viernes, 10 de diciembre de 2021

LA CLASE DIRIGENTE (1972), de Peter Medak

 

Lo malo de la aristocracia es que pueden creerse lo que les plazca. Pueden creer que son Jesucristo. Pueden creer que son Jack el Destripador. Y las apariencias seguirán intocables y perfectas. Ante todo educación. Aunque por debajo se deslicen las ambiciones más diabólicas con el fin de arrebatar una herencia. Ninguno está a salvo porque ninguno tiene buenas intenciones. Y el peor de todo, naturalmente, es el heredero del condado de Gurney, miembro de la Cámara de los Lores. El traje de rayas y la chistera van a ser cambiados por la sangre y la psicopatía. Atractiva combinación.

A primera vista, todo esto es una comedia que exhibe con orgullo el humor británico y la ácida crítica a la clase dirigente. Sin embargo, según avanza el metraje, todo se va oscureciendo, mientras se introduce alguna secuencia verdaderamente sorprendente. Colocar a uno de los más nobles linajes en el centro de la esquizofrenia paranoide más peligrosa es una carga de profundidad que divierte a los más humildes y humilla a los más poderosos. Peter O´Toole regala otra interpretación deslumbrante, siempre caminando por los abismos de la locura, siempre sarcástico, siempre inteligente, sacando partido de la ridícula pomposidad de la posición social de su personaje. Llega a tal punto que su Conde de Gurney llega a expandir la idea de que no hay diferencia entre la locura y la moralidad. Ambas son lo mismo. Y ambas exigen su precio. Él es el cobrador.

Efectivamente, la película es muy extraña porque contiene números musicales, un vestuario extremadamente cuidado, unas localizaciones espectaculares, asesinos en serie, agudos diálogos, desnudos, ópera, aristocracia, romance, locura, drama, comedia y algo de teología. Lo cierto es que es lo más parecido que se puede ver en cine a la manía como enfermedad psiquiátrica porque toda el desorden mental como algo absolutamente normal, aceptable y, sin embargo, tremendamente monstruoso.

Encuadrado dentro de la contracultura propia de los setenta, utiliza todas las armas a su alcance para ridiculizar toda la cínica corrección política y moral de las clases más altas del Reino Unido como el expresionismo o elementos alegóricos y no cabe duda de que la alucinación es un invitado a la proyección. Sin ella, no podríamos resistir las dos horas y media que dura el proceso.

Mientras tanto, habrá que caer en los brazos de ese maníaco que enloquece mientras suelta sin parar referencias o citas textuales de William Shakespeare, que se cura y recae en algo peor, que tiene un mayordomo sospechosamente comunista y, finalmente, resbala por la pendiente de la violencia más brutal y el asesinato. Al fin y al cabo, él forma parte de la clase dirigente y puede hacer lo que se le antoje. Ni siquiera le van a mirar mal. Como mucho pondrán muecas de escándalo o censurarán su comportamiento con susurros silabeantes a la hora del té. Todo para hacer pensar que quizá sea necesario revisar nuestro sistema de creencias al completo mientras se habla del castigo al capitalismo, mientras se plantean las relaciones entre patrones y empleados, mientras se pone en cuestión todo lo relativo a la gobernabilidad y a la influencia. ¿Quién quiere ser el próximo?

jueves, 9 de diciembre de 2021

FUE LA MANO DE DIOS (2021), de Paolo Sorrentino

 

Fabio es un joven como otro cualquiera. Cursa su último año de instituto y tiene cierta predilección por los clásicos. Su familia es algo pintoresca, pero arrolladoramente divertida. No es perfecta, ni mucho menos. Algún agujero negro sigue abierto porque los deslices permanecen, pero no existe el aburrimiento en el largo y cálido verano. Siente un amor platónico por su tía que, en el fondo, no está demasiado bien de la cabeza, pero se ríe. Es un joven que se ríe. Y eso es un tesoro que no sabe que posee.

De repente, la tragedia llama a la puerta de la vida de Fabio. Ya nada será igual, pero la experiencia va a ser lo suficientemente fuerte como para que tenga algo que contar. Quizá, incluso, detrás de una cámara, hablando de grandes bellezas, de juventudes perdidas o de Silvio Berlusconi. O de su propia familia. Esa misma que le va a sumergir en el dolor por un caprichoso giro del destino. Esa misma que le va a dejar un vacío que no podrá rellenar. Fabio tendrá una mirada adulta dentro de su juvenil ímpetu porque tendrá la certeza, única e invariable, de que el dolor forma parte de la felicidad y que así lo dispuso la mano de Dios.

