deuda de honor. La ofensa tiene que ser lavada, la humillación debe ser entregada al olvido. Solo la verdad podrá hacer todo eso. Y el honor pide sangre.

Sidney Pollack dirigió la que, tal vez, es la película que mejor habla sobre el honor nipón y su particular manera de entenderlo. No es fácil narrar en menos de dos horas el ambiente que rodea a la mafia japonesa con un código de honor rígido e impío pero Pollack lo consigue porque no se entretiene por el camino. Cuenta el amor que aún perdura, cuenta la amistad que, demasiado a menudo, cae hecha añicos. Cuenta la obligación que tienen los hombres de saldar las deudas con otros hombres de verdad. Cuenta el dolor que subyace en esos tipos duros que han vivido al borde del peligro y, finalmente, se tienen que enfrentar a él. Es una búsqueda de la verdad que late en el interior de cada uno, desempolvando la rabia de los rincones y sintiendo cómo el filo de espada recorre la espalda de un dragón que solo tiene que despertar cuando otros lo necesitan.

martes, 24 de febrero de 2015

LA CAZA DEL OCTUBRE ROJO (1990), de John McTiernan

No te fíes nunca de un ruso, seguro que sus intenciones son otras. Es fácil de decir. Y, sin embargo, Jack Ryan sabe leer en la mente de un comandante que quiere pasarse al otro lado en plena Guerra Fría. Es un hombre de temple, que sugerirá la posibilidad tan solo si sabe que, en el bando contrario, hay alguien que le pueda entender. Y además hay toneladas de agua de por medio. Un arma mortífera, capaz de burlar a los más sofisticados radares tiene que servir para mantener el equilibrio en el mar. Lo demás es solo política. Se necesita analista. Razón: fondo del mar.
Para ello el Comandante Marko Ramius debe tener a una serie de oficiales que estén de su lado. El plan es arriesgado y comprometedor porque el más mínimo movimiento en falso significa un torpedo en las nalgas. El capitán del U.S.S. Dallas lo sabe bien y tiene la certeza de que en cuanto a ese ruso se le ocurra hacer una maniobra sospechosa no le va a dar tiempo ni a toser. Pronto, los rusos movilizan a toda su flota para dar caza al desertor pero no dudan en decir a los Estados Unidos que ese tipo quiere lanzar un misil nuclear a pocos kilómetros de la costa estadounidense. Se desata la jauría. Los americanos están de sobreaviso, en alerta permanente. No, no te fíes nunca de un ruso, te lo hará pagar caro.
Jack Ryan, en cambio, es un tipo que sabe leer entre líneas. No es lógico que un hombre como Ramius quiera desatar un ataque unilateral contra los Estados Unidos. Él es cabal, es un marino de pura cepa, con un alto concepto del honor, con la caballerosidad que solo tienen algunos oficiales. El hombre es Ryan y se debe lanzar desde un helicóptero a un mar casi helado para evitar una catástrofe.

Maravillosa película de acción, llevada con inteligencia, donde se ponen en juego las tácticas navales con asombrosa claridad, con un John McTiernan en estado de gracia que supo mover las piezas del tablero con sabiduría y dirigir a un Sean Connery que atrae y que consigue ese rostro de confianza que solo los que saben hacer bien su trabajo llegan a tener. Detrás de él, toda una serie de actores que dan una textura densamente acuática a la película como Alec Baldwin, quizá el mejor Jack Ryan que haya dado el cine, Scott Glenn, Richard Jordan, Stellan Skarsgard, Fred Dalton Thompson, Sam Neill, James Earl Jones, Joss Ackland, Tim Curry, Peter Firth y Jeffrey Jones. Todo un reparto para encerrarse entre las paredes redondeadas de un submarino y entablar una partida de ajedrez de movimientos llenos de astucia, de intenciones interpretadas con una delgada posibilidad, de maniobras loco Iván, de planos de abismos marítimos, de una lucha continua que lleva a la nave rusa a navegar entre dos enemigos, a torpedos sin rumbo que buscan desesperadamente un blanco, al ridículo diplomático que conlleva no querer decir la verdad en ningún caso, al deseo desesperado de una libertad en equilibrio porque, en algún lugar, siempre hay un lago en calma que recuerda los días de la infancia.

