martes, 29 de noviembre de 2016

EL PERRO DE BASKERVILLE (1959), de Terence Fisher

La maldición de una bestia que pervive a través de las generaciones cae como una sombra sobre el último heredero de un señorío regado de sangre. Sherlock Holmes creerá apasionante el misterio que viene diezmando a la familia de los Baskerville y aceptará el caso porque es evidente que el asesinato se cierne sobre Henry, el último de la dinastía. Allí se encontrará con un equívoco médico que parece querer cobrar su parte de la herencia y despegarse del apellido maldito, a unos criados que guardan un silencio sospechosamente abrumador, a un vecino de mirada aviesa e intenciones turbias que tiene una hija de deseos prohibidos e instintos devoradores, a un psicópata que se acaba de fugar de un penal próximo a la propiedad, a un reverendo que es uno de los más prestigiosos entomólogos del Reino Unido y, por último, a un gigantesco sabueso, casi monstruoso, que tiene las fauces anegadas en sangre y el odio inyectado en los ojos. El misterio está servido. El crimen está dispuesto.
La ciénaga es un testigo silencioso de las idas y venidas de todos los sospechosos por el páramo que rodea la propiedad Baskerville. Parece que tiene los brazos recogidos pero, si alguien cae dentro, los apretará con fuerza para no dejar escapar a la presa. El cielo se llena de frío y de nubes para acoger toda la maldad que revolotea como ave nocturna entre las gélidas piedras de la atemorizante mansión y el jerez será un consuelo pasajero para el error y la pérdida de anticipación. Todo es una trampa encerrada en el árbol genealógico de los Baskerville, tan confuso y tan abrupto que parece reclamar más víctimas para seguir creciendo y abonando el suelo de corrupción y muerte. Holmes, más nervioso e irreflexivo que nunca, no se deja vencer por la multitud de pistas que conducen a las tenebrosas ruinas que son escenario de la abyección, como si el deseo se instalara en medio de las piedras derruidas y pidieran su sacrificio de sangre. El horizonte se aparece herido por la luz de una linterna vigilante y la oscuridad se cierne sobre los culpables. Ya queda poco para la muerte.

Título muy cuidado de la factoría Hammer con una estupenda dirección de Terence Fisher y con la novedad de ver, quizá, al mejor Watson del cine en la piel de André Morell, componiendo a un doctor inteligente, activo, con iniciativa, perfecto contrapeso del Holmes de Peter Cushing, fibroso e inquieto por naturaleza y poco amigo de las deducciones sesudas y prolijas a las que nos tienen acostumbrados otros intérpretes. El miedo se siente en el ambiente aunque no llegue a hacerse tangible en ningún momento y el color nos invade como la bruma de un lugar que parece la antesala del infierno, guardado por el cancerbero que se cobra el peaje en carne y deja a los hombres con la angustia de lo sobrenatural planeando sobre el pensamiento, como las patas de una araña a punto de soltar su picadura letal.  

