viernes, 26 de diciembre de 2014

EL HOBBIT: LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (2014), de Peter Jackson

Con este artículo quiero desearos a todos un feliz año nuevo. Que la aventura continúe con la certeza de que, al final, encontraremos el triunfo sin olvidar que la mirada serena y el pulso firme son las principales armas de la libertad. Gracias por seguir viniendo y prestarme vuestros ojos durante un par de minutos cada día. Ésa es mi verdadera aventura.

La mirada cambia cuando el oro es el móvil. El heroísmo deja paso a la cobardía, la amistad se vuelve amargo resentimiento, la nada comienza a abrirse paso con tanta fuerza que acaba devorando el furor de una codicia que parece convertirse en una moneda lanzada al aire. No valen ya los antiguos motivos, solo el presente tiene valor y, en realidad, está a precio muy rebajado. Porque ya no se combate cuando se debería luchar con rabia, porque ya la fortuna termina por ahogar cualquier otra intención. Todo ideal noble es susceptible de corrupción y quizá quien menos es capaz de batirse es el más cualificado para ver la verdad con todas sus consecuencias.

El fuego lo destruye todo salvo la solidaridad. El oportunista resulta aplastado con furia. Los elementos se confabulan para que sea inevitable el enfrentamiento. Solo un enemigo común puede unir a los que han nacido para ser aliados y basta el intento de sumergir la tierra en un baño de sangre para que vuelvan a resurgir las verdaderas naturalezas de las distintas razas que tienen la misma carne, la misma inquietud de paz, el mismo afán porque la justicia no sea la última palabra de unos pocos iluminados, sino el auténtico cimiento de una paz que huye cuando el miedo enseña sus dientes.
Más allá de eso, hay que reconocer que el espectáculo bélico está servido con sus abundantes toques de fantasía desbordada. Y, sin embargo, entre tanta lucha falseada por pantallas azules pixeladas hay una cierta sensación de que se está contando muy poco, que el argumento se sostiene con unos alfileres estancados en la espectacularidad y que todo es lo mismo pero un poco más pobre en la parte más ardua. Contar una historia no es fácil y, a menudo, se olvida narrar lo importante para centrarse en el fuego de artificio, en el estremecedor ruido de las espadas afiladas, en la multiplicación del personal para dar la impresión de que todo es grande y único. Y el cansancio aparece porque solo hay duelos en una leyenda que se ha estirado demasiado.
Incluso hay secuencias de la película en la que se puede apreciar el truco. Transparencias no del todo completadas, que se disfrazan con la confianza de que el espectador está a favor de una saga adictiva que solo apela a la ansiedad de un poco más con un poco menos. Hay hazañas demasiado increíbles, demasiado dimensionadas, también hay detalles interesantes e historias ligeramente descolgadas. Lo cierto es que el tesoro se encuentra, se restituye el orden efímero, se encuentra un paréntesis en el caos que se precipita sobre pueblos que quieren tener el derecho de existir, de tener algo por lo que morir, de conservar un orgullo que es inversamente proporcional al tamaño del corazón. Y los héroes se despiden, se cierra el círculo a conveniencia y los enanos que avanzan con la verdad y el equilibrio son los que realmente merecen una paz que siempre se ve turbada por el oportunista de turno. Es el sino de los que pierden sus nombres en una historia tan legendaria que va perdiendo el sentido. El director Peter Jackson ha sido la flecha que derribaba dragones y también la falacia que cansó nuestras visiones. El resto es solo el brillo fingido de un veneno llamado codicia.


viernes, 19 de diciembre de 2014

LA JUNGLA DE CRISTAL (1988), de John McTiernan

Con este artículo, vamos a poner en suspenso el blog durante unos días. Es Navidad y todos estamos mirando más los escaparates que una pantalla de cine. En cualquier caso no estará del todo cerrado. Los estrenos se publicarán puntualmente el viernes 26 de diciembre y el viernes 2 de enero para ya coger el ritmo habitual el 7 de enero. Por lo demás, feliz Navidad a todos. Es maravilloso sentir que, de vez en cuando, hay gente capaz de jugarse el pellejo por ti. Y todos los que visitáis este blog lo hacéis. Gracias a todos. Ése es mi verdadero regalo.