viernes, 20 de febrero de 2015

EL OSCAR ECHA A VOLAR



Dicen los más entendidos en esto del cine que ganar un Oscar es como echarse a volar. El mundo alrededor se desvanece, se aleja y se pierde y los actores, actrices, directores y productores que se llevan la estatuilla a casa van en volandas, como si hubiesen adelgazado unos cuantos kilos en una sola noche de parranda, con sus elegantes vestidos y sus vanidades a punto. El próximo día 22 de febrero hay una nueva entrega y los más numerosos, es decir, los perdedores, tendrán que volver a su mansión en taxi.

Así pues podríamos echar un vistazo a la categoría de Mejor Película Extranjera. Nuestro corazón español nos lleva a estar al lado de Damián Szifrón y su Relatos salvajes, divertida e inteligente antología de fábulas sobre la ira que se esconde en cualquier ser humano. Tiene opciones pero ahí está la polaca Ida, de Pawel Pawlikowski, la historia de una novicia que, justo antes de tomar los votos de monja católica, quiere indagar sobre sus padres judíos que la abandonaron en un convento nada más nacer ante la cercanía de la barbarie nazi. Está rodada en un esplendoroso blanco y negro, con un ritmo y una cadencia bastante lentos pero narrada con cuidado y además tiene una gran baza a favor.y es que Polonia nunca ha ganado un Oscar a pesar de que grandes gurús del cine polaco se han quedado a las puertas como Andrzej Wajda, Roman Polanski, Jerzy Kawalerowicz o Agnieszka Holland.
Como mejor director, me temo que la Academia se va a echar en los brazos de Richard Linklater por la paciencia que derrochó a lo largo de doce años para rodar esa cosa insulsa y sin gracia que se llama Boyhood pero si la justicia desplegara sus alas infinitas el premio debería recaer en Alejandro González Iñárritu por la discutida y discutible Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) por varias razones. La primera es la excelente dirección de actores de todo el reparto frente a la improvisación recurrente en el cine de Linklater con un puñado de interpretaciones grises como las plumas de una paloma zurita. En segundo lugar, por el despliegue técnico de Iñárritu que no solo es impresionante, sino que en ningún momento llega a chirriar. Y en tercer lugar porque la historia es bastante más interesante, más apasionante y más certera que la de Linklater. Ahora bien, no faltarán los que defiendan a morir a Boyhood más que nada porque el postureo de la independencia coloca a los entendidos en otro status más molón.
En cuanto al mejor actor secundario el premio está muy decantado justamente hacia J.K. Simmons por el papel de maestro tiránico y psicópata de Whiplash, toda una disección sobre el sacrificio del virtuosismo musical. Simmons consigue hacer que la película, más que una historia de aprendizaje, se sitúe en los márgenes del thriller y todo esté bajo la sombra de ese inmenso cuervo que exige más y más por razones que solo el que haya ido a ver la película podrá entender. Será el ganador.
En cuanto a mejor actriz secundaria pondremos nuestras cartas, ahí sí, al lado de Patricia Arquette por Boyhood por esa sufrida interpretación de una madre que tiende hacia la inestabilidad familiar que, por otra parte, no influye en absoluto en el chaval protagonista de la película. A través de los doce años que el director Richard Linklater tuvo que esperar vemos a Arquette envejecer ante nuestros ojos y pasar de una mujer irremediablemente atractiva a una cincuentona pasada de kilos, arrugada por el tiempo y castigada por los errores. El trabajo es meritorio y que la película no sea maravillosa no quita su reconocimiento. También será ganadora con casi todas las papeletas en el bolsillo.
La categoría de mejor actor será de las más competidas porque hay dos claros dominadores: Uno es Michael Keaton en la piel de ese actor inseguro que quiere su ración de prestigio en el hostil mundo teatral de Birdman. El otro será Eddie Redmayne, réplica perfecta del científico Stephen Hawking en La teoría del todo. Ambos serían justos ganadores pero me inclino a pensar que el que irá volando a casa será el propietario de las alas, es decir, Michael Keaton. Aparte de su soberbio trabajo hay dos razones más que apoyan la apuesta. Es un actor veterano, de cierta solvencia, al que no le quedan muchas más oportunidades para obtener el reconocimiento de la Academia. La otra es justo la contraria: Redmayne es un actor joven, con un largo recorrido por delante y con un talento excepcional que le coloca entre los mejores de su generación. Físicamente su encarnación del brillante científico condenado por la esclerosis lateral amiotrófica fue una auténtica tortura y tal vez la Academia lo valore pero Keaton tiene las garras dispuestas para llevarse al calvo de oro hasta la repisa de su chimenea.
Como mejor actriz, la cosa va a estar muy clara. Julianne Moore va a ganar de calle por su papel de enferma de Alzheimer en Siempre Alice. Sin ser una película estupenda, ha sido una actriz que siempre ha dado lo mejor y ya es hora de que le llegue su agradecimiento. Esta va a ser su última oportunidad y lo hace francamente bien. Julianne Moore es la chica que, cuando te mira, sientes que eres capaz de volar.
Por último, llegamos a la categoría de mejor película con tres títulos luchando por hacerse un hueco en una lista para la historia. Una es, desde luego, Birdman, de Alejandro González Iñárritu. Otra es, por supuesto, Boyhood, del ínclito Richard Linklater. La tercera y más tapada es El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, una película que podría dar la sorpresa a pesar de que no está nominada en las categorías principales. En todo caso, yo me inclinaría por Birdman, más que nada porque, amiguismos aparte, es la mejor película del año. Decir lo contrario no sería justo. Por mucho que duela a los amantes del “soy diferente porque yo lo valgo”.
Llegó la hora de mirar hacia el cielo y ver quién planea mejor sobre las corrientes artísticas, comerciales e industriales de Hollywood. En cualquier caso, no se preocupen si no gana la que ustedes prefieren, este día hay que tomarlo como la fiesta de San Cine y nada más. El resto es pura vanidad. Como un pájaro que vuela, altivo y arrogante, sobre las cabezas de millones de mortales. 

