jueves, 30 de junio de 2011

BLITZ (2011), de Elliott Lester

Pues la verdad, no veo que se monte ningún escándalo por el retrato de un policía que está bastante más a la derecha que Harry el sucio porque, al fin y al cabo, los engarces de esta película son bastante parecidos. Policía con una inclinación a la violencia que llega al vicio, malo recalcitrante y hasta las trancas al que estás deseando que lo pasen por la quilla y todo un rosario de sitios ya visitados y situaciones más que conocidas.
El caso es que, aunque el tema sea más previsible que un calcetín con tomate, los alrededores de la trama tienen un par de cosas que merecen la pena. Una ciudad retratada como un lugar inhóspito pero de ningún modo sucio o una inversión de papeles que llega al clímax cuando en una secuencia el asesino se viste de policía y el agente de la ley se esconde en una sudadera con capucha como el psicópata. Pero el conjunto adolece de una falta de tensión bastante acusada, sobre todo con la introducción paralela de la historia de una chica de pasado turbulento que también se dedica a patear las calles con una placa.
Los intérpretes, por otro lado, son de una mediocridad apabullante. No hay expresión en ninguno de ellos. Jason Statham podría ser lo mismo un calvo que un trozo de madera. Paddy Considine consigue dar una cierta impresión de nerviosismo más propia de un tipo inseguro que de un fulano de armas tomar. Y todo el conjunto se convierte en una serie de promesas que mueren porque el punto de partida es lo suficientemente atractivo como para mantener un cierto grado de atención pero el desarrollo parece realizado como entre brumas, como si la intención fuera otra y hubiera fuerzas que han desviado la película hacia terrenos tan resbaladizos como equivocados.
Ni siquiera los toques de humor son lo bastante duros como para provocar una sensación de que ese tipo que se encarga de cazar a un asesino en serie por las calles de Londres tiene un soterrado sentido de la ironía. Las frases supuestamente brillantes son meras repeticiones de doble sentido y tampoco el personaje principal es que sea un dechado de inteligencia.
Aunque también hay alguna interesante secuencia de acción, no se puede obviar una profundidad en las miradas que parece sacada de un jardín de infancia, un retrato ciertamente estereotipado de algunos personajes, unas ganas locas de hacer una película con ínfulas, un jefe que es más inútil que una quiniela sin echar y la sensación de que el tiempo pasa demasiado lento para ser un intento supuestamente rápido en una historia que habría ganado muchísimos enteros si se hubiera rodado con algún misterio, con más carne en el asador y menos luminosidad, poniendo faros inquietos como ojos, cámaras como testigos mudos de una mente que desafía a la autoridad con decisión y astucia, sustos tras las esquinas, coherencia en las resoluciones. En el fondo, si esta película hubiera caído en manos de un director más avezado que Elliott Lester y de un reparto con más oficio, probablemente estaríamos hablando de algo mucho, mucho mejor.
No hay que dejarse engañar. La promesa de estos fotogramas se convierte en cartuchos gastados antes de tiempo y, claro, no hay más remedio que acudir a lo que se puede prever con la audacia de un pato mareado. Hay que ceder menos en hacer más amable a un tipo por el que no se siente simpatía ni aversión. Es un calvo más dispuesto a sacar la pistola a la mínima. Con tejidos de amistad en el fondo de su latiente corazoncito de policía con un punto de honestidad. Y entonces el espectador se queda ahí, sentado, asistiendo atónito a la celebración de un ritual que ya comienza a ser tan repetitivo que a la derecha parece que se sienta Charles Bronson y a la izquierda, Clint Eastwood. Y es que Blitz no es ningún relámpago. 