Al fondo, una ciudad caótica e intrincada, de callejas estrechas y tratos de medianoche como Nápoles. Allí se espera a Diego Armando Maradona y, durante un tiempo, todo girará en torno de ese ídolo que unirá a todos los napolitanos de tal manera que, incluso, celebrarán los goles de Argentina en el mundial sólo porque allí juega el astro del fútbol. Como no podía ser menos, el equipo de la ciudad añadirá fuerza a ese caos que parece ser un ciudadano más. Y hará que Fabio sobreviva aunque, luego, cuando las cosas verdaderamente importantes se presenten como una visita sorprendente, todo lo demás carezca de importancia.

Paolo Sorrentino ajusta cuenta con su propio pasado a través de la figura de ese joven que quería dirigir cine sólo porque tenía algo que decir, algo rabioso que no merecía permanecer en silencio. Con una primera mitad que resulta brillante, ágil, irremediablemente sonriente, Sorrentino se hunde en una segunda parte que resulta morosa, ligeramente desorientada en la que pesa demasiado inútilmente esa larguísima escena de la seducción en la que Fabio pierde su virginidad. Por lo demás, asistimos al crecimiento obligatorio al que tuvo que hacer frente al perder esa felicidad que parecía ofrecer muchas puertas de continuidad para, más tarde, cerrarlas todas. El resultado es una película sincera, que parece salida de las mismas entrañas del realizador y eso siempre es admirable, aunque haya escenas alargadas innecesariamente y el ritmo decaiga hasta pedir la hora con insistencia porque la victoria es por la mínima.

Por el camino, Fabio descubrirá la belleza nocturna de Nápoles a través de compañías que parecen más ensoñadas y, por supuesto, habrá un lugar para recordar al delantero centro del cine italiano Federico Fellini. El dolor mismo impedirá que las lágrimas salgan hasta que broten en el instante más inesperado porque, al fin y al cabo, Fabio tiene que afrontar un camino de soledad y de aprendizaje que resulta duro, pero inmensamente enriquecedor para un futuro que se adivina inteligente. La mano de Dios quiso que él marcara el gol mientras el equipo se hundía definitivamente. Y eso no podrá contar con la ayuda de ningún árbitro. Fabio quedará en fuera de juego, pero su mirada, su cerrar de ojos, su pasión estética, su entusiasmo hará que vuelva a una posición legal para hacer el partido de su vida. Paolo Sorrentino nos lo cuenta e intenta sudar la camiseta para que no haya ninguna duda de la equipación que le hará superarse.

viernes, 3 de diciembre de 2021

MERCENARIOS SIN GLORIA (1969), de André de Toth

 

Con esta película, despedimos el blog ya hasta el jueves 9 de diciembre por el puente de la Constitución y la Inmaculada. Mientras tanto, id al cine. Cada vez estoy más convencido de que es lo único que, a la larga, no falla.

Quizá el cumplimiento del deber no lleve consigo la gloria, sólo la obligación. Por las áridas tierras del desierto es muy duro tener que llevar a cabo una misión a la vez que se vigilan las espaldas porque estás acompañado de unos cuantos soldados no demasiado recomendables. En realidad, todos son carroñeros, que están haciendo un negocio bastante reprochable mientras los obuses caen a uno y otro lado. Sin embargo, eso no quiere decir nada. En las altas esferas, la oficialidad se comporta exactamente igual. Sólo quieren el mérito, pero no la responsabilidad. Si alguna misión tiene algo de fundamento, más vale atribuirse su invención antes de que venga cualquier otro oficial a decir que fue idea suya. El desierto esconde muchos secretos. Uno de ellos es que los fracasos no son de nadie, pero su nombre queda escrito con la sangre filtrándose por la arena.

Ahí tenemos unos depósitos de combustible que hay que volar aunque, si se hurtan unos cuantos litros, mejor que mejor. Habrá que subir colinas muy empinadas, hacer callar las armas para ver cómo mueren unos compañeros, sostener la guerra de miradas con otro tipo que parece que quiere sabotear a cualquier precio el sentido de la autoridad. Puede que la valentía supere los sentimientos de traición. Va a ser un largo camino detrás de las líneas enemigas y detrás de las líneas morales de unos cuantos tipos que no las poseen y el sabor a tierra se pegará en la garganta mezclado con la pólvora y la gasolina. La ira tendrá que ser dosificada. Y esos mercenarios sin gloria yacerán en el polvo y en la nada, porque nadie se acordará de ellos. Ni siquiera si consiguen volver con vida.

