viernes, 17 de julio de 2026

VERANO Y HUMO (1961), de Peter Glenville

 

Con este artículo ya cerramos el blog por vacaciones. Ha sido un año durísimo y es necesario que descanse y me olvide de todo, o que piense en ello, o que llore, o que vuelva a sonreír. En cualquier caso, no me olvidaré del cine, que ha sido mi escuela y mi consuelo. No dejo de ir. Vosotros, tampoco. Un gran abrazo y hasta el martes 1 de septiembre.

La represión ha hecho nido en el interior de Alma. Desde muy joven cayó enamorada perdidamente de John. Él era guapo, era alto y, de alguna manera, representaba esa vida que parecía quedar tan lejos que podía ser hasta producto de su propia fantasía. Alma se conformó con la indiferencia del joven y, como con el resto de las cosas de su vida, dejó pasar todo por delante de la fachada de su casa. Vio pasar el tiempo, vio pasar la juventud, vio pasar al chico, vio pasar a los vecinos que iban, venían y morían. Dejó que todo atravesara su borde sin llegar a tocar ninguna de las cosas que el resto de los mortales acariciaban. John, por su parte, era todo lo contrario. Se entregó a la vida disoluta mientras acababa sus estudios de medicina. Encima era listo. Para lo que quería. Para lo que no, era un pasajero de la noche, que entregaba todas sus fuerzas a atravesarla para llegar a un día siguiente que siempre era el mismo porque también tenía su noche. Una vampiresa del pueblo, una latina algo desenfrenada, le atrae porque, para él, es otra nueva aventura que experimentar. La chica es explosiva. Es todo lo contrario de Alma que destaca, precisamente, por todo lo contrario. John se sumergerá en la noche. Alma se perderá en el día.

Se pensó que Peter Glenville sería un buen director para esta adaptación de la obra de Tennessee Williams que saltó, en un éxito sorprendente, del off-Broadway a alcanzar las luces de neón del teatro de estreno en la ciudad de Nueva York. Él mismo había dirigido la obra en el West End y podía ser una opción más que respetable. Es verdad que, lejos de estilos anteriores en parecidos dramas de Williams, Glenville se muestra un poco acartonado, como temiendo que la obra se le desboque por algún lado, pero no es así. Realiza un buen trabajo apoyándose, sobre todo, en la soberbia interpretación de Geraldine Page como Alma. Si hay que poner algún defecto al intento, se acentúa sobre la cabeza de Laurence Harvey que no acaba de poner toda la carne en el asador para su John, a pesar de haber sido siempre un actor muy competente. Eso desequilibra ligeramente toda la historia, pero el resultado es bueno, típicamente Williams, con esas pasiones reprimidas que acaban por explotar en el cielo de la frustración, con esos ambientes sudorosos que coquetean con la lujuria y la homosexualidad y, por supuesto, con el añadido de una excelente Rita Moreno en la piel de esa vampiresa, deseosa de chupar la sangre a cualquier hombre que se atreva a acercarse.

El verano pasa y el humo tarda en irse porque siempre deja un rastro de olor y día velado. Los sentimientos luchan por salir por se hallan traumáticamente taponados en el límite de la sensatez. El amor es siempre esa liebre que se escapa y que se desea atrapar por encima de todo y que, no obstante, se empeña en ser libre. El amor te besa una vez en la mejilla, sonríe y huye, porque es de naturaleza cobarde, por mucho que, a veces, nos haga ser valientes. El verano pasa y el humo se va.

jueves, 16 de julio de 2026

LA MUERTE DE ROBIN HOOD (2026), de Michael Sarnoski

 

Puede que las leyendas no sean exactamente como se nos han contado. Tal vez Robin Hood no fuera ese héroe que ha pasado a la posteridad como el adalid del justiciero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y que no tenía ningún aprecio por la corona de Ricardo Corazón de León. O puede que sí. El tiempo es un gran ejecutor y, pasados los años de gloria, es posible que todas aquellas hazañas que se contaron desde las entrañas del bosque de Sherwood no merezcan más que el olvido porque la edad, los valores, el cansancio, la decepción, el frío, la intemperie de la Historia ya no sean los mismos que los que imperaban en aquellos días de espada afilada y flecha silbante. Cuando eso ocurre, es el momento en que las leyendas deben morir. Y deben hacerlo sin mirar atrás.

Y es que el medioevo no era una época de amabilidades. Pasa por la imaginación la idea de que Robin Hood fuera ese hombre enamorado de Lady Marian, ese as con el filo y con el arco…pero la época lo arrasaba todo. Es más plausible creer que sí, que algunas de esas heroicidades ocurrieron, pero que no era tiempo de delicadezas y que también pagaran muchos inocentes, muchas víctimas que, simplemente, estaban en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno. La mirada se vuelve vieja, sin vida y ya sólo resta esperar que alguien, en la noche del futuro, aseste el golpe oportuno o la puñalada más traicionera y ya se acabe todo, porque todo se ha acabado hace ya muchos años. Mientras llega ese instante postrero, Robin trata de hacer algo bueno porque no quiere despedirse con mal sabor de boca. Nunca se acordará de sus enemigos, pero jamás podrá olvidar a aquellos que realmente fueron sus amigos. Incluso habrá algún reencuentro inesperado escondido bajo la máscara, pero sólo será para asegurar que las almas eran gemelas y que, de algún modo, los códigos de los que se batieron de ley deben seguir en pie, pase lo que pase.

Así que ese mito que nació de viejas canciones glosadas por múltiples trovadores hasta llegar a la literatura de nuestro tiempo puede que no fuera tan puro, ni tan perfecto. Es el momento de entonar un último poema que exhale un lastimero aliento de sinceridad y de protección. La sangre sigue corriendo y quizá sea eso lo que más pese al héroe insigne. No fue capaz de cortar esas corrientes de agua roja que dejaban escapar la vida con tanta facilidad como los años en los que luchó al lado de los mejores. Siempre habrá un hijo de alguien que desee su muerte, o un padre de otro más que quisiera abrirle en canal. Son trampas de cazador que hay que esquivar y ya no quedan demasiadas fuerzas. Sólo un pequeño rastro de amor que, al fin y al cabo, es lo que merece la pena en este mundo helado, impío y desagradecido.

Hay que reconocer que La muerte de Robin Hood es una película tristemente hermosa. Se asiste al último fulgor del mito y se llora con esa flecha lanzada al aire infinito igual que hace muchos años lo asistimos de la mano de Richard Lester en la desesperanzada Robin y Marian. Aquí hay menos romanticismo, pero mucho cuidado en la recreación de una época que era durísima e implacable. En las secuencias de lucha, el director Michael Sarnoski no se anda con tonterías, pero, no obstante, resulta abrumadoramente poético a la hora de despedir al ladrón más famoso de la Historia. La emoción resulta casi incontenible en una película que no es de aventuras, aunque haya alguna que otra, sino que se convierte, prácticamente, en una elegía de redención que sólo puede terminar con la muerte. Hugh Jackman hace un espléndido trabajo metiéndose en la piel ajada de Robin Hood, alejado del mito, cercano a la ruina física, perdedor a pesar de todo y deseoso de abrazar a la muerte para dejar de sufrir y de hacer sufrir. El resultado es una película que se instala en el corazón de forma notable, aunque con lentitud. Es imposible que este poema pueda gustar al público, porque ya no se hacen películas que hablen de este modo del dolor, de la derrota, de la nada que sigue a la gloria. Dejemos que la flecha salga del arco y que una lágrima, solitaria y exploradora, surque la mejilla de quien nunca se dejó embargar por la pena.

miércoles, 15 de julio de 2026

NO SUDDEN MOVE (2021), de Steven Soderbergh

 

Sin movimientos bruscos. Suave, suave. Tres tipos de armas tomar son reclutados de un modo algo misterioso para hacer un trabajo que, en un principio, parece fácil. Se trata de entrar en una casa, retener a una familia mientras el padre se desplaza a su trabajo y coge unos documentos de vital importancia que nadie sabe en qué consisten. Sin embargo, cuando algo huele mal entre obreros que están acostumbrados a faenar en la basura, es que algo va realmente fatal. No se sabe, parece que uno de ellos tiene unas órdenes concretas y en ellas no se incluye a los otros dos individuos. No obstante, hay algo con lo que nadie cuenta y es que esos dos otros fulanos son de cuidado. Son peligrosos, de cabeza bastante fría y gatillo extremadamente caliente y comienzan a caer los cadáveres uno tras otro y, curiosamente, dentro de su ética personal no entra el hacer daño a esa familia que parece normal. Con un padre y su amante secretaria, con una madre que también tiene un lío, con un hijo en edad adolescente y rebeldía natural y una niña que aún no ha salido del cascarón. Esto es de locos, aunque las balas no atienden de razones, sólo de obras y hay que tener en cuenta que hay fuerzas muy poderosas detrás de esos documentos. Incluso el FBI, que está más despistado que una bala hincada en el hígado buscando el corazón.

