Un grupo de amigos vuelven a reunirse después de mucho tiempo sin verse con motivo de la muerte de uno de ellos. Se ha ido el díscolo, el que nunca sentó la cabeza, el que nunca estuvo de acuerdo, el que no fue parte de la vida y por eso, quiso adentrarse en la muerte. Por el camino, ahí quedaron la pareja perfecta, el fulanito que siempre quiso ser actor y se quedó en estrella de la televisión con una serie de acción tan limitada como efímera, el que cree que el reencuentro le servirá para ligar...por fin; la chica perdida que fue compañera del alma extraviada... Y sienten, todos sienten que, a pesar de que la vida ha empujado con fuerza en distintas direcciones (maldita traidora), siempre ha habido algo ahí, congelado en el corazón de todos ellos, con los sentimientos bien empaquetados y cada una de las partes de este volver a verse que acabará siendo un volver a separarse. Y, como dice la canción, quizá no haya ningún lugar hacia donde correr...Nowhere to run, de Martha and the Vandellas...
Reencuentro es una película muy hermosa que, cuando mi generación vio en el momento de estreno, quizá no supo comprender el alcance de esas vidas que comienzan su punto de inflexión para comenzar a emprender el camino de vuelta. Ahora, nosotros, estamos en esas mismas edades retratadas y estamos girando nuestras espaldas. Y quizá, también por eso, deseamos más que nunca reencontrarnos con aquellos que han sido nuestros amigos, nuestros amigos de verdad. Porque, al fin y al cabo, siempre hemos querido que, en los momentos más importantes de nuestras vidas, los amigos estuvieran ahí, con una mirada feliz porque intuyen nuestro paso importante, con una sonrisa a medio camino entre el orgullo de ser tu amigo y la fortuna de estar compartiendo un momento tan único, y con la certeza de que la soledad sólo nos visitará cuando esté de paso porque, nosotros, hombres y mujeres de amistad, nos quedamos en ese instante cazado con una cámara y que de vez en cuando volvemos a él, o en esa memoria de sensaciones, o en ese recuerdo de amistad que sólo pueden contar dos personas, o en esa pelea que tardó en ser reconciliación, o en ese secreto de amor contado sólo a alguien que te acompaña...y son esos casos, precisamente esos casos, lo que nos permiten pisar fuerte en nuestro viaje de vuelta, en nuestro declive nada pasajero.
viernes, 11 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
DETRÁS DE LAS PAREDES (2011), de Jim Sheridan
Cuando la realidad es insoportable, no queda más remedio que inventarse una serie de realidades paralelas que se basan en el imposible olvido, en la felicidad escapada, en el cariño evadido y en la nada apartada. El dolor es el elemento que más hace sufrir pero, también, el que da más sabiduría ante la desorientación, ante el desesperado grito, ante las sombras cernidas sobre las figuras difusas que ya no son ni siquiera seres vivos. Sólo oscuridad y muerte.
Con mimbres como estos, Jim Sheridan, aquel tipo que supo estremecernos con dramas de pulso firme y crispación evidente como En el nombre del padre o The boxer, o incluso arrancar una sonrisa ante la creación y la desgracia descritas en Mi pie izquierdo, tenía un buen punto de partida para hacer una película que podría haber caminado con peligro entre la locura y el asesinato. En lugar de eso, cuesta reconocer a este director en un drama flojo, confuso, por momentos ridículo y ausente de explicaciones cuando la historia las pide con alaridos de angustia. En algunos instantes, Sheridan consigue prender al público por las solapas pero, carente de fuerza y de creencia en lo que hace, lo pierde a los pocos segundos. Claro, sin duda éste es un producto de encargo para un señor que lleva varios reveses comerciales de cierto calado pero aún así, se tendría que esperar algo más de un hombre cuyo mayor acierto había sido siempre encontrar el tono adecuado en historias de personalidades equívocas.
