martes, 13 de octubre de 2015

LA COSA (1982), de John Carpenter

Si tenéis ganas de recordar unas cuantas risas con el debate que sostuvimos en "La gran evasión" a propósito de "El guateque", de Blake Edwards, podéis hacerlo aquí.

 Hay lugares donde el frío se convierte en Dios porque está en todas partes. Y allí donde está Dios, por fuerza, tiene que estar el Diablo. Una célula que se introduce en organismos vivos y los imita. Hay que quemarlo todo, arrasarlo, exterminarlo. Tal vez porque el mal es algo que brota del interior del hombre y ése es el verdadero Diablo que se presenta en medio del frío. La desconfianza crece y las miradas de reojo se intercambian con frecuencia para intentar espantar el pánico de los crédulos. Y es muy duro ver arder a tus amigos y compañeros. Todo ocurre muy rápido porque el Diablo trabaja rápido y se introduce en el interior de los hombres con tanta presteza que se diría que tiene prisa para establecer su infierno en la Tierra. El fuego avanza y el desprecio, el odio, la diferencia, la seguridad de que el ser humano está infectado se hace algo más que un presentimiento. Soluciones delirantes. La sangre que se huye para defenderse. La sangre que sale desbocada en pos de un grito desgarrado. La sangre que se derrama y queda en suelo, tinta roja sobre lienzo blanco, cuadro abstracto de muerte y miedo.
Cuando la ira se desata, la deformación y la monstruosidad toma forma. Hay que apartar la vista para poder seguir asistiendo a la destrucción y a la orgía de vísceras que se conservan en su sitio antes de devorar al siguiente. El aislamiento, la droga, el calor, la constatación…la criatura celular puede contagiarse de mil maneras y ninguna de las soluciones es suficientemente expeditiva. Solo hay pistas sueltas para intentar identificar al individuo de al lado y, a veces, ni eso. Tal vez haya que fijarse en el aliento gélido de la fría noche polar.
Ahí se quedará la incógnita. Con dos hombres hablando entre llamas y hielo, tratando de averiguar si el otro es quien dice ser. La sangre pronto será un rojo reguero tieso y no importa demasiado quién es quién. El que sobreviva será el culpable. Quizá la noche no acabe nunca o, tal vez, el sueño de la congelación sea una liberación para ambos. Solo está la certeza de que el terror no acaba ahí y de que toda la Humanidad estará en peligro.

No deja de resultar desconcertante que un reputado director de serie B como era John Carpenter consiguiera un presupuesto abultado para subir de calidad sus historias y, sin embargo, quisiera que su película permaneciese dentro de los parámetros de la segunda división. Pero el invento funciona con cierto estilo porque Carpenter sabe que el ridículo solo sirve para los que no tienen miedo y él sabe cuándo azotar los instintos del terror. Ahí están una serie de personajes encerrados en una isla con el peor de los enemigos acechando en el aire, en la carne de los que comparten el espacio, en la comida, en el tacto, en la botella de whisky que también encierra la agresividad, en la buena palabra dicha con la falsedad de un farsante genético. Quiza la cosa, realmente, sea John Carpenter.

viernes, 9 de octubre de 2015

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "EL SUEÑO AMERICANO (El cine en la era Kennedy)", de César Bardés


“Un sueño no es más que un deseo que la realidad se encarga de destrozar. Igual que los recuerdos son momentos que se niegan a ser ordinarios, los sueños son instantes que luchan por convertirse en verdad.”

Así es cómo empieza El sueño americano (El cine en la era Kennedy), un libro de cine que invita a soñar, que habla sobre todas aquellas películas que se hicieron bajo la presidencia de un hombre que fue capaz de hacer creer a la gente que cambiar las cosas era posible y el cine, como todo arte, comenzó a transformarse bajo ese ambiente de entusiasmo en el que se dejaba todo lo antiguo atrás y afrontaba muchas cosas por delante. Fue la recta final para muchos grandes directores pero también fue la constatación de que toda una generación de jóvenes estaba esperando con sus cámaras para tomar el relevo y hacer las cosas de otra forma. Éste no es un libro de historia, es un libro de cine y, por tanto, también lo es de sueños.