El atractivo de esta película reside en su espectacular reparto. Dentro de una ambientación muy convincente y con un diseño de personajes que no se para en tonterías, hay que destacar el estupendo trabajo que realizan Don Cheadle y Benicio del Toro en los papeles principales, espléndidamente secundados por un repertorio de actores de altura como Jon Hamm, Brendan Fraser, espectacular en el papel de intermediario con unos aparentes modales delatores de que todo le da igual, Ray Liotta, David Harbour, Kieran Culkin y un apropiado Matt Damon en la parte final. Detrás de las cámaras, un tipo que suele saber lo que se hace, aunque, a veces, no, como Steven Soderbergh. Todos estos nombres conforman un bosque tupido dentro de una trama que se va enrevesando como una reunión de vecinos, sólo que los vecinos son matones de primera. Soderbergh no sólo juega con una sensación latente de violencia, sino que también pone sobre el tablero una casi permanente tendencia a la perplejidad de los personajes y del propio público. Es cierto que, tal vez, la película se resienta de haber sido rodada en plena época de pandemia y, en algún momento, es notable la idea de que los actores y actrices tienen que guardar una distancia mientras dicen sus diálogos o amartillan sus pistolas, pero el argumento es muy bueno, a un solo paso de la brillantez. Y la garantía interpretativa está asegurada, eso es irrebatible.

Así que mucho cuidado si les reclaman para algo, les juntan con otros de igual valía y fama y no les dan muchas explicaciones. Seguro que hay alguna bala en la recámara para usted. Hay que asegurarse de que el asunto es limpio y rápido y que no hay que dejar correr la sangre innecesariamente. Al fin y al cabo, hasta en el negocio del asesinato es obligatorio poseer una cierta ética. 

martes, 14 de julio de 2026

EL MALVADO ZAROFF (1932), de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack

 

Todo parece ir bien en un crucero de placer. Unos cuantos amigos y amigas, charlan relajadamente en el salón del yate. El día ha sido placentero y ahora parece que la mar se pone un poco impertinente, pero nada preocupante. La conversación discurre por senderos de inanidad y de pasar el rato. De pronto, el barco zozobra, empieza a entrar agua, todo se va al fondo. Hay que nadar, ganar la salida, luchar por la vida. Del todo al cero en apenas unos minutos.

Una isla en medio del desierto de agua. Parece la salvación para sólo un superviviente. Hay una mansión. Es mejor ir hasta allí y pedir ayuda. Esto va a ser un trauma que no será fácil de superar para el hombre. Llegan a la casa. Es recibido por un tipo enorme que parece tártaro o mogul, o ninguna de las dos cosas. Sólo escruta con unos ojos que llegan a ser agresivos, pero no dice una palabra. ¿Dónde estamos? ¿Quién es el señor de la casa? ¿Nos pueden ayudar?

Una voz desde lo alto de la escalera se deshace en amabilidades. Posee un delicado acento centroeuropeo y sus ademanes están llenos de finura y cortesía. Se presenta como el conde Zaroff y, sí, es una pena lo del naufragio, pero es algo habitual en los alrededores de esta isla. Todos vienen a pedir ayuda y el conde Zaroff trata de hospedar a todos. Ahora mismo hay otros dos huéspedes, víctima de un naufragio anterior, que están esperando alguna clase de transporte para volver a la civilización. Es realmente mala suerte. Ropa, comida, conversación siempre desde los límites de las buenas maneras…incluso parece un buen lugar para quedarse y disfrutar de unas cortas vacaciones.

Eso sí, el conde no deja pasar la oportunidad de cantar las gestas de sus cacerías. Es algo que le encanta. Perseguir a la presa hasta que cae en sus manos. Quizá más tarde pueda enseñar su sala de trofeos. Ahora, descanse. Todo llegará. Zaroff lo tiene todo planeado…pero hay un elemento disruptivo en su plan. Ese recién llegado, no es un cualquiera. Es un aventurero que se las ha visto con todo tipo de fieras, en toda clase de situaciones, se conoce los secretos de la selva, las angustias de las arenas del desierto, las trampas de la sabana africana. Es un ejemplar único. En todos los sentidos.

No cabe duda. El tiempo pasa implacablemente sobre esta película del año 1932. Lo que entonces podía ser el mejor escenario para una película de terror y huida, ahora se nos antoja como algo tan ingenuo que casi causa sonrojo…y, sin embargo, algo tiene esta película. Quizá sea su esfuerzo por crear un ambiente fronterizo con la muerte, o la siempre apasionante historia que se destila a través de las cacerías de todo tipo de presas, pero exhala un hechizo del que otras películas modernas carecen. Es corta, es precipitada, es bisoña y es algo embriagadora. Esto hay que verlo con los ojos de un joven de la década de los treinta y pensar que lo más cercano a Indiana Jones que tenían en la época, era esto. Y que los gritos y el disfrute se sucedían en el cine a través de una historia de infinita crueldad y que ha sido reproducida con eficacia en otras películas como la excelente La presa desnuda, de Cornel Wilde, o Caza humana, de Joseph Losey, con otros motivos y otras excusas. Es hora de ser más puros y empezar a correr. Zaroff es un enemigo a tener en cuenta, por mucho que ya haya sido superado.

viernes, 10 de julio de 2026

EL CARNICERO (1970), de Claude Chabrol

 

Todo parece tranquilo en un pueblo de la campiña francesa. Por un lado, una maestra que, prácticamente, vive recluida. Tuvo un par de desengaños amorosos tiempo atrás y prefiere disfrutar de la soledad y de sus niños en la escuela. Es buena en eso. Es atractiva, aunque con una belleza muy particular. No quiere al mundo y espera que el mundo no la requiera. Por otro, un carnicero con mucha historia a las espaldas. Fue soldado en Argelia y vivió los peores horrores, las mayores matanzas. Es algo que, cada noche, vuelve a revivir con angustia. El desahogo viene cuando va a trabajar a su tienda y tiene que despiezar la mercancía. Allí da unos cuantos hachazos con su cuchillo de matarife y, parece que no, pero la angustia se va, ayudado por un charloteo con una clienta, por un pedido que hay que preparar o por controlar la llegada del género. La vida transcurre con placidez en ese pueblo del que nadie se acuerda.

En una boda, estos personajes que parecen muy perdidos en la vorágine de sus propias existencias, se encuentran y, de alguna manera, simpatizan. Ella es atractiva y aún joven, con unos ojos arrebatadores. Él parece un buen hombre, muy dispuesto, muy voluntarioso y aún más amable. Puede que surja algo entre ellos, pero es algo inasible, que los dos no se atreven a cazar, como un colibrí en la montaña. Sin embargo, hasta en el mejor de los paraísos existen los nubarrones que impiden la felicidad. Un asesino en serie merodea por los alrededores. Sus crímenes son terribles, execrables, totalmente inhumanos. Los pueblos de la cercanía se han visto manchados con la sangre que ha derramado y que aparezca por la villa de los protagonistas es cuestión de tiempo. La policía hace averiguaciones y, quizá, el mejor detective es siempre el silencio.

En este contexto de amargura, sin rumbo y crueldad, el carnicero acabará demostrando a la maestra hasta dónde puede llegar el amor. Ese mismo que ella ha visto cómo huía de su presencia y dejaba sólo el agrio sabor de la derrota.

Claude Chabrol realizó esta película con la habitual falta de énfasis que los miembros de la Nouvelle Vague imprimían a sus historias. Nada tiene importancia porque la vida es veloz y, a menudo, leve, por mucho que los acontecimientos puedan ser más graves de lo que podamos imaginar. Articula un drama de amor y crimen desde una perspectiva de espectador levemente implicado, pero en absoluto concernido. El resultado es que, sin duda, hay interés en lo que cuenta, por mucho que, en algunos momentos, parezca alejarse de los postulados del movimiento que le repudió por desertar con premeditación y alevosía. Y su mirada es la de alguien curioso, pero pasivo. Leal, pero proclive a la distracción. Agresivo, pero sólo en privado. Si deciden ver esta película, entenderán a qué me refiero.

