miércoles, 27 de febrero de 2013

EL ATLAS DE LAS NUBES (2012), de Tom Twyker, Andy Wachowski y Lana Wachowski

Quisiera dedicar este artículo a María Asquerino, mujer, pero ante todo, actriz. Tuve la fortuna de verla, ya hace unos cuantos años, interpretando a Leonor de Aquitania en "El león en invierno" junto a Agustín González en el Teatro Infanta Isabel. Y con ella sentí la fuerza que tenía dentro, su furia femenina, su capacidad para hacer frente a todo y a todos. Gracias por aquellos momentos, María. Ojalá fuésemos inmortales, seguro que tú no podrías cambiar.

Un viejo mira las estrellas antes de contar una leyenda porque sabe que las personas también somos constelaciones de cuya luz dependen muchas otras. En una vida podremos haber sido un planeta pequeñito, sin mucha importancia. En otra quizá fuimos pura maldad flotando en el universo. Aún en otra pudimos ser polvo cósmico que llevó vientos de libertad. En otra más, tal vez, destacamos por la bondad de nuestra luz haciendo que el sistema de asteroides que nos rodeaba fuera un poco más feliz, o tuviera acceso a algo tan simple como la vida, o fuera un intento despreciable de esa necedad que se llama libertad.
Porque a través de los tiempos, del pasado, del presente y del futuro, siempre habrá alguien que luche por alcanzar esa libertad y también siempre habrá alguien que se empeñe en quitárnosla, en ejercer desde su pedestal de poder toda la crueldad implícita que conlleva arrebatarle la libertad a los demás, a los que están en el ámbito de su mando. Y lo normal es que ellos, los malvados, los que sienten que solo ejerciendo el poder pueden vivir en su propia libertad, sean los que ganen. Invariablemente. El resto de los mortales solo podemos infligir pequeñas derrotas con el único consuelo de que esas derrotas, por muy insignificantes que sean, les duelen mucho más a ellos que a nosotros la aniquilación de nuestros derechos. Así es como nacen los mitos, las leyendas, las verdaderas intenciones, los fracasos triunfales, las victorias de un espíritu que ha perdurado a través de las eras, de los mares, de la edades modernas, de los holocaustos, de la música escrita en las partituras, del mapa del cielo que, ignorantes, no sabemos descifrar.
A veces, nuestro papel no pasará de ser el de un simple extra que otorga multitud. En ocasiones, será el de una deformidad no demasiado clara de nosotros mismos porque, en la reencarnación, no todo puede ser exactamente igual. La rebelión es algo inherente al ser humano. No importa en qué época se practique. El instinto de hacer que lo injusto cambie con el esfuerzo de todos es solo patrimonio de la fantasía pero vale la pena intentarlo una y otra vez. Sin descanso. Sin más premio que unas cuantas cicatrices en la piel y en el alma. Sin otro objetivo que encontrar la paz alrededor de un fuego, alimentando imaginaciones de niños que aún se preguntan qué es lo que puede pasar mañana.
Y así, poco a poco, se va trazando el mapa de esas constelaciones que dependen unas de otras y que se graban en la piel de unos pocos elegidos que tratan de cambiar, de ver una estrella más, de conseguir un pedazo de libertad que, por derecho propio, nos pertenece. Puede ser en un barco en alta mar, con el veneno como capitán y con la piedad como antídoto. O en una mansión donde la música no es la que se compone, sino la que se ha vivido. O en una lucha en el último tercio del siglo XX donde la amenaza nuclear estaba ahí y aún no se ha podido erradicar. O en un impensable juego de espejos y reflejos de la tercera edad para narrar la increíble historia de una segunda oportunidad en brazos de una piel que es la auténtica constelación que te ha guiado a través de los años. O en un futuro superpoblado y en trance de desaparición donde la pieza más insignificante de la sociedad decide ser la clave de una rebelión condenada al infierno. O en un futuro más impensable pero más intuido, donde el Apocalipsis ha hecho su aparición y la ley del más fuerte es el único orden de la supervivencia. Quizá hay un orden natural de las cosas, puesto ahí por un Ser Supremo y nosotros no debemos tocar determinadas piezas. También puede que el orden natural se trastoque en el deseo natural de dominación, tan primario como el de cualquier fiera, y entonces todo sea un invento del demonio que no es más que el hombre jugando a ser conciencia de susurro maldito. El atlas de las nubes guarda interrogantes para quien quiera escudriñar las raíces de su lucha particular y las ramas de lo que el futuro hará de nosotros. Solo hay que saber mirar.

