lunes, 11 de febrero de 2019

ALBERT FINNEY: UNA MIRADA AVIESA



Albert Finney ha sido un actor de recursos, prácticamente, ilimitados. Su capacidad de transformación era impresionante y afrontaba, sin ningún problema, cualquier género que se le pusiera por delante, demostrando siempre una singular versatilidad apoyado también en una voz prodigiosa, capaz de imitar tonalidades y acentos con extraordinaria verosimilitud. Quizá no fuera una estrella, pero tampoco quiso serlo. Era, sobre todo y ante todo, un actor. Un actor de verdad.
Aunque sus primeros pasos fueron en el medio teatral y televisivo, Albert Finney comenzó a ponerse delante de las cámaras al amparo del free cinema británico con películas como El animador, de Tony Richardson; y, sobre todo, Sábado noche, domingo mañana, su primer papel protagonista, en esta ocasión a las órdenes de Karel Reisz. Sin embargo, la consagración le vino con esa rara incursión del propio Richardson en el cine más picaresco bajo la óptica del movimiento de esos cineastas airados que se llamó Tom Jones y que, contra todo pronóstico, se convirtió en la gran vencedora de los Oscars de 1963, con un Finney divertido, saltando entre miriñaques y huidas en pleno siglo XVIII y dejando un aire entre cómico y melancólico entre medias. Una interpretación que le valió su primera nominación al Oscar y que catapultó a la cabecera de cartel al hombre que, tan sólo un año antes, había estado en todas las quinielas para encarnar al Comandante T. E. Lawrence en Lawrence de Arabia, papel por el que llegó a cobrar el salario íntegro a pesar de que, en el último minuto, fue sustituido por Peter O´Toole por deseo del director David Lean.
Sin embargo, el papel por el que todo el mundo siente un recuerdo entrañable de Albert Finney es el del arquitecto Mark Wallace de Dos en la carretera, de Stanley Donen. Aquí, disfrutamos del actor en toda su dimensión. Lo encontramos divertido, superfluo, preocupado, gris, desencantado, inteligente…en resumen, maravilloso. Una interpretación que desprende una química extraordinaria con su compañera, Audrey Hepburn, con la que llegó a tener una relación sentimental. Una comedia que habla de la vida, de la verdad, siempre con una sonrisa y que nos lleva por distintos viajes por Francia mientras una pareja pasa por todos los estadios anímicos, por todas las miradas y por todas las ilusiones, algunas realizadas y otras…no.
Fue un Ebenezer Scrooge memorable en Buenas noches, Mr. Scrooge, adaptación musical del Cuento de Navidad, de Charles Dickens; y, también, construyó al mejor Hércules Poirot de la historia del cine en Asesinato en el Orient Express, de Sidney Lumet, asimilando todas y cada una de las indicaciones descriptivas que Agatha Christie hizo de su personaje, con sus formas y movimientos, bordeando el ridículo sibaritismo que exhibía el gran detective, pero dando una auténtica lección de cómo se debe interpretar a un personaje que no resulta nada fácil.
Pasa por Los duelistas, de Ridley Scott, por un estupendo y muy desconocido melodrama de Alan Parker titulado Después del amor, al lado de una inspirada Diane Keaton; y toca el cielo interpretativo en un duelo legendario con Tom Courtenay en esa fantástica película que es La sombra del actor o la relación de admiración y servidumbre que se desarrolla entre un intérprete de teatro shakesperiano y su ayuda de cámara. Toda una lección para cualquier actor, con gestos y expresiones inspirados, desarrollando toda una gama de sentimientos difíciles de expresar, dando toda su dimensión a una profesión que alcanza su máximo sentido no sólo en esta película, sino también en la adaptación de la novela de Malcolm Lowry Bajo el volcán, en la que Finney se pone a las órdenes de John Huston para dar los últimos coletazos de vida al cónsul británico de un país imaginario de Sudamérica que se halla en la recta final de su vida, ahogándose en alcohol y despidiéndose de un mundo que jamás llegó a gustarle.
Se lo pasa en grande rodando con los Hermanos Coen Muerte entre las flores, interpretando al jefe de un clan de gángsters que no entiende la jugada que, por amistad, realiza su mejor hombre. Realiza un excelente trabajo en La versión Browning, interpretando a ese profesor de latín y griego forzado al retiro y aún es capaz de encandilar como el jefe de la protagonista en Erin Brockovich, de Steven Soderbergh y, sobre todo, como ese padre fantasioso que se encuentra a las puertas de la eternidad en la entrañable Big Fish, de Tim Burton.

Con su rostro de cemento y ese deje fugaz de mirada aviesa, Albert Finney llevó, ante todo, calidad a todas y cada una de sus interpretaciones. Cinco nominaciones al Oscar sin ganar nunca, un olvido imperdonable para la Academia que jamás supo reconocer el inmenso talento de un inglés que sabía que actuar era algo más que fingir.

3 comentarios:

dexter zgz dijo...

Hoy más que nunca emociona ese final tan felliniano de "Big Fish", yo también quisiera morirme así. Estaba genial en "Dos en la carretera" o "Sábado noche, domingo mañana", maravillosa e infravalorada película, pero si me lo permitís yo hoy prefiero recordarlo en la película de Burton.

Disfrute de su pez y de su anillo, maestro.

Abrazos en la carretera

CARPET_WALLY dijo...

"Big fish" que curioso. Es cierto que es una película preciosa, de las que más me gustan de Burton, sin duda. pero fijaos que quien acaparó mi atención en la película era una actriz que en ese momento me resultaba absolutamente desconocida, Marion Cotillard dando vida a la nuera de Finney. Su papel era pequeño pero tan delicioso como el resto de la película.

Ya he dicho que Finney me gustó mucho haciendo de Poirot, pero al lado de Audrey en esa maravillosa película de Donen me parece francamente irrepetible.

Abrazos bajo el volcán

César Bardés dijo...

Yo creo que era un actor enorme incluso abordando los papeles más pequeños. Cierto es que su Poirot resultó inolvidable (¿cómo pudo arrebatar el protagonismo a todos los que le rodeaban a través de su caracterización?) y que "Dos en la carretera" es una película que va más allá de la comedia romántica y que hace que adoremos a los dos, tanto a Audrey como a él. Sin embargo, lo cierto es que nunca le puedes recordar en un papel en el que estuviese mal, o descolocado, o inadecuado. Cambiaba como un camaleón según interpretaba al personaje que, siempre, era una lectura acertada. Para mí, uno de los grandes monstruos de la actuación aunque no fuera una estrella. Un gigante. Y siempre es de lamentar quedarse sin uno de ellos.
Abrazos entre la espuma para apagar el incendio de un Morgan.