Ni siquiera sabe aprovechar con energía la enorme ventaja de contar con un reparto que incluye nombres como los de Daniel Craig, Naomi Watts, Rachel Weisz, añadiendo la delicia de volver a ver a Jane Alexander y el desperdicio inútil de Elias Koteas. Se construye la trama y, de repente, todo cambia. No hay sugerencia posible. Sólo unas imágenes, un par de explicaciones, el protagonista se pone a llorar y se modifica el punto de vista. Y que el público apenque. ¿No habían ido a ver una de sustos? Pues aquí el único susto que hay es el de pagar una entrada para ver algo que podría haber hecho un estudiante no muy aventajado de primer curso de la Escuela de Cine.
Y es que detrás de las paredes, título absurdo por otra parte, no hay más que vacío. Sheridan tendría que haber tomado el camino de la inquietud psicológica o, si se me apura, de una investigación en toda regla desde la locura. La resolución del asunto es de risa histérica. Con fantasmas y todo presenciando la sublime escena. La metáfora de prender fuego al pasado está más vista que las barbas de los candidatos a las próximas elecciones. Y es que es muy evidente que hay una falta de interés insultante ante toda la historia. Ningún trabajo es especial. Lo grisáceo se mezcla con lo rojo. Y eso no es suficiente para despertar nada que sea lejanamente parecido ni al miedo, ni al suspense.
Incluso hay maneras muy torpes de presentar personajes. En lugar de centrar bien todas las implicaciones que puede tener el cuento de terror, Sheridan coge elementos ya vistos en El resplandor, de Stanley Kubrick; en Al final de la escalera, de Peter Medak y, aunque parezca mentira, de esa historia de Antonio Buero Vallejo llamada La fundación y que también consistía en inventarse realidades para hacer más soportable la verdad.
Así pues, más vale no perder el tiempo. Los números 8-10-10 son el enigma más atractivo de una película que no pasa del 3. Para que un fulanito te cuente una historia con una desgana propia de un sicario más chapuzas que Otilio, más vale perderse en la oscuridad del salón y ponerse cualquiera de los títulos de nuestra filmoteca particular. En lo que a mí respecta, la inteligencia se me ha quedado dormida en la butaca de un cine en el que echaban Detrás de las paredes. Y es que durante una hora y media, la realidad me ha parecido absolutamente insoportable y he imaginado que sabía escribir algo sobre cine. De locos.
Con mimbres como estos, Jim Sheridan, aquel tipo que supo estremecernos con dramas de pulso firme y crispación evidente como En el nombre del padre o The boxer, o incluso arrancar una sonrisa ante la creación y la desgracia descritas en Mi pie izquierdo, tenía un buen punto de partida para hacer una película que podría haber caminado con peligro entre la locura y el asesinato. En lugar de eso, cuesta reconocer a este director en un drama flojo, confuso, por momentos ridículo y ausente de explicaciones cuando la historia las pide con alaridos de angustia. En algunos instantes, Sheridan consigue prender al público por las solapas pero, carente de fuerza y de creencia en lo que hace, lo pierde a los pocos segundos. Claro, sin duda éste es un producto de encargo para un señor que lleva varios reveses comerciales de cierto calado pero aún así, se tendría que esperar algo más de un hombre cuyo mayor acierto había sido siempre encontrar el tono adecuado en historias de personalidades equívocas.
Ni siquiera sabe aprovechar con energía la enorme ventaja de contar con un reparto que incluye nombres como los de Daniel Craig, Naomi Watts, Rachel Weisz, añadiendo la delicia de volver a ver a Jane Alexander y el desperdicio inútil de Elias Koteas. Se construye la trama y, de repente, todo cambia. No hay sugerencia posible. Sólo unas imágenes, un par de explicaciones, el protagonista se pone a llorar y se modifica el punto de vista. Y que el público apenque. ¿No habían ido a ver una de sustos? Pues aquí el único susto que hay es el de pagar una entrada para ver algo que podría haber hecho un estudiante no muy aventajado de primer curso de la Escuela de Cine.
Y es que detrás de las paredes, título absurdo por otra parte, no hay más que vacío. Sheridan tendría que haber tomado el camino de la inquietud psicológica o, si se me apura, de una investigación en toda regla desde la locura. La resolución del asunto es de risa histérica. Con fantasmas y todo presenciando la sublime escena. La metáfora de prender fuego al pasado está más vista que las barbas de los candidatos a las próximas elecciones. Y es que es muy evidente que hay una falta de interés insultante ante toda la historia. Ningún trabajo es especial. Lo grisáceo se mezcla con lo rojo. Y eso no es suficiente para despertar nada que sea lejanamente parecido ni al miedo, ni al suspense.