jueves, 19 de febrero de 2015

EL FRANCOTIRADOR (2014), de Clint Eastwood

Por la mirilla todo se ve prescindible. Solo hace falta realizar una especie de acto reflejo con el dedo índice apoyado en el gatillo, escuchar el estampido y ver cómo los cuerpos caen. A cada disparo, la mente queda un poco más herida, por mucho que se piense que esa bala ha salvado la vida de unos cuantos compañeros. Los músculos se destensan con la respiración pausada. Se trata de matar sin que los nervios puedan desviar el tiro. Se trata de ser un pedazo de roca lo suficientemente dura como para que todos se sientan seguros a través de la mirilla.

La culata tiene que estar bien pegada al hombro, los ojos se obligan a estar atentos, muy pendiente de todo lo que se mueve, la posición debe ser cómoda y relajada. Los dientes se aprietan pero luego la boca tiene que liberarse. La mirilla es la verdad. El asesinato se perpetra, por mucho que sean enemigos que intentan defender lo que ellos creen que es justo. Eso, en el fondo, no tiene mucha importancia. Lo único que es importante es tratar de hacer que los que comparten día contigo vean otro amanecer y luchar por lo que te han dicho que es la libertad más supuesta. La guerra nunca es libertad. La guerra es muerte y no hay nada de heroico en ella.
El regreso es aún peor porque no se quiere que nada del entorno se vea salpicado de la sangre que se ha probado allí donde el desierto nunca termina. La vida es cómoda en casa. Los niños saltan alrededor del calor de un padre y ninguna emoción puede salir a la luz. En el fondo, es como mirar por una mirilla sin cañón a todo lo que realmente se ama. Todo debe quedar ahí dentro, sin decirse. Porque si no se dice, no se hará realidad en las vidas ajenas. Pero todo eso se va terminando. A cada viaje al frente, se vuelve más destrozado. Hay instantes en los que uno se llega a preguntar si el hecho de volver a casa no hace que mueran más compañeros. El corazón se va apagando poco a poco porque ha habido que disparar a niños, a mujeres…sin piedad…y cuando uno se acostumbre a no tener piedad, se olvida de ponérsela cuando está con los suyos.
Clint Eastwood vuelve a sorprender con una película que no es redonda pero que, sin duda, alcanza niveles muy altos. Para ello, en esta ocasión, tiene la entrega de Bradley Cooper, absolutamente creíble en ese papel de soldado que realmente cree en lo que hace pero que llega a confundir sus propios sentimientos con la realidad de una guerra que le está agotando por dentro. Solo el altruismo puede salvar el derribo mental aunque el destino tenga preparada una última bala. Y Cooper pasa por todos los estados de ánimo siempre reprimidos en una interpretación de mérito al tener que jugar en todo momento con las armas de la contención y del autodominio. Por lo demás, todo es una minuciosa reconstrucción de un estado de ánimo, de un modo de pensar que nos puede resultar algo ajeno porque el concepto “patria” no existe en España. Lo único cierto es que en una guerra muere gente y también muchos la sufren, y no solo los perdedores.