TIRAD SOBRE EL PIANISTA (1960), de François Truffaut

Por encima de las teclas hay demasiada vida desparramada. La ilusión se quedó en las negras y el amor, quizá, en las blancas. La partitura está muy enrevesada como para poder descifrarla así que el último refugio tiene que ser una tasca, un bar de mala muerte donde el tiempo parece que se detiene y muere. La melodía barata, el baile frenético y apretujado para excitar aún más los sentidos. Cada canción es una huida hacia delante. Cada chica que entra no es más que un rostro más que quiere combatir la próxima hora con un poco de música intrascendente. Y así debe ser la vida, intrascendente, inútil, efímera y nada.
Un hermano que está en negocios sucios y entonces todo se distorsiona. El pasado vuelve para recordar quién se es. El blanco y negro se vuelve cada vez más blanco y la coda final ya es en medio de la nieve. Una segunda oportunidad perdida. Otra nota desafinada en una vida que ya no tiene valor. Atrás queda el movimiento oportuno que hace soñar, la seguridad de estar haciendo algo que realmente merecía la pena. La calle parecía terminar mientras el campo era un terreno de promesas. Nada importa salvo la derrota. Si hay algún compás que tenga sentido, se perdió hace mucho, mucho tiempo. En algún lugar entre la fama y la vida.
La visita al cine negro de François Truffaut fue tan mágica que puso un cartel encima del piano diciendo Tirad sobre el pianista y nos dejó a solas con él, en un periplo por las oscuridades del alma mientras se resolvía un feo asunto. Así era él. Un tipo que nos decía que la vida podía ser una vida en negro con todas las pasiones de fondo. Bastaba con unir los elementos con la naturalidad de una tonta tonadilla, algo animada, algo dispersa pero con la seguridad de que la creación del momento era algo irrepetible y nada mundano. Para ello contó con la inestimable ayuda de Charles Aznavour, amargo y decidido, con el fondo de una novela de David Goodis y ya está. Así de fácil. Así de repentino. La vida en negro. La pasión al fondo. Y música. Y dolor. Y una sonrisa. Y una chica. Y un hermano. Y un viaje de ida para recuperar la vuelta para acabar en el mismo sitio y con más amargura. Ésa es el verdadero destino de los vencidos.
No basta con amar, hay que morir. El sacrificio está sobre las teclas del piano. La sangre mancilla la nieve. El tiempo sigue en su lento discurrir. Todo alrededor muere. Igual que la música cuando se llega al final. Igual que una caricia al final de la mejilla. Lo mismo que una herida que desemboca en la muerte. Es hora de subirse el cuello de la gabardina y dejar que el pasado y el presente se alíen y engullan al destino porque ya no habrá mañana. Tiren sobre el pianista, señores, porque ya no tiene nada que perder. Y tampoco posee notas para tocar. Y menos aún motivos para seguir tocando. Es un inútil que ya ha muerto un par de veces.