Así que, en el fondo, hay que elegir muy bien a quién queremos para que nos saque del hoyo al que nuestro ánimo nos ha condenado. Esas pequeñas elecciones, que no tienen casi importancia en nuestro día a día, muchas veces determinan nuestro devenir. Y, a veces, guardan la sorpresa del sacrificio, de la honestidad y de la sinceridad dentro de un envoltorio que no tocaríamos ni de lejos.

jueves, 9 de julio de 2026

NORMAL (2026), de Ben Wheatley

 

Si te apuntas a miembro numerario del correturnos del cargo de sheriff y te destinan a una localidad que ostenta el nombre de Normal, desconfía. Es bastante probable que en ese oasis adormilado por el hielo y la nieve todo va a pasar y nada será normal. Empecemos por el principio. El tipo que llega para mantener el orden en el pueblo es alguien con bastante sangre fría, con un cierto toque de delicadeza en la resolución de conflictos y, por supuesto, con un hecho que marcó su devenir vital porque fue un momento de decisión que le obligó a tomarse la justicia por su mano. No quiero desvelar más, no sea que me manden a la policía del pensamiento.

El caso es que en Normal los días se suceden con una aparente tranquilidad cuando, en realidad, la villa tiene más secretos que la central de inteligencia, aunque nombrar aquí la palabra inteligencia resulte, cuando menos, chocante. Ese secreto acabará por ser patente y eso dará lugar a una serie de alianzas, de violencias desbocadas y de degustaciones masivas de pasteles de carne con salsa sangrienta. Vale. ¿Qué sacamos en limpio de una historia como esta?

Lo primero es que resulta una película implacablemente original, de eso no cabe duda. Con muchísimos defectos, eso sí. En el debe, ese argumento que va sorprendiendo a cada paso después de un planteamiento algo moroso, que parece que va preparando todo lo que va a venir después. Bob Odenkirk, sin duda, da el tipo como ese sheriff competente, pero algo retraído, que sólo quiere olvidar y superar su separación matrimonial. La dirección de Ben Wheatley es algo plana, tampoco es para tirar dinamita. En el haber, tenemos esa violencia tan sumamente exagerada que busca escandalizar y hacer murmurar al público palabras que empiezan por be. Bestial, brutal, bastarda, barullo, venga ya…sí, sí, ya sé que es con uve.

El resultado es una película peligrosamente desequilibrada, que navega entre un argumento que tenía muchísimas posibilidades, con giros bastante creíbles y ajustados y que va derivando en un festival de sangre para que tengamos claro que en Normal nada es normal. El sheriff va a tener que moverse rápido y comenzar a tomar decisiones muy drásticas porque la yakuza, la temible mafia japonesa, también tiene algo que decir. Al final, el fulano va a acabar pidiendo a gritos que acabe su suplencia y que le destinen a algún sitio algo más tranquilo y más caluroso. No sé…algún rincón perdido en Texas, por ejemplo.

La calificación final que merece la historia es de puro entretenimiento. A veces, impacta, a veces se escapa el exabrupto. Es divertida, sí, pero es horrible. A los que esperan una reformulación del éxito que obtuvo el propio Odenkirk con Nadie, que se olviden. Esto es otra cosa. No es que sea más seria, no lo es. Es más todo y Odenkirk, que también colabora en el guion, trata de causar la misma sorpresa, y lo hace, sólo que de un modo radicalmente diferente.

No se fíen de la amabilidad de los lugareños allí donde estén. Al igual que todo hombre está librando su propia batalla interior, todo pueblo tiene secretos escondidos bajo su tranquilidad. A menudo, empujados con escoba. Así que hagan su trabajo, no se metan en líos, no intenten descubrir lo que no deben porque se puede liar una de padre y muy señor nuestro. El extraño, por muy bien recibido que sea, siempre es un extraño. Suele poner muy nervioso a todo el mundo porque no se sabe cómo piensa, no se sabe qué va a hacer, no se sabe hasta dónde quiere llegar y, por encima de cualquier otra consideración, no se tiene ni idea de hasta qué punto puede llegar a ser corruptible. Todos tienen un precio y, tal vez, ése sea algo tan impagable como la tranquilidad. Por eso, las calles se llenan de sonrisas, de saludos breves, de detalles de buena vecindad…y no hay nada más falso que un vecino. No es normal.

martes, 7 de julio de 2026

INVITACIÓN A LA DANZA (1956), de Gene Kelly

 

Todo se puede expresar a través del baile. No es sólo el movimiento de los cuerpos acompasados a través del espacio, sino que en esa curva, en esa mano, en esos brazos y en esas prodigiosas piernas se puede hablar de amor, de desamor, de risa y de seriedad. Tomemos por ejemplo la historia de ese payaso que está perdidamente enamorado de una compañera. Él es sólo un payaso que hace reír y nada más. Está siempre escondido tras una máscara de pintura y una nariz roja y, en realidad, no cuenta para nadie salvo para los niños que se acercan hasta el circo para pasar un rato de risas desbocadas y admiración por ajenos equilibrios imposibles. Tal vez al payaso se le ha pasado algo por alto. La risa no es sólo su función…también es un arma para la conquista. Quizá nada le gusta más a una mujer que reír. Y ése puede ser el principio de un baile en pareja para el resto de la vida.

Otro ejemplo puede ser el significado de las cosas. Puede que una pulsera sea el símbolo de la unión o del odio, de pasiones pasadas y de enamoramientos futuros. Esa pulsera irá pasando de mano en mano hasta que encuentre dos corazones en los que descansar. Su andadura comienza cuando un marido enamorado se lo regala a su mujer. El destino no es muy aliado para dejar que los objetos vayan hablando por ahí y esa pulsera irá pasando de mujer a hombre y de hombre a mujer hasta que, por aquellas casualidades nunca buscadas, vuelve a ese marido que lo dio lleno de ilusión y que ha seguido un camino errante para encontrar de nuevo el sentido de su vida. Pulseras, mujeres, hombres, calles, rincones, jazz…todo se confabula para que los pies no paren quietos y la historia quede grabada como un maravilloso ballet de confusión y belleza.

El tercero es cuando el baile se alía inmisericorde con la fantasía. Sinbad, el marino, se encuentra una lámpara que, como no puede ser de otra manera, contiene a un genio en su interior. Sinbad no es ambicioso, ni está más deseoso de correr otras aventuras que las que habitualmente vive en su eterno peregrinar por los mares, pero el genio es un buen tipo y comienza a enseñarle las bondades de su propiedad. No, Sinbad no se arrepiente, porque estas aventuras sí que están llenas de fantasías. El baile se junta con los dibujos animados y tenemos otras razones para creer que la magia existe bajo el hechizo de la música.

Gene Kelly quiso llevar adelante este proyecto de una película íntegramente bailada, pero sin palabras. Quiso invitar a todos a un baile difícil, porque puede que no sea para todos los gustos, pero irremediablemente hermoso a través de unas coreografías que oscilan entre lo clásico y lo más moderno para traer tres historias de amor y pasión con los pies como alas e ilusión en el corazón. El resultado es una obra única, en la que no falta la ficción, pero tampoco la fantasía. Al fin y al cabo, una buena parte de nuestros sueños han nacido mientras hemos bailado con alguien….¿A usted también le ha pasado eso?

lunes, 6 de julio de 2026

EL TANQUE (Der Tiger) (2025), de Dennis Gansel

 

En la Segunda Guerra Mundial, un tanque era lo más parecido a un ataúd lleno de gasolina, con ruedas estruendosas y un permanente aroma a grasa y sudor en su interior. En ese ambiente, la obsesión y el miedo son plantaciones seguras para el ánimo. Ya no era sólo el mero instinto de supervivencia, sino el deseo irresistible de salir de allí, de respirar, de dejar de escuchar el atronador sonido de una maquinaria de guerra y muerte. Tal vez, por eso, a un tanque se le encomienda una misión detrás de las líneas enemigas. En principio, con la dificultad propia de tener que moverse en un terreno tan resbaladizo como la tierra de nadie, no es demasiado difícil. Se trata simplemente de recoger a un oficial que, por aquellas casualidades de la vida, es íntimo amigo del comandante al mando de ese monstruo de hierro y obuses. Es el camino, más que el objetivo. Y ese sendero, algo misterioso y emboscado, va a poner a prueba todas las capacidades de la tripulación. Por supuesto, los recuerdos y los deseos incontenibles de poner pies en polvorosa se entremezclarán entre combates, camuflajes e, incluso, una escaramuza anfibia que, por extraño que parezca, era perfectamente posible en ese tipo de tanques.