Incluso hay maneras muy torpes de presentar personajes. En lugar de centrar bien todas las implicaciones que puede tener el cuento de terror, Sheridan coge elementos ya vistos en El resplandor, de Stanley Kubrick; en Al final de la escalera, de Peter Medak y, aunque parezca mentira, de esa historia de Antonio Buero Vallejo llamada La fundación y que también consistía en inventarse realidades para hacer más soportable la verdad.
Así pues, más vale no perder el tiempo. Los números 8-10-10 son el enigma más atractivo de una película que no pasa del 3. Para que un fulanito te cuente una historia con una desgana propia de un sicario más chapuzas que Otilio, más vale perderse en la oscuridad del salón y ponerse cualquiera de los títulos de nuestra filmoteca particular. En lo que a mí respecta, la inteligencia se me ha quedado dormida en la butaca de un cine en el que echaban Detrás de las paredes. Y es que durante una hora y media, la realidad me ha parecido absolutamente insoportable y he imaginado que sabía escribir algo sobre cine. De locos.
martes, 8 de noviembre de 2011
VOLVER (2006), de Pedro Almodóvar
Tres generaciones de mujeres en busca de sus propias huellas, del poso que han dejado tras de sí mismas. La simplicidad llevada al extremo de la estética. La cultura de la muerte, de la rutina hogareña se vuelve, en manos de Pedro Almodóvar, en una anécdota que no pasa de la normalidad. La supervivencia entre el viento, el fuego y el fin no es más que una frivolidad que puede gustar a muchos, pero también disgustar a unos pocos.
La magia de la compasión que puede proponernos esta historia puede tener un punto flaco en su mismo enunciado. Y es que la compasión no tiene ninguna magia. La masa de contradicciones que se enumeran en este retrato de mujeres no deja de tener simpatía pero no llega a los límites de la emoción. Comprender lo incomprensible es la meta de esta historia y muchos, muchos nos retiramos antes de la cinta blanca que marca el final. Simplemente, nos da igual lo que pase. Todo es un mero chiste contado de manera bonita.
Como siempre, Almodóvar, llega a sus cumbres cuando decide tomarse el esperpento en serio y dibuja en el rostro del espectador una risa bien sonora. Sigo pensando desde hace años que, si yo fuera mujer, me sentiría profundamente ofendida por los retratos femeninos de su cine, generalizando algunas actitudes que rayan en la histeria, que piden a gritos amor a pesar de su ridiculez supina. La supuesta densidad no es suficiente para dignificar algo que podría encajar perfectamente en la leyenda rural como ilustración de lo inexplicable. Volver es un mito. Y los mitos nunca son reflejos, ni siquiera distorsionados, de la realidad.
Penélope Cruz es centro de todo el asunto y compone su personaje a partir de clichés bien sabidos y trillados por Sophia Loren en su época de pizzaiola. Sigo diciendo que es una actriz limitada, con una cara bonita y un talento más bien corto, con una dicción espantosa y que no llega a transmitir complejidades ni rincones oscuros. Sus composiciones suelen ser planas, monocordes y simples. Su mejor interpretación hasta ahora, sigue siendo la canción A call from the Vatican de la película Nine, de Rob Marshall. Fuera de ahí, todo en ella es pura mediocridad.
Por otro lado, es perfectamente comprensible que haya opiniones que ensalcen esta película como una muestra de calidez manchega (más de una línea está inspirada en retruécanos de la zona), que enternece y llega. No cabe duda de que Almodóvar propone un lenguaje y una estética que son sello de fábrica en toda su filmografía y que, algunos entran por inercia, otros lo hacen puntualmente y algunos más no lo hacen nunca. Yo pertenezco al segundo grupo. Porque reconozco en él a todo un autor, con sus constantes temáticas y sus fotogramas perfectamente reconocibles pero no todo lo que cuenta despierta un interés entusiasta. A menudo, es demasiado anecdótico. Y aquí todo es un mero relato, un cotilleo de puerta y oreja con envoltorio de lujo.