Es Navidad y el día cae de calor en Los Ángeles. Es así de sencillo. Como un policía de Nueva York dejándose caer por allí para ver si arregla de una vez sus problemas familiares. No confió en su mujer, en sus posibilidades y la separación fue inevitable. Ella allí, donde el sol y las palmeras forman un cuadro imposible. Él aquí, donde el invierno es un delincuente más al que hay que perseguir con el vaho en la boca y las suelas desgastadas.
Por alguna razón desconocida, siempre se ha creído que los lugares soleados son inmunes a las fuerzas malvadas que corrompen y destruyen todo cuanto tocan. Sí, algunos delincuentes, palizas, robos…eso pasa en todas partes. Pero los terroristas no pueden llegar al paraíso. Eso todo el mundo lo sabe. Pero ocurre. Más que nada porque los terroristas son unos rateros a lo grande, quieren llevarse lo grande, quieren matar al grande y quieren comérselo grande. Es hora de ensuciarse la camiseta, John. Y vas a tener que reptar por los suelos embarrados de moqueta, entre las lianas de las irritantes patas de las sillas de oficina, agazapado en las sombras de una noche que parece que nunca quiere acabar. Y tu mujer está ahí, en medio de la selva, sabiendo que estás haciendo de las tuyas porque, sencillamente, este puñado de terroristas que no se lo piensan dos veces antes de apretar el gatillo, han tenido la mala suerte de encontrarse contigo en un edificio que hubiera sido una balsa de aceite si no llegas a ir a ver a tu mujer por Navidad.
Navidad, Navidad, dulce Navidad…Papá Noel riéndose en una camiseta porque ahora tiene una ametralladora, regocijándose porque consigue un poquito de explosivo plástico en una bolsa colgando de un cuello roto, saltando de júbilo porque la policía viene a estropearlo todo. Sí, porque no quieren hacer caso de las pistas que el bendito barbudo les va soltando por el walkie-talkie. La sangre llega a los pies, es cierto. Pero ¿qué es eso cuando se está delante de un héroe?

La jungla de cristal fue una maravillosa película de acción que aupó a Bruce Willis al Olimpo de los héroes bajo una diestra dirección de John McTiernan. Más tarde se han hecho múltiples secuelas que llegan hasta el día de hoy, a pesar de que el protagonista ha envejecido veintiséis años y ya no es ningún jovencito y de que todas y cada una de las películas posteriores han ido degenerando hasta hacer casi irreconocible la intención inicial. Y es que colocar a un héroe tan cínico en medio de una situación crítica no era fácil si no se quería resultar ridículo. John McClane fue ese héroe que necesitaron los ochenta para revitalizar a una juventud que se había perdido dulcemente en el látigo de otros y no tenía ningún agarradero contemporáneo. Por eso nos gusta tanto, porque nos dio unas dosis de rebeldía, de inconformismo, de diversión y de entretenimiento como pocas veces se había visto en una película de evidente vocación comercial. Y lo hacía cercano, imposible y, al mismo tiempo, real. El resto, ya se sabe, es solo la historia de un tipo que cabrea a unos terroristas de una forma tal que tuvimos todos la certeza de que hasta los tipos fríos cometen errores al tener a un mosquito rondando los oídos. Y eso merece que uno se arrastre junto a John McClane por esos suelos encerados, esos cristales interminables, esas luces blancas que presagiaban el sueño de grandeza de un capitalismo que solo fue valiente durante cinco segundos.

jueves, 18 de diciembre de 2014

ST. VINCENT (2014), de Theodore Melfi

Hay momentos en la vida en los que uno puede estar cansado de dar y de no recibir. Quizá no sea culpa de nadie, quizá solo sea un maldito giro de la propia vida que se empeña en castigar a alguien que ha sido generoso, que ha cuidado de los que le rodean, que ha significado algo cristalino en la existencia de otros. Y en determinado punto ya todo da igual, solo un par de referencias para no perder por completo la razón y al diablo con el resto. Con el carácter, con la tranquilidad, con el nerviosismo, con las buenas maneras, con la moralidad y con el fondo de un vaso de whisky barato para que la salud pegue el aviso definitivo. La vida, señores, no devuelve nada.

