miércoles, 28 de enero de 2026

CAYO LARGO (1948), de John Huston

 

Un forastero llega a un hotel de los cayos de Florida sólo para decirle al padre de su compañero en la guerra cuánto le debía. Él había sobrevivido a pesar de que el muchacho no pudo regresar. El hotel está cerrado, pero hay unos cuantos huéspedes alojados, intentando pasar un fin de semana de pesca aunque, más bien, parece que están esperando algo. El forastero ha sido oficial de rango medio y se las sabe todas, pero no se va a creer lo que descubre allí. Un gángster de los viejos tiempos planea su regreso a la arena mafiosa para cobrar las deudas que no ha podido cobrar durante la guerra. Así de sencillo. Todo son rehenes de este caracol sin concha que cree que los mejores tiempos del país son precisamente aquellos en los que la prohibición se hizo la mayor fuente de contrabando de bebidas alcohólicas. El gángster dejó de recibir parte de su tajada y ahora vuelve para cobrar y darle un impulso al negocio. Así, los sedientos habitantes de los Estados Unidos podrán consumir un alcohol barato y que te hace un agujero en el estómago. Y la comunicación con el extranjero se hace muy fácil desde Florida. Son apenas unas millas. Han aterrorizado a todos los que quedan en el hotel y el forastero se deja dominar porque no querría de ninguna manera que hicieran daños a los que fueron padre y esposa de su compañero. Ese mismo que se desangró por unos ideales que ahora parecen puestos en duda.

Al lado del gángster, dos o tres pistoleros se encargan de asaltar el bar y una vieja novia, antigua vedette de revista, que está entregada al alcohol y que sólo le falta un paso para descender la vieja escalera de la humillación, será decisiva a la hora de rebelarse contra ese tipo que sólo ha destilado asco por el resto de la Humanidad y que está seguro, desde una posición ridículamente arrogante, de que va a burlar a todas las fuerzas de la ley y más aún a este forastero. ¿Qué se habrá creído? Les cuelgan un par de galones y ya se creen algo. Para aumentar la sensación de claustrofobia, un huracán se acerca a pasos agigantados al costado del hotel. Mientras tanto, la hoguera que, al principio, sólo tenía ascuas, comienza a disminuir su identidad.

Richard Brooks, guionista de la película y posterior director de grandes títulos como El fuego y la palabra o Los profesionales, dice que escribir esta película fue toda una escuela de aprendizaje para él. A su lado, como director y coguionista, estaba John Huston. En un hotel de los cayos de Florida, precisamente, en el que se alojaron los dos, Brooks se pasaba el día escribiendo mientras Huston mataba el tiempo jugando partidas de billar a diez dólares la apuesta. Brooks escribía unas cuantas páginas y Huston, de vez en cuando, subía, veía, leía y mandaba quitar o poner. Eso fue todo. Y el reparto, desde luego, era extraordinario porque no sólo estaba Humphrey Bogart como ese forastero, casi sin nombre, que debe controlar el guion que todos llevamos dentro. A su lado, un fantástico Edward G. Robinson en la piel de ese gángster que nunca estará satisfecho, Lauren Bacall como la abnegada viuda del compañero de trinchera de Bogart, parece con el gesto más relajado, más nítido. Y uno de los mayores actores del mundo, Lionel Barrymore, encarna al dueño del hotel. Siempre bueno y caritativo con todos los que se acercan a su establecimiento, también guarda un puñado de valor en su interior. Y, por supuesto, una incansable y maravillosa Claire Trevor en la piel de esa antigua chica de night-club, que gana un Oscar a la mejor actriz secundaria en este interpretación, sobre todo, por esa maravillosa escena en la que ella canta a cambio de una copa de whisky porque el alcohol no deja de recordarle el fracaso en el que se ha convertido su vida.

John Huston compone esta galería de perdedores, de seres que han llegado al final de su camino y que no saben si quieren continuar. La película, quizá, se podría definir como un noir teatral que contiene elementos de Tennesse Williams. Ambos elementos fueron acogidos por John Huston manteniendo un equilibrio difícil y casi magistral.

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