martes, 27 de febrero de 2018

TODO EL DINERO DEL MUNDO (2017), de Ridley Scott

Una fortuna amasada a base de pocos escrúpulos, mucho oportunismo y bastante tacañería puede ser algo muy goloso para algunos facinerosos. Sin embargo, tendrían que darse cuenta de que no es fácil sacarle dinero a un potentado que cuenta con tantísimos ceros en su cuenta corriente porque sus sentimientos suelen ser mentiras disfrazadas y su corazón está hecho de tinta verde de papel moneda. En realidad, secuestrar a su nieto es tan absurdo como retador. Y John Paul Getty no era un hombre que aceptaba retos. Simplemente, los terminaba.
Así que ahí tenemos al hombre que se ha hecho a sí mismo con una enorme visión para los negocios y que se niega a pagar rescate alguno por un miembro de su familia amparándose en razones económicas, fiscales o de amoralidad empresarial. Eso es lo de menos. Siempre tendrá una excusa que exhala desde la cima del poder porque él es el hombre que maneja los hilos, que es capaz de comprarlo todo y, a la vez, de venderlo triplicando su precio. Sólo hay una cosa que John Paul Getty no soporta, y es que le arrebaten lo que ha sido suyo.
Mientras tanto, las personas corrientes, el resto de los mortales, importan más bien poco. Son sólo insectos que se mueven inquietos intentando sobrevivir en un mundo en el que se saben perdedores. Las lágrimas de una madre tienen muy poco valor en bolsa. El desprecio de su hombre de confianza no cotiza al alza. La obligación moral no es una obra de arte con la que se pueda comerciar. Todo eso no interesa. Es paja para ese mundo de venganza de media sonrisa y de puñalada trapera que se mueve, siente y se manifiesta en las altas finanzas. Ser humano no tiene prima de riesgo.
Por una vez, Ridley Scott trata de alejarse de las veleidades incoherentes y fuera de lugar que le han atenazado en muchos de sus títulos y trata de hacer una película sólida, con el dinero como protagonista al añadir muchos ceros al rostro del mismísimo diablo. Consigue en parte su objetivo, entre otras cosas gracias al enorme trabajo de Michelle Williams y, sobre todo, al de Christopher Plummer que es quien, realmente, se hace un hueco en la memoria, pero el conjunto resulta algo plano, sin demasiada profundidad porque Scott renuncia a la sutilidad y se concentra en un mensaje, quizás, evidente y manido como es la avaricia, la aparente justicia del destino, la terrible moral del dinero y la frialdad de un mundo vedado al vulgo que sólo se iguala al rico en la hora de la muerte. Por lo demás, también se hace un cierto ridículo en el empleo de la voz en off, que se olvida según avanza la historia, pero que destaca en su sobriedad y en una puesta en escena casi adusta, acorde con la seriedad de un personaje que nunca supo lo que es el amor salvo, tal vez, en alguna obra de arte comprada a un precio obsceno.

No queda otra cosa que dejarse atrapar por esta historia de intereses encontrado y torticeramente ejercidos, siempre con la traición en la siguiente firma y con seres que reconocer su propia debilidad ante el poderoso caballero que es Don Dinero, que, esta vez, se nos presenta en carne y hueso con alguna veta de mármol. El resto es sólo un rescate que estamos obligados a pagar si queremos ver una de las últimas interpretaciones de un actor elegante, que, en esta ocasión, es capaz de helar las venas con una mirada y de parar el corazón con el rasgar de la pluma sobre un papel en el que los demás siempre reconocen su derrota. 