“El autor repasa la selección de películas deteniéndose a menudo en las tensiones internas, dentro de los equipos y dentro del alma del propio creador que trabaja con el arte a la vez que con su modus vivendi. Arte, ética, compromiso, propaganda, empleo alimenticio, negocio, todo forma parte del cine y Bardés se lo acerca al lector sazonado con su propia visión y las emociones que cada caso le provocan y que el lector podrá compartir o no. Como podrá compartir o no el mito de JFK al que Bardés contribuye con convicción”.  (Del prólogo de Anna Bosch)

Al fin y al cabo, los sueños están hechos de mitos y sin mitos, reconozcámoslo, no hay sueños. John Kennedy no era más que un símbolo que se quedó en incógnita porque nunca sabremos si toda esa promesa joven hubiera sido capaz de establecer un nuevo rumbo en los años sesenta. Su carisma fue suficiente para todo el mundo hasta tal punto que, si hoy nos preguntan dónde estábamos en el momento del ataque del 11-S todos sabremos contestar. Hasta entonces, la generación de nuestros padres siempre recordaron dónde estaban cuando mataron al Presidente Kennedy.

“Mezclado en esta magnífica y elegante exposición maravillosamente documentada y narrada de la época mágica de los sesenta del cine americano, estás tú, querido y admirado César, como perfecto guerrero en el combate, desnudando tu corazón y tu alma a través de la vida y de la obra de los demás personajes, directores, actores, productores…sus éxitos, sus fracasos, sus miedos…los tuyos, los de todos. Y en el valiente camino Kennedy te acompaña, ósmosis de pensamiento y sentimiento…grandeza de hombres compartida porque la verdad nunca muere, lo sabemos”. (De la presentación El sueño Bardés, se rueda, de Miriam Díaz-Aroca)

Aunque este libro se arriesga a aventurar la teoría de que el arte es reflejo de la realidad y de que, cuando hay un hombre a la cabeza de un país capaz de transmitir juventud, entusiasmo y empuje, ese reflejo se hace evidente, es cierto que este libro está lleno de honestidad porque no se trata de analizar la figura de John Kennedy (el cual pronunció algunas frases que parecieron hechas para este libro) sino de analizar el cine que se hizo bajo su mandato. Tarea imposible de llevar a cabo cuando se quiere juntar a la historia con la anécdota, a la emoción con la propia visión y al homenaje a unos cineastas con el interrogante hacia un político.

“A finales de los años cincuenta irrumpió en el abrupto panorama del salvaje Oeste un tipo que quiso cambiar las reglas desde una perspectiva decididamente crepuscular. Las grandes praderas ya no escondían la poesía del verde inmaculado, los disparos ya no eran impactos limpios que dejaban huellas de claridad en un ambiente que necesitaba leyendas. Su ascendencia india daba a Sam Peckinpah un aire de derrota que lo alejaba de los habituales triunfalismos míticos que presidían los no menos retratos legendarios de John Ford y Anthony Mann. El Oeste había representado hasta entonces la frontera que había sido vencida por hombres temerarios que se habían abierto paso a través de balas justas, de humillaciones cuestionables, tal vez, pero también necesarias para construir la historia de un país que necesitaba con urgencia de ídolos y modelos”. (Del capítulo Un indio llamado Peckinpah)

Y es que por esa época no solo hubo cineastas clásicos que seguían la estela de su estilo con convicción como Otto Preminger o Billy Wilder sino que, también, surgieron unos cuantos directores que rompieron con los esquemas de lo que se venía haciendo para convertirse ellos mismos, en clásicos perdurables como Sam Peckinpah, John Frankenheimer, Sidney Lumet o John Cassavettes. Y, de repente, el cine se volvió más incisivo, más perturbador, más crítico, con la excepción del mundo ideal representado por las comedias de Doris Day. El cine denunciaba con calidad. El cine ponía de manifiesto la contradicción de una época llena de promesas y de miserias. El cine radiografiaba todo cuanto estaba a su alrededor.

“La educación es la clave del futuro, la clave del destino del hombre y de su posibilidad de actuar en un mundo mejor” (John Kennedy)

Y es que no es fácil intentar trasladar una idea como ésta a los que tratan, una y otra vez, de hundir cualquier atisbo de conocimiento que se asome al razonamiento porque solo así la masa puede ser manipulable. La dulce ignorancia, a menudo tan airada, es el estado ideal porque el mundo se reduce a blanco y negro, sí y no, amigos y enemigos. El cine cuenta y se preocupa porque volver la vista a la realidad es tan inútil como prometer que se va a salvar la patria a través de un buen puñado de cuentos chinos.