miércoles, 29 de junio de 2011

LA CONSPIRACIÓN (1975), de Ralph Nelson

Quizá ésta sea una película que en su día abrió una brecha en el pensar adormilado de medio mundo. De alguna manera hizo que todos nos diéramos cuenta del terrible problema que pervivía en Sudáfrica con su racismo ultrajante en una tierra que pertenece, por sí misma, a la oscuridad de unos hermanos que sólo tienen con nosotros la diferencia de color. Para ello qué mejor que contar con Sidney Poitier y con Michael Caine para describirnos una huida verdadera dentro de una conspiración pensada para acabar con el liderazgo de quien amenaza el poder establecido. Por el camino se encontrarán el asfalto negro y la selva blanca, el hocico negro de la muerte y el blanco amanecer de la salvación, la acogedora negrura de la noche y el delator amanecer blanquecino…Todo ello son piezas de un rompecabezas para hacer que un día, un día que al fin llegó, pudiéramos gritar libertad.
Ralph Nelson es un director de trayectoria ciertamente irregular. Combinó títulos que causaron una cierta sorpresa en su día, como la chocante Los lirios del valle, otra vez con Sidney Poitier en estado de gracia, o como una pequeña y excepcional obra de título desconocido para la gran mayoría como es Los pasos del destino, con Glenn Ford y Rod Taylor, con películas de sensiblería pegajosa como la muy mediocre Charly, que le valió el Oscar a Cliff Robertson o la muy polémica y de tintes paródicos y desmitificadores Soldado azul, con Peter Strauss y Candice Bergen. En esta ocasión quiso huir de lo fácil que era mostrar a dos personas atormentadas, separadas por el color de su piel y unidas por la razón de su huida (algo que ya hizo Stanley Kramer en Fugitivos, con Sidney Poitier y Tony Curtis), o de la falsa sensiblería de la conciencia de un problema latente y que comenzaba a ser una preocupación en estado embrionario para elegir un tono algo irónico e incluso desenfadado dentro de un fondo que no tiene nada de ironía y mucho menos de desenfado. El resultado es un rato entretenido, de camino fácil y ligero, algo frívolo en ocasiones, pero que, en su día (no olvidemos que la película es de 1975) constituyó un primer aldabonazo por parte del cine para llamar la atención sobre la política del “apartheid” y del racismo imperante en un país que pertenece a la misma Tierra.
En cualquier caso, aunque aquél problema ya está tan resuelto como el tiempo quiera gracias a unos cuantos corazones libres, no deja de ser una caza del hombre que se disfraza de “thriller” honorable en el que también destaca ese actor llamado Nicol Williamson y que casi nadie conoce aunque se le recuerdan memorables interpretaciones como el Pequeño Juan de Robin y Marian, de Richard Lester y la estupenda Elemental, doctor Freud, de Herbert Ross, dando vida al inefable detective Sherlock Holmes.
Acomódense bien. El viaje es largo y la rutina está rota. Pongan el tono del color adecuado en el televisor y sean tan grandes como una idea que, por una vez, triunfó. Creer que las cosas pueden ser verdad a veces son sueños regalados en la tierra. Buena suerte.