NOCHE EN LA TIERRA (1991), de Jim Jarmusch

La tierra gira en su interminable errar por el firmamento y puede que a la misma hora aunque no en el mismo lugar, se estén dando cinco historias que llenan la existencia de unos taxis que son recipientes del pintoresquismo humano. Sí, el taxímetro ha bajado y la perplejidad se apodera de nuestras miradas atónitas, porque ahí delante hay fábulas que nos hablan de cómo se va de un lugar a otro.
Los Ángeles. Quizá el sueño de cualquier joven es llegar a ser actriz. Solo quizá. Porque una mujer de inmensa clase va a comprobar que no es así. Quizá los sueños sean más modestos, quizá incluso la felicidad consiste en agrandar lo que uno tiene pero no buscarla en falsos dorados de letras de neón. Una taxista lleva a una mujer del aeropuerto a su casa. El trayecto es largo porque las distancias en Los Ángeles son grandes y algo tiene esa taxista, con la cara algo manchada de grasa, la gorra vuelta del revés y esos pantalones en los que caben tres. Tal vez sea un destello de una estrella escondida. Puede ser que solo sea una insulsa cabeza hueca que solo piensa en motores, en ponerse la guía telefónica debajo del trasero para ver bien por encima del volante o en hacer su servicio de forma eficiente. Sin embargo, el sueño ni siquiera es sueño. Cuando se le ofrece la posibilidad que a tantas y a tantas ha atenazado y sitiado, ella contesta con una negativa sorprendente. Ella no quiere que todo el mundo la reconozca y la admire. Solo quiere su taxi. Limpio, ordenado, a tono, con el motor ronroneante y la propina justa. Taxis. Cógete uno en L.A.
Nueva York. La calle está llena de payasos. Y un tipo de color conoce al mayor de todos. Se llama Helmut y conduce un taxi. Es un taxista que no conoce bien Nueva York hasta tal punto de que el cliente se tiene que bajar y conducir el taxi él mismo. Paradojas del taxímetro. Se extraña de esa forma de hablar soez y poco caballerosa. Se extraña del frío que habita en las calles de la Gran Manzana. Se extraña de extrañarse en una tierra de extraños siendo él mismo un extraño. Helmut es un alma inocente condenada a vagar por un mundo terriblemente corrompido de caracteres enfermos, de drogas pasadas con insidia, de luces reflejadas en el sempiterno asfalto mojado de la única ciudad que merece ser nombrada dos veces. El taxi arrancará e irá a tirones. El servicio estará hecho y Helmut se habrá ganado una buena propina…pero solo porque ha llevado a una buena persona a bordo. Taxis. Agarra uno en N. Y.
París. No es fácil ser un chófer eficiente para una ciega que presiente hasta el momento que la miran. Ella es atractiva si no fuera por esa mirada blanca que ofende. El taxista, de Costa de Marfil, al principio cree que se podrá aprovechar de ella dando unas cuantas vueltas por donde quiera mientras caen los francos en el contador. Pero, poco a poco, se da cuenta de que ella, la ciega, ve más que él. Y entonces es cuando cree que es imposible timar a quien se admira. Y cae en un pozo de autocompasión que solo es interrumpido por la típica bronca nacida de un choque a medianoche. El taxista hizo su servicio y la ciega escuchará la algarabía y, con una sonrisa, irá caminando por el mismo borde del Sena rumiando su superioridad frente a alguien que tiene los dos ojos en su sitio. Taxis. Súbete a uno en París.
Roma. Está claro que este taxista está un poco mal de la cabeza. Va con gafas de sol en plena noche romana. Habla solo. Juega a que se pregunta y se contesta él mismo a través de la radio del taxi. Hace chistes cuando ve un Hotel que lleva el improbable nombre de Genio y resulta que cuando la noche es algo inamovible, tiene que llevar a un cura. Claro, el tipo es tan desenfadado que no se le ocurre otra cosa que escandalizar al pobre sacerdote. Y le cuenta algo sobre una cabra con la que hacía cosas feas en el pueblo. El servicio se hará…pero no se pagará. Más que nada porque el corazón del monseñor es muy débil y se parará antes que el taxímetro. Y todo quedará engullido en una noche romana que esconde vicios, leyendas, muertes y asombros. Eso sí, el taxista podrá quitarse las gafas de sol y creerá que es de día. Taxis. Si tienes narices, llama a uno en Roma.
Helsinki. A punto de amanecer en las blancas calles de una ciudad tan fría que apenas existe por la noche. Unos borrachos suben a un taxi porque se han pasado la noche bebiendo con el dinero que les han dado por su despido. La desgracia se ha cebado en ellos. Sin embargo, el serio taxista les va a consolar con una historia. Sí, porque si tú eres desgraciado, seguro que por el camino te cruzas con otro que es más desgraciado y entonces te vas a enterar de lo que vale la amistad, estar vivo, tener algo de dinero en el bolsillo y vivir en una ciudad tan demoledoramente helada como Helsinki. Todo estará muy claro en ese taxi frío. Tanto es así que más vale no dar demasiadas vueltas a lo que le ocurre a uno. El día, con su luz clara y limpia de la mañana, tal vez anuncie que todo es hermoso cuando todo está oscuro. Taxis. Más vale que dejes pasar todos en Helsinki.