Hay una querencia popular, bastante incomprensible, hacia una película tan mediocre e, incluso, algo ingenua, como Corazones de acero y se tiende a comparar cualquier película de tanques con ella y, claro, suele servir como argumento irrefutable para echar abajo otros intentos como éste, de procedencia alemana, pero de producción muy seria. Es un error. Aparte de los muchos gazapos técnicos que colaba aquella película con Brad Pitt al mando, resultaba ciertamente increíble en su resolución con soldados haciendo la vista gorda hacia el enemigo, etcétera, etcétera. Aquí, lo que se puede discutir con algo de razón, es el final que, por supuesto, no desvelaré, porque el resto de la película resulta realizada con una factura técnica impecable, con unos actores muy creíbles, que hacen suyo el rostro de la angustia dentro de ese ataúd con ruedas. Los combates están bien rodados y se da alguna que otra pista, especialmente en esa transmisión por radio en el que se entona sin descanso el Agnus Dei y que los tanquistas dan por hecho que es una interferencia de alguna misa que se celebra con algún aparato cerca.

Lo único cierto es que, quizá, en el momento final, la imaginación cabalga a lomos del cerebro y se pueden presentar fantasías que pueden parecer delirantes. Sobre todo si se trata de hombres que están encerrados en una ratonera de acero y aceite, con las llamas tratando de traspasar los muros de lo aceptable. Hay que fijar el objetivo, saber lo que se va a hacer y disparar en el instante más oportuno. El resto sólo son debilidades que se cuelan en la vida que se escapa a cada kilómetro, cegándonos de lo verdaderamente importante, sin más consuelo que el hogar, o los sueños, o llegar al siguiente recoveco para que el impacto sea inmediato y certero. Así es la vida. Así es la muerte.

viernes, 3 de julio de 2026

RELAY (2024), de David MacKenzie

 

Es un mundo de silencio y ese individuo anónimo que pasa desapercibido entre la multitud se mueve como pez en el agua. Ha elegido esa vida porque sabe que las presiones a las que se ven sometidas las personas normales que sólo hacen su trabajo y descubren algo incómodo, merecen algo de ayuda. Él es un simple intermediario, no un guardaespaldas, pero incluso para ser eso se necesita mucha astucia y una discreción y seguridad a prueba de bombas. Ha ayudado a mucha gente que trabajaba en grandes compañías y que, movidos por la conciencia, se piensan detenidamente la posibilidad de denunciar secretos de empresa que dañarían irreparablemente la imagen de esas firmas. Su trabajo consiste en negociar entre el propietario legítimo de esa documentación y los que quieren mantener su seguridad personal a cambio de devolverla. Es así de sencillo y, a la vez, de enorme conplejidad. No es un trabajo fácil. Y más aún si el pasado de este individuo está salpicado de ambición, de alcohol y de violencia.

Una chica tiene algo que puede perjudicar mucho a una empresa en pleno proceso de fusión. A través del servicio de traducción para personas con dificultades de audición, él decide ayudarla. Ese servicio es ideal. Le provee de anonimato y le otorga la facilidad de cortar la comunicación sin más. Será su nexo de unión. Sin embargo, esta vez será algo más peligroso de lo normal. Esa compañía tiene un servicio de seguridad que también se mueve con los mejores medios y los cuidados deberán ser redoblados. Y la chica…la chica…tiene miedo, está desamparado, parece absolutamente sola. De alguna manera, recuerda la vida pasada, las dificultades que parecían insalvables. Cuidado, la identidad es lo más importante. Debe permanecer oculta. En el momento en el que se queda al descubierto, nada valdrá demasiado. Y Ash, como así parece que se llama el individuo, tendrá que poner a prueba su inteligencia y su resistencia.

Ya habíamos comprobado el buen hacer de un director como David MacKenzie en la estupenda Comanchería y, en esta ocasión, vuelve a dar en el clavo. Sirviéndose de un rostro que transmite inteligencia como el de Riz Ahmed en el papel principal, MacKenzie articula una película con elaborados momentos de suspense que siempre giran en torno a ese personaje condenado a la soledad, que se mueve con pasos etéreos y que sabe camuflarse para eludir las trampas de las grandes compañías. A su lado, Lily James también da un par de lecciones de versatilidad como la chica acosada y, en la otra acera, Sam Worthington se ocupa de dar más alma que cuerpo al villano de la función. El resultado es una película muy atractiva, basada, ante todo y sobre todo, en el uso de ese servicio para personas con problemas de audición que se convierte en el vehículo perfecto para la comunicación, para la escucha, para la discreción y que, en su ausencia, también se transforma en el refugio que nunca se debió abandonar. Al fin y al cabo, comunicarse a través de una serie de voces impersonales es una garantía que no se debe dejar de lado cuando lo que persigues es el total anonimato en una ciudad fría que no se para en consideraciones inútiles sobre las personas. Sólo las compañías importan. El dinero. La próxima operación. El siguiente escalón del poder. Personajes como Ash son un peligro para el poder en la sombra…porque él es quien mejor se mueve en ella.

jueves, 2 de julio de 2026

OBSESSION (2026), de Curry Barker

 

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Esta frase, original de Santa Teresa de Jesús y resucitada muchos años después por Truman Capote, puede resumir a la perfección esta película. Se parte de un hechizo muy parecido al que podemos encontrar en la ya prehistórica Big, de Penny Marshall y las consecuencias de ese deseo surgido desde la frustración y la timidez son tan graves que se pasa por el pensamiento, para quedarse, la idea de que es mejor estar callado que formular lo que se quiere con tanto ímpetu. El resultado es una supuesta película de terror que parece muy aplaudida por algunos, pero que, con un poco de frialdad en el razonamiento, se sostiene menos que la palabra de un político.

Parece que, de algún modo, se busca desesperadamente la aparición de nuevos cineastas nacidos, cómo no, del universo de internet y éste es el caso de Curry Barker que consiguió más de diez millones de visionados en Youtube con uno de sus cortos de terror. Con esta película da el salto al cine y, si bien es verdad que muestra algunos momentos interesantes, se pueden encontrar bastantes incoherencias en este relato sobre un chaval que quiere conquistar a la chica de la que está platónicamente enamorado a pesar de que es más cortito que una colilla. El deseo se le concede a través de una rama de sauce comercializada en una tienda de no se sabe muy bien qué y la chica de sus sueños cae rendida en sus brazos, pero sacando los peores demonios de su alma, como el acoso, la dominación, la posesión y, finalmente, el crimen más sangriento.

Uno de los problemas de la película es que ese chico, retratado como una buena persona, como un tipo trabajador, ordenado y capaz con algo de talento para la música y para el gusto gastronómico, aguanta lo que le eche la chica, a pesar de que ella acumula comportamientos psicopáticos que harían huir a cualquiera con dos deditos de frente. No, él se queda, se autoengaña un poco, pero permanece fiel aunque, entre otras lindezas, la chica le cocina carne de gato muerto, le sella la puerta de su casa con cinta de carrocero para que se quede y no pierda el tiempo en el trabajo y sea una pesadilla con la que, verdaderamente, da miedo compartir lecho. Por otro lado, los protagonistas son extremadamente jóvenes, casi recién salidos de la adolescencia, y ya viven solos, son autosuficientes, tienen casa propia y no pasan apuros de nada. De ese modo, Barker se quita el problema de los adultos más maduros, no sea que alguno ponga un pizca de sentido común en el enredo.

A su favor, sí, hay alguna secuencia que no está mal planificada, uno o dos chistes bien colocados y la interpretación de la chica, Inde Navarrette, que se revela como una experta en transiciones de carácter opuesto con una facilidad que pasa convincentemente del candor juvenil y enamorado a la siniestralidad de un monstruo que sólo quiere amordazar a su supuesta pareja.

Y a mí, tonto que soy, se me ocurre una pregunta estúpida al ver todo esto. ¿Qué diría todo el mundo que no duda en elogiar esta película de forma perifrástica si en lugar de ser la chica la acosadora fuera el chico? Sin duda, estaríamos hablando de un rumor continuo de obra maestra a pesar de que está lejos, muy lejos de serlo.