martes, 28 de junio de 2011

EL CUARTO MANDAMIENTO (1942), de Orson Welles

“Honrarás a tu padre y a tu madre”, dice el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Y el choque de los tiempos propiciará que un hombre que no ha llegado a serlo nunca, tenga que poner a prueba ese renglón de una ley que interpreta tan equivocadamente que casi parece que se esfuerza en hacer infelices a todos los que le rodean. Su padre, envejecido, transmutado, muerto porque siempre ha sabido que no ha sido nunca el centro del amor de su madre. Su madre, secada, estéril, abandonada porque ha renunciado a todo por que él mismo insistió en que antes estaba su hijo que cualquier extraño que ha ascendido en los peldaños sociales a través de un raro y nuevo invento, casi nada, una especie de coche que no es tirado por caballos. Su novia, despreciada porque ignora sus sentimientos y cree que puede herir al padre de ella pero no a ella. Su tía, que permanece a su lado para asistir junto a él al derrumbe de su postura arrellanada en la comodidad. Y él tendrá que crecer, convertirse en el hombre que nunca ha sido, tomar el timón para señalar el rumbo, trabajar, subir unas escaleras que ha tenido que descender porque sólo se ha preocupado de gastar y de mantener su orgullo de falso caballero. Lo conseguirá, pero cuando llegue ese momento, arrodillado al lado de una cama, no habrá nadie allí para verlo.
Es el rastro de una obra maestra que Orson Welles hizo y que supo levantar a pesar de los ciegos y despreciables jerifaltes que se obstinaron en cortarla en más de 40 minutos. Concebida como una gran película, no quisieron lanzarla como otra maravilla del niño más terrible que había pisado nunca un plató en Hollywood y la mutilaron hasta convertirla en una película de una hora y veinte minutos que se estrenó en programas dobles de cines de barrio. Y aún así quedó una obra maestra para que todas las generaciones posteriores pudieran disfrutar de una historia contada desde la avaricia, desde la envidia y, sobre todo, desde la soberbia, equipajes inútiles cuando la supervivencia se convierte en el objetivo. Esta película es magistral, plena de claroscuros nacidos del ojo de un director de fotografía legendario como Stanley Cortez, brotados directamente de la inspiración de lo más cercano al genio que hubo en el cine como era Orson Welles. La vida dentro del cine. Los tipos ricos no querían que un advenedizo con la única arma del talento ocupara su capacidad para decidir. Había que destruirlo, desterrarlo, apagarlo. Y lo intentaron con todas sus fuerzas empezando por esta película, la siguiente a Ciudadano Kane. No, este chico de veintiséis años no podía enseñarles a hacer cine a los de siempre. Había que ser niños y, como si se protegiera un juguete, impedir que el éxito fuera de su propiedad. Tampoco hubo nadie allí para ser testigo de su transformación en hombres porque nunca reconocieron al cineasta lleno de vigor que les dio tantas lecciones en tan poco tiempo.
No se pierdan esta película. Es un melodrama. Es una saga. Es una maravilla. Es una escalera presidiendo el cambio de una época. Es el amor ahogado. Es la pintura en el cine. Es Orson Welles.

jueves, 23 de junio de 2011

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (1950), de Billy Wilder

“Siempre quise una piscina…y por fin la tuve”. Un hombre muerto, con la mirada vítrea de la vida ausente, flota en el agua, y empieza a contarnos una historia. Es el bulevar del crepúsculo en el que la muerte del guionista es algo más que un hecho descriptivo. Es la certeza de que todo acabará con el arte flotando en el agua, cual muerto parlante, contando historias que no interesan pero por la que sí paga el público.
Dentro de la premonición que contiene, El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder, está el cine hecho pequeño ante una estrella de presencia demasiado grande, de los focos que arruinan una personalidad cegándola hasta que no ve mucho más allá de lo que quiere ver, de la desmesura de la ambición por el éxito cuando es una puta que te abandona cuando ya no puedes pasar sin él, de reuniones de momias que consumen su ya escasa razón en estúpidas partidas de cartas de dos chavos la apuesta, de la lealtad llevada hasta el extremo por adoración irrenunciable, del típico entierro del mono medio americano, del desprecio del amor por el vicio de intentar conseguir un sueño, de la destrucción interior de quien fue resplandeciente, de un Isotta Fraschini que recuerda al polvo levantado de una época pasada y del rostro de luz que deja una actriz que baja por las escaleras del infierno para precipitarse en el abismo de la locura mientras intenta, por última vez, embrujar a la cámara…
La fama, concepto fluorescente de ambición, puede devorar como una bestia salvaje ante la drogadicción de sentirse adorado por miles de personas. Cuando se olvida que toda esa gente no siente devoción por ti, sino por los personajes que interpretas, por el fingimiento que proporcionas, por el talento de poner la presencia al sueño de un creador, entonces es cuando sobreviene la bestia que sólo quiere más y más…más fama, más adoración, síndrome del muñeco que comienza a creerse mito, que te empuja hacia la pose de la mentira en tu propia vida.
Las obras maestras del arte nunca tienen un crepúsculo en el atardecer pues el tiempo maldito es el único juez que entiende la ley de la eternidad.

