miércoles, 2 de abril de 2025

TABÚ (1931), de Friedrich Wilhelm Murnau

 

Un amor también puede ser imposible aunque ocurra en civilizaciones primitivas de nombres casi impronunciables. Se trata de respetar las costumbres tribales y, si una mujer es declarada virgen sagrada para los dioses de la aldea, no hay más que hablar. Sin embargo, ella siente un amor desmesurado por un joven pescador de perlas y él la mira con verdadera ternura. No habrá más solución que la fuga, pero están en una isla de la Polinesia y el mar no es amable. Les devolverá una y otra vez para que cumplan ese supuesto destino que les tienen reservado los dioses. Ese ritual estúpido que ni siquiera permite a los hombres mirar a las vírgenes reservadas a la divinidad hace que sueñen con llegar, quizá, a otra isla y acogerse a los brazos de la civilización, de la modernidad occidental. Sí, esa a la que algunos tienen tanto miedo y hacen otros tantos rituales para que nunca llegue a tocarles porque, claro, tal vez los dioses se quedarían sin sus ofrendas.

Por otro lado, las perlas que pesca el chico son muy demandadas y es posible que él tenga que jugárselas en unas aguas infectadas de escualos. Él es muy audaz, muy escurridizo en el líquido elemento y sabe cómo vérselas con esos animales de mirada fría y colmillo asesino. Intentará comprar a la virgen reservada a los seres superiores con perlas y entonces comienza un entramado de ambición y engaño que acabará por desafiar al tabú de una sociedad atrasada que vive en un lugar paradisíaco. El mar rugirá. El amor luchará hasta el final. Y en muy pocas ocasiones se querrá tanto que los dos amantes acaben juntos en contra del terco destino que, por infaustas reglas impuestas por los hombres, se empeñan en separar dos corazones nacidos para entenderse.

Última película del gran Friedrich Wilhelm Murnau, planteada como un cuento exótico de profundas raíces dramáticas, con guión de Robert Flaherty, conocido documentalista que conocía a la perfección las tierras polinesias, y de Edgar Ulmer, afamado y últimamente muy reivindicado director de serie C. Murnau no pudo ver la película estrenada al fallecer a causa de un accidente de coche, pero no cabe duda de que quiso ir un poco más allá en el avance de la narración cinematográfica, adentrándose por lugares en los que nadie puso el pie jamás con una cámara y ofreciendo un retrato demoledor de supuestas sociedades edénicas que mantenían la crueldad en sus costumbres. El resultado es una película que acaba por ser fascinante, aunque quizá no tanto como su anterior título, Amanecer, con el director jugando con la Naturaleza y los sentimientos, con las prohibiciones y las libertades, con la limitada estrechez humana y la grandeza del arrojo cuando se trata de salvar cualquier obstáculo para que el amor perviva. Una obra maestra que, curiosamente, no ha tenido tanta repercusión como otros títulos del mismo autor y que merece estar entre las más nombradas.

Sumérgete, amor, y procura no salir. Nadie te quiere. Nadie te espera. Sólo la vida.

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