Es cierto que la película conecta con muchas sensaciones que pueden llegar a ser familiares, como es el hecho de que te guste alguien y jamás te atrevas a decirle una palabra porque tienes miedo al ridículo, a que se vaya y cierre la puerta (aunque no con cinta de carrocero), a que, si tiene algo de mala idea, comente ese paso adelante en su círculo de amigos y todos ellos te miren como si fueras un pobre desgraciado que ha jugado sus cartas de la forma más torpe posible. Y todo, como no podía ser menos en el terror más fácil, termina con profusión bastante cruel de hemoglobina, con una violencia algo exacerbada y con la seguridad de que miedo, lo que se dice miedo, se pasa bastante poco. Llámenme soso, si les place.

miércoles, 1 de julio de 2026

SUPERDETECTIVE EN HOLLYWOOD (1984), de Martin Brest

 

Axel Foley es uno de esos detectives de policía que trabaja en una ciudad sucia, prominentemente industrial, en la que los delincuentes campan a sus anchas en los callejones, en las partes traseras de camiones de contrabando, en los robos de aquí te pillo y aquí te mato de cualquier coche de gama media-alta y en algún que otro asesinato del que más vale apartar la mirada. En realidad, Foley es un individuo al que le gusta su trabajo. Le da la oportunidad de desarrollar su sentido del humor, a pesar de que su tarea tiene poca gracia. Se introduce en ambientes en los que se ve que disfruta como un pez en el agua. De vez en cuando, toca las narices a su jefe por puro placer y, sobre todo y ante todo, sabe lo que hay que hacer en cada momento. La vida transcurre en esa ciudad de acero y gasolina en la que trabaja y eso ya es suficiente para él.

Sin embargo, alguien muy querido, probablemente un viejo compañero de correrías que pasaron al olvido por el fulgor de la placa, es asesinado y Foley no es uno de esos policías que dejan correr los casos. Las primeras pistas le llevan hasta Beverly Hills y allí un policía de Detroit destaca tanto como una mosca en una sábana blanca. Perdonen el chiste fácil. Sí, sí, ya sé, Foley es negro, pero eso no lo empequeñece ni un milímetro, todo lo contrario, lo hace aún más grande porque también sabe explotar sus racismos ocultos para montar su espectáculo particular, que es algo que le gusta más que comer con los dedos. El caso es que Foley aprovecha un corto período de incógnito para largarse a la tierra de las estrellas y de los ricos y sus métodos chocan de frente con los atildados agentes de la comisaría de Hollywood. Ya se sabe. Estos no han visto un perrito caliente en su vida.

Lo cierto es que esta película funciona. Ese personaje irremediablemente burlón como Axel Foley puede que ya esté en el Olimpo de las creaciones universales del cine y más aún con el rostro de Eddie Murphy adornado por esa ligera carcajada que oscila entre la inteligencia y lo gamberro. La dirección de Martin Brest es ágil y cargada de ritmo porque es capaz de articular una comedia de acción que resulta notable tanto en la comedia como en la acción y eso da lugar a un admirable equilibrio que se instala en lo trepidante. Es cierto que, en algún momento, puede que se carguen las tintas con esa pareja de policías trajeados encarnados por John Ashton y por Judge Reinhold en una especie de remedo de Oliver Hardy y Stan Laurel, pero se perdona porque se pasa un gran rato. Y lo que es aún mejor, la película no pretende otra cosa.

Así que no vayan dando el cante, o sí, ustedes verán. Si lo hacen, lo primero que tienen que hacer es asegurarse que conocen el terreno que pisan. Al fin y al cabo, un canalla lo es tanto en Detroit como en Beverly Hills y se mueven por móviles muy semejantes. Puede que la solución pase por un hombre como Axel Foley, que se toma su trabajo muy en serio mientras que todo lo que le rodea es un chiste de cierta calidad.

martes, 30 de junio de 2026

ANGEL (1937), de Ernst Lubitsch

Estas cosas sólo pasan en algunos matrimonios. Un tira y afloja que termina yéndose cada uno de vacaciones por su cuenta. Bueno, así se da tiempo a reflexionar un poco, a respirar, a cogerse con más ganas, pero mira tú por dónde que ella se fija en un tipo por esos mundos de Dios que es más atractivo que su marido. Bien es verdad que él se ha fijado últimamente poco en ella. Es alto representante en la Sociedad Naciones, precursora de lo que luego fue la ONU, y es una época de altísimas tensiones geopolíticas. Él quiere salvar el mundo, su matrimonio ya, si eso, tendrá que esperar. Ello no quita que él esté perdidamente enamorado de su esposa. Es una belleza de tipo recalcitrante, es inteligente, es decidida, tiene una enorme personalidad. La quiere muchísimo, pero las obligaciones son las que son, así que mientras él está en Ginebra alternando papeles y ocio, ella se coge un tren y se marcha a París, a ver a una antigua amiga cuyo pasatiempo más socorrido es presentar a gente. En una de las fiestas de esa amiga de procedencia noble, la esposa conoce a un tal Tony Halton y el tipo es tan encantador, tan atento, que ella cae en sus brazos cual burbujas en una copa de champagne. Sin nombres, por favor, así la separación será menos dolorosa. Él la llama, simplemente, Ángel. Ella tiene que resolver su situación porque está considerando seriamente irse con Tony a vivir una aventura de amor, de esas irrepetibles y locas. Por aquellas cosas de la vida y del destino, que a menudo es un bromista cruel, Tony y el marido se conocen en circunstancias de desgracia y, no sólo eso, terminan siendo grandes amigos.

Pues ya está, ya tenemos enredo Lubitsch. Y nadie dirige este tipo de comedias de equívocos y pasiones inconfesables. Para ello, tiene a tres intérpretes de su gusto y parte, Marlene Dietrich, Herbert Marshall y Melvyn Douglas. Con eso, a Lubitsch le sobra campo para sugerir con puertas cerradas lo que a otros les encanta mostrar con braguetas abiertas. Tú que sí, yo que no, él que tal vez. Y nos intercambiamos los papeles. Y el Ángel se convierte en obsesión porque, con esa luz que irradia, acaba por secuestrar los sentidos de cualquier caballero que tenga dos dedos de frente en un mundo al que le faltan entendederas por todos los lados.

El resultado es que Lubitsch aquí no deja de hacer comedia, pero rebaja en varios grados la hilaridad. En todo momento, el gran maestro se dedica a dibujar sonrisas y no tanto carcajadas, que fue uno de esos sellos tan particulares que imprimió a su cine basado en que toda persona hace el ridículo, al menos, dos veces al día. Aquí, hay un leve aroma a melodrama planeando sobre estos tres personajes zarandeados por los acontecimientos mundiales y ella, la Dietrich, es algo más que una actriz, es una presencia luminosa, convenientemente fotografiada desde los lados más favorecedores posibles, para que sea creíble que esos dos hombres, caballeros ambos, pierdan la cabeza por ella. El problema está en que aquí las soluciones nunca son a medias y lo que es un triángulo acaba por ser un polígono de derivadas de coseno.

viernes, 26 de junio de 2026

UN BUEN MATRIMONIO (2014), de Peter Askin

 

Darcy lleva un matrimonio feliz. Tienen una bonita casa, su hija es maravillosa y el marido, Bob, es atento y considerado con ella. Se puede decir que la vida es plena para la familia. Darcy se da cuenta de que un extraño anda merodeando. Parece un tipo siniestro, con cara de enfermizo, que sólo vigila. No hace nada más. En realidad, no está cometiendo ningún delito. Sólo espera dentro de su coche en la calle y eso es todo. Sin embargo, no deja de ser inquietante. Darcy se pone nerviosa. No obstante, tal menudencia no es nada comparada con la que se le viene encima. Darcy descubre que su marido no es quien aparenta ser. En realidad, es un psicópata asesino que mata a sangre fría y que se le revela como un monstruo. Eso dinamita toda la paz familiar que uno hubiera podido soñar. Él sigue siendo atento y amable con ella, pero el trauma está ahí. Haciendo de tripas, corazón, ella le propone un trato. Deja de asesinar y aquí es como si no hubiera pasado nada. ¿De acuerdo? De acuerdo. ¿Eso es todo? No, ni mucho menos.

