Ser un cínico en
tiempos turbulentos no es nada fácil. Se trata de mantener una postura alejada
de los conflictos a pesar de que no se conserva ningún escrúpulo para
permitirse vender armas a uno de los bandos. Siria es un hervidero de
buscavidas que tratan de hacer negocio con la venta de armas y Harry Smith ha
encontrado a unos compradores habituales que le reportan pingües beneficios.
Los franceses, al mando del país, no le pierden de vista. Se dan cuenta de que
es un tipo que no se quiere implicar en lo que es estrictamente una lucha
política con sangre en los campos de batalla, por mucho que venda armas a los
rebeldes. El Coronel Feraud, un idealista de Marsellesa y gloria de Francia,
trata de mantener un encuentro con el líder rebelde y cree que Smith puede ser
el enlace ideal para arreglar la cita. Sin embargo, hay muchos intereses entre
medias y, por supuesto, como no podía ser menos, también hay una chica. Así que
tenemos a un cínico, a un coronel francés, contrabando de armas, ganas de paz y
voluntades locas de guerra y una mirada irresistible. No está mal para un país
asiático asediado por la pobreza y el hambre.
Aparte de
revolucionarios y soldados, Smith desprecia a los terroristas, que atacan por
la espalda sin importarles qué matan y cuántos mueren. En realidad, Siria en
1925 es moverse por una selva que guarda el siguiente peligro al doblar la
esquina. Y todo ello, dentro de un laberinto de calles del que no es nada
sencillo salir. Harry Smith va a tener que sacrificarse para que haya algo de
justicia en esas calzadas empedradas, sin destino, ni final, que tratan de
encontrar un camino para que algo bueno siga respirando entre tanta
conspiración.
No cabe duda de que la
sombra de Casablanca planea sobre
esta película, con Damasco al fondo. Un Damasco tan falso como Casablanca en su
legendaria aventura. No cabe duda de que Bogart vuelve a encarnar a un cínico
con su habitual solvencia. Un cínico que tomará partido porque, en el fondo,
guarda una cierta ética en algún lugar de su gabardina. Muchos elementos se
repiten, a pesar de que, quizá, ésta es una película más implacable, más dura y
hace menos concesiones hacia el sentimentalismo. Y, por último, volvemos a
tragar, quizá con menos aura legendaria, con menos romanticismo y con los pies
un poco más asentados en la tierra, esta historia de algún lugar exótico,
perdido de la mano de Dios, que pone en juego una serie de pasiones que
descubren que hay hombres que merecen la pena.
Al lado de Bogart, en la piel del Coronel Feraud, un comedido Lee J. Cobb, un actor que saltaba por encima del notable cuando sabía sujetarse y que el toque sueco, en lugar de Ingrid Bergman, lo pone una algo inexpresiva Marta Toren. El resultado es una buena película que, en ningún caso, hace sombra al mito, pero que contiene buenos momentos hasta ese final en el que también hay niebla y nobleza. Siria engulló a un héroe que siempre nos gustaba. Hiciera lo que hiciera. Incluso aunque fuera un contrabandista de armas en una tierra sin futuro.