YO, TONYA (2017), de Craig Gillespie

Los perdedores suelen ser mucho más fascinantes que los triunfadores y, quizá, Tonya Harding perdió desde el principio. Aunque fue la primera mujer capaz de ejecutar un triple Axel en una pista de hielo, fue derrotada en todas y cada una de las facetas de su vida tal vez porque le faltaba algo básico en su atribulada existencia. Ese algo se llama amor. A su alrededor se movían demasiados intereses personales más relacionados con el egoísmo que con cualquier otro motivo. Fue maltratada física y psicológicamente por su madre, por su marido, por los jueces, por el destino y, también, por sus propios patines.
Y fue algo tremendamente cruel porque sintió la caricia suave y prolongada de la gloria sin que nunca la tuviera entre sus manos y, mucho menos, en su ánimo. Hizo todo lo posible para alcanzar la felicidad y siempre hubo algún factor que se lo impidió. Bien es verdad que suele ser bastante común calificar a las personas según el ambiente que las rodean y ella tuvo un entorno hostil, que la odió desde el principio, que no le puso las cosas nada fáciles y que llevó a alguien que consiguió atesorar algo de talento a base de trabajo al fracaso vital. Y no es fácil asimilarlo. Quizá sólo la madurez supo aportarle algún retazo de sabiduría. Poca cosa para alguien que parecía estar destinada a subir a lo más alto con una medalla olímpica colgando del cuello.
Así que es posible que, además de ser una de las deportistas más aborrecidas de la historia, también cometiese errores de bulto que ponían en evidencia su corta inteligencia que, evidentemente, trataba de superar a base de tesón y empuje. Demasiadas correas la sujetaban, demasiadas agresiones, demasiadas palabras hirientes que la animaban a transgredir las reglas establecidas. No había probado otra cosa en su vida así que todo daba igual. Ella no sería nunca reconocida a pesar de sus logros. Y para ser campeona hacía falta algo más, algo que ella no poseía. Quizá era la magia de saber conectar con el público, con la gente que tenía que apreciar su esfuerzo titánico. Si hubiese tenido unas pequeñas dosis de hechizo, tal vez hubiera sido una leyenda. Pero no lo fue. Apenas si fue una digna competidora.

Esplendoroso trabajo de Margot Robbie en el papel principal, dando carne y fuego a la polémica patinadora que cortó el hielo con sus cuchillas para hacer trizas su vida. A su lado, una demoledora Allison Jenney que trata de ahogar cualquier resquicio de cariño en aras de una ambición que nació frustrada. Buen trabajo del director Craig Gillespie en las secuencias de patinaje aunque un tanto nervioso en el resto, como intentando trasladar al espectador la crispación que sentía la propia Tonya Harding. El conjunto resulta ágil e increíble porque parece imposible que tanta imbecilidad haya estado alrededor de alguien que estaba llamado a las más altas cotas del deporte. Y es que el éxito está jalonado de fracasos, pero, a veces, el camino es el contrario y es el fracaso el que está repleto de éxitos. Sobre todo si se desea con todas las fuerzas ser amada y sólo se consigue el rechazo y el despiadado sensacionalismo de unos medios que se centran en la polémica que haga vender exclusivas. Y más aún si está en juego una medalla, un prestigio, la estima del gran público y la seguridad de que cada paso en la vida influye en los resultados deportivos. Y más aún cuando se trata de hacer lo que nadie se atrevió antes.     