¿O sí? Puede que en algún momento de la más pura desidia haya alguna luz que tenga algo de significado. Una última buena obra, una última pequeña ilusión. Eso sí, sin renunciar demasiado a la vida disipada y terriblemente incómoda que se lleva. Las deudas acucian, algunas incluso peligrosas. No hay dinero para tanto gasto porque quien más quieres ya no recuerda quién eres. El pasado es una incógnita y el futuro es una pesadilla. Ya basta. Las razones, tal vez, haya que encontrarlas en el fondo de los ojos de un niño, lleno de ingenuidades e inocencias, repleto de timideces, asaltado de temores. Y a lo mejor, solo a lo mejor, es posible enseñarle un par de cosas antes de que la vida se empeñe no solo en no devolver nada sino en quitarlo todo.
Y por el camino…también aprender un par de cosas. Por ejemplo que nunca se debe despreciar una amistad, que también hay personas que lo están pasando peor, que un gato siempre será un gato y que no hay nada mejor que echarse en una tumbona en el erial que se posee como jardín y cantar desafinadamente una canción que sonaba hace cuarenta años. La vecina gorda, la prostituta de corazón, el compañero del niño que esconde un tremendo complejo de inferioridad…la vejez es pura basura pero, a veces, otorga una mirada superior. Y todo ello sin renunciar pero sin ser. Es la maldición de los que han cumplido más años de los que pueden contar.
Bill Murray resulta maravilloso en el papel de un hombre que ya está de vuelta de todo pero que tiene que recibir un último homenaje de la vida cicatera. Sus contestaciones son majaderías de anciano, sus manías son callejones donde esconder toda la inmensa frustración que arrastra, sus miradas son poéticas y arrolladoras, sus motivos son misterios resueltos y aún así siguen siendo misterios. La película es él, domina todos los registros, se acomoda a todas las circunstancias y lo mejor de todo es que resulta creíble en todas sus reacciones. Alrededor de su interpretación se mueven cómodamente Naomi Watts y Melissa McCarthy y la dirección de Theodore Melfi resulta sobria, ligera, adecuada, dando a todo el conjunto una risa sincera, que se adentra tímidamente por el drama pero que no deja de ser el reflejo de una vida alejada de la existencia porque la confianza hace tiempo que se fue en busca de una satisfacción que murió enterrada en algún lugar de la lógica. 


martes, 16 de diciembre de 2014

TESTIGO SILENCIOSO (1978), de Daryl Duke

Todo el mundo sabe que Papá Noel no puede ser un ladrón pero, esta vez, en un banco de un centro comercial, parece ser que, necesitado de fondos, atraca a un banco. Ni siquiera el bueno de San Nicolás es perfecto y el atraco tiene su aquél. Sí, porque comete un error de bulto y es vigilar el movimiento de la sucursal durante algunos días antes de perpetrar el asalto. Eso no tendría mucha importancia en circunstancias normales. Al fin y al cabo, Papá Noel es un anciano con barba, vestido de rojo, con una risa bonachona y siempre rodeado de niños. Es uno de tantos. Sin embargo, hay un tipo muy listo que comienza a darse cuenta de esas rondas de vigilancia, un cajero de banco cansado de ser ninguneado por todos y harto de una vida rutinaria que decide tomar parte en el asunto. ¿Quién es más listo? ¿Papá Noel o el gris oficinista? Eso lo tendrá que juzgar la policía…si se entera de quién es realmente el que se lleva el dinero.
Ah, pero Papá Noel tiene una enorme virtud. Es ubicuo. En Navidades te lo puedes encontrar en cualquier parte repartiendo caramelos, paseando por la calle o simplemente viendo la televisión. Y se da cuenta de que, después de un atraco que ha tenido un éxito más bien mediocre, siempre hay alguien que le debe dinero. Así que se dedica a buscar a los que pueden pagarle. Él no corre peligro. El único testigo del crimen no puede hablar porque tiene, a buen seguro, poderosas razones para no hacerlo y, sin embargo, es el que más sabe. Así que hay que coger a Rudolph y al resto de ciervos e ir a buscarle y, si por el camino, dejamos un par de muertos…pues qué se le va a hacer. Hay niños que merecen carbón y adultos que más vale que se conviertan en fiambre.