Y es que conservarse vivo no es la única obligación de aquel que está en el frente. También lo es volver con las ideas claras, sin haberse contaminado de toda la crueldad, de toda la sensación de peligro, de todas las cosas horribles que se tienen que vivir en primera línea. Para ello no es suficiente con proponérselo. Hay que ser fuerte desde el primer momento, no llamándose a engaño, sabiendo lo que se va a encontrar por esas calles y esas guerras que se hacen por traición y en la que al enemigo no le importa morir. Más que nada porque se puede tener la idea de que la vida vale muy poco y que un perro jugando puede ser una amenaza. Eastwood pasa de puntillas por esa idea pero él siempre ha hecho un cine de trazos y esbozos, dejando que el público ponga lo que él no ha contado. Sabe que sabemos. Y eso le coloca allí arriba, en el sitio donde solo los grandes directores que han considerado al público inteligente pueden estar. Con dos líneas finas diciendo de dónde vienen y hasta dónde pueden llegar sus personajes. 

martes, 17 de febrero de 2015

LA SEÑAL (2014), de William Eubank

El paso de la adolescencia a la madurez es algo duro de asumir. Tal vez porque, poco a poco, el niño se va dando cuenta de que tiene que tomar decisiones y en cada una de ellas afecta la vida de los que le han estado acompañando hasta ese instante. O puede que la vida se haya encargado de poner un par de pruebas que cambian su concepción de la existencia. Un viaje es el principio del camino. El más grande de los viajes es el último de los descubrimientos.
La normalidad se altera porque, de repente, el mundo se llena de exigencias y el niño tiene que volver a aprender a caminar, a desenvolverse, a hacer cosas con sus manos que ignoraba que podía hacerlas. El amor se revela como algo doloroso en cada separación y solo queda el consuelo de saber que la inteligencia es algo que no podrá ser arrebatado en ese trascendental tránsito. De repente, todo cambia. Y es cuando se mira a un adulto y no se comprende qué intención hay cuando antes era tan fácil de adivinar.
Y es que el problema no es tanto que uno de los tuyos trate de observarte y ayudarte sino que los mismos adultos, esos extraterrestres, intenten observar la evolución de una inteligencia cuando se la dota de complementos físicos excepcionales. Tal vez volver a tener un par de piernas sea algo que merezca más la pena que resolver la más complicada ecuación matemática. Pero aún mejor es que esas piernas nuevas sean utilizadas con la precisión de la más complicada ecuación matemática.
Interesante parábola sobre el crecimiento disfrazada de cuento de ciencia ficción que nos lleva por el misterio de la vida replicada, de las segundas oportunidades, de la extrañeza de la competitividad diaria. Hay momentos de cierta intriga que consiguen ser una drogadicción para seguir adelante con esta historia. En cambio, en otros, se ha caído en algo fácil, sin demasiado sentido, dejando al interrogante una innecesaria prolongación pero, en conjunto, el director William Eubank consigue secuestrar nuestro pensamiento hasta tal punto que la sensación del espectador cuando sale del cine es que no sabe muy bien hacia dónde se ha dirigido la película y la solución está mucho más cerca de lo que nadie piensa. Basta con mirar con atención y darse cuenta de que los experimentos no han funcionado porque la inteligencia es la auténtica arma del ser humano y, en muchas ocasiones, nos hemos negado a utilizarla prefiriendo el disfraz de la resistencia. Y eso, en realidad, no es más que debilidad. Uno de esos defectos casi intrínsecos del hombre que es despreciado por cualquier observador de cierta perspicacia. Aunque ese observador sea un adulto ya abducido por un mundo tecnológico que no tiene demasiada consideración por el roce de unos con otros. A eso nos han condenado las máquinas, a ser meros instrumentos de una competición que solo alimenta de manera muy peligrosa nuestra propia vanidad. Y lo peor es que nos estamos perdiendo el apasionante desarrollo de nuestros pensamientos y de nuestra propia personalidad. 