“Si hay una generación que, de verdad, pertenezca a esta época, esa es la llamada generación de la televisión en la que un grupo de jóvenes procedentes del medio se lanzaron a hacer sus propias películas, cargadas de mensajes directos hacia una sociedad que también quería mirar hacia sus problemas más inmediatos. Todos ellos eran directores dotados de una técnica espectacular, adquirida en sus años de experiencia en el medio televisivo y, sobre todo, a través de ese fenómeno ya en desuso que fue la emisión en directo. Eran novatos en el medio cinematográfico y, sin embargo, eran narradores experimentados que sabían lo que querían contar, cómo lo querían contar y de qué manera querían azotar las conciencias de los espectadores de una época que, necesariamente, tenía que avisar con la carta de naturaleza del cine como uno de sus principales apoyos”. (Del capítulo Los chicos de la televisión)

Y así es El sueño americano. Con muchas películas dentro. Con muchos sueños esperando hacerse realidad. ¿Serás tú uno de ellos?

Día 15 de octubre, jueves, en la Librería Ocho y Medio (calle Martín de los Heros, 11 de Madrid) a las 19,30. Con la asistencia de la periodista Anna Bosch y de la actriz Miriam Díaz-Aroca.



jueves, 8 de octubre de 2015

REGRESIÓN (2015), de Alejandro Amenábar

Todo el mundo sabe que el mayor engaño que se ha podido perpetrar nunca ha sido convencer al hombre de que el diablo existe. Aunque eso, tal vez, sea porque el hombre prefiere creerlo que negarlo. Al fin y al cabo, el diablo es siempre una vía de escape, una excusa para cualquier acto de maldad, un cabeza de turco ideal para no echar las culpas al propio ser humano de algunas cosas que parecen extraídas del mismo infierno. Y es fácil creer en algo que no existe. Basta con contarlo con aire de veracidad, como si se descorriera un velo que se alza en algún rincón de la mente.
Así se darán actos de verdadero escalofrío que inducirán a pensar en la auténtica presencia de Satán entre los vivos. Los sueños también ponen parte de lo suyo y lo que es imposible comenzará a tener aires de realidad, lo que es impensable será un contorno nítido y asible, lo que es improbable se convertirá en una maldición cercana…y cuanto más cercana sea, más temible será.
No vale cualquier mente para despertar esos instintos que son semilla de violencia y oscurantismo. Tiene que ser alguien con vulnerabilidad, deseoso de creer en algo en un mundo de descreídos. Tiene que haber pasado por traumas que hayan tenido como consecuencia la soledad y la tristeza. Tiene que ser un alma perdida sin más guía que un por qué sin respuesta. La maldad está ahí, sugerida, dando entender que la imaginación es la mayor de las trampas y que la fantasía es el siguiente paso hacia la tortura. Las puertas de la psique no siempre se abren en la dirección que deseamos. A veces, hay que poner un tope para que no salga todo lo que se guarda dentro.
Irregular película de Amenábar, con momentos rápidos de inquietud combinados con algunas escenas de diálogo de parvulario, de realización correcta y, sin embargo, débil en su pegada. Ethan Hawke, prácticamente, se convierte en el mayor atractivo de la cinta al dar vida a ese policía de ira contenida, tenso en cada una de sus acciones como si se fuera a romper con el siguiente descubrimiento. Emma Watson explota su rostro de inocencia sin excesivos resultados dramáticos y todo se tambalea porque el director español no acaba de encontrar el tono, algo que, en ocasiones, también pasa a los mejores. Y es que no es fácil contar una historia de miedo con un sustrato tan endeble aunque es posible que sea algo deliberado para homenajear al cine de terror de serie B de los ochenta, manoseado y prescindible, con una película que pretende tener cierta clase. Lo cierto es que, cuando comienzan a salir los créditos finales, el aire es un poco decepcionante. Tal vez porque hace años este chico sí que supo encontrar la llave del infierno y abrir sus puertas.