viernes, 23 de febrero de 2018

THE PARTY (2018), de Sally Potter

Una reunión de amigos para celebrar que una de ellas ha sido nombrada ministro. Eso no pasa todos los días. El móvil no para de sonar. La puerta se abre para recibir a todos. La música suena alta. Las copas de champagne tintinean en la conversación. Sin embargo, la ironía anda suelta en la fiesta. La beneficiaria del nombramiento ha tenido que fingir en muchas ocasiones para llegar a lo más alto. Y la noticia, de una forma mágica, se eclipsa porque hay cosas más importantes que atender.
Así, con una sonrisa lejana ante una situación dramática, nos encontramos con que todo un mundo de traiciones, amores escondidos, cinismo, palabras huecas y secretos emerge entre tanta amistad que se antoja como una insultante mentira. Nadie es lo que parece y todos tienen algo que ocultar. El psiquiatra alemán que siempre tiene la palabra justa, la nihilista amiga del alma, la pareja de lesbianas que se han sometido a una inseminación artificial, el histérico financiero que respira rayitas como quien se toma una copa, el marido de la anfitriona, casi ausente porque, de repente, su vida se ha puesto del revés y la invitada que nunca llega y que levita misteriosamente como un nombre inalcanzable y, a la vez, deseado. Las pasiones se desatan, las verdades salen a la luz, la alegría se torna decepción y se camina peligrosamente hacia la violencia. Es una fiesta divertida, no digan que no.
Sally Potter dirige la película con certero aguijón para destapar las falsas apariencias de la clase acomodada, que busca el posicionamiento social bajo el disfraz de la amistad, de la impostura irritante, del embuste como forma de vida. Y, tras todos los protagonistas, el miedo se alza ante ellos. Miedo a la soledad, miedo a la muerte, miedo a las ambiciones truncadas, miedo hacia la responsabilidad que se avecina, miedo, solo miedo. Al fin y al cabo, son seres humanos y por el hecho de que se muevan en las alturas, no son diferentes. Casi son más vulnerables, más imperfectos y, sobre todo, más despreciables.
El elenco de actores se maneja con verdadera maestría. Mención especial merecen Patricia Clarkson, Kristin Scott Thomas, Timothy Spall y Bruno Ganz, que hacen a sus personajes creíbles, hirientes y con mucha entidad. Más insoportable resulta Cillian Murphy, pasado de vueltas y bastante irritante, que resulta adelantado por la izquierda por las espléndidas Cherry Jones y Emily Mortimer. El conjunto resulta breve y acertado en general, con diálogos repletos de mala sangre y de inseguridad, con pinceladas descriptivas de la vida secreta que se esconde en sus tristes existencias que, al fin y a la postre, resultan mediocres. Son lobos y perros que sólo pueden sobrevivir devorando lo que tienen más cerca aunque eso sea poco menos que una entelequia.

Pasen, por favor. Estaremos encantados de recibirles. En apenas unos minutos, la trama estará ya en su nudo y las revelaciones no se detendrán hasta el final. No miren en el cubo de la basura porque quizá se encuentren un puñado de amistades quemadas, inservibles, egoístas y fútiles. La excusa para celebrar esta reunión es que, por una vez, se va a decir la verdad. Tengan cuidado cuando llamen a la puerta. Puede que digan una última frase que les deje para siempre en el umbral de un mundo en el que nunca debieron entrar.

