jueves, 19 de marzo de 2026

EL TESTAMENTO DE ANN LEE (2025), de Mona Fastvold

 

Dios no habla a través de las desgracias. Si tienes cuatro hijos y los cuatro fallecen antes de cumplir un año, no quiere decir que Dios manda que se eliminen las relaciones sexuales para alcanzar la pureza y la santidad. Dios tampoco se dedica a exigir liturgias en las que los fieles cantan al unísono como si fueran un coro de cantantes profesionales o un cuerpo de baile perfectamente sincronizado. El teatro puede sustituir a la fe y, sin embargo, mantener esa apariencia de que el aliento divino se ha hecho presente  con la oración y el golpe de pecho como elementos preferentes del culto. Todo esto no es más que una tontería.

Y es que, ya de momento, sorprende que en el guion se halle Brady Corbet, que el año pasado estaba en boca de todos al ser el máximo responsable de una película como El brutalista. Por lo que se ve, a Corbet le va el tema del sexo por activa y por pasiva y el rechazo a los que piensan diferente. Con la colaboración de Mona Fastvold como directora del engendro, se nos pone en juego el nacimiento de una secta y su desarrollo posterior, pero todo está mostrado como una disculpa, como si toda esta gente abducida por una supuesta santa que, ni más ni menos, se proclama como la heredera directa de Jesucristo, no hicieran daño a nadie con su continua alabanza personal en la tal mesías y divina con los más diversos ritos. El resultado es una película que dura dos horas y cuarto con un buen puñado de canciones que, prácticamente, la convierten en un musical con más canciones de misa que un cantoral de la catedral. Y eso sí, que no falten los golpes de pecho.

En el fondo, se supone que subyace una crítica a una sociedad estadounidense que no acepta lo que parece extranjero aunque sea algo que ha arraigado con fuerza en sus creencias. Ya se sabe, quien nombra mucho a Dios es que tiene mucho que esconder como persona. En cualquier caso, aquí no hay mácula que ensombrezca la labor evangelizadora e, incluso, se describen un par de secuencias que son bastante risibles, como la del dedo loco que va señalando el lugar en el que debe asentarse la tribu de fieles, con el fulanito iluminado cambiando de brazo cuando le viene en gana, aunque me imagino que por cansancio. Al final, lo que queda es una historia que no guarda demasiado interés porque, durante las dos horas y cuarto de marras, están hablando de lo mismo. Dios, cómo debe creerse en Dios, cómo se debe evangelizar la palabra de Dios, cómo se ha de buscar a otros fieles para que se unan a la fiesta y es inevitable pensar en Dios, cuándo va a acabar esto.

Decían los supuestos expertos que la interpretación de Amanda Seyfried como la madre Ann, agitadora y principal impulsora del método de oración y culto, era digna de mención. Y sí, no lo hace mal la chica, pero tampoco es la interpretación del año. Canta, se marca unos pasos de baile que si me los hace el cura de mi barrio le propongo para el Bolshoi, y se prodiga en las consabidas miradas de ternura ante todos aquellos que no entienden la inconfundible llamada del Altísimo. Y es una época en la que el optimismo no era precisamente el pan nuestro de cada día, así que cualquier asidero que permitiera un poco de consuelo, era bienvenido. Todo ello añadido a la falta de cultura, caldo de cultivo ideal para hacer prosperar las ideas locas, las canciones angelicales y las visiones que resulta que van teniendo todos y cada uno de los personajes que van desfilando por la trama.

Así que yo, personalmente, si quiero ver un musical, prefiero decantarme por Cantando bajo la lluvia o West Side Story, que, al menos, no me dan la brasa con el asunto religioso. Si quiero ver una película sobre los engaños de la creencia y los charlatanes que se creen sus propias palabras, me pongo El fuego y la palabra, que me dice mucho más y tiene unas interpretaciones que hacen creer en la existencia de Dios. Y si el tema es verse cómo vivían las comunidades emigrantes durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos, lo mismo me pongo El crisol para que no me arrebaten el nombre. Y dejo ya de perder el tiempo porque cada vez que oigo “Amén” me entran los siete males.

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