Basada en un relato de Stephen King, la película contiene una interpretación meritoria de la siempre eficaz Joan Allen, pero se resiente de asignar el papel del marido a un actor tan poco carismático para la ocasión como Anthony LaPaglia. Si se hubiera optado por un intérprete de más peso, capaz de sugerir, de mostrar esa amabilidad, que no es falsa, pero esconder a un verdadero monstruo tras esa capa de aparente normalidad, la película hubiera ganado muchos enteros. Aún así, funciona en algunos pasajes, porque lo que he contado es sólo el principio. Pasan muchas cosas después. King vuelve a visitar el universo familiar y el impacto que tiene sobre la unidad doméstica un descubrimiento que haría volar por los aires cualquier atisbo de felicidad. El papel de Joan Allen es, a ratos, soberbio, porque muestra en todo momento una fragilidad que llega a resultar incomprensible aunque, al final, todas las piezas encajen en una resolución que se antoja sombría y estupenda. No está mal la película, no.

Así que escruten con cautela al que se sienta a su lado en esas noches de sofá y película. Traten de asomarse al lado más oscuro de su personalidad. En la mayoría de las ocasiones, sólo es un compendio de secretos sin importancia que pueden molestar más o menos en la medida en la que no les han hecho partícipes, pero, de vez en cuando, salta la sorpresa y resulta que hay un abismo insondable de crueldad en el interior que clama por salir de vez en cuando. A algunos se les manifiesta en la búsqueda exterior de alguien que escuche sus penas, a otros por ser compradores compulsivos, a otros por apuntarse a algún tipo de club que hace que sus inquietudes intelectuales y morales tengan una vía de escape. A los menos, les da por abrir a sus víctimas en canal, pero no se preocupen. Eso no pasa a menudo. Tal vez puedan pasarlo por alto apelando al extremo cariño que se pone en el equilibrio familiar y vital.

jueves, 25 de junio de 2026

TOY STORY 5 (2026), de Andrew Stanton y McKenna Harris

 

La era de los juguetes es ya cosa del pasado. Han caducado. No sirven para nada por la sencilla razón de que los niños ya no quieren jugar, no desean utilizar su imaginación para inventarse historias y soñar. Ahora sólo quieren que unas máquinas imaginen por ellos, inventen por ellos, limiten su mundo hasta la mínima expresión a pesar de que la apariencia es la contraria. Los juguetes no sirven. Hay que moverlos, hablar, fantasear con lo que dicen y con lo que hacen. Demasiado trabajo para unas mentes que están siendo educadas para no esforzarse. Tal vez, la mejor solución sea la pacífica coexistencia. Utilizar las máquinas moderadamente y para lo bueno. Jugar con esos personajes que han poblado los pensamientos de millones de niños y que ya han desaparecido por el brillo de una pantalla. En el término medio, casi siempre, está la virtud.

Aparte de todo eso, Disney sigue con su proceso de infantilización de sus historias. Ya no existe el elemento adulto reconocible y educativo para el momento en que la luz del proyector se apaga. Ahora la heroína es Jessie. ¿Buzz y Woody? Bah, eso también es cosa del pasado. No está mal que sigan como comparsas, por mucho que se quiera compensar con la aparición de un montón de Lightyears que ya saben volar. De hecho, la presencia de Woody es tan prescindible que se podría haber contado esta historia sin él. ¿Qué más da? Lo importante es que Jessie lleve las riendas, que la pantalla sea también una chica, que las destinatarias de unos juguetes inservibles sean niñas y que el sexo enemigo esté confinado a su labor de padre y a ser un cerdo. Hasta el infinito y más allá.

Mientras tanto, somos más que conscientes de esos años maravillosos en los que nuestros hijos eran pequeños y brillaban en sus miradas todas las novedades que podían acaecer a su alrededor. Y cómo éramos sus héroes, tanto papá como mamá. Eso también es pretérito bastante imperfecto. Lo que hay que hacer es dejar bien claro que la imaginación es mujer, que la función de liderazgo está reservada para ellas y que, incluso, el antipático y voluble juguete tecnológico de primera generación sea un tipo bastante rencoroso.

Con estos mimbres, tendremos a los espectadores del futuro. No hay demasiados chistes y la fórmula parece agotarse peligrosamente. Ya deberían haberlo dejado en la tercera, con ese cierre glorioso que indicaba que un juguete siempre sería un juguete y que la diferencia estaba sólo en el niño o en la niña que los poseía, pero siempre con la imaginación desbordante en primer lugar. De ese modo, podremos apreciar cosas sin demasiada fantasía, flojas en su concepción, débiles en su desarrollo y aburridas en su desenlace. Al fin y al cabo, siempre habrá un niño o niña inadaptado que preferirá la facilidad de hacer amigos virtuales antes que seres de carne, hueso, bromas, humor, con sentido lúdico, con sentido común, con realidad.

Sí, por supuesto, hay aplausos. Sobre todo de la chiquillería. Los padres ya no salen tan entusiasmados como antes. Son esos seres que caminan siempre por el borde del aburrimiento y de la rutina más tediosa. Esos no aplauden. Sólo quieren irse cuantos antes para ir a tomar la hamburguesa en la gran cadena de turno, o el pollo frito con verrugas o el delicioso kebab recalentado. Siempre lo siguiente. Nunca lo último. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que el hecho de no parar es lo que impide ordenar los pensamientos y utilizar la razón ecuánime y serena que es lo que nos convierte en auténticos padres y madres. Lo demás es sólo ruido. Puesto ahí para que no dejemos ningún resquicio a la auténtica verdad que parece que huye a cada nueva página de internet, a cada línea estúpida de la nueva pantalla, a cada cansina idea que corre despavorida cuando nos entretenemos en cualquier red social, o en cualquier consulta para hacer un plan que haga que el niño o la niña deje de berrear, o de entablar una conversación. Mejor el silencio que otorga el brillo siempre engañoso de un móvil o de un ordenador. Juguemos a no jugar. Los cuentos vienen después.

miércoles, 24 de junio de 2026

UN ROSTRO ENTRE LA MULTITUD (1957), de Elia Kazan

 

El rostro perfecto puede encontrarse en los sitios más curiosos. En esta ocasión, esa cara de bonachón, cercana, que dice unas cuantas verdades a través de su blues rasgado con una guitarra, está en la cárcel. Ya se sabe, unas copas de más, alguna que otra pelea y al rincón unos cuantos días para enfriar los ánimos. Sin embargo, una reportera olfatea no sólo un buen reportaje, sino algo mucho más profundo y ofrece al fulano un espacio en un programa de radio para que haga llegar sus mensajes de plancha y martillo a una buena parte de la población. Sólo las palabras justas para hacer que la más oscura ama de casa o el más gris de los albañiles se sienta identificado con las ideas de un tipo que lanza su discurso en las ondas. Y la idea cuaja igual que un escorpión al sol. Ese tipo sabe lo que decir, sabe cómo decirlo y sabe cuánto hay que decir, sólo hay que proporcionarle el cómo. Así que de un espacio en un programa de radio, pasa a tener un programa propio y, de ahí, a un show televisivo y llega tanto a tantas partes que el siguiente paso no puede ser más que la política. Hasta parece que el camino a la presidencia se despeja por obra de arte y magia. Cuidado. Mucho cuidado.

Sí, porque esos mensajes que parecen tan necesarios para la población media, esconden un populismo exacerbado que se acerca peligrosamente al fanatismo. De eso, sabemos unos cuantos ejemplos en estos tiempos tan tecnológicos. Se mencionan un par de problemas que sabemos que afectan a una buena parte de los habitantes que escuchan la radio o ven la televisión y se ofrecen soluciones que parecen dichas al vuelo en el rellano de cualquier escalera o en una conversación casual en un bar. Pronto habrá patrocinadores dispuestos a invertir mucho dinero en los discursos facilones de ese tal Lonesome Rhodes. El éxito le rodea. Le sitia. Le atenaza. Se convierte en una necesidad y, por tanto, no tarda en aparecer la arrogancia. Esa enfermedad que tanto asola a los políticos de éxito, o a las promesas vacías, o al sin sentido al que arrastra la adoración de las masas. Lonesome Rhodes es un fraude, aupado por los medios de comunicación, sí, pero ideado por él mismo, que toca el cielo y, al mismo tiempo, lo desprecia. Al igual que la estima de cientos de miles de personas que creen en sus palabras y en sus promesas…esas tan cercanas.