viernes, 4 de noviembre de 2011
OTELO (1952), de Orson Welles
Venecia está inundada por las historias que guardan sus aguas. Y allí, en la princesa de ciudades, es donde un general es tan apreciado militarmente que ni siquiera está bien visto que pueda casarse con una joven. Entre las sombras oblicuas que nacen del odio se esconde Yago, perverso y abyecto, verdadero monstruo de celos y ambiciones que no acepta desempeñar un papel secundario entre los lugartenientes del general. Dentro de él, de Yago, anidan los celos porque, de algún modo, ama lo prohibido y quiere destruir todo lo que obstaculiza su camino. La conspiración toma forma entre las piedras hendidas por la fuerza del tiempo y por la oscuridad de la Venecia más luminosa. Y Yago, cima de corrupción, manipula a todos cuanto puede para que, en medio de la victoria, haya una derrota tan alta como el dosel de una cama.
En ese mundo de tiniebla, de rejas alargadas y de pensamientos sableados se mueve el Otelo, de Orson Welles. Realizada durante más de tres años en distintos escenarios (se sube una escalera de una almena en Venecia y se desciendo por el otro lado en Mogador, alarde y prodigio de montaje), con frecuentes interrupciones por falta de fondos (la escena de la muerte de Roderigo se concibió en unos baños turcos por la sencilla razón de que no había vestuario), el gran director concedió tal protagonismo a la roca del castillo, a la luz que coqueteaba peligrosamente con la penumbra, a la fascinación visual de unos celos que crecen hasta la desesperación (tanto por parte de Otelo como de Yago) que su obra permaneció anclada en la carencia superada por el talento. En los celos está contenido el mundo porque sólo la furia puede cambiar el poder. El poder está presente a lo largo de toda la obra de Orson Welles. El poder contenido en un pañuelo, falsedad de lágrimas y pecados para demostrar lo que nunca fue. Lo más fácil hubiera sido retratar a Venecia en su amplitud y no en el laberinto acuático de sus callejones y luego trasladarse a Chipre, bajo el sol de la victoria en la superficie y de la construcción de la derrota en batallas que no afectan al resto de la humanidad. Pero aquí, parece como si Welles hubiera decidido hacer que el encuadre, la planificación, la trama, el recitado y la pintura del blanco y negro formasen un todo compacto y perfecto al que sólo se libera en las siniestras sombras de un funeral que, simplemente, es un último te quiero remunerado con una bolsa que permanecía bien llena de dinero mientras hubiera algo por lo que luchar. Desdémona enterrada en velos de encaje. Otelo emergiendo de la total oscuridad, luz en negrura, para aclarar un pensamiento, un convencimiento que fue un capricho del diablo ambicioso y que quedará, para siempre, colgado en una caja de hierro y aire, de sueño teñido con la sangre de inocente…porque él no tiene sangre en sus venas…sólo maldad…sólo maldad…
jueves, 3 de noviembre de 2011
LAS AVENTURAS DE TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO (2011), de Steven Spielberg
Abro uno de los libros de la colección de Tintín, uno cualquiera, al azar. Me tumbo en la cama y paseo por sus viñetas con el placer del joven que descubre por primera vez los personajes que pueblan todas sus aventuras. Pero parece que algo cambia esta vez. Esos zapatos...parece que están dibujados con un cierto relieve. Ese mechoncito característico del protagonista se mece ante las carreras de su propietario. Canastos...si hasta oigo ladrar a Milú.
Y así, poco a poco, el pequeño periodista especializado en resolver endiablados entuertos cobra vida. Haddock blasfema llamando “macacos mutantes” a los malvados asesinos que intentan mezclar la sangre de los protagonistas con el agua del mar. Tintín corre y pelea, Hernández y Fernández ponen a prueba su inutilidad aunque aparezca algún rasgo que otro de cierta competencia. La aventura comienza con un enigma y sigue por los trepidantes escalones de lo inesperado. Al fondo parece que un viejo conocido de látigo y sombrero ha sido reformulado para dar paso a un muchacho intrépido que forma un equipo imbatible con un viejo capitán algo borracho. Y Spielberg da en el blanco con el ritmo, con la imparable inverosimilitud de todo el argumento, con el dibujo de los personajes y con las inconfundibles notas de John Williams poniendo una línea de genialidad a todo este descubrimiento.