Y así, entre ruedas, volantes, propinas, chasquidos del taxímetro y anécdotas sobre la naturaleza humana, ha pasado otra noche en este inhóspito planeta llamado Tierra.

viernes, 25 de noviembre de 2016

DIEZ NEGRITOS (1945), de René Clair

Las olas rompen contra los acantilados salvajes sin piedad en una inacabable sinfonía de espuma y salpicadura, como queriendo recordar continuamente que allí solo existe el crimen. La casa se alza majestuosa e incólume, sin mancha en su fachada azotada por el viento, esperando la asunción de culpas y la sangre coagulada. Todos han acudido allí por una razón distinta pero todos tienen algo en común. El crimen puede unir mucho si de ello depende la vida. Poco a poco, los negritos van cayendo y la canción se queda suspendida en el aire, anunciando el modo en el que van a caer. Las sospechas se mueven de uno a otro como si fueran notas alocadas en un pentagrama de culpabilidad. Al principio, no deja de ser un accidente. Después, una casualidad. Más tarde, la presión llega a ser tan exigente que no queda más que echarle la culpa al mayordomo. Por último, cuando ya el número de supervivientes es demasiado reducido, se buscan aliados porque la sospecha, aunque legítima, también puede equivocarse. Las noches son oscuridades completas donde el mal se siente acogido y todas las mañanas la sorpresa se instala en la mesa de reuniones. Hoy no está uno; mañana, otro. La lluvia aparece con su rugido de tormenta y la lógica comienza a estar regida por el surrealismo. Arriba y abajo, comprobando. Siempre tres. Nunca dos. El vecino es el culpable. El pasado, también.
Y todo gira en torno a que es mejor despedirse de la vida intentando hacer algo útil para una sociedad que falla en sus leyes. De ahí se despiertan complicidades en caracteres débiles que parecen más fuertes. De ahí también se desarrollan cariños que parecen imposibles en un entorno tan solitario que solo dan ganas de gritar para no saberse solo. Las cenas se hacen eternas con los cafés, las copas, los cigarros y las revistas. Parece imposible que un asesino entre asesinos sea capaz de asesinar a todos los demás. Aunque también hay un vacío en ello porque no todos han matado o causado la muerte de alguien. Solo la conciencia es capaz de acusar. El billar se mueve y coloca todas las bolas en los agujeros. La mansión parece inclinarse hacia adentro, como queriendo ahogar la angustia. La playa también emite su veredicto. La horca espera.

No deja de ser un intento bastante atípico que a una autora como Agatha Christie le esperara una adaptación de su novela por parte de un francés como René Clair. Y, aunque hay algún personaje excesivamente caracterizado como es el caso de Richard Haydn en el papel del criado, hay un aire abrumadoramente fresco dentro de esa historia viciada por la sospecha con detalles como la cámara pasando a través de los ojos de las cerraduras para que todos, incluido el espectador, se espíen sin recato en busca de la mente criminal que ha urdido esta trama de culpabilidad y muerte. Con un reparto formado exclusivamente por secundarios entre los que destacan, por supuesto, Barry Fitzgerald y Walter Huston, Diez negritos nos devuelve al universo de la claustrofobia no solo causada por el entorno sino también por los errores de un pasado que ha dejado demasiadas cuentas pendientes por cerrar. Es el momento de saldar las deudas. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA LLEGADA (2016), de Denis Villeneuve