La mentira tiene que poseer la apariencia de la verdad y la verdad debe tener un rasgo de fingimiento. Solo así podremos dar rienda suelta a los monstruos que habitan en el interior del ser humano hasta tal punto que se creerá capaz de cualquier cosa. ¿No existen los arrogantes que, a base de repetirse hasta la saciedad que son mejores, terminan por creérselo? Pues lo mismo ocurre si nos movemos en los alrededores del averno. Y ahí, en la creencia, es donde reside el verdadero miedo. 

martes, 6 de octubre de 2015

LA TAPADERA (The firm) (1993), de Sidney Pollack

Cuando se estudia duro, el camino del éxito es fácil. No hay más que ver el tipo de ofertas que se hace a un brillante abogado recién salido de Harvard. Todo es lujo. Una casa amueblada, un coche, un plan de pensiones generoso…eso sí, hay pequeñas cosas que la familia tiene que hacer por la empresa. Por ejemplo, tener hijos. La empresa lo ve bien porque eso fomenta la estabilidad. Pero no es oro todo lo que reluce. Más que nada porque, detrás de los carísimos trajes, de las corbatas de diseño, de los zapatos italianos y de los largos abrigos, hay siempre una trastienda oscura, dedicada a negocios no demasiado limpios…No sé, cualquier cosa, por ejemplo, un asesinato.
Y además cuando además de haber estudiado duro, se tiene también algo que esconder, la cosa se complica porque la empresa (ésa que te ha dado coche, casa, lujo y seguridad al cien por cien) tiene la estúpida manía de investigar a sus empleados no sea que se vayan a ir de la lengua con algún entrometido. Sin ir más lejos, el F.B.I. Esos chupatintas vestidos de gafas y misterio no hacen más que incomodar a la empresa con auditorías, con escuchas ilegales y con el traidor intento de atraer a alguno de los abogados del bufete. ¿Para qué? La empresa está limpia. No hay más que ver los coches que da, las casas que regala, las atenciones que pone. Si hasta pagan fines de semana paradisíacos en alguna isla libre de impuestos. ¿Qué más se puede pedir? ¿Por qué tienen que ir los federales a meter las narices en sus asuntos? Bueno, tal vez habría que desligarse de algunos clientes un tanto comprometedores pero eso a la empresa no le interesa porque son los que pagan las facturas, las más abultadas, y conceden privilegios, conceden una parcela, algo pequeña tal vez pero más que suficiente, de poder.

La película tiene un ritmo excepcional, llevada con mano de hierro por Sidney Pollack, un hombre que se empeñó en hacer melodramas cuando era muy capaz de construir intrigas interesantes y absorbentes como La tapadera o Los tres días del cóndor. Lo cierto es que aquí cuenta con la complicidad de un reparto impresionante que juega a ganar y que incluye nombres como los de Tom Cruise, Jeanne Tripplehorn, Gene Hackman, Hal Holbrook, Wilford Brimley, Holly Hunter, David Strathairn, Gary Busey, Paul Sorvino, Ed Harris y Joe Viterelli. Todos ellos muy encajados, muy bien dirigidos y muy bien acoplados a una historia que no deja de repetir que hay que desconfiar del éxito fácil porque, con toda seguridad, los delincuentes estarán a tu alrededor, alienando tu éxito, devorando tu futuro. Ni siquiera el F.B.I. o ninguna institución similar te podrán librar de eso. Hay que vigilar con quien cruzas tus palabras, muchacho o la verdad será tan terrible que podrá destruir un hogar que se estaba edificando poco a poco, con el cariño en cada ladrillo, con el pensamiento puesto en lo que realmente tiene importancia y que no es otra cosa que todos aquellos que realmente te quieren.

lunes, 5 de octubre de 2015

BARTON FINK (1991), de Joel Coen

Si queréis escuchar el debate que sostuvimos en "La gran evasión" sobre la película de Juan José Campanella "El secreto de sus ojos" podéis hacerlo aquí