Estupenda película, llena de suspense, en un juego ingenioso de gato y ratón que delatan a Elliott Gould y Christopher Plummer como contrincantes de cuidado, Daryl Duke dirigió esta película con un guión de  Curtis Hanson, sabiendo hacia dónde quería ir y cómo sorprender al público. Todo funciona dentro de la trama. La tensión, la frescura, la idea. Los personajes no son lo que parecen y nada es lo que quiere ser. Tal vez porque hay muy pocas oportunidades para dar un golpe que merezca la pena, que te haga pasar por inocente y, al mismo tiempo, te proporcione un futuro lleno de seguridad. Siempre que se sepan sortear los obstáculos impuestos por la crueldad, por la irritante policía y por todos aquellos que una y otra vez se obstinan en etiquetar a las personas por lo que hacen y no por lo que valen. El silencio es el botín y la demostración de inteligencia se deja para quien tenga imaginación. Basta con darse cuenta de que hay un testigo que, realmente, no dice nada aunque parezca todo lo contrario. Y lo único que hay que hacer es tener cuidado, mucho cuidado, de que no te corten el cuello con un cristal. Hay muertes que se quedan grabadas. Como la cantidad de un botín que no cuadra demasiado con la realidad. Como el deseo de salir de una mediocridad que permanece hasta que llega el momento oportuno de asesinar esa horrible sensación.

UN REFLEJO DE MIEDO (1972), de William A. Fraker

Si tenéis ganas de saber todo lo que nos batimos para hablar sobre "Los siete samurais" en "La gran evasión", podéis hacerlo aquí. Todo un pueblo se levantó en armas.

 No es fácil intentar rehacer una vida después de demasiados traumas. Una niña que nace, un amor que es imposible, una madre que lo acapara todo…Son elementos que se tornan gigantes cuando solo quieres llevar una existencia normal, en algún sitio bonito de la costa canadiense, intentando creer que es posible mirar hacia delante y que el odio no es algo que deba concentrarse en el género humano. El mundo está lleno de peligros y, con toda seguridad, a todos los padres nos gustaría resguardar a nuestros hijos de cualquier turbación de la vida, de cualquier desviación del camino…sin darnos cuenta de que nosotros mismos somos la razón de una nada que se abre como un enorme abismo oscuro. Ante eso, solo queda la evasión, la huida hacia otro lugar, aunque solo sea mentalmente. Así se da salida a todo lo que queda reprimido, escondido, prohibido. El mundo es un lugar lleno de peligros pero hay que enfrentarse a ellos, si no es imposible asumir las responsabilidades y, aún peor, aceptarse tal y como se nos ha creado.
Las olas no dejan de llamar a la puerta con novedades que alteran una calma que parece ideal. No es necesaria la escuela porque lo que se aprende allí, se puede aprender entre los muros elegantes y algo vetustos de una casa que parece hablar. Todo, menos las habilidades sociales, la capacidad de relacionarse con los demás de una forma normal, natural, sin apariencias, sin secretos rondando a la lengua que pugna por soltarse y contar, por una vez, la verdad. Los fantasmas acechan y el desdoblamiento de personalidad, por una vez, no ocurre solo en la mente. La luz se difumina en los rincones más polvorientos de la locura. El regreso es solo un inconveniente que hay que resolver. La libertad es pánico. Hay que quitar de en medio los obstáculos que impiden que el cariño vuelva a fluir con naturalidad. Las voces no callan. La crueldad aparece.