Elia Kazan articuló aquí un ejercicio próximo a la fascinación acerca de los fanatismos, de la mentira de los medios de comunicación que sólo buscan la próxima primicia y el consiguiente flujo de caja y sobre los farsantes que intentan embaucarnos una y otra vez con mensajes simplistas que conquistan fácilmente la conciencia y las ideas de la gente buena y honrada que sólo quieren a alguien bueno y honrado haciéndose cargo del país. Para ello no duda en poner a Andy Griffith, un rostro muy popular en la televisión estadounidense, con una imagen tremendamente afable entre el vulgo, para comandar esta expedición hacia el lado más oscuro de la propaganda política, y acompañado de intérpretes tan excepcionales como Patricia Neal, Walter Matthau, Tony Franciosa o una encantadora Lee Remick.

Cuidado con esos encantos. Esta gente, cuando cae, arrastra no sólo a todos los que están a su alrededor, sino también los sueños de un buen puñado de incautos.

martes, 23 de junio de 2026

EL LABERINTO MORTAL (1978), de Claude Chabrol

 

La noche es fría y parece pintada de negro con tonalidades rojas. Una chica corre desesperada. Está cubierta de sangre y, por fin, llega a una comisaria. Allí relata cómo se ha cometido un terrible crimen. Ella iba con su prima y la lluvia les obligó a meterse en un portal. Un desconocido las abordó y se propasó, asesina a su prima, ella escapa. El horror ha pasado muy cerca. La chica posee una ligera ventaja y es que uno de los inspectores de la policía también es familiar suyo. Parece todo muy claro. Es como uno de esos crímenes impulsivos realizados por un degenerado. Lo único que hay que hacer es pasar el aviso y detenerle. Pero…la chica cambia la versión. Ya no es un desconocido. De repente, pasa a acusar a su propio hermano. ¿Cómo es eso? El pariente inspector sospecha que ninguna de las dos versiones es la verdad, pero ya no es un caso espontáneo que se resuelve con una simple orden de búsqueda y captura. Ahora hay que investigar y ponerse muy serio. El inspector se aplica y la noche parece abrirse para mostrar sus propios secretos.

Excelente película dirigida por Claude Chabrol a partir de un relato del novelista Evan Hunter, con Donald Sutherland en la piel de ese inspector que se ve atrapado por un proceloso mar de emociones del que no sabrá muy bien cómo escapar. Comenzando con un misterio de poco calado, Chabrol se va empapando de las motivaciones de cada personaje hasta conformar un notable rompecabezas en el que el misterio no es el hecho en sí, sino los propios protagonistas. Sutherland, como siempre, ofrece una interpretación impecable, moviéndose en los límites del cine europeo con la soltura que siempre le ha caracterizado. Y la sorpresa se mantiene hasta el final, así que no desistan a la mitad. Dejen que el ambiente, la neurosis y la noche invadan su estado de ánimo y conviértanse en un personaje más de este drama criminal de cierta altura que, por otra parte, se ha olvidado por completo dentro de la filmografía de Chabrol, ese fugitivo de la Nouvelle Vague, que prefirió hacer películas más estudiadas y deudoras de la cultura americana que el resto de sus compañeros de generación.

¡Ah! Se me olvidaba. Si tienen la costumbre de escribir un diario, tengan mucho cuidado con lo que vierten en él. Puede que sea la pieza clave para descubrir todo el misterio en el que quieren envolver su vida e, incluso, puede que su muerte. Lo importante es que esos pensamientos íntimos que nadie más debe ver, son una prueba irrefutable de un buen puñado de motivaciones y de movimientos de los más cercanos. Ya saben. Hay que ser discretos incluso en la intimidad, si no, corren el riesgo de ser descubiertos y todo el juego quedará a campo abierto. Y con una mente con la de un policía algo despierto, se va a destapar todo lo que pretenden, o lo que han pretendido, o lo que han urdido…no dejen que la rutina y los secretos familiares sean los dominadores de su vida. Son sólo dos días.

viernes, 19 de junio de 2026

PRESENCE (2024), de Steven Soderbergh

 

El experimento tiene su interés. Se trata de narrar, desde el punto de vista de un espíritu, el embrujamiento de una casa. La cámara, en todo momento, es subjetiva y sólo sabemos lo que el supuesto fantasma ve. Toda la historia está estructurada en largas secuencias en las cuales esa presencia etérea es testigo de la dinámica familiar que llega bastante debilitada a esa casa donde, un día, hubo un asesinato. El espectro no alberga malas intenciones, aunque exprese sus enfados. De alguna manera volátil, quiere proteger a las personas que allí viven. Tal vez, porque ocupan algo tan querido como su casa. Sin embargo, hay varias razones que hacen que el experimento no sea del todo redondo.

De forma un tanto especulativa, se llega a decir que el espíritu es el de una antigua amiga de la hija del matrimonio que compra la casa, probablemente víctima de un suicidio como consecuencia de los tormentos propios de una adolescencia difícil, pero eso no se confirma en ningún momento. Por otro lado, el supuesto pánico que debe despertar una historia de fantasmas no acaba de aparecer. El espectro es bastante pacífico con escasos fenómenos paranormales, aunque, sin duda, interesante. El tercer reparo es meramente formal. Al ser una historia narrada desde el punto de vista subjetivo de la presencia, no hay ni un solo primer plano. El fantasma no se acerca mucho, aunque es testigo de conversaciones que le provocan una reacción. La conclusión está algo suspendida. Es interesante el intento por parte del director Steven Soderbergh y del guionista, uno de los mejores, David Koepp, pero la película en ningún momento llega a despegar.

Dentro de su argumento en el que, con cierto tino, nos describe el comportamiento familiar, vemos cómo el padre está agobiado y ve que las cosas empiezan a ir mal con su mujer y tiene una misteriosa conversación con un amigo en el que sugiere que uno de los dos, él o su mujer, está dedicándose a algo ilegal, pero ahí se queda. La madre, una diletante que sólo tiene ojos para su ordenador de trabajo, no esconde su predilección por el hijo varón, proyecto de deportista de élite que, cuando habla, resulta bastante cortito y delata la influencia que los amigos tienen en él. La chica, la menor de la casa, se halla en una marea de sentimiento y confusión y no tiene ningún reparo en acostarse con el mejor amigo del hermano, un tipo que dice las palabras exactas para encandilar a cualquier joven en su situación. El resultado de todo el embrollo es confuso, es como algo inconcluso, una especie de proyecto que no termina de estar suficientemente pulido a pesar de la prometedora idea. Puede que hubiera hecho falta una presencia sobre el hombro de Koepp para hacerla más inquietante, más áspera, algo menos cercano a la reciente Here, de Robert Zemeckis, y más propio de Un lugar tranquilo, pero sin monstruos alrededor.

Ah, y cuando terminen de leer este artículo, no se olviden de echar un vistazo a su armario. Parece ser que es el sitio favorito de los fantasmas. Desde allí, lo oyen todo, lo ven todo y no delatan su presencia. Yo ya lo he hecho y ahí dentro están todos mis fantasmas.

jueves, 18 de junio de 2026

EL DÍA DE LA REVELACIÓN (2026), de Steven Spielberg

 

El hombre sigue empeñándose en resolver sus diferencias a través de guerras y conflictos, escarbando en sus propios defectos para hacerlos aún más evidentes y delatando su condición de raza inferior, poco merecedora de formar parte del orden universal. Más aún en estos tiempos en los que ha olvidado desarrollar su empatía para concentrarlo en algo que no necesita ninguna como las redes sociales, las pantallas y los avances tecnológicos que, aunque aparentemente, nos han acercado más, sólo han conseguido que sea un ser más solitario, más aislado, más egoísta. Si hubiera un ser superior, probablemente, tenga esa virtud consolidada, como una de las mejores maneras para alcanzar la felicidad como seres, la plenitud como partes integrantes de la verdad y la seguridad entendida como elemento esencial de la convivencia entre los millones que integramos este pequeño y hermoso planeta.

Quizá, en algún lugar, haya un par de ejemplares humanos que sean capaces de manifestar una empatía mostrada como una ventaja evolutiva, sabiendo cuáles son los problemas del otro y siendo voluntarios natos para preocuparse por los demás. Eso hace que, en un momento dado, esos seres superiores hablen por sus bocas, les doten de la facultad de traducir lo ininteligible, les faculten para dar a conocer uno de los grandes secretos que atenaza a los hombres y a las mujeres y se despeje la incertidumbre si somos los únicos seres de toda la creación. Y seguro que Dios no tiene nada que decir a todo ello.