jueves, 22 de febrero de 2018

LA FORMA DEL AGUA (2017), de Guillermo del Toro

Incapaz de sentir tu forma, te encuentro siempre a mi alrededor. Sólo quiero tener la certeza de que estás ahí, detrás de mí, abrazándome para unirnos en todo aquello que nos hace diferentes, aunque yo sé que lo somos porque pocos son capaces de sentir el amor en unos tiempos de odio, de separación y de intereses creados. Cada instante pasado contigo es como si el mundo abriera sus oídos para las palabras que nunca se han dicho y, de nuevo, la vida tiene sentido, en la soledad de tus besos, en el silencio de mis lenguajes, en la nada que, de repente y sin avisar, se ha convertido en todo.
Tu presencia llena mis ojos con tu amor y hace más humilde mi corazón, porque lo que tú sientes deja empequeñecido todo lo que yo pueda sentir. Tus ojos me miran y sólo me veo a mí. Tu cuerpo se queja y sólo me desea a mí. En la libertad del agua, en la amarrada distancia de nuestros cuerpos, en el deseo que tanto tiempo se tuvo que ahogar mientras nos sentíamos presos de nuestras obligaciones naturales. Los arañazos se curan a tu lado porque tu pasión despierta los sentidos y desentierra ilusiones olvidadas por la rutina, por la mediocridad de los que se creen superiores, por el segundo en el que nuestros corazones se encuentran y consiguen hacer verdad aquello de que el amor es todo, ese mismo amor que, hasta ahora, siempre estaba reservado a los demás y nunca lo pudimos tener entre los brazos. Quizá algún día nuestras imaginaciones estén a punto para convertirse en realidades, quizá lo imposible se haga posible y el mar sea el embalse de nuestras lágrimas mientras la tierra se convierte en un lejano territorio desconocido. El dolor a tu lado, sencillamente, no existe. Sólo está la fascinación por el sueño, por la inmensa fortuna de que alguien conspirara para que tú y yo nos llegáramos a conocer, a abrir puertas que permanecían cerradas, a compartir una melodía, algo de comida, un inicio de ternura y un riesgo cierto. Y eso, cariño, sólo tú puedes darlo con tu vulnerable cualidad de luz y de complicidad, como si supieras que yo no puedo estar en ningún lugar más a gusto que en tus brazos y tú tuvieras la certeza de que no encontrarás nunca a nadie igual. Tal vez solamente sean palabras de enamorados que se dicen cuando los ojos han estado bien abiertos, apresados por la sorpresa y por la seguridad de haber visto algo maravilloso. Tal vez aún existan personas en este mundo que comprendan que el amor es el sustento de la vida y que siempre hay que luchar contra demonios que no quieren saber, sólo destruir; que no son capaces de sentir nada más allá de la suciedad de sus mentes y que sólo quieren conservar su vida cómoda, su falsa ventaja en un estúpido mundo de apariencias, su mentira vivida que, por el contrario, para ti y para mí, se está convirtiendo en verdad.

Las emociones se quedan durante auténticas eternidades cuando son sinceras, apasionadas, únicas y valientes. Nadie más podrá decirte que te ha amado como yo lo he hecho, que te ha querido llevando consigo la renuncia de todos mis sueños. Dentro de muchos años, seguiré cerrando los ojos para verte sólo a ti, que me seguirás hablando con la mirada, que continuarás diciéndome cosas en silencio, que tratarás de hacer que cada día sea una nueva historia de amor entre tú y yo. Estás en todas partes… 

martes, 20 de febrero de 2018

TRECE DÍAS (2000), de Roger Donaldson

Tal vez hubo un día en que ejercer el cargo de Presidente de los Estados Unidos no era ningún juego. Tampoco un escaparate para ir exhibiendo las banderas del triunfo y, mucho menos, un muestrario de falsedades bien fingidas bajo la apariencia de la inutilidad más recalcitrante. Quizá, en algún momento, el mundo estuvo a punto de irse a la definitiva guerra mundial y que solo unos cuantos hombres de buena voluntad separara al diablo de un nuevo amanecer. Visto ahora, con la perspectiva del tiempo, parece una narración de una película fantástica, propia de esa política-ficción que tan bien se le da a Hollywood cuando quiere enaltecer las virtudes de un sistema que ha mostrado sus peores carencias justo en este momento en el que vivimos. Lo cierto es que hubo un período de trece días en que un puñado de personas pensaron en el bien común. La otra solución era el desastre.
Y así podemos asistir, con un rigor histórico impresionante, a las jugadas de alta política, a la certeza de que el juego diplomático sirve para algo, a la sapiencia de algunos que llegaban a adivinar el próximo movimiento del contrario con la exactitud de un juego de ajedrez en el que las piezas eran todo cuanto se conocía. Tal vez uno de esos hombres sí que estaba sobradamente preparado para un cargo de tantísima responsabilidad y era lo suficientemente listo en sus silencios como en sus frases. Otro de esos hombres podría ser el tipo que decía la frase justa en el momento adecuado para que la otra parte negociadora no se levantara de la mesa. Aún otro más era el que aportaba el equilibrio, la serenidad para afrontar días de una dificultad impensable. Un equipo de colaboradores de alto nivel dice mucho de quien los reclutó porque, al fin y al cabo, un hombre vale tanto como la gente de la que se rodea. Trece días para el estallido de la destrucción total. Misiles que han caído tanto en el olvido que ya duele ver la altura del perfil bajo que mantenemos hoy en día.
Excelentes interpretaciones de Kevin Costner, Bruce Greenwood y Steven Culp para ilustrar aquellos trece días que hicieron contener la respiración al mundo entero. El abismo que se abría hubiera sido inevitable si aquellos hombres hubieran sido sustituidos por cualquiera de las mediocridades que nos sitian en los puestos importantes de la actualidad. Nos hubieran derribado sin conmiseración. Y lo que es aún peor. Lo hubiéramos merecido. No obstante, no solo las interpretaciones son destacables, también es el trabajo de reconstrucción de los hechos, reproducciones fieles de las cintas grabadas en las reuniones de la Casa Blanca donde se clarificaron las posturas de todos aquellos que trabajaron allí durante aquellos días. Trece días.