miércoles, 22 de junio de 2011

UN CUENTO CHINO (2011), de Sebastian Borezstein

Un chino pierde el rumbo de su vida por culpa de una vaca. Un hombre encuentra el suyo por culpa de un chino. Y así nos encontramos con la fatalidad del destino y con la cita casual de lo inevitable que, sin embargo, nos esforzamos con denuedo en ignorar. La búsqueda de la felicidad no está en la confortable soledad, ni en el conformismo del terrible absurdo que es la vida. La felicidad está en ir a por la vaca.
Con una historia que es más fácil que contar clavos, encontramos algo que nos hace reír y nos picotea con la tristeza, que amarga y tensa la mirada y que nos hace simpatizar con el hombre bueno, noble, huraño, sin ilusión y con tibieza para mirar las cosas pero que, en algún lugar de su interior, conserva un punto de dignidad que no deja que pisotee nadie. Y andando el camino, resulta que una vaca caída del cielo tendrá su lugar, un chino perdido que no sabe hablar ni papa de español, le enseñará a mirar y todo lo que es absurdo, cobra sentido y, de repente, la vida no es sólo una tensa, aburrida y despreciable espera. También es una caja con más magia de la que pedimos.
No debería ser un secreto para los ojos de nadie intuir que Ricardo Darín es todo en esta película al otorgar a su triste ferretero tantos matices que no importa de qué lado se aborde porque seguro que se dejan muchos sin tocar. Él es melancolía, es excentricidad, es resentimiento, es cobardía, es bravura, es soledad, es despecho, es ira, es gracia, es risa, es espectáculo, es intimidad, es cariño, es inteligencia, es gesto, es onomatopeya, es fragancia, es hora, es luz, es penumbra, es cielo, es espanto, es crueldad, es egoísmo, es generosidad, es dulzura, es exabrupto, es sinceridad. Y algo más. Ricardo Darín es actor con mayúsculas.
Y es que la historia que nos quiere contar el director y guionista Sebastián Borezstein está orlada con los límites de la sencillez pero que, con la enorme colaboración de ese intérprete que tanto da a entender, todo se convierte en un complejo enhebrado de sentimientos y de reacciones que otorgan aires de ensoñación, de sonrisa permanente y de una cierta seguridad de que nada ocurre porque sí y que obedece a una razón empeñada en ocultarse. A lo mejor es que una vaca caída del cielo no sólo viene para destrozar una vida sino también para arreglar un corazón que se paró por miedo a sufrir.
La realización, por otro lado, es de una sobriedad que se agradece, que no se deja llevar por estúpidas modas y que se convierte en un ejercicio de precisión en el que siempre se nota la mirada de Darín, que nos embarga y nos guía y que hace nacer la esperanza de que, incluso en el más aislado de los hombres, aún hay algo que merece mucho la pena. La manía y el sillón mullido de una vida solitaria son sólo disfraces con apariencia de resistentes. Y un muro blanco puede retener un mensaje que sólo necesitaba la confirmación de una voz humana que no se descifra pero que, en cambio, sabe expresarse con la sabiduría del que ha sentido el dolor y es arrojado al abismo donde todo parece desencajado.
Así que estamos ante el hechizo de las calles de Buenos Aires, de la noticia en las páginas de un periódico, del recordatorio encuadernado en hojas de álbum, de la traducción implícita de quien sabe amar, del desamparo si el extravío aparece de improviso, de la comida china para poner los acentos en los caracteres, de una película que parece que está suplicando un sitio pequeño en un rincón levemente desordenado del alma. Y es Darín, siempre con la palabra justa, con el gesto contenido y a punto de rozar la herida, con la experiencia de quien sabe cómo dar con el tono apropiado después de cada escena. Y sin dejar de ser cuento, es un trozo de vida que habla de una vaca que forjó dos destinos.

martes, 21 de junio de 2011

BLADE RUNNER (1982), de Ridley Scott

“Yo he visto cosas que no creeríais…He visto naves en llamas cerca de Orión. He visto brillar rayos C más allá de la puerta de Tannhäuser…Todos esos momentos se perderán…como lágrimas en la lluvia…Es hora de morir”.