La inspiración suele ausentarse cuando uno está rodeado de historias fascinantes y únicas. El gordo extraño de la habitación de al lado, el escritor completamente alcoholizado que es incapaz de escribir una línea más a pesar de su genialidad comprobada, el productor cinematográfico de reacciones imprevisibles que no se cansa de humillar a su secretario pero que destila una falsa comprensión hacia los problemas de la escritura, los malditos policías que interrogan de una manera que te hacen sentir culpable, la chica de labios rojos y mirada insinuante que sabe arreglar textos como nadie y que aparece manchada de sangre de mosquito, el botones de mirada equívoca…y ese cuadro que el escritor parece querer alcanzar, metiéndose dentro para que la respiración sea pausada y las letras fluyan como las olas, empapen la arena y se retiren para dejar paso a las ideas, a la misma inspiración.
Y ese hotel, mugriento, testigo de épocas pasadas y rancias, que exhala el olor del pegamento del papel pintado deshaciéndose por las paredes, sudando como el gordo extraño de la habitación de al lado, mientras las frases parecen huir despavoridas, ahuyentadas por el miedo al papel en blanco al que no se puede mancillar con la sucia tinta de la máquina de escribir. Las gafas parecen una barrera aún mayor para alcanzar la claridad y nada es lo que parece en un mundo que quiere arder en llamas porque no tiene nada que ofrecer. Solo vanidad y olvido. Solo cenizas. Solo la idea equivocada de que lo real es fantasía y la fantasía es realidad. Inspiración… ¿dónde te hallas? ¿Por qué corres? ¿Por qué eres tan esquiva cuando quiero amarte?
La agobiante reconstrucción de Los Ángeles desde los pasillos de un hotel que se cae a pedazos se torna en el perfecto escenario para que los hermanos Coen pongan en juego todo un rosario de complejos y de verdades en un mundo que es de auténtica pesadilla. Porque ellos saben que Hollywood, más que una fábrica de sueños, es una fábrica de pesadillas largas y claustrofóbicas. A pesar del sol, de las palmeras, del suave canto del dinero contante y sonante, de las chicas que proliferan y que parecen admirar el talento, Hollywood es una enorme máquina que engulle personalidades y las transforma para dar latas de conserva de celuloide que se escriben en dos días, se ruedan en cuatro y desaparecen de la cartelera en menos de una semana. Menos arte y más parte, ése es el santo y seña. Y los Coen lo saben bien porque han tocado todos los palos y también se han quedado en blanco cuando solo hace falta mirar alrededor para darse cuenta del ridículo espectáculo que te sirve en bandeja la propia vida. Basta con fijarse un poco y desarrollar toda una historia a partir de tres o cuatro ideas básicas. Y, sobre todo, contar lo que se quiere contar, sin prostituciones escritas de tres al cuarto, sin cesiones al hombre que paga porque si silenciamos nuestras propias inquietudes el único camino que nos queda es el de la locura y jamás podremos alcanzar ese paisaje de arena y de olas que nos proporcione la paz de haber dicho aquello que nos inquieta, nos preocupa, nos araña y nos pide, suplicando, salir a la luz desde las profundidades de un alma que jamás calla.


viernes, 2 de octubre de 2015

COMA (1978), de Michael Crichton

Todo hubiera sido algo disfrazado de cifra. Una estadística más, un paciente en coma más por una operación de grado menor. Eso ocurre en todas partes y aún más en un hospital tan grande. Y los médicos están demasiado atareados en otras cosas. Hay mucho trabajo, el hospital es universitario y hay que desarrollar las capacidades de los que quieren ser médicos, existe un trasiego de mil inyecciones del demonio con tanta gente entrando y saliendo…solo una doctora parece que se fija en algo que debería haber pasado desapercibido, algo inocuo. El coma misterioso de una amiga que acudía para practicarse un legrado. No es normal. No es un coma cualquiera.
Más tarde, pasando consulta, un hombre aparentemente sano que se va a operar de la rodilla también entra en coma. Dos casos en dos días. No, no puede ser. O alguien está actuando con negligencia o, aún peor, alguien está provocando el coma a propósito. Quizá es cuestión de ver fantasmas donde, aparentemente, no los hay. Quizá solo es perseverancia. La misteriosa y accidental muerte de uno de los encargados de mantenimiento es la prueba definitiva. Aquí hay algo más. Y se está jugando con la vida de muchas personas.
Los cuerpos suspendidos, en el aire, para evitar ulceraciones. Controlados desde un ordenador central que los mantiene en la temperatura adecuada mientras están sumergidos en el coma más profundo. Son jóvenes de órganos fuertes, que aún funcionan con determinación y están ahí, suspendidos en el aire, controlados a distancia, hibernados con un fin. Todo eso hace que el dinero se mueva. Como una droga demasiado necesaria. Como un testimonio de que no solo se manipula a la gente en vida sino que también se hace en clave de muerte.