“¿A qué clase de paz me refiero? ¿Qué clase de paz buscamos? Tenemos que lograr una paz duradera más allá de nuestras diferencias, porque, a fin de cuentas, el vínculo más básico que tenemos en común es que todos vivimos en este pequeño planeta, todos respiramos el mismo aire, todos trabajamos por el futuro de nuestros hijos…y todos somos mortales”.

HANNIBAL (2001), de Ridley Scott

Ingmar Bergman en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a través de su película "Persona". Podéis escucharlo aquí.

Siento mucho anunciarles que ya no es el crítico que suele rellenar estas páginas el que les escribe. Digamos que ha pasado a formar parte del imaginario que narraba al entrar en una suerte de eternidad con una deliciosa salsa de queso, perejil, tres vinagres y aceite de oliva italiano. Creía que me había cogido, pero no es así. Hace falta ser algo más que un crítico de tres al cuarto para atraparme. Así que ha ido, entre fogones, a cumplir con su destino. Ya saben. A cada uno le corresponde lo suyo.
Antes de emprender su largo viaje gastronómico, me comentó que quería escribir sobre esta historia en la que un viejo, ajado y decrépito millonario con la cara deformada me quiso cazar con la ayuda de un policía italiano. Al final, por supuesto, los cazados fueron ellos y yo me dediqué a lo que mejor se me da, que no es otra cosa que preparar platos exóticos con carne que lleva un certificado de calidad especial. Se trata de un tipo de res que trata por todos los medios de apartar a Clarice Starling de sus obligaciones. Con el conveniente aderezo, será un placer engullir tales ambiciones como si fuera cualquier plato especiado.
Quizá, bien mirado, no sea tan apasionante, ni tan sorprendente como aquella otra historia en la que los corderos dejaron de balar, pero hay que confiar un poco cuando detrás de las letras se hallan dos guionistas, a los que les haré una próxima visita, como Steven Zaillian y David Mamet, dos de esas personas que, afortunadamente, tienen una pluma afilada y bien dispuesta y hacen de este mundo algo interesante. Por otro lado, Starling, mi querida Clarice, tiene otro físico, pero eso no importa. Me la comería igual.
En algunos momentos de esta historia, parece como que hay tensiones bien entretejidas, para solaz y sosiego de aquellos que me siguen con pasión aún a riesgo de que les arranque algún plato especial regado con una buena botella de Chianti. Y la dirección de Ridley Scott parece que está bien templada, como un buen tinto francés del siglo pasado. Es evidente que le llegaron mis avisos y que la tontería huyó de él casi completamente aunque, quizá, se le fue un poquito la mano que a mí me falta al final… ¿verdad, Ridley? Tal vez, en algún momento, entre extraterrestres y  falta de ideas, me decida a hacerte una visita de cortesía.
Por lo demás, queridos amigos, Clarice, no dejéis de disfrutar de algunas de mis expresiones, de mis rasgos de estilo que me hacen tan gourmet de las sensaciones, de mis originales párrafos llenos de doble verdad. Estoy seguro de que pronto, muy pronto, nos volveremos a ver. Y también tengo la certeza de que mañana vendrá cualquier otro crítico que, con toda probabilidad, lo hará mejor que este desdichado lleno de traumas que ahora reposa a trozos tranquilamente en algún lugar oscuro, bañándose en las viscosas aguas de un buen Borgoña de 1953.
                                                                            A más ver,

