viernes, 16 de octubre de 2026

EVA MARIE SAINT: LA DISTINCIÓN ES MUJER

 

Eva Marie Saint reunía todas las cualidades necesarias para ser una estrella, pero ella prefirió ser una actriz. Apasionada de su profesión, estudió en el Actor´s Studio a las órdenes de Elia Kazan. Allí aprendió la técnica, pero, siempre sabia y muy consciente de cuál era el lugar que quería desempeñar, la modeló a sus propias cualidades. Sabía que era demasiado menuda y, sin embargo, encarnó a mujeres de indudable carácter y siempre con un toque de clase, aunque su papel fuera el de un personaje humilde.

Antes de dar el salto el cine, intervino en múltiples episodios de series de televisión, un medio que nunca abandonó. Por eso, Elia Kazan no estaba muy convencido de darle el papel de Edie Doyle en La ley del silencio y, en un principio, pensaba dárselo a Elizabeth Montgomery. No obstante, Kazan decidió hacerle una prueba y se dio cuenta de que ella, a pesar de la inocencia atrevida que desprende su personaje, aportaba rasgos adultos muy interesantes al personaje, algo que no ocurría con Montgomery. Actuó al lado de Marlon Brando, que ella mismo se encargó de remarcar que, posiblemente, era el mejor actor con el que había trabajado y, ya en su primera película, ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria.

Continuó haciendo apariciones en las más variopintas producciones televisivas durante dos años más, algo muy poco frecuente en una ganadora del Oscar, hasta que se le presentó la oportunidad de demostrar su versatilidad en una comedia al lado de Bob Hope en Esa extraña sensación, de Melvin Frank y Norman Panama, un divertido enredo de equívocos que enseñó su sentido del humor, muy alejado del papel que había desempeñado para Kazan.

De ahí pasa al drama más trágico de la mano de otro director de primera línea como Fred Zinnemann en Un sombrero lleno de lluvia, al lado de Don Murray y Anthony Franciosa. Saint cosecha una excelente retahíla de buenas críticas por este melodrama de drogas y amores con traumas incluidos. A continuación, se incorpora al reparto de El árbol de la vida, de Edward Dmytrik, una película llena de dificultades motivadas por el terrible accidente que sufrió Montgomery Clift que le desfiguró la cara y que obligó al director a emplear dobles y  a enfocar al propio Clift recuperado del accidente desde lejos después de una larga suspensión. La película fue un intento de recuperar el espíritu de Lo que el viento se llevó, que acabó muy lastrado por una trama pesada, apasionada e intermitente.

Esta actriz, pura distinción, fue la mejor oponente para Cary Grant en la extraordinaria Con la muerte en los talones, del maestro Alfred Hitchcock. En ella, Saint presume de elegancia, de atractivo, de madurez, de la composición tranquila de un personaje que siempre se mueve en el filo de las simpatías. En la película, conquistó a Grant. En los cines, todo el público se enamoró de ella. La propia Saint declaró que trabajar con Hitchcock fue una de las cosas más grandes que le habían ocurrido nunca.

Ese toque de estilo inimitable que supo darle a su personaje le proporcionó la oportunidad de emparejarse con Paul Newman en Éxodo, de Otto Preminger, encarnando a una mujer profundamente preocupada por el entorno de violencia y por ejercer de madre en un país que estaba despertando desde la sangre de lo que nunca debió ocurrir. La química con Newman fue evidente, al igual que la tuvo con Brando, confirmando la suposición de que Eva Marie Saint podía ser la actriz más adecuada para cualquiera de los actores del Método.

Como no podía ser menos, también estuvo al lado de otro de los grandes galanes como Warren Beatty en Su propio infierno, de John Frankenheimer, un drama sobre gigolós, mujeres que desean ser amadas y rechazos colectivos. También fue llamada de urgencia para sustituir a la inicialmente prevista Patricia Neal en la interesante 36 horas con James Garner preso de un ataque de amnesia en un aparente hospital aliado en la Segunda Guerra Mundial. La película parte de un relato de Roald Dahl convenientemente adaptado y, aunque está bien dirigida, bien realizada y mejor interpretada, es una historia que se resiente de un montaje algo errático.