¿De dónde vengo? Vengo de la mente loca de un creador que es más mediocre que yo. Un Dios que nunca tuvo respuestas para mí y que sólo se preocupó de ponerme una fecha de caducidad que ignoro. Es toda una experiencia vivir con miedo ¿verdad? Es lo que tiene ser perfecto, que no se puede soportar morir. El mundo es una absurda sucesión de basura, de agua ácida caída del cielo, de animales desaparecidos y replicados, de comida para un momento, de aparatos que deberían ser más perfectos en una época en la que se han fabricado robots perfectos, sintéticos, de piel, emociones y sentimientos. ¿De dónde vengo? Tal vez vengo de la muerte.
¿Hacia dónde voy? Voy a encontrarme con el destino. Ese mismo que ha ideado para mí el loco creador que no pudo prever que yo quisiera vivir. La lucha en los tejados es el escenario perfecto para un espíritu que vuela y que, de alguna manera, también se vuelve eterno en su caducidad cibernética. Todo lo que se puede hacer es quedarse sentado y asistir al cese del funcionamiento. A mi alrededor, parece que los edificios se empeñan en encajar como piezas apretadas de un rompecabezas sucio con luces de neón. Estoy cansado. Me duele la mano. La lluvia empapa mi conciencia porque matar ha sido todo mi camino. Y ese Dios sin respuestas, que se refugia en las alturas, que juega al ajedrez y que mira sin actuar, no ha hallado una solución a la muerte. En el fondo, puede que sólo sea un maldito demente en un laboratorio.
¿Cuánto tiempo me queda? No lo sé. Tampoco quiero saberlo. La muerte ha sido mi profesión y tengo la vista nublada porque las gotas caen queriendo cegar mi comprensión. En el fondo, cuando vimos que los animales desaparecían y que no volverían a pisar la Tierra, comenzamos a replicarlos, a construir copias perfectas para sustituirlos. Ahora, hemos fabricado hombres. Estamos a punto de desaparecer, engullidos por una densidad atronadora de fuego, de permanente oscuridad, de ultracivilización, de propaganda acosadora, de soledad en medio de un mundo superpoblado. ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Y a quién le importa eso?
Soy Rick Deckard, misión terminada. El sentimiento perdura. El profeta me deja ir. Matar ya no es mi profesión. Ahora es vivir. Sin preguntas. Sólo el instante. Sólo ella. La creación perfecta de un Dios imperfecto. Sale el sol. Hay un mañana. Y mientras dure, será mi destino.

viernes, 17 de junio de 2011

LOCA (1987), de Martin Ritt

Con toda seguridad, Loca, de Martin Ritt, sea una de las películas más desconocidas de Barbra Streisand aunque contiene la que es, quizá, una de las mejores interpretaciones de toda su carrera. En ella, una mujer bordea el abismo de la locura para aquellos que esperan y han esperado siempre actitudes convencionales. Pero no. No lo está. Ella quiere proteger a quien quiere pero no sabe cómo hacerlo. Ha dejado que los instintos de ira contra un mundo que la ha maltratado salgan a la luz. No cree en nada porque la vida no le ha dado la oportunidad de creer en valores como la familia, el amor, la honradez, la justicia, la moderación, el equilibrio…el equilibrio…esa cosa tan fundamental en la existencia de todos nosotros y que no siempre sabemos encontrar. Y ahí está esa mujer defendiendo su derecho a ser considerada cuerda y en plena posesión de sus facultades mentales. Sólo deja explotar su rebelión cuando en su vida aparece alguien que tiene el poder para hacerla daño. Está harta de esa palabra. Daño. Sólo ha encontrado daño y aún así…aún así…guarda dentro de sí misma todo el amor que nunca se permitió el lujo de dejar salir.
Al lado de ella, de Barbra Streisand, un reparto de auténtico lujo con nombres como la extraordinaria Maureen Stapleton, Karl Malden, Eli Wallach, Robert Webber y, por encima de todos ellos ese juez interpretado con sobria maestría por James Whitmore y su abogado defensor, un Richard Dreyfuss que rara vez ha estado mejor, lleno de matices, de estados de ánimo, de honradez interpretativa que, con un valor fuera de lo normal, llega a robar escenas a la protagonista con suavidad y sabiduría.
Y otra cosa a destacar en esta película basada en la obra teatral de Tom Topor: La impresionante banda sonora compuesta por la propia Barbra Streisand, evocadora y repleta de clase…en la que ella no canta ni una sola nota. Una historia que, en manos de otro director, hubiera estado hasta los bordes de truculencia y sordidez, cobra una delicadeza elegante bajo la batuta de Martin Ritt, un hombre lleno de títulos memorables pero al que rara vez se le recuerda. Y seguro que muy pocos recuerdan esta película que merecería un lugar mejor en la historia del cine.