Michael Caine protagoniza esta película en la piel del Capitán Douglas, de Ingenieros Reales, y consigue transmitir el agobio del mando cuando hay muy pocas posibilidades de que se cumplan las órdenes. A su lado, Nigel Davenport como el Capitán Cyril Leech, rostro de piedra grabado en la roca de arenisca que desafía cualquier intento de imposición y de honestidad. El Coronel Masters, interpretado por Nigel Green es un individuo con el que más valdría no ir ni a la esquina. Y aún más arriba, el siempre excelente Harry Andrews se coloca las insignias del Brigadier Blore, deseoso de apuntarse tantos aunque no le corresponda ni la graduación que ostenta. Salvo Douglas, todos ellos son personajes negativos, que huyen del heroísmo y de la supervivencia y sólo quieren los bolsillos llenos de dinero o de gloria. Todos perderán algo. Unos más que otros.

El esfuerzo será grande y la recompensa, muy corta. Y más aún cuando, en el momento más decisivo, la traición sea destapada porque, sencillamente, no interesa que la misión tenga éxito porque más vale fracasar que conseguir que otro se embolse el honor. Tal vez sea mucho mejor morir sin que nadie se dé cuenta porque, al fin y al cabo, el silencio es un excelente compañero para aquellos que combatieron con ahínco y decisión. Las mismas virtudes que el desierto se encarga de abrasar.

jueves, 2 de diciembre de 2021

LA CASA GUCCI (2021), de Ridley Scott

 

Una de las especies más peligrosas de la Tierra es aquella que sale de la nada para tenerlo todo. Sin formación, sin elegancia, sin ninguna pauta de comportamiento propio de las altas esferas, influye en las decisiones ajenas, urde tramas para aglutinar todo el poder posible, se comporta como una provinciana y tiene modos y maneras en las que se puede notar cómo desprende el olor seco del sudor más rancio. No admite intrusos. Rechaza cualquier alteración de su impostada rutina. Mata cuando no tiene nada que perder.

Patrizia Reggiani fue una representante destacada de ese tipo de especie. Supo esperar su momento bajando de las estrellas a su príncipe encantado para, luego, empujarle hacia arriba sin medida. Maurizio Gucci, al fin y al cabo, era un tipo sin demasiada personalidad, temeroso de recibir una herencia que, en el fondo, sabía que no podría manejar. Y una vez que se recibía un apellido tan legendario dentro del mundo de la alta costura, sólo se podía participar en conspiraciones, jugadas ejecutadas con la sutilidad ausente, por pura ambición, para satisfacer esa rabia que parecen tener todos aquellos que, de repente, tienen las manos llenas mientras el corazón se pudre.

Y así, una vez más, Ridley Scott nos sirve el Falcon Crest de la moda. Un culebrón de casi tres horas que se podría convertir fácilmente en serie de los ochenta con sus intrigas, sus competiciones de maldad, sus personajes con la correspondiente parcela de protagonismo, sus certezas de que, cuando hay dinero a espuertas, sólo queda la traición. El resultado es una película mediocre, que comienza con un festival de Lady Gaga y termina con un retrato cobarde por parte del director hacia esa fashion mantis que era la Reggiani. No sea que el feminismo se enfade porque la mala más mala de la función, por esta vez, es una mujer.

No cabe duda de que los mejores momentos están a cargo de Al Pacino en la piel de Aldo Gucci, tío de Maurizio, aunque la edad ya puede con los mejores y, en algunos momentos, da la impresión de que quiere acudir a sus gestos tan conocidos y ya no sabe cómo hacerlos. Aún así, Pacino tiene momentos de fortaleza, de evidente sabiduría. Al igual que Jeremy Irons en la piel del patriarca Gucci. Por el contrario, Jared Leto, una vez más, desperdicia su oportunidad de perderse detrás de un rostro que no es el suyo para ofrecer otra interpretación pasada de rosca, buena en miradas, horrible con sus tontas y ridículas inflexiones de voz. Adam Driver se esfuerza por darle algo de carne a Maurizio Gucci con su sonrisa tonta y algo floja de personalidad. Mientras tanto, sin dejar de servir carnaza, Scott nos hace un repaso por el lujo de palacios, villas invernales, Lamborghinis, polos de inusitada elegancia, bolsos de la marca y desfiles de música machacona. Si hace cuarenta años nos dicen que el director que fue capaz de hacer películas como Blade Runner, Alien, Los duelistas o, incluso, La sombra del testigo iba a dirigir algo como esto, hubiéramos llamado loco al incauto que afirmase tal cosa.