Fábula de terror psicológico, que hurga con paciencia en las heridas que se levantan cuando nos empeñamos en construir la vida de los demás a base de deseos no realizados, Robert Shaw, profundo y perplejo, se adentra en la selva de una casa en la orilla del mar para recuperar el tiempo perdido junto a su hija para encontrarse, como es habitual, con la frialdad y el rechazo de una esposa de la que no se ha divorciado a pesar de llevar muchos años separados y la conspiración continua de una suegra que ha decidido reducir el mundo al olor a madera vieja, al crujido continuo de unas escaleras quejosas, a la cerradura echada hacia un mundo que no le interesa y del que no ha recibido más que decepción. Más allá de eso, Sondra Locke es la víctima inocente, con la que no se ha dejado de jugar y que hace de la locura su rutina. Una repetición constante que deja fuera a todo elemento extraño que solo quiere hacerle daño para que se enfrente a una realidad terrible y acongojante, austera y falsa, terrible en su verdad y escalofriante en su mentira. Una película desconocida, de ritmo muy lento y reacciones humanas que se arrojan desde lo alto de un acantilado de fondo de espuma y viento.

viernes, 12 de diciembre de 2014

VIGILANCIA EN EL RHIN (1943), de Herman Shumlin

Siempre es triste una huida. Más que nada porque es imposible no pensar en lo que se deja atrás. El idealismo juvenil que hizo que se dejara hasta la profesión tan duramente estudiada ha dado paso a una vejez que es el definitivo signo del declive del pensamiento. Aquellos jóvenes que iban con pancartas, que luchaban por un país mejor, se han convertido en seres grises, muy heridos, demasiado torturados porque han puesto siempre los ideales morales por encima de los intereses personales. El fascismo se instala en Europa y ya no hay sitio para las voces disonantes si no es en la clandestinidad. Tal vez sea el momento de pensar en la familia, de buscarles un sitio seguro y cómodo donde pasar unos cuantos años tranquilos, alejados de todo aunque siempre con un ojo encima de los titulares de prensa que vienen de una guerra que va a ser mucho más larga de lo que todos vaticinan. Unos pocos en Alemania presagiaron lo que iba a venir con Hitler. Se sacrificó la libertad para vencer a la carencia vital y eso es muy peligroso. Tanto que los hombres que aún mantienen la mente libre ya no tienen sitio en ningún lugar de un continente en proceso de derrumbe.
La resistencia debe tener un asidero firme e inquebrantable. Esa es la importancia de saber elegir a una buena mujer que es la mejor madre y que es capaz de entender la misión terrible de su marido. En sus lágrimas hay más amor que en miles de besos y juntos son capaces de convencer a todo el mundo de la justicia que falta en Alemania, del horror que se está viviendo y de la importancia que tienen los hombres pequeños. Y esa es la condena. Tomar el mando cuando la nave marcha a la deriva y organizar un asalto para rescatar a quien verdaderamente importa. La despedida es triste pero, sin duda, las manos también estarán más libres para luchar y, tal vez, morir.
Incluso en los países que más presumen de libertad se hallan los traidores que solo quieren ascender pisoteando a los de abajo. El dinero y el lujo son vicios nada fáciles de curar y la delación de alguien de renombre se paga muy bien en un país que cuenta sus victorias por traiciones. Malditos americanos. Dando lecciones de democracia creen colocarse un peldaño por encima de la moral de los europeos y solo son unos frívolos aburguesados. Sin embargo, todo hombre, por muy débil que sea, tiene en alguno de sus rincones un lugar reservado para su idea de justicia y ahí es donde el ser humano es capaz de sorprender y de jugar para ganar. La apuesta está muy alta pero el momento es ahora. Mañana…bueno, tal vez sea solo el día de una fiesta de cumpleaños cualquiera con juegos y música. La verdad y el idealismo (que no la ideología) tiene que estar por encima del hombre que solo vive por el dinero. Las ambiciones están escondidas en las trincheras porque una ambición aún mayor es capaz de tapar todo lo demás. Y solo los hombres pequeños, cansados, experimentados pero rotos son capaces de hacer frente a los asesinos de la libertad.

