Falta un corazón. Tal
vez sea el delator, aunque eso vendrá muchos años después. En la Academia
Militar de West Point se ha encontrado a un cadete de segundo año ahorcado.
Podría pensarse que es un suicidio, pero un pequeño detalle indica que no es
así. Le falta el corazón. A medias para evitar el escándalo y para hallar al
culpable del asesinato, la dirección de la Academia recluta a un detective
privado, Augustus Landor. Tiene cierta fama de resolver bien los casos, aunque ya
está prácticamente retirado. Él se encargará de buscar entre medias de todos
esos muchachos bien uniformados y sujetos con cordón de plata a un código de
silencio que sólo quebrantarán con la muerte.
Landor comienza su
investigación y, sin duda, encuentra pistas que hacen que el rompecabezas sea
aún más difícil de resolver. Traba conocimiento en la taberna con un joven
cadete. Es culto, es poeta, es tremendamente observador y, desde luego, parece
honesto. Se llama Edgar Allan Poe.
Los mimbres del misterio
están bien sujetos. Los crímenes se suceden y Landor se va sumergiendo en
certezas que, de alguna manera, ya sabía de antemano. Más cadetes muertos,
elementos de brujería, la presión de los rectores académicos…todo se confabula
alrededor de un detective que ha perdido lo que más quería y al que su
mansedumbre acaba por ser una excelente cortina para no atisbar la verdadera
naturaleza de sus sentimientos.
Notable película de
Scott Cooper, que ya dio muestras de su buen hacer en la seca y estupenda Hostiles, al lado de su admirado amigo
Christian Bale. En esta ocasión, Cooper pone el acento en la ambientación,
absolutamente certera, en esa Academia de West Point, lugar mítico de formación
de oficiales del ejército. Cooper va añadiendo capas de austeridad en su puesta
en escena a la vez que no deja de visitar sus obsesiones por el dolor que nunca
acaba. Es una época difícil y la vida es tan frágil que se necesita al mejor
narrador de historias extraordinarias para llevarla adelante. Muy comedido
Christian Bale, algo que ya viene siendo habitual en sus trabajos para Cooper
y, desde luego, mención especial merece Harry Melling que, con su rostro
descaradamente asimétrico hace realidad al auténtico Edgar Allan Poe, con su
mirada inteligente, su hábil vocabulario y su tendencia a la autodestrucción.
El resultado es una película que merece la pena, porque los misterios, ya se
saben, encierran enigmas dentro de acertijos y esta vez no va a ser menos.
Laven las pruebas,
realicen los ritos, arranquen los corazones, conozcan la infelicidad, ésa que
puede durar toda una vida, de cerca. El detective Augustus Landor les guiará a
través de sus susurros de inteligencia por una serie de pistas que irá
recogiendo y descifrando ese maldito cadete que merece más procesos disciplinarios
que cualquier otro. El mal suele habitar en el interior. Nunca es diáfano, ni
se le considera. El miedo a la pérdida es lo que subyace detrás de todo el
misterio. Y quizá una despedida sea la mejor muestra de cariño a quien se va
sin acabar una frase que podría haber quedado para la historia. O, mejor aún,
resérvenla para sus futuros libros.

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