Y es que, en algunos momentos, no deja de haber cierto ridículo en la puesta en escena y, a la vez, una aceptable pericia en la dirección, huyendo de esos ambientes neblinosos y propios del video-clip a los que tan acostumbrados nos tiene Scott. Todo sea para ofrecernos un retrato indulgente acerca de una mujer que, según él, estaba tan enamorada de su marido que no soportaba perderle en aras de mantener todo un imperio. Y ahora, compren los modelitos. 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ (1956), de Ronald Neame

 

La audacia es lo sencillo. Un plan con poco despliegue, pero mucha logística. Se trata de inventarse todas las circunstancias que rodean a un hombre que no existe. Él es el Mayor William Martin. Sólo es un cuerpo hallado en una playa con una serie de documentos encima. Entre ellos, la carta de su novia. También un par de entradas para el teatro. Es como si la muerte le hubiera sorprendido en algún lugar del Atlántico y las aguas lo depositaran en la costa española porque no le corresponde estar en el océano. Y, sin embargo, todo obedece a un plan minuciosamente preparado por el Comandante Ewan Montagu, del Servicio Naval de Inteligencia. Consiste en hacer creer a los nazis que los ingleses desembarcarán en Grecia y no en Sicilia. Y no van a necesitar toda una red de espías para filtrar esa falsa información. Sólo un cadáver. Nada más y nada menos.

Así que, lo primero de todo, es fabricar una vida. Hay que tratar al finado como si hubiera existido realmente. Y así fue, pero nadie lo sabrá nunca. Más tarde, hay que mantener el engaño. Incluirlo en la lista de bajas, hacer que todo parezca real. Un agente secreto se presentará en Londres, intentando corroborar esos pequeños detalles que hacen que una vida sea muy similar a la realidad aunque no siempre sea así. Y habrá suspense, detalles, inquietudes, casualidades que nunca deben faltar en cualquier misión, incluso cuando el encargado de llevarla a cabo sea un muerto. Los nazis deben llegar hasta el final del engaño para tragárselo entero, sin dejar ni una migaja. Y el Comandante Montagu hará todo lo posible para que así sea.

Espléndidamente interpretada por Clifton Webb en la piel del Comandante que inventa uno de los planes más fantásticos de la Segunda Guerra Mundial, El hombre que nunca existió es una excelente película, que contiene elementos de varios géneros y resuelve todos ellos de forma apasionante. Habrá momentos de humor, de suspense, de intriga, de melodrama y de espionaje mezclados con una fotografía maravillosa y la compañía de un reparto competente empezando por el extraño e inusual papel que realiza Gloria Grahame o el convincente retrato de Stephen Boyd que, con sólo miradas y gestos, hace del espía nazi un personaje agresivo y odioso. Detrás de las cámaras, Ronald Neame demuestra un estupendo dominio del ritmo, con secuencias en las que se detiene con minuciosidad y otras en las que imprime velocidad a la historia sin desequilibrar en ningún instante toda la película. Al fin y al cabo, es apasionante comprobar cómo se engañó a todo un ejército con la ayuda de las olas, de unos cuantos documentos hollados apropiadamente y con un cadáver.

Y es que, a veces, las guerras se ganan a través de ínfimos detalles que se hacen creíbles al enemigo. No cabe duda de que la Segunda Guerra Mundial, en materia de espionaje, estuvo repleta de señuelos llenos de astucia y sentido y que eso daría para toda una enciclopedia. En todo caso, el hombre que nunca existió es uno de sus más apasionantes episodios.

lunes, 29 de noviembre de 2021

SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS (1954), de Stanley Donen

 

Te diré algo sobre las mujeres sabinas,

que vivieron en la época romana.

Creo que se iban todas a nadar,

mientras los hombres se iban a pastar.

Bien, una tropa de romanos se puso en camino,

y las vieron y dijeron: “oh, vaya”.

Así que se las llevaron a todas para ponerlas a secar.

