Todo parecía ir bien
dentro de la rutina. Una mujer, un hijo, un trabajo de cierta solidez y
sobradamente pagado…De repente, un hombre vuelve de un viaje de negocios en
Finlandia y se encuentra con que su mujer quiere abandonarle. Quiere vivir sola
con su hijo. Quiere desterrarle de su vida. Y ahí mismo, aparece con letras de
neón una palabra que se enciende y se apaga continuamente en la conciencia de
él. “Soledad”….”Soledad”…”Soledad”. Todo cambia y se sumerge en una nube de
inconsciencia, de sueños líquidos que se antojan a algo muy parecido como a
contener la respiración debajo del agua. Quizá lo más doloroso es que no hay
ninguna explicación. Ella se niega a decir una palabra sobre los motivos. Se
cierran todas las puertas de una sola vez y no hay posibilidad de encontrar ni
un leve resquicio. Es entonces cuando empieza un diabólico juego en el
espectador que trata de encontrar los motivos en la mente de esa mujer que se
niega a hablar, pero que, de alguna manera, comienza una lenta y segura
reconstrucción de su vida. Es como construir un edificio, pero empezando por la
azotea. Con esa obra y reforma en su interior, trata de encontrar un equilibrio
interior que le va a ser siempre esquivo, pero desea intentarlo. Incluso se
puede llegar a pensar que es muda, pero no lo es. Por eso se construye un
misterio alrededor de ella. ¿Cómo es? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Hacia dónde
va? Tal vez hacer que la vida se ajuste a sus términos y no a los que le impone
la vida, o su marido, o su propia existencia, o la misma sociedad. No todo van
a ser aciertos. Sus pasos son inseguros y el error también existe, por mucha
decisión que haya tomado. En algún momento de esta película, parece que la
pantalla es una ventana por la que miramos, indiscretos, a esta mujer
reconstruida, difícil, parca en comunicación, incapaz de expresarse,
voluntariosa al máximo.
Esta es la principal razón del cine de Peter Handke en una de sus escasas incursiones detrás de las cámaras. Para ello, cuenta con una actriz que es una auténtica delicia como es Edith Clever, que interpreta a esta mujer zurda, Marianne, que decide dar un giro de ciento ochenta grados a su vida y que tampoco es capaz de explicar cómo ha llegado a tomar esa decisión. Al lado de ella, un espléndido plantel de secundarios, empezando por Bruno Ganz interpretando al marido, perplejo y abandonado, y siguiendo con varias sorpresas en papeles pequeños como el director de El puente, Benrhard Wicki, el actor Michael Lonsdale y, en una pequeña aparición, Gerard Depardieu. El resultado, por supuesto y sabiendo que viene de la óptica tan particular de Handke, es una película en la que resulta extremadamente difícil transitar porque todo gira en torno a entender a esta mujer que rompe con todo y, tal vez, no sabe cómo construir nada aunque lo intenta y lo hace de un modo evidentemente torpe. Puede que Handke, en el fondo, trate de decirnos que no todas nuestras decisiones son totalmente racionales, que los cambios son necesarios para seguir adelante, aunque ello signifique hacer trizas muchas cosas que son habituales. Todo estaba en la mente de ese escritor tan enigmático como contradictorio que siempre amó el cine como su segundo lenguaje.

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