OCHO Y MEDIO (1963), de Federico Fellini

La semana pasada se me olvidó incluir en el blog el debate que sostuvimos en "La gran evasión" sobre "Solas" con la invitación muy especial que hicimos a Carlos Álvarez-Nóvoa para que nos hablara de la película. Si aún queréis escuchar todo lo que dijimos podéis hacerlo aquí. Así mismo estuvimos el martes pasado hablando sobre "La mujer del cuadro", de Fritz Lang, todo un rato de ensoñación que también podéis escuchar si os apetece aquí. Hoy hablaremos sobre esta magnífica película sobre la angustia de la creación de Federico Fellini.

La vida es un guión que no tiene ningún sentido. Por la imaginación real pueden pasar mujeres alocadas, mujeres locas, mujeres pocas y mujeres ocas. Da igual. A todas hay que mantenerlas a raya con un látigo o si no te devoran cual fieras en la pista central de un circo. Es fácil tomar una copa en una terraza soleada y quedarse ensimismado pensando en que esa chica que está un par de mesas más allá tiene una historia de amor contigo. Apasionada y falsamente. Y es que, a veces, el cine es más real que la propia realidad. Una realidad que golpea con preguntas inútiles, que arrastra hacia el nerviosismo más diletante, que inutiliza al que se atreve a vivir. La fantasía es más placentera, es moldeable, es un refugio pero también tiene algo con lo que aprendes y vives. Es la magia que parece que se esconde entre las sucias casas grises que esperan siempre el regreso del trabajo. Sí, ese trabajo que parece también algo extraordinario cuando, en muchas ocasiones, es tan aburrido que dan ganas de tirarse por el balcón. La luz, amigo, la claridad. Sí, es eso que esquiva la mirada y el pensamiento cada dos por tres. O cada ocho y medio.
Y es que incluso los momentos de solaz están extraídos de una mente corrupta que lucha por acabar con esos instantes con la mayor celeridad. No basta con coger elementos reales para hacer una película, hay que coger lo mejor de las ensoñaciones para dar a todo un aire caótico y ciertamente coherente. La copa quema en el interior y siempre viene el pelmazo de turno a sacar a la persona del momento. Cuánta estupidez. Cuánta nadería. Lo importante de la vida es la vida misma y no cómo ganárnosla sin reparar en los minutos que pasan por el corazón y por el sentimiento aunque se puede aceptar que esos sentimientos estén tan vacíos como una cámara que va grabando mecánicamente todo cuanto pasa por delante de ella. En el fondo, la mente es el circo donde se recrean las más fabulosas atracciones, donde está el verdadero espectáculo. Lo otro no es más que una pobre sesión continua llena de chapuzas en la que el director es un auténtico lerdo con ínfulas. La peor clase de lerdo que hay.