martes, 26 de febrero de 2013

TUMBA ABIERTA (1994), de Danny Boyle

El aburrimiento fabrica muchos imbéciles. Gente que no es que quiera alquilar una de las habitaciones de su casa, no, sino que quiere reírse de los incautos que se acercan por allí con la pretensión de encontrar un sitio donde vivir. Así, bajo la óptica de un trío de estúpidos afortunados con profesiones liberales, se suceden los mentecatos, los ingenuos, los arrogantes, los modernos y los que, increíblemente, aún pueden ser más aburridos. Hasta que llega uno que tiene una cierta aura de fascinación. Y ya no son tres, son cuatro. Pero es que el tipo en cuestión es peor aún. Más que nada porque tiene la mala costumbre de quedarse muerto por una sobredosis. Lo malo es su equipaje. Sí, porque en su maleta no es que haya ropa, útiles de aseo y alguna que otra extravagancia. Lo que hay en ese cuadrado con asa es un montón de dinero. Más del que se puede llegar a imaginar.
Y es entonces cuando el aburrimiento deja paso al verdadero rostro de la naturaleza humana. Hay que deshacerse del cadáver de la forma más brutal para no dejar huellas. Las suspicacias comienzan a aparecer en esa convivencia aparentemente perfecta. Y los amigos se van pasando lentamente al lado oscuro de la avaricia y de la muerte. Quizá es que, de tanta brutalidad, aparece la personalidad escondida, reprimida y ahogada. O, tal vez, el egoísmo en la peor forma posible. Incluso la crueldad mental se manifiesta como una inquilina más en ese piso aseado con altillo. Luego ya vienen los problemas, los espionajes indiscretos y algo morbosos, los diálogos interrumpidos porque se tiene miedo a decir más de lo que se debe. Los amigos ya no son tan amigos. Sobre todo porque, al ir descubriendo sus facetas más turbias, la desconfianza es la primera invitada para dar paso, más tarde, a la inquina, a la soberbia, a la violencia y a la victoria pasada por sangre. El piso, de personas independientes y triunfadoras, se convierte en la guarida de fracasos y vigilancias. La tumba se abre, pero no para ir sembrando el campo de cadáveres, sino para dejar atrás a los competidores de una felicidad que se antoja muy cercana con un buen fajo de billetes al alcance de la mano y de la ambición.
Fieras enjauladas en su propia selva, seres observados con el microscopio que traspasa los interiores para mostrar la parte más despreciable del ser humano son los personajes que maneja Danny Boyle en la que, probablemente, sea la mejor película que haya hecho nunca. Porque hurga en suciedades que acompañan a todos. Porque nos da la certeza de que, al otro lado del quicio de la puerta, siempre puede haber alguien que te abra la cabeza con una sonrisa puesta. Porque la obsesión por ejercer el poder dentro de cuatro paredes es uno de los verdaderos problemas de las personas que, externamente, son prisioneras del éxito y aún así arrastran la misma derrota que el resto del mundo. Por muy modernos, muy graciositos y muy inconscientemente aburridos que sean.

viernes, 22 de febrero de 2013

LA TRAMA (2012), de Allen Hughes

Un detective privado tiene un punto de ruptura en la vida. Trabajaba en la policía y le falló el corazón. Pudo más su piedad que la justicia y ajustó cuentas cuando tenía que haberlas saldado con arreglo a la ley. Tal vez tuviera razón, o puede que no. El caso es que cogió su arma, su placa y decidió que solo podía dedicarse a lo único que sabía hacer. Siete años después, unos cobradores bien trajeados y con disfraces de políticos vienen a recordarle que aquello estuvo mal y que toda vista gorda tiene un precio detrás de un aparente caso de infidelidades. Ya se sabe. Política traicionera. Política de mentiras.
Aparente inicio de prometedoras sensaciones, que se decanta con claridad por el cine negro pero que también tiene un punto de ruptura cuando el guión se decide a entrar por laberintos que a nadie importan. No es lógico que una historia que está muy bien armada se autodestruya cuando las cámaras indagan en la vida privada del protagonista (hierático y falto de recursos Mark Wahlberg) yendo hacia un callejón sin salida que se presenta como una desviación inútil de la calle principal. En ella está, con una sonrisa cínica y un tono notable, Russell Crowe, y detrás de los dos, una prescindible Catherine Zeta-Jones que aparece algo desmejorada aunque aún brilla por su belleza. Los mejores momentos de la película son los que se reserva el detective privado con su fiel secretaria y ayudante (muy parecida a aquella Effie que hacía lo que fuera por su jefe, Sam Spade, en la legendaria El halcón maltés, de John Huston), interpretada por Alona Tal e insoportable se aparece ese candidato a alcalde que encarna Barry Pepper, mitad niño bonito, mitad histrión incapaz de poner una cara normal para que el público se identifique con sus tribulaciones. Lo cierto es que Allen Hughes, uno de los hermanos Hughes que dirigieron con singular acierto El libro de Eli, no acierta ni con la cámara porque la sitúa un palmo más cerca de lo debido y renuncia a la sobriedad con una de las persecuciones de coches peor filmadas de la historia y que tampoco tiene ninguna trascendencia en todo lo que se cuenta. La película está al borde de la tomadura de pelo y eso no es su peor pecado. Sí lo es que tenga el esqueleto necesario para hacer una más que aceptable película negra y se quede en una candidata perfecta a película blanca sin destino ni beneficio.
Todo se debe a que no es fácil adentrarse en los rincones del pesimismo y manejar los tópicos con una cierta habilidad. Al igual que un investigador privado puede hacer gala de los sentimientos que le asaltan en su interior pero nunca realizar una exhibición con ellos. La mujer fatal no se hace atractiva más que por su fachada exterior, el político es odioso porque es lo que toca y porque es imposible encontrar a uno honesto, el bueno es un palo de madera con una máscara de carne y la película solo brilla en determinados momentos que se van diluyendo según avanza la trama. Tal vez por eso se titula así. Porque no la hay. Porque esconder todas las motivaciones en las trampas de la clase dirigente es demasiado fácil por mucho que haya que enredar el entuerto. Ni siquiera hay diálogos agudos (salvo en los momentos comentados con la secretaria, dichos muy de pasada y con una rapidez que apenas da tiempo a asimilarlos) y entonces ya llega un momento en que al espectador le da igual lo que pase, cómo pase y empieza a pasar. Nadie se cree que la corrupción moral lleve a un sacrificio para limpiar errores. Y mucho menos cuando se da a entender que el fallo criminal que se imputa al investigador privado fue, cuando menos, justo. Seguro que un político se justifica mucho mejor ¿verdad? Solo hace falta situarle unos cuantos puntos por debajo de sus rivales en las encuestas y entonces tendremos la mejor cara, la sonrisa, la canallesca propia de su oficio (no olvidemos que la mayoría son abogados) y presentar lo que es simple delito en un beneficio óptimo para toda la sociedad a la que representa. Muy fácil.