Paul Lukas, extraordinario en su papel de defensor de los más elementales derechos, domina está película basada en un éxito teatral de Lillian Hellman y adaptado al cine por Dashiell Hammett. Tres razones de mucho peso para no perderse toda una lección de moral y de deber. 

jueves, 11 de diciembre de 2014

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA (2014), de Woody Allen

Que Dios no exista no quiere decir, ni mucho menos, que no existan los milagros. Y el mayor de todos ellos es el amor. Lo tenemos delante todos los días, sabemos que está ahí pero nos negamos a reconocer que es el hecho más irracional de todos los que podemos realizar. No obedece a razón alguna, es caprichoso, es arrogante, se va con quiere y vuelve cuando le da la gana…Parece que Dios se olvidó de decirnos que hay algo en lo que creer y no es precisamente en Él.

Y es que la magia es ilusión y el resto es farsa. La magia, dentro del engaño que comporta, tiene algo de realidad mientras que la probabilidad de comunicarse con los muertos no es más que una entelequia absurda que sirve para dar esperanza. O también para que haya un cierto deseo de que todo ello fuese verdadero. Pero, sin duda, no sirve para hacer que la vida tenga otro sentido. No es real lo que se cree, no es real lo que se dice, lo único que es real es lo que se siente.
El entorno invita a pasear y a dejar salir emociones porque la belleza es preciosa y efímera, ambos adjetivos sinónimos de la vida. Quizá ser tan escéptico, tan racional no es más que un obstáculo para que el resto te considere un estúpido engreído de dimensiones desconocidas. Por todas las candilejas, ni siquiera sabes declararte, estúpido. Las mujeres desean sentirse protegidas, seguras de que han elegido bien, cómodas mientras dejan sus sentimientos pasearse al cálido sol del Mediterráneo aunque eso sea más improbable aún. Lo que impresiona aún más es que sea posible. Como la pretendida comunicación con el más allá. Como esa sonrisa que te niegas a ver en el fondo de tu corazón. Como la sabia conversación de una tía que, diciendo cosas negativas y absolutamente lógicas, te sobrecogen el alma y te permiten hacer caer todos los velos de protección que has erigido a tu alrededor…como si fueras un truco barato de un teatro de variedades chino.
No cabe duda de que esta película no es la mejor de Woody Allen, pero tampoco es la peor. En esta ocasión, ha recogido algo por el camino para demostrar que también sabe contar una historia romántica, de sonrisa leve, de lógica aplastante y de hermosa imagen. Por allí, por detrás de los setos verdes y acrisolados están Ernst Lubitsch y Preston Sturges, con su sonrisa de pillos, compartiendo broma con el mismo Allen. Una vieja dama también se acerca por detrás y parece que se llama Agatha Christie. Todo se deja ver, te entretiene, te mantiene y te sostiene. No es fácil hacer algo tan intrascendente y, a la vez, con algo de magia en cada una de sus escenas. Y Allen es perro viejo de salón de té y citas misteriosas.
Para ello cuenta sobre todo con un actor sobrio, contenido, brillante y elegante como Colin Firth, que eclipsa a todo el resto del reparto con su sola presencia y hace que lo difícil parezca muy fácil. Como un amor que resulta imposible porque está basado en lo que se desea creer, en la razón y no en el corazón. En la insoportable verdad que supone intuir que Dios no existe salvo en los ojos y en los labios de aquella persona que te secuestra el sentimiento y lo utiliza para una sesión de espiritismo a base de golpes de sí o de no. Es precioso y efímero, como la vida…incluso como la muerte.