Michael Crichton dirigió seis películas además de escribir novelas y ésta fue una de ellas consiguiendo el que sería su mejor trabajo tras las cámaras junto con El primer gran robo del tren. El resultado es un título más que correcto, bien acabado, creíble a pesar de la enorme dimensión de la conspiración que se traza y que no duda en decir bien a las claras que todo el mundo tiene un precio, incluso entre aquellos que se dedican a salvar vidas ajenas. La dedicación tiene que ser el santo y seña de la profesión médica y no existen consideraciones posteriores. El trabajo de Genevieve Bujold es intenso y serio, el de Michael Douglas es adecuado y leve, el de Richard Widmark es sabio y preciso y sorprende comprobar que por ahí andan en papeles muy secundarios Ed Harris y Tom Selleck. Todo ello acompañado de un aura de misterio que llega a ser apasionante en algunos pasajes, alienante en otros, con un dominio de las situaciones de suspense muy apreciable y con algún que otro momento cansino pero de lo que no cabe duda es que Crichton, además de saber manejar la pluma, también sabía cómo se colocaba una cámara, cómo se captaba la atención del público y cómo se podía indignar con una trama que rodea a los seres humanos de una aureola de mercancía muy, muy cara.

jueves, 1 de octubre de 2015

IRRATIONAL MAN (2015), de Woody Allen

Puede que el rebelde que llevamos dentro, después de un buen montón de protestas, de intentar que el mundo cambie, de creer que es posible un mañana mejor porque allí estamos nosotros para hacer que sea así, llegue a padecer la insufrible enfermedad de la desesperación. Es esa misma que hace que ningún trabajo nos parezca el mejor del mundo, que, a pesar de llevar una vida cómoda, nos hastíe hasta tal punto que no sabemos dónde posar nuestras inquietudes, asfixiándonos hasta el aburrimiento, dejándonos a merced de la insulsa existencia.
Eso, posiblemente, nos convierte en vegetales sin gracia, apáticos, anodinos, simples pedazos de carne con ojos que no encuentran motivación alguna en ninguna de las cosas que la misma vida ofrece. Ni siquiera somos capaces de hacer el amor con cierta dignidad, ni escribir una línea con alguna coherencia, ni discurrir sobre el enigmático sentido de la verdad, del amor y de la belleza. Nada nos conmueve. Nada nos impulsa a movernos. La palabra clave es nada.
Sin embargo, también es posible que, en un determinado momento, una simple conversación pillada al vuelo nos vuelva el pensamiento del revés y tengamos un objetivo que perseguir. Aunque, tal vez, esa meta sea poco menos que monstruosa. Eso da igual. Hay que prescindir de la consideración moral. O, mejor aún, pensar que, en el fondo, al realizar ese objetivo estamos contribuyendo infinitesimalmente a un mundo mejor, algo que no hemos conseguido con ninguna de las protestas, ninguna de las manifestaciones airadas, ninguno de los actos de rebeldía inherente al inconformismo. Lo único que hay que tener es una ausencia de móvil. Y de eso nos sobra.
Woody Allen vuelve a plantear la ancestral pregunta sobre si un asesinato está justificado siempre y cuando la víctima sea una malísima persona. ¿Hubiera sido correcto matar a los nazis antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial? Mil veces nos habremos hecho esa pregunta y aquí entronca directamente con los pensamientos que asaltan al personaje de Joaquin Phoenix, perdido de razonamientos peregrinos. Lo cierto es que la película se queda en un territorio de nadie porque es muy posible que algunos la encuentren absurda y otros crean que es una genialidad más del gran director. Ni tanto, ni tan calvo, ni sí, ni no sino todo lo contrario. Se deja ver y, sobre todo, se deja escuchar con esa selección de temas de Ramsey Lewis entre el que destaca por derecho propio el maravilloso The In Crowd. Por lo demás, ni es la mejor, ni es la peor de las películas de Woody Allen. Y con eso a algunos les basta.

Y es que filosofar sobre la vida y la muerte teniendo alrededor a Kant y a Kierkegaard no es nada fácil cuando se quieren encontrar motivos para seguir viviendo con energía y empuje. Todo necesita un por qué y tal vez haya que fijarse en la profesora de madurez frustrada o en la alumna de proyección radical. Ambas tienen su atractivo. Al igual que este director de ochenta años que no hace reír en esta ocasión pero sí deja un cierto margen para pensar. Es mucho más de lo que haría cualquier otro a su edad. Incluso teniendo en el reparto a alguien tan nulo dramáticamente como Emma Stone.