martes, 13 de octubre de 2026

SANGRE FÁCIL (1984), de Joel Coen

 

La sangre corre fácilmente cuando el amor se convierte en odio. En algún pueblo perdido de Tejas, un matrimonio ha llegado ya al límite y comienza la aversión. Él no puede evitar maltratar a su mujer. Ella le tiene miedo y asume mansamente su condición de víctima, a la vez que tiene un amante que, por aquello de que casi es el único negocio más o menos grande del pueblo, también es empleado del marido. Ya está montado el triángulo isósceles de tantas y tantas pasiones que acaban mal. En este caso, va a ser peor. El marido contrata a un oscuro detective privado para que acabe con su esposa. Ella empieza a fantasear con la idea de matar a su marido. El amante aparece en el momento menos adecuado en la escena del crimen. El cadáver se niega a morirse. La sangre es fácil, la muerte, no.

Narrada con un ritmo parsimonioso y casi sin énfasis, los hermanos Coen consiguieron una película negra que parece rascar un poco más allá de la suciedad inherente a cualquier pasión envenenada. Sus planos son largos y los intérpretes, sin duda siguiendo las indicaciones de los dilectos hermanos, estiran sus reacciones hasta asimilar sobradamente todo lo que les está pasando. La muerte no es fácil de normalizar y menos aún en ese rincón apartado en el que se planean tantos asesinatos y tan concentrados. El dinero anda por medio, sí, pero no es el móvil fundamental. El resto es pasión, porque el amante se la juega y tiene mucha suerte. El marido se la juega y, desde luego, pierde. El detective se la juega y el dolor se instala definitivamente debajo de su sombrero tejano. La esposa mantiene toda la calma que puede porque sabe que sólo así podrá salir del lío tremendo en el que se ha metido sin proponérselo. El resultado es una película espléndida, de velocidad atípica, con estallidos de violencia, con el error como enseña, con el asesinato como fondo.

Y es que la coincidencia de ideas suele ser bastante común cuando hay tal desencuentro que sólo queda el dolor de las palizas. Enterrar a un hombre no es nada fácil, sobre todo si te está mirando a los ojos. Y, por encima de cualquier otra cosa, no se olviden nada en la escena del crimen. Creerán que son los más listos de la fiesta cuando, en realidad, el destino saldrá como una serpiente a buscarles. Es el problema de planear un asesinato calculado para que no haya coartadas. Es el problema de planear un asesinato calculado por razón de dinero y con el engaño entre medias. Es el problema de limpiar el lugar de un asesinato calculado porque te pueden encontrar con sorpresas desagradables. Es el problema de reaccionar con la suficiente sangre fría para que el asesinato se convierta en un acto de defensa propia. Demasiados problemas para un detective, un camarero, un empresario al que deberían cortar el gaznate y una mujer valiente y decidida. El ganador será una incógnita. Puede que no haya ninguno. Ustedes deciden.

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