jueves, 15 de octubre de 2026

EL PRECIO DE LA RED (2026), de Aaron Sorkin

Básicamente, el problema es el siguiente. ¿Cuáles son los mensajes más leídos en las redes sociales? Los que polarizan. Así que si se construye un algoritmo en el que se carga de valor cualquier mensaje al que se da un “like” o, mejor aún, se comparte contenido, entonces saltan recomendaciones que redirigen la navegación hacia grupos de ultraderecha radical. De esa forma, se fabrica el pensamiento colectivo y, lo que es peor aún, se invita al comportamiento deleznable que convierte la convivencia en pura basura. Por otro lado, esas mismas redes sociales nacieron para que personas que no se conocen de nada conecten y compartan gustos, aficiones, ideas y proclamas. Fácil ¿no? Si no se verifica el contenido, todo vale.

Si, por otro lado más, los que dirigen y trabajan en las multinacionales de la red social son cuasi autistas que no tienen ni la más mínima capacidad empática y sólo piensan en la maximización del negocio, entonces ya estaría el cuadro completo. De vez en cuando, eso sí, hay algún garbanzo negro que trata de poner en conocimiento de la gente cómo se juega con la personalidad de millones de usuarios que, paulatinamente, van radicalizando su forma de pensar y, además, hay algún periodista dispuesto a contarlo, es que la esperanza no está perdida y alguna forma de decencia también se esconde en algún lugar ignoto de esa selva que es cualquier red social.

Por el camino, desde luego, hay un buen puñado de términos que no se acaban de dominar porque al consumidor final, que es el usuario, le da exactamente igual cómo funcionan los dichosos algoritmos. Es todo demasiado complicada para que un mundo dominado por las pantallas, por lo que dicen, por lo que piensan, por lo que cuelgan y por lo que muestran, se paren a pensar por un minuto cómo la manipulación también habita en el bolsillo donde se guarda el móvil o en el maldito ordenador que extiende sus cadenas y obligar a estar cuantas más horas mejor tratando de buscar algo que nos haga creer que no estamos solos, que también tenemos algo que decir aunque, desde luego, esas cosas que escribimos estén más cerca del fascismo que de otra cosa. La vida reducida a una máquina que nos dirige, nos redirige y nos aplasta sometiéndonos a una esclavitud que, casi siempre, acaba por ser algo bastante peligroso.

Con estos mimbres, el director y guionista Aaron Sorkin fabrica lo que podría ser una continuación lejana de aquella La red social, de David Fincher, que Sorkin también escribió en su momento. La figura de Mark Zuckerberg y su absoluta falta de comprensión de un mundo que no le interesa y que sólo ve como una factoría de dinero domina todo el entramado. Para ello, Sorkin realiza una película que es menos irregular que su predecesora, centrada en la delatora Mickey Madison, eficaz, y en un convincente Jeremy Allen White como el periodista ganador del Premio Pulitzer por escribir y publicar las miserias de la red. El resultado es una película curiosa, muy bien llevada, sin bajos, pero tampoco altos y con la certeza de que vivimos una generación de personas manipuladas y de cerebro más lavado que las sábanas de un fantasma ancestral.

Piénsenlo dos veces. Ese “like”, ese deseo de compartir algo que llega, esa furia desatada que se desahoga en la red social, pero que no estalla en nuestro ámbito particular, puede ser un arma letal a favor de actitudes que son absolutamente reprochables. Curiosamente, los malditos inventores que han llevado su síndrome de Asperger hasta las últimas consecuencias, son los nuevos dictadores. Aquellos que siempre están en la sombra y que ejercen su poder desde su pedestal inalcanzable de magnates sin alma, ni corazón. No lo tienen. Nunca lo tendrán. Sólo somos piezas de un juego que inventaron que terminó por acabar con nuestra privacidad, con nuestra independencia mientras no dejaban de articular trampas para atrapar nuestra débil personalidad, que se siente muy sola si no hay nadie que secunde o les invite a compartir el insulto, la propaganda, el grito y el extremismo. El puñetero algoritmo se encargará de trazar el siguiente paso. 

 

1 comentario:

CARPET_WALLY dijo...

Bueno, aunque no he visto la película, he recibido varias opiniones (alguna que hasta valoro) que me dicen que es bastante superior a la media. Es algo que sorprende en este tiempo, porque como en casi todo lo de Sorkin se habla mucho, dicen. Y hoy escuchar no está muy de moda, si no hay mucha prisa, mucha acción y disparos o explosiones el interés decae en la mayoría de la gente.

Lo cierto es que los guiones de Sorkin casi se filman por si solos, aunque Rob Reiner sacara oro, de aquella mina genial que era "Algunos hombres buenos". No puedo decir lo mismo de "La red social" que has mencionado. Casi nunca Fincher termina de convencerme, desde "Seven" directamente.

En cualquier caso, los guiones de Sorkin son tan brillantes que uno se queda embelesado escuchando los diálogos y las replicas brillantes. Y es curioso también porque el otro día leí un articulo sobre el habla literario, cinematográfico, televisivo y lo poco real que es. En la calle (me incluyo) nuestro vocabulario es corto, no hay casi elementos discursivos y los énfasis se ponen con gestos o tonos de voz. En los diálogos de Sorkin, por poner el ejemplo más notable, también se gesticula y se alza la voz, pero parece que estamos ante personajes que casi a cada momento dicen algo inteligente o interesante (muy lejos de la vida real, es cierto). Aun así es hipnótico porque parece natural, el personaje creado habla así y lo sentimos cercano en lo que dice y como lo dice, su escritura te ha llevado a empatizar de tal modo que los sientes como alguien cercano o reconocible.

En todo caso, si tantas voces dicen que hay que verla, no voy a oponerme.

Abrazos enredados socialmente