Un amor también puede
ser imposible aunque ocurra en civilizaciones primitivas de nombres casi
impronunciables. Se trata de respetar las costumbres tribales y, si una mujer
es declarada virgen sagrada para los dioses de la aldea, no hay más que hablar.
Sin embargo, ella siente un amor desmesurado por un joven pescador de perlas y
él la mira con verdadera ternura. No habrá más solución que la fuga, pero están
en una isla de la Polinesia y el mar no es amable. Les devolverá una y otra vez
para que cumplan ese supuesto destino que les tienen reservado los dioses. Ese
ritual estúpido que ni siquiera permite a los hombres mirar a las vírgenes
reservadas a la divinidad hace que sueñen con llegar, quizá, a otra isla y
acogerse a los brazos de la civilización, de la modernidad occidental. Sí, esa
a la que algunos tienen tanto miedo y hacen otros tantos rituales para que
nunca llegue a tocarles porque, claro, tal vez los dioses se quedarían sin sus
ofrendas.
Por otro lado, las
perlas que pesca el chico son muy demandadas y es posible que él tenga que
jugárselas en unas aguas infectadas de escualos. Él es muy audaz, muy
escurridizo en el líquido elemento y sabe cómo vérselas con esos animales de
mirada fría y colmillo asesino. Intentará comprar a la virgen reservada a los
seres superiores con perlas y entonces comienza un entramado de ambición y
engaño que acabará por desafiar al tabú de una sociedad atrasada que vive en un
lugar paradisíaco. El mar rugirá. El amor luchará hasta el final. Y en muy
pocas ocasiones se querrá tanto que los dos amantes acaben juntos en contra del
terco destino que, por infaustas reglas impuestas por los hombres, se empeñan
en separar dos corazones nacidos para entenderse.
Última película del
gran Friedrich Wilhelm Murnau, planteada como un cuento exótico de profundas
raíces dramáticas, con guión de Robert Flaherty, conocido documentalista que
conocía a la perfección las tierras polinesias, y de Edgar Ulmer, afamado y
últimamente muy reivindicado director de serie C. Murnau no pudo ver la
película estrenada al fallecer a causa de un accidente de coche, pero no cabe
duda de que quiso ir un poco más allá en el avance de la narración
cinematográfica, adentrándose por lugares en los que nadie puso el pie jamás
con una cámara y ofreciendo un retrato demoledor de supuestas sociedades
edénicas que mantenían la crueldad en sus costumbres. El resultado es una
película que acaba por ser fascinante, aunque quizá no tanto como su anterior
título, Amanecer, con el director
jugando con la Naturaleza y los sentimientos, con las prohibiciones y las
libertades, con la limitada estrechez humana y la grandeza del arrojo cuando se
trata de salvar cualquier obstáculo para que el amor perviva. Una obra maestra
que, curiosamente, no ha tenido tanta repercusión como otros títulos del mismo
autor y que merece estar entre las
más nombradas.
Sumérgete, amor, y procura no salir. Nadie te quiere. Nadie te espera. Sólo la vida.