jueves, 29 de enero de 2026

HAMNET (2025), de Chloe Zhao

 

Los dioses me envían con la misión de convertirme en el mensajero con alas en los pies para trasladar las sensaciones que se despiertan cuando se abre el corazón tras el terrible martilleo de la desgracia. El dolor es el arma más poderosa del destino y, con él, trata de abrir paso a sus designios como las letras inexorables de la genialidad como instrumento de la catarsis. A vista de halcón, puede que nos hallemos ante una de esas parábolas inciertas que sólo nos traen el consuelo del melodrama, pero si descendemos entre los mortales extasiados por la muestra más fecunda del ingenio entonces caeremos en la cuenta que esa pena tan profunda e indescriptible busca su propio desahogo dependiendo de cómo queramos exorcizarla cada uno de nosotros.

Así que retrocedamos atrás, muy atrás. El camino desandado debe llegar tan lejos que deberemos adentrarnos en los territorios ignotos de la ficción y, en consecuencia, de la fantasía. Para darle un aire de sinceridad, agarraremos por el cuello, como patos nadando en un estanque, a los personajes que un día sí existieron y los haremos y menearemos como si fueran presas de nuestra imaginación hasta que se amolden perfectamente a la emoción que queremos narrar. Introduzcamos esa delicada línea que separa la vida de la muerte con el acompañamiento indispensable del amor y, con un diminuto acento en la brujería, tendremos un retrato bastante aproximado del escape entre líneas, poniendo duelos a espada, traiciones, dudas e incestos para asegurar la atención y subyaciendo, como cuerpos removidos por la infamia, ese sentimiento tan herido, esa certeza de que la vida no ha sido gentil y de que la muerte, por fuerza, ha de venir revestida de rabia y rebeldía.

Sobre el escenario, sueños que mueren en cuanto se representan. Sobre la vida, amores que parten en cuanto mueren. Y si la muerte es representación y, a la vez, final, entonces no nos queda más que tener la seguridad de que el resto es silencio y de que la existencia se reduce a un ser o no ser, o, mejor aún, al desafío permanente de fantasmas que vienen a preguntar a nuestra conciencia si realmente ese es el destino que les correspondía o si es necesario tomarse la revancha con la vida. El resultado es brillante y absorbente, con histriones de altura, aunque el cielo sabe que es para referirnos a la parte más femenina de la farsa que nunca fue verdad, aunque, con el corazón abierto, no podamos evitar en llamar con urgencia a las lágrimas para que el nudo en la garganta pueda desasirse del momento. Puede que la responsable de todo, de letras impronunciables, no esté acertada en su totalidad, pero es que nuestro ánimo sabe que es difícil escaparse del sollozo cuando el más arrebatador de los consuelos se torna mitad arte, mitad caricia como una luna en cuarto menguante.

Al final, como no podía ser menos, el respetable rompe el silencio con aplausos, que resuenan en el interior del alma con tanta intensidad que cuesta coger el impulso para abandonar el asiento, se desea permanecer unos minutos en el consolador silencio para no destrozar la reciente visión y, con los sentidos en retirada, la reflexión se abre paso con dificultad entre el gentío que busca aire y el pensamiento que procura inteligencia. Todo para asistir a una experiencia que, sin caer en la vacilación, requiere instantes de paciencia para que la historia articule todos sus mecanismos y nos envuelva, igual que ese teatro circular que pasa por ser corral de comedias y recipiente de sensaciones que son tan complicadas de describir como difíciles de alcanzar.

Lo sé. Sé que estas líneas pueden parecer arrogantes o, quizá, recargadas de una retórica vacía e inane. Sé que no hago honor a nadie tratando de parecerme a un bardo que estremeció con sus historias y levantó admiración allí donde sus palabras se hacían inmortales…pero estoy seguro de que vuesas mercedes sabrán disculpar el intento al igual que una mujer supo ver cuánto se podía sufrir a través de una representación en unas tablas de verdadero talento.   

2 comentarios:

dexterzgz dijo...

No se puede representar mejor la fascinación que produce descubrir el teatro (y el arte general) y de su efecto sanador. No me refiero tanto a estas sabias palabras que acaban de pasar ante mis ojos, que también, sino al ingenio de ese tal Bardo, al cual se menta. Y asimismo de esa artesana con nombre de ninfa, que nos llegó de las lejanas tierras de Oriente y que tan bien ha sabido captar las esencias occidentales como bien supo mostrar en algún trabajo suyo anterior. En éste, urde una trama que evoca el carácter mágico de las historias elevando al cuentacuentos la categoría de un Dios. Podrá achacarse que la función va algo sobrada de intensidad en algún tercio, más peccata minuta si se sale de ella con el alma y el corazón henchidos de gozo ante la contemplación de arte supremo. Quizá la vida sea solo ese sueño que alguien nombró, y tal vez ese sueño nos ayude a sobrellevar mejor tanto dolor, tanta miseria

También alguien lo dejó escrito una vez.
Esto es cine, quien lo probó, lo sabe.

Abrazos desde la primera fila

César Bardés dijo...

Las nubes parece que dejan claros a través del cielo de tus letras. Vaya por delante que el homenaje al Bardo queda tan nítido como la luz del sol y que esa dama que nos ha regalado la emoción ahogada en las letras ha construido una narración que se abre paso entre la carne para llegar hasta ese corazón abierto del que se habla en dos ocasiones. No faltas a la verdad con la intensidad, tanta que parece que el melodrama se va a imponer como el vencedor en una batalla, pero existe algún rincón del alma que despliega su celebración para decirnos que sí, que esto es cine, que lo hemos probado, que lo sabemos.
Abrazos ante el corazón en blanco.