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento”
Ludwig Wittgenstein


La mentalidad humana olvida casi siempre la variable tiempo. Y no es solo una medida de lo que transcurre entre un acontecimiento y otro. También es una dimensión indescifrable que no ha sido nunca incorporada al lenguaje. El ser humano no ha sido capaz de juntar una cosa y otra. Tal vez, en algún momento, alguien nos pida que lo hagamos porque puede convertirse en un instrumento de paz, o de progreso, o de salvación. No se trata de hacer hablar a los minutos, ni a las horas. Se trata de la misma percepción de un tiempo que se empeña, a cada instante, en recordarnos su condición circular. El tiempo no tiene principio, no tiene fin. Siempre está ahí tratando de ofrecer el segundo siguiente como parte de un pasado que bien puede ser futuro. Como parte de una intuición que tiene que expresarse en la memoria.
Quizá, en algún lugar del inacabable universo, haya una civilización que haya comprendido la circularidad del tiempo, la ausencia del presente como elemento útil. E incluso es posible que traten de ayudar al torpe ser humano a descifrar una serie de interrogantes por la sencilla razón de que, en algún momento, el favor puede ser devuelto. La felicidad y el dolor son pasados y futuros y no tienen por qué guardar ningún orden. La ira suele ser un producto del presente. Y nadie puede dialogar con la ira, no sirve de nada, es un estorbo, un desecho del mismo tiempo. Y en esa condición infinita del tiempo sin principio ni fin se halla la seguridad de que el ser humano es también infinitamente más fuerte siempre que cuente con el prójimo y de que, de forma casi inevitable, tropezará una y otra vez en los mismos errores que hacen de él un ser imperfecto, condenado a lo efímero, mero visitante de la sucesión de instantes que le toca vivir. Puede que el secreto del tiempo resida en aceptar la verdad de una vida ingrata porque, en ella, se encuentran los momentos más eternos de nuestra existencia.

El director Denis Villeneuve vuelve a dejar una sensación de interés con este relato de comunicación y confianza que rodea al espectador con inquietud y misterio. Para ello cuenta con una actriz enorme, acertada y viva como Amy Adams que, prácticamente, lleva el peso de toda la película. Y no cabe ninguna duda de que, cuando se enciendan las luces de la sala, habrá muchos desconcertados que encaminarán sus pasos hacia la incertidumbre porque no habrán asimilado lo que han visto sin darse cuenta de que han ampliado su lenguaje y, por tanto, su conocimiento. Villeneuve traduce el tiempo y lo coloca en medio de un laberinto de sensaciones ingrávidas y sinceras mientras otros muchos tratan de saltar a un túnel de perspectiva cambiante. Y quizá no se tenga el auténtico sentido del mensaje hasta que no se componga la frase completa, pero eso deberá ser traducido por el mismo público que, en muchas ocasiones, se niega a ser cómplice y se encierra en algo que es inherente a la condición del ser humano. Se llama miedo. Y por su culpa puede que nos perdamos la maravillosa sensación de existir, de ser, de amar, de ser amados, de vivir…aunque todo sea efímero.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