Federico Fellini llenó sus fantasías de comedia y puso a Marcello Mastroianni para llevar adelante sus inquietudes en esta película que, quizá, sea la mejor de toda su filmografía. En todo caso, eso no es más que una frase que, probablemente, no haga sino atormentar al gran director italiano mientras se encierra, una vez más, en su delirante imaginación en la que la mujer ejerce de crítica feroz de su forma de vivir, aún peor que esos falsos intelectuales que se dedican a juzgar sus películas. Y es que el circo no debe parar. Al fin y al cabo, solo quedan ocho y medio para acabar la función. Algo más que un número perfecto. Quizá una oronda mujer sentada esperando a que la extraviada fracción vuelva de su paseo por las nubes.

viernes, 13 de febrero de 2015

SELMA (2014), de Ava DuVernay

“Que suene la libertad y que, cuando esto ocurra y permitamos que la libertad suene, cuando la dejemos sonar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podamos acelerar la llegada de aquel día en el que todos los hijos de Dios, blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos sean capaces de juntar las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: ¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias Dios Todopoderoso! ¡Somos libres al fin!”
Cuando Martin Luther King fue asesinado, su esposa Coretta grabó la siguiente inscripción en su lápida:

“Al fin eres libre”

Y es que el camino de la libertad es un sendero difícil y quebradizo porque sin libertad, no hay derechos y sin derechos no se satisfacen las necesidades más básicas. Se podrá alimentar al pueblo de migajas y de promesas pero eso no son más que engaños del poder político que trata de contentar a los que verdaderamente tienen el poder. El mayor acto de libertad es el que empieza cuando un hombre es capaz de ponerse de pie y sin ningún uso de violencia se atreve a decir “No”. Lo demás es solo entrar en el juego, ser uno más de una multitud sedienta de venganza, convertirse en el enemigo y eso deslegitima, desacredita, desilusiona y quita la razón a quien, de por sí, la tiene.
Y cuando es tan evidente que los de siempre, los que intentan imponer la razón por la fuerza (lo cual hace que su idea sea extremadamente débil), son solo opresores de la libertad porque no les gusta que la gente piense y sea y se levante y diga “No” entonces es cuando hay que mantener la verdad a salvo porque, sin ella, no puede haber rebelión. Todas las rebeliones, más tarde o más temprano, han terminado corrompiéndose porque, al fin y al cabo, no han hecho más que repetir el mismo sistema con algunas variaciones. La gente es lo primero, es la que tiene derecho a decidir, es la que habla a través de las urnas, es la que expresa sus protestas pero respetando en todo momento la paz…sí, en todo momento, incluso cuando las porras vuelan y se quiebran huesos, incluso cuando las armas salen a relucir y un disparo acaba con la vida de alguien porque si empleamos la fuerza contra la fuerza…estamos asesinando la libertad y también nuestro derecho a ser demócratas.
Martin Luther King luchó con insistencia por los derechos de la gente de color en Estados Unidos. Lo hizo con rabia y con serenidad, tratando de contener la furia natural que brota en el ser humano cuando la injusticia rompe las costillas y pisotea los derechos. Y siempre tuvo razón. Y esta película, aún con sus defectos, habla sobre esa resistencia, sobre esa capacidad de negociación porque todos, blancos y negros, eran ciudadanos del mismo país. Y el gobierno debe legislar para todos y no solo para unos pocos. No importa que se cambie de signo. Esa máxima debe imperar en cualquier gobierno que sea democráticamente elegido. Porque no son un puñado de jefes sobre millones de personas sino que son un puñado de empleados bajo el mandato de millones de jefes.
Emocionante a ratos, necesaria en la mayoría, valiente en el retrato aunque ligeramente hagiográfica e irregular en algunos instantes, Selma contiene una excelente interpretación de David Oyelowo como el hombre que fue Premio Nobel de la Paz pero también de Tom Wilkinson en la más ajustada encarnación que se ha hecho nunca en el cine del Presidente Lyndon B. Johnson y de Tim Roth, a pesar de lo breve de su aparición, como el más que discutible Gobernador de Alabama George Wallace. El resto es historia. Es la capacidad que tuvo un hombre que despertó la suficiente ilusión como para hacer una marcha de un millón de hombres por algo tan básico y tan fundamental como los derechos civiles para hacer que una nación fuera más libre y, de ahí, menos pobre…y no al revés.