Y es que la vida de los hombres solitarios es muy dura. La nieve, la leña, los pasos cerrados, los animales. Sin mujeres. ¿Sin mujeres? Eso hay que arreglarlo en un periquete. Al fin y al cabo, siete hermanos no merecen ser sólo novios de la soledad. Ésa ya tiene suficientes con los que entretenerse. Habrá que bajar al pueblo antes de que el paso esté cerrado por la nieve y coger lo que se necesita. Sí, un rapto. Pero ellas lo van a pasar muy bien allí arriba, en la cabaña. Estarán acogidas. Calientes. Atendidas. Y sabrán lo que es el amor. El de verdad. ¿o no?

Eso al menos es lo que dice Plutarco,

¡oh, sí!

Había mujeres sabinas, sabinas, sabinas,

deseando ser atadas,

y cada músculo estaba palpitante, palpitante

para disfrutar de ese paseo desenfrenado.

Oh, ellas lloraron y luego besaron y luego lloraron y besaron,

por toda la campiña romana,

así que no lo olvides cuando tengas una novia:

Las sabinas no pueden ser atadas.

Y eso es lo único que hay que aprender. Nada por la fuerza. Todo por el encanto. Con la sonrisa puesta, el hacha guardada, el instinto servicial a punto y la galanura como código. No hay que ser como esos brutos de ciudad, esos vaqueros que se creen que son más educados y más elegantes sólo porque llevan traje en lugar de camisa y sus maneras son tan cuidadosas que parecen muñequitos deseando llevarse su merecido en una competición de danza.

Desde esa cabalgada desenfrenada,

nunca devolvieron su botín,

el vencedor se lo llevaba todo,

se las llevaron a casa, a lomos del trueno,

a pequeñas y bonitas plazas,

y nunca se ha visto nada igual.

Me dijeron que era un auténtico encanto,

verlas con un bebé romano en cada rodilla

y llamándolos Claudio y Bruto…

Y es que el lugar puede ser un elemento muy importante para la seducción. Compañía hay de sobra. Basta imaginar las cenas con catorce comensales. Habrá que educar un poco a esos chicos demasiado acostumbrados a tomar las cosas por la fuerza y sin decoro, pero eso será un pequeño defecto sin importancia. Las mujeres sabinas han existido siempre. También en medio de las montañas del Oeste.

Esas mujeres sabinas, sabinas, sabinas, pasando sus noches,

mientras los romanos salían afilaban sus espadas y descabezaban a sus enemigos,

empezando las peleas,

y manteniéndose ocupados por un buen montón de togas viejas,

mientras murmuraban pequeños “algún día las mujeres tendrán derechos”

y ellas pasaban todas esas noches

sólo cosiendo.

Por supuesto que tendrán derechos, y bien ganados. Pero si por el camino se lo pasan bien, mucho mejor, además de mucho más elegantes en la lucha y mucho más divertidas en la rutina. Eso sólo se le puede ocurrir a las mujeres que siempre han sido ingeniosas, únicas y, en el fondo, verdaderas dominadoras. ¿O no?

Cuando sus hombres fueron a buscarlas,

no encontraron a sus mujeres,

los Romanos las habían atrapado,

y a sus amigas, también.

Y si esto es verdad,

que sea una lección para gente como tú.

Trátalas con rudeza como hacen los romanos,

de lo contrario, pensarán que eres un débil.

Y no te dejes engañar. Ellas llevarán la iniciativa. Ellas son las que elegirán. Ellas son las que tendrán la razón. Ellas son las que mantendrán la polémica. Ellas, amigos, lo son todo. Incluso para siete hermanos cuya letra del nombre va por orden alfabético.

¡Oh, sí!

Esas mujeres sabinas, sabinas,

derramaban cubos de lágrimas sabinas,

mientras oían nuestras viejas historias,

eso les hizo vibrar los oídos,

y actuaron enojadas y molestas,

pero secretamente estaban llenas de alegría

y deberás recordar que llenaran tus calles

con poemas muy queridos.

Como se ve, ellas dominarán cualquier situación. Sacarán a relucir sus lágrimas mientras manipulan a cualquier que se ponga por delante. Mujeres sabinas, secuestradas en contra de su voluntad para servir como esposas de valerosos romanos. Quizá el plan no es tan feo, ni tan malo. La vida va a ser mucho más aburrida en la ciudad y allí arriba, cerca del cielo y rodeadas del blanco de la nieve, va a ser todo mucho más divertido, mucho más romántico y mucho más poético.