jueves, 21 de febrero de 2013

UN PLAN PERFECTO (2012), de Michael Hoffman

A menudo el arte es ese objeto de ventajas añadidas que representan parcelas de poder, verdaderos escaparates de la vanidad que acompaña la posesión de la obra maestra. Hay poco sitio para la minúscula obra admirada que se adquiere con sacrificios. Lo que vale es la presunción acompañada de una buena dosis de arrogancia enmarcada en un desprecio tan hiriente como inútil. Y las venganzas tienen que ser planeadas hasta el último detalle. Más que nada porque el incauto millonario no se tiene que dar cuenta de la buena porción de billetes y belleza que ha perdido de la forma más humillante.
Pero en la mayoría de las ocasiones los planes nunca salen como están previstos. Quizá la chica que tiene que servir de gancho no tenga tanta clase, o tal vez haya competidores innobles que pretenden usurpar puestos a base de tonta palabrería, o incluso se pueden perder unos pantalones de la forma más ridícula y mantener la dignidad cual Cary Grant con gafas. Hay múltiples desviaciones del plan original. Tantas que es posible que el tipo que lo ha urdido todo no tenga tanta clase como se imagina y más bien sea un torpe redomado que huele desde lejos a carne de fracaso.
Las apariencias suelen ser una traición anunciada. La realidad se erige como una coartada que esconde las verdaderas intenciones y entonces el juego de vanidades comienza a girar con vertiginosa facilidad. Por otro lado, contraponer la consabida elegancia inglesa a la alocada informalidad americana siempre ha sido un juego atractivo pero, a su vez, también puede llegar a ser el disfraz de los perdedores. Todo se confabula en una farsa que tiene mucho de verdad y también alguna que otra mentira. Pero...¿qué más da? Siempre habrá la posibilidad de salvar el problema con el arma infalible del ingenio.
No bastarán las trampas con leones dentro o la inminente ruina que se deriva del asunto para echar atrás al héroe que decide cuáles son las pinturas adecuadas para los poderosos. Tampoco una mujer le hará cambiar de opinión. Llevará adelante su plan a pesar de los obstáculos y de las desviaciones. Bastará con poner un anzuelo en forma de obra de arte ansiada y el pez picará llevado a medias por la lujuria y a cuartos por agarrar lo que cree que le pertenece.
Todo se lleva con un extremo estilo en esta película. La dirección de Michael Hoffman es sobria y precisa, la interpretación de Colin Firth es una delicia y una demostración de la capacidad de reírse de sí mismo pareciendo el hombre más atractivo, y el conjunto revela una inteligencia que ni siquiera se intuía en el original de Ronald Neame interpretado por Michael Caine y Shirley McLaine con el título de Ladrona por amor. El rato es bueno, el guión de los hermanos Coen es brillante, el lujo abunda y los ladrones merodean por doquier. La película, al fin y al cabo, acaba robando un buen trato al tiempo mientras se dan pinceladas de comedia de enredo, de comedia loca, de comedia romántica, de comedia de intriga y de comedia aguda. Adivinen cuál es la auténtica.
El resto es un rato de disfrute, de saber que los poderosos también pueden ser vulnerables, de reconocer la genuina verdad entre un buen montón de engaños, de pensar que la inteligencia también es un objeto de arte, de creer que la intimidad, en el fondo, es un chiste de dudoso gusto. Eso es mucho en una historia que no pretende ir más allá y, en su territorio, coquetea peligrosamente con la excelencia. Reserven una habitación y tiren la casa por la ventana. Asegúrense de que sus conversaciones no tengan un doble sentido. Y sobre todo, hagan bien su trabajo. Sobre todo porque siempre puede venir un advenedizo que les confunda y les dé gato por pintura. Con firma incluida.