La cruz del águila tiene una sombra muy alargada y asistimos a duelos anticipados por mástiles que se empeñan en enredarse en el fragor de la batalla, a salidas ingeniosas que parecen meras entelequias, a espectaculares secuencias de agua y moto, a persecuciones incansables y alucinaciones desérticas. Con una hábil y trabajada mezcla de El secreto del unicornio, de El tesoro de Rackham el Rojo y de El cangrejo de las pinzas de oro, Spielberg ha sabido transportarnos al universo de Tintín sin perder ni un ápice de la personalidad de sus aventuras poniéndonos cara a cara con el riesgo y el misterio. Para quien no conozca las historias del inefable protagonista, será todo un viaje. Para quien haya leído, como yo, sus libros del primero al último, aguarda un buen puñado de sorpresas amén de un espectáculo vibrante y convincente.
Mientras sigo en la cama, leyendo el libro e imaginando cómo sería una película con este material, los ojos no se me cierran, estoy atrapado en el color y la fascinación de una intriga que me lleva a lógicas y desesperaciones, a júbilos y zozobras. De una espada, sale un rostro. De una mano, unas dunas. De un mar encrespado, un charco poblado de pisadas. Inteligente en la planificación, precisa en la realización, bella en la composición y trabajada en la presentación, somos sombras en un mundo sin héroes y, por momentos, parece que Tintín, desde su realidad, nos mira compadeciendo nuestras tristes vidas que no encuentran más tesoros que los respiros que da la desolación. Aquí, señores, en las páginas de este libro, hay entretenimiento del puro y del bueno, sin realismos efectistas, sin colores tenues y sin apagadas hipocresías. Lo que se ve, es lo que siente y lo que se siente es una invitación con letra de gala para asistir a la fantasía.
Yo aún diría más...la épica parece cobrar vida a pesar de la falsedad de los métodos utilizados para poner en pie toda la incoherencia que importa tanto como un sombrero hongo debajo de una chilaba. El rato se pasa en grande. El tiempo, por una vez, se alía con el espectador. A veces incluso parece que Steven Spielberg se ejercita con habilidad para robar la cartera con un montón de minutos dentro y poner una estupenda sensación de disfrute en los ojos del lector. Yo aún diría más. A pesar de ser dibujos animados con técnicas cibernéticas, esto es cine sin deber nada al cómic más que unos cuantos trazos en forma de personajes y unos argumentos bien urdidos. Y cierro el libro diciendo que yo aún diría más. ¿Dónde está...ejem...la segunda entrega de estas aventuras?
miércoles, 2 de noviembre de 2011
PINA (2011), de Wim Wenders
Mentes llenas, Coreografías fuertes. Reflejos de una atmósfera de trabajo cuyo máximo objetivo es el desplazamiento de los cuerpos por el espacio. Preparados para subir el telón, los encargados de hacer que esos cuerpos se muevan tienen el lenguaje en su piel y el gesto en su detalle. La cámara de Wim Wenders parece que desarrolla un afecto especial. El viaje al corazón de la danza ha comenzado y Pina Bausch está en el centro.
La complejidad coreográfica de Pina Bausch parece ser el marco perfecto para rodar en tres dimensiones con propósitos meramente artísticos. Lo que se ve es lo que impresiona y no cómo se ve. El enorme mérito es olvidarse de que el formato tridimensional está ahí y Wenders lo consigue porque pone todas las gotas de cariño en sus imágenes. Dentro del cine del alemán (reputado documentalista que ya demostró todo lo que amaba al cine de Yasujiro Ozu en Tokyo-Ga) siempre ha existido la búsqueda de la imagen perfecta que es, precisamente, aquella que se da cuando la cámara no está allí porque el mero hecho de estar rodando, intentando captar una parte de la realidad, ya es una alteración de la misma. De la admiración y el homenaje, surge la elegía y la cruda sinceridad, esa que no puede captar la cámara, se hace presente aunque se pierda lo espontáneo. La muerte es la que altera verdaderamente la vida, el baile.