¡Oh, sí!

Esas mujeres sabinas, sabinas, sabinas…

llorando una tonelada y luego sollozando,

recuerda lo que Robin Hood habría hecho

con esas mujeres sollozantes.

Seremos como esos tres hombres alegres

para que todos seamos felices

y seguirán sollozando durante un tiempo,

pero haremos sonreír a las mujeres sollozantes.

Y ahí estaba Stanley Donen para hacerlo, para llevarnos en volandas hacia un cuento de raptos, de amor y de competición bailada. Y el gozo no hace más que darnos fuerzas. Y la música nos asegura que hoy es un día realmente bonito. No importa cuándo se vea esta película. Siempre está ahí. En el equilibrio de una tabla que parece el campo de batalla de dos caballeros duelistas. O en la tarima que sirve para que las parejas bailen y decidan sus destinos. Howard Keel, Jane Powell, Russ Tamblyn, Tommy Rall, Julie Newmar…¿hace falta algo más para disfrutar de una película?

viernes, 26 de noviembre de 2021

EL GRAN ROBO (1968), de Peter Yates

 

En 1964, el asalto al tren correo de Glasgow conmocionó al mundo entero. Su planificación y osadía fueron comentadas incluso con admiración en todos los noticiarios y fue muy difícil atrapar a los responsables. Incluso algunos de ellos fueron encarcelados muchos años después de cometido el robo y porque se entregaron. Peter Yates, en 1967, dirigió esta recreación del famoso crimen que se basaba, casi exclusivamente, en la manipulación de un semáforo del recorrido ferroviario para que el tren se detuviese y los ladrones pudieran abordarlo. Sin embargo, Yates, con sabiduría, no se entretiene mucho en el hecho en sí mismo, sino en la meticulosa planificación de los asaltantes, con Bruce Reynolds a la cabeza, convenientemente disfrazado bajo el nombre de Paul Clifton. El resultado es una película enormemente ágil, en la que se descubre que los cerebros del golpe tuvieron que negociar la participación de otros con el reparto del botín, o la insistencia en el reclutamiento de otros que, simplemente, no tenían la cabeza tan fría como para formar parte de la banda, pero que poseían los conocimientos necesarios para solventar los problemas técnicos. Además, Yates puso en juego una espectacular persecución de sello inglés que hizo que, un año después, el propio Steve McQueen reclamara para él la dirección de Bullitt con el fin de rodar la que sería una de las mejores nunca realizadas para el cine.

Así que ahí está el tal Clifton, un individuo que se ha juramentado a sí mismo no volver a pisar una cárcel y, para ello, pretende dar el golpe definitivo, con los tipos más competentes y a pesar de que sabe que la policía está pisándole los talones. Por una vez, no son unos inútiles y sabe que todo debe estar milimétricamente planeado, con la menor violencia posible, sorteando esa perseverancia que demuestra el Inspector Langdon, perro de presa de Scotland Yard, y llenándose los bolsillos con una cantidad de dinero que cuesta imaginar.

Stanley Baker, con su físico imponente, es el encargado de encarnar a Clifton-Reynolds, y lo hace con una economía gestual muy eficaz porque en sus miradas están la amenaza, la dureza, la decisión e, incluso, la renuncia porque se ha propuesto sacrificarlo todo con tal de alcanzar sus objetivos. Alrededor de él, todo un regimiento de secundarios británicos que, tal vez, no tengan nombres resonantes, pero que constituyen un estupendo repertorio de rostros conocidos para cualquiera que haya visto dos o tres películas. Al fondo, el cuidado y la matemática ejecución del plan alternada con visitas ocasiones a la ficción porque las cosas no ocurrieron exactamente así, pero eso no importa porque la historia está bien llevada, con lógica, concediendo la ajustada admiración por la precisión y la audacia con la que se concibió el asalto, pero también asegurando que, tal vez, tanto riesgo no merecía la pena.

Son minutos de rapidez, contando el dinero por tacos, cayendo en el pecado de la precipitación, pero, también en el de la inteligencia. Puede que el dinero no merezca otra cosa más que el fuego y el viaje haya sido mucho más apasionante que el resultado, pero eso no importa. Alguno saldrá indemne. Y la gente se preguntará durante mucho tiempo cómo fue posible urdir un plan que tenía tanto de perfecto.