miércoles, 20 de febrero de 2013

MAGIC (1978), de Richard Attenborough

El éxito difícil. El éxito huidizo. El éxito caprichoso. El éxito humillante. El éxito amante. El éxito traidor. Siempre el éxito. Maldito. No puede conformarse con un simple mago que hace juegos de cartas de una simpleza extraordinaria y que son fruto del trabajo de muchos años. No. Necesita ir acompañado de la diversión. Un mago sin carisma es como un manjar sin sal. Y él no lo tiene. Así que lo mejor es cogerse un compañero. Un muñeco que haga los chistes mientras él hace los juegos de manos. La gente se ríe con las ocurrencias del muñeco sin darse demasiada cuenta de que el mago también es el muñeco. ¿O es el muñeco el que es el mago? No se puede saber. Tantas luces y tanto éxito pueden llegar a confundir.
Más vale huir. Como hace el éxito cuando quiere. Refugiarse en algún sitio familiar, lejano, escondido en algún lugar de la memoria. La casa de la infancia. Pero no, allí ya no queda nada. Ni siquiera el germen de la genialidad que hace del mago una pura ilusión. Pero aquellas casitas junto al lago…sí, son de aquella chica del instituto, sí, aquella que no le hizo caso cuando él talló un pequeño corazón de madera para decirle que la quería. El muñeco sabe lo que se hace…perdón, el mago sabe lo que se hace.
Allí, entre cenas animadas, recuerdos de viejos tiempos y bromas con el mago…digo, con el muñeco, nacen sentimientos olvidados. Algo parecido al amor. Un amor entre turbiedades inconfesables. El muñeco se enamora de la princesa. El mago, quiero decir. Y el muñeco también. Entonces cuando la realidad vuelve a llamar de nuevo a la puerta, el muñeco no quiere volver porque el estado de la locura es demasiado cómodo. Ahí, en ese trozo de carne que es el mago, el muñeco puede verter todas sus ansiedades, todos los pánicos que siente frente al éxito furtivo y que ahora parece que está ahí, al mismo alcance de la mano. El lago se convierte en el testigo de las frustraciones que se agazapan tras el éxito. El muñeco comienza a sentir que el pasado se le viene encima. Y el mago se convierte en el instrumento de sus chistes. El muñeco decide lo que hay que hacer. Eliminar al pasado. No dejar que la locura huya como el éxito lo ha hecho durante tantos años. El muñeco domina al mago. Y ése es el verdadero truco. Es morir cada vez que abre la boca porque, poco a poco, la marioneta va cortando los hilos. Más vale matar lo que un día hizo acabar con la juventud. Por delante, ya solo quedó el éxito. Nada más. Y el éxito también mata a la vez que muere. Hay muchos que lo intentan y todos tienen que pagar un precio. Vivir la vida de otro, por ejemplo y eso es lo que el muñeco ha hecho. Más allá de sus palancas, de sus trucos, de sus trampas y de sus chantajes, solo se abre un abismo de inseguridades, de terror a perder el éxito perseguido, de no tener nada más allá de un mago que, sin carisma, no podía hacer sus maravillosos juegos de manos. La distracción es el asesinato.