LA CORTINA DE HUMO (1997), de Barry Levinson

Para que nadie se fije que la cola está parada, lo que hay que hacer es menear al perro. Y así se disfrazan los hechos. Inventarse una guerra no es cosa fácil, sobre todo teniendo en cuenta que la causa que motivó esa guerra fue una situación embarazosa en el Despacho Oval. Así que no hay más que contratar a un productor de Hollywood, una especie de trasunto de Robert Evans, y decirle lo que se quiere. El tipo comenzará a poner fantasía y pensará en las audiencias como un halcón. Aunque las verdaderas aves depredadoras sean esos fontaneros que arreglan cualquier desaguisado del poder para que el poder siga siendo poder. Si la jugada del enemigo te estropea el engaño…bueno, pues se prolonga el chiste poniendo a un héroe por el camino. Un tipo al que se le asocia con una vieja canción de blues. Claro que puede que el individuo en cuestión sea un botarate legendario y entonces la cosa se vuelve un poco más difícil. ¿Cómo va a hablar ante todo el mundo un tipo que no sabe ni pronunciar su nombre y está más cerca de la psicopatía que del heroísmo? Da igual, que calle. De una vez por todas y para siempre. Y ya está. Un mártir más. Claro que, de todos los pecados, el favorito del Diablo es la vanidad y ése es el elemento que se va a interponer en el engaño perfecto, en esa cortina de humo denso que se ha fabricado para que nadie note que la cola no se mueve. Y ya saben, si no sale por televisión, no existe. Película de un ritmo tremendo, que apenas te deja respiro para pensar en lo que estás viendo, Barry Levinson dirigió este maravilloso guión de David Mamet con Robert de Niro y Dustin Hoffman en los principales papeles y dando un par de lecciones sobre la manipulación y la verdad más falseada. Al fin y al cabo, actuar es falsear la verdad. Al fin y al cabo, la verdad es la que se nos presenta todos los días a través de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, todo puede ser una enorme mentira devorada por el entretenimiento, solo urdida para que la gente crea que el Gobierno va en una dirección cuando va en otra totalmente opuesta. ¿Qué más da? Hay que menear al perro. Y hay que hacerlo con sabiduría, convicción y sentido del marketing. Más que nada para que la multitud vuelva a comprar el mismo perro y vuelva a no darse cuenta cuando tenga la cola parada. Es sencillo y, en el fondo, genial. Se puede decir que es el mejor trabajo de los medios de información, que venden películas todos los días y el público, ansioso e incauto, las compra a cualquier precio. Todo es política. Todo es engaño. Y así, una serie de profesionales del cine, engañan a todo el mundo haciendo creer que ha ocurrido algo que jamás ha ocurrido. Acompañados, naturalmente, de una serie de profesionales de los trapos sucios que se empeñan en mostrar trapos más grandes, más interesantes y más importantes mientras se recogen los otros. Solo hay que creer que esos trapos más grandes, más interesantes y más importantes existen realmente y así no se verá cómo se recogen los otros. La táctica de la distracción. La certeza de que mentir es lo único que verdaderamente puede captar la atención de todo el público ansioso de sensacionalismo barato.

martes, 22 de noviembre de 2016

EL FUGITIVO (1947), de John Ford

Si queréis escuchar el debate que sostuvimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Aguirre o la cólera de Dios", de Werner Herzog, podéis hacerlo aquí.

En una tierra árida, donde parece que Dios no está, hay un hombre que corre porque tiene miedo, porque no sabe superar su debilidad humana y creer en su destino divino. Ese hombre entra en una iglesia entre sombras de creencia para que, a través de su sacrificio, no se pierda la fe. Cree que el consuelo es más importante que cualquier vida humana y por eso, a pesar del terror que siente, está allí donde se le necesita. Comprando vino de contrabando para poder celebrar una misa, consolando a los muertos en sus últimos suspiros, bautizando a los niños que aún no saben lo que es el pecado, intentando predicar con el ejemplo de su conducta que no es más que un testimonio de amor en una época de odio. Es la vieja historia del cordero preparado para el altar. Y es la leyenda del lugar donde nace la valentía.
El alcohol está prohibido y la traición está permitida. Es lo que pasa cuando el totalitarismo se apodera del gobierno y el pueblo es lo que menos importa. No importa la libertad de culto, no importa la libertad de movimiento, no importa la libertad del hombre porque los ciudadanos tienen que adorar, andar y sentir como adora, anda y siente el Estado. Es la monstruosidad del asesinato de la conciencia solo para que una nueva doctrina se instale en todo el país. Y es obligatoria. Y si no lo es, terminara siéndolo. La verdad siempre es asesinada por la mentira y, en algunos rincones de silencio, habrá gente que esté dispuesta a ayudar en la clandestinidad, a jugarse el tipo por salvar, más que al hombre, a lo que representa. Al fin y al cabo, en una época en la que no se cree en nada, es mejor tener a Dios un poco más a mano.
Una cruz esbozada en un corazón que, en el fondo, no cree en lo que hace. La piedad asoma pero no protesta. Y unos disparos acabarán momentáneamente con la ilusión de la libertad. Sin embargo, siempre habrá otro hombre. Igual de alto o bajo, vestido igual que el anterior e igualmente aterrorizado. Y la luz entrará hiriendo a la oscuridad porque es algo que no se puede contener. Es otra idea, ni mejor ni peor, ni más grande ni más pequeña. Es una forma de resistir.