Ambos, Wenders y Bausch, tienen la capacidad más que sobrada como para estremecer con sus imágenes y sus movimientos. La cámara y el cuerpo se funden en el pensamiento porque no se sabe que es lo que Bausch guardaba en la cabeza. No se sabe lo que pensaba, lo que sentía, lo que la influenciaba, lo que la torturaba pero basta con posar la mirada en la belleza de lo que mostraba para tener una respuesta para todas esas preguntas. El modo de comunicarse de Pina Bausch era un profundo sentimiento revestido de maravilla y de originalidad. La intensidad era su acento. La creencia era su gramática. El amor era su baile.
Y no por pretender ser un documental deja de haber diversión. Wenders no duda en rodar en exteriores como una calle cualquiera, un cruce de carreteras, un tren, una mina a cielo abierto. Las localizaciones funcionan como algo inesperado y como algo inusualmente bello. Incluso hay un pequeño chiste para que la danza también sea capaz de relajar el gesto.
Tal vez, echando un poco la vista atrás, Wim Wenders pudo ver que Pina Bausch había dejado de ser un ángel en blanco y negro para convertirse en un ser humano en color. Había vendido su coraza y se había adentrado en el mundo de los vivos por amor hacia un arte que quería dominar. Y así ella supo unir diferentes idiomas, diferentes edades, diferentes naciones. El baile era la máxima expresión de un arte que, al fin y al cabo, era común. Y ella bajó del cielo, dejó su mensaje y después, con sus zapatillas de punta, se fue.
viernes, 28 de octubre de 2011
SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS (1942), de Noel Coward y David Lean
Esta película pasa por ser la primera en la que David Lean se puso detrás de las cámaras aunque huyendo de falsos enaltecimientos podemos decir que quien llevó la mayor parte del peso fue su co-director Noel Coward, dramaturgo de inusitado éxito que escribió también los diálogos (algo acartonados en ocasiones pero que resisten bien el paso del tiempo) que no son más que el soporte insustancial de una historia que intentó mantener alta la moral de las tropas británicas en plena guerra mundial.
Basada en las experiencias de Lord Mountbatten en la guerra, Sangre, sudor y lágrimas (proféticas palabras sobre lo que costaría ganar la guerra pronunciadas por Winston Churchill) además de un film de excelente factura también es un retrato del microcosmos de la sociedad británica en guerra, una especie de estudio sociológico de los arquetipos que en aquellos años proliferaban en medio de un afán de conseguir el bien común azotado por la guerra. Para ello se sirven de la narración de las andanzas de los tripulantes del “Torrin” en clave de flashback y de la certeza de todos ellos de estar luchando por un sistema en el que creen (clave intrínseca de la película en la que Noel Coward quiso poner un especial énfasis). El resultado es algo que merece la pena verse y que, no sólo eso, pide sucesivas revisiones para encontrar rincones pasados por alto en los que detenerse un momento puede resultar una experiencia enriquecedora.
Además del excelente trabajo de Noel Coward como actor (una faceta que esporádicamente quiso desempeñar con notable versatilidad, verbigracia, el misterioso casero de El rapto de Bunny Lake, de Otto Preminger), hay que destacar el trabajo de Celia Johnson (a la que reconocemos también en otra película de David Lean, Breve encuentro) y del pocas veces desacertado John Mills. Como curiosidad, podemos ver en una breve aparición al años más tarde oscarizado director de Gandhi, Richard Attenborough.
Hay que resaltar también el aspecto argumental que se nos ofrece acerca de las razones del heroísmo y de cómo se llega a alcanzarlo en medio de una ambiciosa estructura cronológica que forma un curioso rompecabezas. Probablemente, al ser procedente del oficio de montador, ésta es la aportación más significativa de David Lean a la dirección de esta película en la que, cuenta la leyenda, Coward rechazó todas y cada una de las sugerencias que le hizo Lean. Hasta tal punto que Coward quiso que el crédito dijese simplemente “dirigida por Noel Coward…ayudado por David Lean”.
En cualquier caso, si se ama aquello por lo que se lucha, la derrota no entra nunca en el vocabulario de aquél que resiste. Y de eso nos habla Sangre, sudor y lágrimas.
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