                                                                                                                  H.

viernes, 16 de febrero de 2018

15:17 TREN A PARÍS (2018), de Clint Eastwood

Estoy seguro de que muchos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez cuál es nuestra misión en la vida sin hallar ninguna respuesta inmediata. Es un enigma que la vida tarda en responder, si lo hace y que, para ello, debe establecer una alianza con el destino, con ese giro de acontecimientos imprevisibles que hace que se cumpla el por qué. Basta con no estar en el lugar adecuado, en el momento preciso, para que la contestación a esa pregunta se esfume. Y es posible que no existan las segundas oportunidades.
Además, debe haber una necesaria colaboración para que se presente la oportunidad de ejecutar esa misión con ciertas garantías. Por ejemplo, el éxito es algo que no es real sin una necesaria dosis de frustración anterior, porque así es cómo se forjan los héroes. Y también el fracaso tiene que acudir a la cita, al igual que el instinto de superación que es lo que hace que podamos sobrellevar los reveses de nuestra vida gris. Tal vez un viaje sea el escenario adecuado, o una decisión de última hora, o la duda que asalta cuando no sabemos si llamar a una puerta o no. Toda esa feliz conjunción de factores es lo que hace que alguien pueda ser un héroe. Unos tienen oportunidad de demostrarlo. Otros, por el contrario, siguen buscando su misión en esta vida.
No nos confundamos y pongamos los puntos sobre las íes. No es, ni de lejos, la mejor película de Clint Eastwood, pero la corrección está muy presente durante esa narración que salta hacia atrás y hacia adelante, contando el cómo, el por qué y, sobre todo, el quién. Es una forma de contar suave, sin grandes sobresaltos, sin estrambóticos movimientos de cámara, con cierta elegancia y muchísima modestia. La película no pretende ser una obra maestra y está muy lejos de serlo, pero hay que reconocer que es fácil ir en el mismo vagón con los protagonistas, compartir sus penas, sus objetivos nunca alcanzados, su sentido del desarraigo, su profunda amistad nacida en la infancia con las consabidas acciones rebeldes de la adolescencia anunciada. También resulta revelador comprobar cómo, en algunos casos, la escuela se encarga de escribir destinos basándose en los prejuicios y no en los valores que todos guardamos aunque muchos no sepamos verlos. Tal vez un uniforme no sea suficiente y haya que rellenarlo con un deseo irrefrenable de prestar auxilio a quien se necesita porque el mundo, aunque no lo creamos, está repleto de héroes dispuestos a todo con tal de que consigamos apreciar la vida como el más valioso de los dones. Seres que son luz en mitad de la tiniebla, que ponen alegría donde sólo hay penas, que ponen fe donde sólo hay decepción.

Así que es el momento de dejar los prejuicios colgados en un perchero y dejarse arrastrar por una película sin picos dramáticos, sin especiales énfasis en sus desarrollos. Sólo se trata de contar, casi como un documental, unos hechos extraordinarios realizados por hombres muy normales. Hombres como usted y como yo, hechos de carne, hueso, sueños y derrotas. Mientras tanto, el viaje transcurrirá con un apasionante billete hacia lo desconocido. Puede que tengan que subir a algún tren con destino a París a pesar de que les han dicho que pasen de largo, Hagan caso a su corazón. Él nunca miente.