John Ford resultó fascinante en la estética de esta película, ahondando en las tinieblas para ofrecer la luminosidad de la fe. Y aunque no sea una de sus mejores películas, de ritmo claramente irregular, con un desarrollo algo tedioso, es donde se halla el espíritu del viejo Ford, del hombre que ya vivió una guerra y que está a punto de ofrecer las mejores películas de su filmografía. Quiso hacer un fresco sobre sus creencias a la vez que una denuncia de la tiranía y nosotros, sedientos de algo, sabemos que puede que eso que buscamos esté en medio de la nada.

viernes, 18 de noviembre de 2016

UNA TROMPETA LEJANA (1964), de Raoul Walsh

La frontera es el lugar idóneo para que los sueños cabalguen en busca del horizonte. Eso, al menos, es lo que piensa un teniente recién salido de West Point. Quizá allí, donde nadie quiere ir, sea el lugar donde más puede hacer algo por su país.  Y, sin embargo, la realidad no dejará de demostrarle que los pañuelos no son tan amarillos, que el uniforme no es tan azul y que el heroísmo no es algo que se demuestre en acciones aisladas, sino todos los días en los que se aguanta en medio del polvo del desierto. Allí, donde el viento parece que da la vuelta y se estrella sobre las fachadas de adobe de Fort Delivery, encontrará a una mujer que hará que se mire en su propio interior, perseguirá a apaches rebeldes y sanguinarios con los que llegará a un acuerdo de paz, aprenderá lo que significa la nobleza de ser oficial, compartirá rancho con un buen montón de granujas indisciplinados a los que tendrá que meter en cintura bajo un sol de justicia, desechará su vida anterior para intentar mirar al cielo con la conciencia tranquila, irá a por caballos, traerá a desesperados, hará poner pies en polvorosa al aprovechado de turno que morirá en silencio y entre las sombras, sin que nadie se dé cuenta y podrá admirar de cerca la labor de un general de humor peculiar y experiencia probada. No está mal para ser el primer destino de un teniente recién graduado en la Academia Militar.
Y es que allí, en esa frontera inhóspita y difícil, no todo es blanco o negro, no todo consiste en amar u odiar. Sacudirse el polvo de los caminos es una tarea de titanes cuando lo que se ha visto es la tortura y la sangre derramada inútilmente, solo porque el Gobierno de los Estados Unidos no es capaz de sentarse a negociar con un indio rebelde. Se trata de no hacer vilezas y de no convertir a los hombres que están aislados en el fuerte en seres viles y sin corazón. El Ejército no está para eso. Eso no es lo que él consideraría una labor noble. No serían hombres.

Raoul Walsh se despidió del cine dando una demostración de energía, dirigiendo una película trepidante, con múltiples misiones a cargo del buen militar que no deja de estar lastrado por la elección de Troy Donahue, un actor de enorme apostura pero nula capacidad interpretativa. De hecho, en algún momento, es como si Walsh prescindiera de Donahue para dar rienda suelta a su sentido del ritmo, a su habilidad narrativa repleta de situaciones de acción, dejando en segundo plano los avatares de ese Teniente Matt Hazard que se encuentra con demasiadas realidades que intenta afrontar con profesionalidad. En algún momento, parece que a Walsh se le desfleca la trama pero hay que reconocer que el mayor activo que posee, además de su trepidante inventiva, es la presencia de James Gregory como ese general atípico, amante del latín y de unas traducciones, cuando menos, curiosas, que desea la paz por encima de todo. Tal vez porque ha estado en demasiadas batallas, ha derrotado a indios que se han convertido en amigos y ya no le queda mucho tiempo al frente de ningún regimiento. Quizá como el propio Raoul Walsh dirigiendo con mano de hierro y verdad artística en su última aventura.