martes, 19 de febrero de 2013

LA CARTA DEL KREMLIN (1970), de John Huston

El Salteador es un hombre frío, sin escrúpulos. Solo hay que ver cómo mira. En sus ojos parece que hay tanta maldad como odio. Algo esconde. Quizás un diablo dentro de sí. O, tal vez, un corazón helado, cansado de tanto ir para allá con secretos y basuras del espionaje. Es exigente, no intenta ganarse la simpatía. Para él solo existe la misión. Tiene el rostro de Dean Jagger. Y no es muy normal que un hombre como él sea la representación perfecta del desprecio. La maldad supura por sus ojos, por sus labios apretados, por sus manos nerviosas. Es el jefe. Es el peor.
El Virgen es un marino con muchas cualidades. Tiene memoria fotográfica, es inteligente, pilla las cosas al vuelo, yendo un poco más allá. Su frialdad es exquisita pero…es solo aparente. Sufre porque tiene que hacer cosas que no quiere hacer. Tiene reparos en utilizar a las personas sin más motivos que lograr un objetivo. Le gusta una chica y ése es su punto débil. Y no dudarán en explotarlo los mismos que le manipulan. Demasiadas obligaciones. Hay que usar la cabeza y usarla bien. Estos tipos no se andan con tonterías. Incluso la prostitución parece una buena idea según ellos. Galones fuera, Patrick O´Neal porque la herida irá por dentro. La corrupción, también.
El Libertino es un tipo con mil caras pero se exhibe bajo los rasgos de Nigel Green. Es brillante en sus respuestas pero algo obsesionado con el dinero. Los burdeles son su territorio porque ya se sabe que ahí es donde se sueltan las confidencias más indiscretas. Un prostíbulo es el lugar donde la lengua se escapa igual que la lujuria. Y, además, resulta incontenible. Unas buenas dosis de cinismo tal vez ayuden a sobrellevar todas las jugadas sucias. Y siempre habrá algo de placer en la violación de los secretos.
El Brujo es un homosexual que sabe tocar el piano y tiene un profundo conocimiento del mundo prohibido. Sabe qué teclas tocar para hacerse atractivo y, además, disfruta con ello. Tiene manías de mujer. Se viste como una mujer de vez en cuando, es capaz de tricotar unos calcetines como un detalle de delicadeza para quien es su confidente y tiene dos cualidades nada ocultas: tiene un sentido del humor muy peculiar y, además, es valiente porque no tiene nada que perder. Peligroso en su mordedura. Curioso en sus maneras. Es George Sanders y nos quedamos con su cara.
El Radiotécnico es una chica bajo los rasgos de Barbara Parkins, pero eso no importa. Lo que importa es que puede abrir una caja fuerte con los pies en menos de tres minutos y medio. Con los pies. Es dulce y aún no acaba de entender esa impenetrabilidad que tienen todos los demás pero se aplica e intenta hacerlo aún mejor. Es el peón sacrificable. Es la moneda de intercambio.
Ward es el hombre sin rostro. Su pelo no es natural. Su cara parece hecha con retales. Sus modales también. Es Richard Boone que pone en juego toda la maldad necesaria para el trabajo detrás de unas maneras amigables. Es el eterno contendiente, el que nunca se rinde, el que hace todo y lo hace bien. De él depende el éxito. Y el fracaso. Y es el encargado de destruir todos los resquicios morales. No hay prisioneros. Solo morir estando vivo.
Kosnov es el enemigo brutal, aquel que no se va a parar en consideraciones, el más temible. Si hay que sacrificar a alguien, pues se hace sin reparo alguno. Es un perdedor y aún no lo sabe. Más que nada porque, a pesar de su brillante historial repleto de crímenes y barbarie, tiene un jefe que sabe darle donde más le duele. Para algo es Max Von Sydow. Para exhibir la congelación total de lo que piensa salvo en una ocasión.
Bresnavitch es el jefe del contraespionaje. Es sutil y diabólicamente inteligente. No deja que nadie destaque si él no da el visto bueno. Ni siquiera en sociedad. Negocia con pocas palabras y es partidario del método más expeditivo. Pero el buen humor es inherente entre los hombres que manejan el poder. Ya lo sabía Orson Welles y por eso lo interpretó. Solo bastan dos miradas para saber lo que ese hombre de dimensiones inmensas está pensando.
John Huston juntó todas estas piezas para buscar una comprometedora carta en la que se sugería una posible colaboración entre Rusia y Estados Unidos. Y es mejor que esas cosas no se sepan antes de que caigan en manos equivocadas. Lo hizo bien el maldito Huston. Lo suficiente como para dejarnos una sensación de que todo se había conseguido porque nadie supo mirar al verdadero objetivo. Huston equívoco. Huston malhechor. Maldito John…