Mientras tanto, los gobiernos no dejarán de tratar al ser humano como si fueran niños que necesitan ser guiados en sus creencias y en sus temores. Tal vez porque, de ese modo, sean más fáciles de manipular y de servir a las estúpidas propuestas para hacer la vida más fácil cuando, en realidad, la complican muchísimo más. No dudarán en emplear toda su fuerza y sus medios en tapar la verdad…porque la verdad es enemiga acérrima del poder y, si se vive y se habita en un mundo de mentiras, el ser humano se perderá en sus propios complejos, en sus inferioridades, en sus miedos. El principio organizador de cualquier sociedad es la guerra y siempre tiene que haber alguna. Es imposible que haya un mensaje de paz, de sinceridad, de comprensión…sobre todo, de comprensión. No nos podemos comprender, olvidamos que todos tenemos nuestras guerras propias, nuestros remordimientos, nuestros fallos difícilmente reparables. Se dedican a aumentar todas esas sensaciones sólo para que tengamos la conciencia no expresada de que somos ganado. Imprescindible para sus objetivos. Innecesario para sus beneficios.

De repente, llega Steven Spielberg y nos pone en la mesa una película de aventuras que recuerda mucho a Encuentros en la tercera fase, pero que es mucho más ambiciosa en su capacidad de alcance. Parte de una situación que ya está en marcha y obliga al espectador a ponerse al día porque así es la vida misma. Y sumerge al espectador en un abismo de silencio absorbente, atento a cada una de las acciones cinematográficas. Nos encontramos con el cine y no sabemos muy bien qué hacer después de asistir a tanta mediocridad. Él no nos manipula, no quiere que creamos más que en nosotros mismos. Es la confianza lo que salva al ser humano y no el pánico. Los seres superiores, si realmente lo son, no podrán venir para castigarnos, sino para orientarnos. Así de sencillo. Y lo harán con riesgo porque seguro que saben sobradamente que somos depredadores de lo distinto. Cuenta con un reparto competente con Emily Blunt, Josh O´Connor, Colin Firth, Colman Domingo y, por supuesto, con el que puede ser el último trabajo de John Williams en la banda sonora. Y caemos en su trampa de acción, en su camino de teoría, en su misiva de buena voluntad. Quiere que creamos que, igual que somos portadores de muerte, también lo somos de esperanza y que la solución no se halla en otro lugar más que en nosotros mismos. Y nos deja otra certeza reservada para los que de verdad apreciamos lo que resulta valioso. Spielberg habla. Los demás, escuchamos. 

miércoles, 17 de junio de 2026

LOS PECES ROJOS (1955), de José Antonio Nieves Conde

 

La noche es infernal y llegar al hotel es un respiro. Tres personas. Padre, novia e hijo. Y desean ver el mar furioso. Están locos. Con el temporal ponerse a ver el mar por la noche. Pasa lo que tiene que pasar. Alguien resbala y cae. La muerte es el cuarto huésped. La policía llega para investigar si ha sido suicidio o accidente. Marcha atrás. Volvemos a la historia de amor entre el padre y su novia. Él es un niño de papá, que sueña con triunfar como escritor, a pesar de que no ha conseguido publicar ni una línea. Las editoriales le rechazan porque es un tipo que destila fantasía, demasiada en tiempos en los que parece que la esperanza asoma por el fondo. Ella es una corista de tercera, que trabaja en una revista y que, al contrario de lo que se pudiera pensar, es bastante lista, pero que se une al deseo de todas las coristas de todos los teatros de tercera del mundo. Ese deseo no es otro que pescar a un marido con posibles. Alguien que le saque de ese pozo de pellizcos, de piropos retrecheros y no tan castizos, de babosos que sólo quieren ver sus piernas y soñar con su piel. Ella desea su abrigo de visón, su relación estable, ser considerada una señora y no una cualquiera.

Sin embargo, ese padre tiene un hijo. Parece ser que es bastante guapo y está estudiando arquitectura y, por aquello de los líos de familia y de las herencias, va a heredar una cantidad nada despreciable para la época. Más de tres millones de pesetas. Tela marinera. El chico tiene un futuro que para sí lo quisiera cualquier corista de tres al cuarto (o del cuatro al quinto para no ser redundante). El caso es que la tía que debe dejarle todo ese dinero, fallece y entonces hay que tomar decisiones drásticas. Una de ellas, es emprender un viaje a algún lugar de la costa, allí donde las olas se enfurecen más de lo debido y el mar ruge con ira. Una decisión extraña, se mire por donde se mire.

Excelente película española con inspiración hitchockiana debida al genio de un director como José Antonio Nieves Conde, que ya había hecho sus dos obras maestras anteriores: Surcos y El inquilino. En esta ocasión, nos disfraza de melodrama criminal una historia de suspense y preguntas sin contestación posible que acaba por secuestrar el sentido y formar parte de una conspiración que nunca existió. La obsesión acaba por ser también protagonista de la película y se cierne sin piedad sobre Arturo de Córdova y Emma Penella, inmensos y desgraciados en sus papeles principales. No hay película española de calidad que se precie sin unos buenos secundarios y, en esta ocasión, tenemos a Félix Dafauce como el policía encargado del extraño accidente, Pilar Soler como la corista compañera de la protagonista y Manuel de Juan como el conserje del hotel que acaba por ser el lugar de los hechos. El guion de Carlos Blanco está lleno de inteligencia porque sortea todas las trampas propias de una historia muy delicada, a la que se le puede ver el engaño en cualquier momento y se mantiene incólume en su pétreo misterio. Una película que, al fin y al cabo, te deja con un buen puñado de peces rojos dando vueltas a la pecera.

martes, 16 de junio de 2026

ROMA, CIUDAD ABIERTA (1945), de Roberto Rossellini

 

En el gris plomizo de una ciudad ocupada, se puede oler el heroísmo rutinario de una serie de personajes que lo único que quieren es vivir en libertad. Hay que tener mucho cuidado con lo que se habla y con quién se habla y no esperar nada del enemigo. Los nazis no son partidarios de la compasión, así que rogar por los prisioneros e ir a interceder por ellos no acaba de ser una buena idea porque el emisario puede acabar con los huesos partidos o con su propia vida. La crueldad se adueña de esas calles que parecen abandonadas y que exhiben la mala fortuna de una ciudad que ha pasado de la dictadura a la ocupación y en la que hay que buscar comida en los rincones más mugrientos, siempre con la camaradería y la solidaridad como únicos aliados que, además, no se encuentran en cualquier sitio. Los alemanes se encargan de instaurar el miedo como la única coacción. Ayudas, mueres. Resistes, mueres. Te enfrentas, mueres. Hay pocas salidas para lo que es la supervivencia. Y no sólo de pan vive el hombre, unas saludables gotas de idealismo también van muy bien en una ciudad en la que la tristeza apaga el esplendor de sus inigualables monumentos o de sus antaño encantadoras calles. La esperanza no se ha detenido en Roma.

Sólo la fuerza de voluntad puede mitigar en algo el ruido de las botas que golpean sin conmiseración los adoquines de las calles. La desesperación se instala como un ingrediente casi sustitutivo de la comida, porque el hambre también parece aliarse con los teutones. Quizá, en algún sitio, haya algún líder que merezca la pena salvar, o un sacerdote que decide que ya es hora de dejar las palabras y que Jesús sería el primero en ayudar a los necesitados. Ejecuciones, humillaciones, indiferencias. El dolor ajeno no es de nadie. Simplemente, es ajeno. Es de otros. Que luchen, si quieren. No hay nada que hacer ante el ruido del que es manifiestamente superior. Roma es una ciudad abierta, pero tiene cerrado el paso a cualquier atisbo de mejora.

Roberto Rossellini cambió la forma de ver el cine con esta película. Aunque no es la primera película neorrealista (posiblemente, ese honor le correspondería a Jean Renoir con Toni), sí que otorgó carta de naturaleza a ese movimiento que ha sido origen y razón de muchos otros cineastas que quisieron coger a unos cuantos actores, la mayoría de ellos no profesionales, y ponerlos delante de una cámara a ver qué es lo que pasaba. Y lo que pasaba, en muchas ocasiones, era un milagro. Eso sí, sería injusto no reconocer el trabajo de los dos intérpretes que sí eran profesionales como Anna Magnani y ese sacerdote que da la vida encarnado por Aldo Fabrizi. No puedo evitar las lágrimas viendo a los dos, luchando hasta el final por lo que creen justo. Algo de lo que no todos pueden presumir. Tal vez porque conceptos como la solidaridad o el convencimiento de que los que sufren también son hermanos tuyos, ya están anticuados. Ahora sólo se ven amistades a través de las pantallas y así, muy posiblemente, no pasamos ningún peligro.