Encarna a la tercera pata del banco de Castillos en la arena, de Vincente Minnelli, dando la réplica a dos torbellinos como Richard Burton y Elizabeth Taylor en una historia sobre amores prohibidos y estilos de vida contrapuestos. Un melodrama que cosechó un rotundo fracaso, pero que también puso en evidencia que Eva Marie Saint no tenía ningún reparo en aceptar papeles algo más secundarios sin miedo. A ella lo que le importaba realmente era la calidad de lo que hacía.

Llegó el momento de intervenir en la comedia más alocada de finales de los años sesenta como fue ¡Que vienen los rusos!, de Norman Jewison, sobre la supuesta invasión de territorio norteamericano por parte de la tripulación de un submarino ruso que, realmente, sólo quiere ayuda para la reparación de su nave. Algo trasnochada por el tiempo, la película tuvo un impacto enorme, mereciendo varias nominaciones al Oscar por su descaro e histerismo. Un éxito que hizo que se viera a la actriz con los ojos de madre o de mujer madura que no abandonaba su elegancia ni siquiera ante una invasión del enemigo.

Forma parte del enorme rompecabezas que rodea al círculo de la Fórmula Uno en esa estupenda película que es Grand Prix, otra vez con Frankenheimer. Su romance con Yves Montand resulta creíble en la piel de una mujer que parece herida y que sólo está dispuesta a aguantar una carrera más para entrar en su propio destino. Una interpretación en tono menor que, sin embargo, aporta mucho estilo a una película sobre cuatro ruedas.

Ese mismo año de 1968, interviene en una estupenda película como es La noche de los gigantes, de Robert Mulligan, junto a Gregory Peck. Su interpretación de una mujer que ha sido raptada por los indios y que ha tenido un hijo con uno de sus jefes más salvajes resulta impresionante por el tremendo comedimiento con el que aborda el papel. Poseedora de silencios, ella sólo busca proteger a su hijo de ese indio que decide ir a por todas con tal de llevárselo y lo hace desde su propio desvalimiento dentro de un mundo que ya no entiende y que, sin duda, acabará por rechazarla. Una joya de película y de interpretación.

Dos años más tarde, se empareja con George Segal para trabajar en una comedia romántica sin demasiadas pretensiones como es Loving, de Irvin Kershner, sobre un artista que quiere revitalizar su carrera justo en el momento en el que todo parece que se derrumba a su alrededor. Una película estimable, pero Eva Marie Saint empieza a sentir que ya es hora ir abandonando al cine.

Con Fuera de emisión, de Pau Bogart y al lado de Bob Hope recibe el rechazo del público y de la crítica a través de una comedia de intriga que no llegó a ningún lado. Decidió retirarse a partir de este momento a la televisión, interviniendo en multitud de telefilmes y de episodios sueltos de series de todo tipo, clase y condición, regresando puntualmente catorce años después para una comedia sin mayor trascendencia de Tom Hanks titulada Nada en común, en una de esas apariciones venerables de antiguas leyendas que, de vez en cuando, aparecen por la cartelera. Después, otro parón de catorce años para hacer otra aparición en Soñé con África, a mayor gloria de Kim Basinger, o una comedia con perro con Jeff Daniels titulada con ñoñería sobrada Mi mejor amigo; o aportando arrugas de sabiduría en una película dirigida por Wim Wenders titulada Llamando a las puertas del cielo, con el matrimonio formado por Jessica Lange y Sam Shepard; o sorprendentemente encarnando a la madre terrestre de Clark Kent en Superman Returns.

De esta época data esa anécdota que contó ella misma en la que, ya dueña de unos cuantos años de edad, tuvo que pasar una de sus revisiones anuales y el médico le preguntó: “¿Cuándo te vas a retirar?”y ella respondió: “Nunca. Es que me gusta lo que hago”. Eva Marie Saint dejó un rastro de distinción que nadie ha podido igualar. Se nos ha ido el traje de gala más elegante que el cine nunca se puso, aunque ella ya andaba retirada desde 2019. Nos queda siempre esa sensación que ella sabía transmitir de que podíamos oler el rastro de un suave y discreto perfume cuando aparecía en la escena.

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