“Un sueño no es más que un deseo que la realidad se encarga de
destrozar. Igual que los recuerdos son momentos que se niegan a ser ordinarios,
los sueños son instantes que luchan por convertirse en verdad.”
Así es cómo empieza El sueño americano (El cine en la era
Kennedy), un libro de cine que invita a soñar, que habla sobre todas
aquellas películas que se hicieron bajo la presidencia de un hombre que fue
capaz de hacer creer a la gente que cambiar las cosas era posible y el cine, como
todo arte, comenzó a transformarse bajo ese ambiente de entusiasmo en el que se
dejaba todo lo antiguo atrás y afrontaba muchas cosas por delante. Fue la recta
final para muchos grandes directores pero también fue la constatación de que
toda una generación de jóvenes estaba esperando con sus cámaras para tomar el
relevo y hacer las cosas de otra forma. Éste no es un libro de historia, es un
libro de cine y, por tanto, también lo es de sueños.
“El autor repasa la selección de películas deteniéndose a menudo en las
tensiones internas, dentro de los equipos y dentro del alma del propio creador
que trabaja con el arte a la vez que con su modus vivendi. Arte, ética, compromiso, propaganda, empleo
alimenticio, negocio, todo forma parte del cine y Bardés se lo acerca al lector
sazonado con su propia visión y las emociones que cada caso le provocan y que
el lector podrá compartir o no. Como podrá compartir o no el mito de JFK al que
Bardés contribuye con convicción”. (Del
prólogo de Anna Bosch)
Al fin y al cabo, los sueños
están hechos de mitos y sin mitos, reconozcámoslo, no hay sueños. John Kennedy
no era más que un símbolo que se quedó en incógnita porque nunca sabremos si
toda esa promesa joven hubiera sido capaz de establecer un nuevo rumbo en los
años sesenta. Su carisma fue suficiente para todo el mundo hasta tal punto que,
si hoy nos preguntan dónde estábamos en el momento del ataque del 11-S todos
sabremos contestar. Hasta entonces, la generación de nuestros padres siempre
recordaron dónde estaban cuando mataron al Presidente Kennedy.
“Mezclado en esta magnífica y elegante exposición maravillosamente
documentada y narrada de la época mágica de los sesenta del cine americano,
estás tú, querido y admirado César, como perfecto guerrero en el combate,
desnudando tu corazón y tu alma a través de la vida y de la obra de los demás
personajes, directores, actores, productores…sus éxitos, sus fracasos, sus
miedos…los tuyos, los de todos. Y en el valiente camino Kennedy te acompaña,
ósmosis de pensamiento y sentimiento…grandeza de hombres compartida porque la
verdad nunca muere, lo sabemos”. (De la presentación El sueño Bardés, se rueda, de Miriam Díaz-Aroca)
Aunque este libro se arriesga a
aventurar la teoría de que el arte es reflejo de la realidad y de que, cuando
hay un hombre a la cabeza de un país capaz de transmitir juventud, entusiasmo y
empuje, ese reflejo se hace evidente, es cierto que este libro está lleno de
honestidad porque no se trata de analizar la figura de John Kennedy (el cual
pronunció algunas frases que parecieron hechas para este libro) sino de
analizar el cine que se hizo bajo su mandato. Tarea imposible de llevar a cabo
cuando se quiere juntar a la historia con la anécdota, a la emoción con la
propia visión y al homenaje a unos cineastas con el interrogante hacia un
político.
“A finales de los años cincuenta irrumpió en el abrupto panorama del
salvaje Oeste un tipo que quiso cambiar las reglas desde una perspectiva
decididamente crepuscular. Las grandes praderas ya no escondían la poesía del
verde inmaculado, los disparos ya no eran impactos limpios que dejaban huellas
de claridad en un ambiente que necesitaba leyendas. Su ascendencia india daba a
Sam Peckinpah un aire de derrota que lo alejaba de los habituales triunfalismos
míticos que presidían los no menos retratos legendarios de John Ford y Anthony
Mann. El Oeste había representado hasta entonces la frontera que había sido
vencida por hombres temerarios que se habían abierto paso a través de balas
justas, de humillaciones cuestionables, tal vez, pero también necesarias para
construir la historia de un país que necesitaba con urgencia de ídolos y
modelos”. (Del capítulo Un indio
llamado Peckinpah)
Y es que por esa época no solo
hubo cineastas clásicos que seguían la estela de su estilo con convicción como
Otto Preminger o Billy Wilder sino que, también, surgieron unos cuantos
directores que rompieron con los esquemas de lo que se venía haciendo para
convertirse ellos mismos, en clásicos perdurables como Sam Peckinpah, John
Frankenheimer, Sidney Lumet o John Cassavettes. Y, de repente, el cine se
volvió más incisivo, más perturbador, más crítico, con la excepción del mundo
ideal representado por las comedias de Doris Day. El cine denunciaba con
calidad. El cine ponía de manifiesto la contradicción de una época llena de
promesas y de miserias. El cine radiografiaba todo cuanto estaba a su
alrededor.
“La educación es la clave del futuro, la clave del destino del hombre y
de su posibilidad de actuar en un mundo mejor” (John Kennedy)
Y es que no es fácil intentar
trasladar una idea como ésta a los que tratan, una y otra vez, de hundir
cualquier atisbo de conocimiento que se asome al razonamiento porque solo así
la masa puede ser manipulable. La dulce ignorancia, a menudo tan airada, es el
estado ideal porque el mundo se reduce a blanco y negro, sí y no, amigos y
enemigos. El cine cuenta y se preocupa porque volver la vista a la realidad es
tan inútil como prometer que se va a salvar la patria a través de un buen
puñado de cuentos chinos.
“Si hay una generación que, de verdad, pertenezca a esta época, esa es
la llamada generación de la televisión en
la que un grupo de jóvenes procedentes del medio se lanzaron a hacer sus
propias películas, cargadas de mensajes directos hacia una sociedad que también
quería mirar hacia sus problemas más inmediatos. Todos ellos eran directores
dotados de una técnica espectacular, adquirida en sus años de experiencia en el
medio televisivo y, sobre todo, a través de ese fenómeno ya en desuso que fue
la emisión en directo. Eran novatos en el medio cinematográfico y, sin embargo,
eran narradores experimentados que sabían lo que querían contar, cómo lo
querían contar y de qué manera querían azotar las conciencias de los
espectadores de una época que, necesariamente, tenía que avisar con la carta de
naturaleza del cine como uno de sus principales apoyos”. (Del capítulo Los chicos de la televisión)
Y así es El sueño americano. Con muchas películas dentro. Con muchos sueños
esperando hacerse realidad. ¿Serás tú uno de ellos?
Día 15 de octubre, jueves, en la
Librería Ocho y Medio (calle Martín de los Heros, 11 de Madrid) a las 19,30. Con
la asistencia de la periodista Anna Bosch y de la actriz Miriam Díaz-Aroca.