jueves, 13 de noviembre de 2025

REVERSIÓN (2025), de Jacob Santana

 

Es muy posible que la mente sea el órgano del cuerpo que más se protege a sí mismo. En muchas ocasiones, es capaz de borrar recuerdos que hacen que seamos incapaces de enfrentarnos con las cosas que hemos hecho o que hemos pensado. Así, pues, quizá sea la mayor oponente de la conciencia. Ella acusa y la mente amnistía. Puede que a alguien le interese reconstruir el recuerdo porque necesita encontrar culpables de algo que fue inexplicable y, también, monstruoso. Para ello, nada mejor que volver al momento en el que, de algún modo, fuimos felices, visitar los lugares que hagan que ese recuerdo se reavive y encararse con una explicación que, demasiado a menudo, tampoco es suficiente.

Más que nada porque, la mayoría de las veces, no queremos admitir que un monstruo habita en nuestro interior. Alguna vez, buscando una salida a un problema terrible, se han tomado decisiones que coquetean peligrosamente con lo absurdo y con el horror. Demasiado para una mente que, en el fondo, siempre es débil y que tiene muy pocas armas para luchar con lo sobrevenido. También en algún lugar de nuestro interior habita la bondad y, entonces, se entable una lucha que puede oscilar entre la vida y la muerte.

Por otro lado, se podría llegar a pensar, en ese navegar por el olvido, que la vida no es más que un estado de hipnosis y que la verdadera existencia sólo se manifiesta después de la muerte. Puede que todo sea un sueño que, en muchas ocasiones, se torna pesadilla. De ahí el olvido, de ahí el intrínseco deseo de la nada, de ahí la ansiedad que hace que perdamos en un santiamén muchos años, muchos deseos, muchas fantasías, muchos anhelos. Todo eso también es demasiado para la mente, siempre cobarde, siempre deseando esconderse tras los estados de ánimo para poder sobrevivir. ¿Sobrevivir para qué? Para que la vida de los que nos rodean sea algo más soportable y merezca la pena.

Hay que reconocer que, por esta vez, un actor limitado como Jaime Lorente acaba por resultar convincente en la piel de ese joven carcomido por la ansiedad que empieza a descubrir cosas que descuadran su aparente comodidad. Por otro lado, el director Jacob Santana articula una película que resulta brillante y absorbente en su primera mitad y que flojea peligrosamente en la segunda. El motivo final de toda la conspiración resulta algo débil, pudiendo haber resultado mucho más atractivo el del maltrato físico y moral. No siempre el dinero debe ser la más socorrida de las razones. Además de eso, pensando con un poco de frialdad, hay ligeros vacíos del entramado que hacen que un guion que, como punto de partida, resulta irremediablemente atractivo, se vaya deshilachando por los bordes, como los recuerdos que se quieren borrar porque son tan terribles que ninguna mente podría hacerles frente. En todo caso, el intento es honesto, tiene momentos realmente a tener en cuenta, e hipnóticamente interesantes.

No es fácil desbrozar los entresijos de una mente para describir lo bajo a lo que se puede llegar con tal de que el destino no consuma sus designios. La mente es capaz de traicionar cualquier realidad y hacer que desaparezca con tal de que la siguiente respiración no sea dolorosa, de que el próximo recuerdo tape con sus paladas de sensaciones la tumba en la que se ha introducido nuestra moral y nuestra coherencia. Deberían de darnos un libro de instrucciones avisándonos del posible fallo de esa maldita traidora que no nos dejará ver la verdad si no es por el camino más doloroso posible. Las cicatrices, por ello, serán más profundas y quizá una última mentira lave parcialmente el terrible hecho que nuestro cerebro se ha esforzado en olvidar. Por encima de nuestra condición humana. Por debajo de nuestro instinto depredador que está presto a salir a la menor oportunidad en la que la vida nos coloca en un dilema de difícil resolución. Por eso, esta película no es mala, sin llegar a ser notable. Es un aviso que nos coloca en el origen del pensamiento y nos dice, bien a las claras, que no apaguemos esa zona de la mente en donde se almacenan los recuerdos…porque nosotros no somos más que nuestros recuerdos.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

EL MILAGRO DE MORGAN CREEK (1944), de Preston Sturges

 

Llamarse Trudy es toda una responsabilidad, pero cuando el apellido en Kockenlocker ya se te viene el mundo encima. Eso es lo que siente la buena de Trudy cuando ve a los jóvenes de su pueblo, Morgan Creek, marcharse al frente. ¡Qué menos que darles una despedida memorable para que tengan todas las ganas del mundo de regresar! Es lo mínimo. Sí, todo el mundo sale, les vitorea, viva, viva y luego regresan a sus casas, pero Trudy es diferente, ella quiere ir a las fiestas de despedida, a pesar de que su padre, el jefe de policía de la ciudad, está absolutamente en contra de esas muestras de afecto. Todo va perfecto. Incluso Trudy tiene un noviete que también está deseando alistarse aunque su salud no es que sea la mejor de las trincheras. El caso, y aquí viene lo bueno, es que al día siguiente de una fiesta memorable, Trudy no recuerda nada de la noche anterior porque se pegó un buen coscorrón, pero resulta que se ha casado con uno de los reclutas, aunque no sabe ni su nombre, ni quién es y, esa misma tarde de amnesia y desorientación, resulta que se entera que está preñada. Horror.

¿A quién acude Trudy? Pues a su hermana, que parece que tiene la cabeza sobre los hombros y se piensa las cosas dos veces. ¿Qué le aconseja? Coger al noviete y liarle. Él será el marido y el padre. Las dos cosas al mismo tiempo. Sin embargo, cuando el muchacho se entera de los planes de las dos hermanas, él pergeña su propio plan. El lío está montado en Morgan Creek, señores. Eso sí, para no adelantarles nada después de tan prometedor planteamiento, puedo decirles que lo que va a encontrar Trudy es mucho amor, mucha comprensión y enredos a mansalva.

El director Preston Sturges realizó una de sus mejores comedias. Él mismo la bautizó como “la reina de las comedias locas” y a fe que es así. El ritmo es trepidante, los equívocos se suceden, las situaciones estrambóticas parecen cosa de la cotidianeidad corriente en ese villorrio de Morgan Creek. Lastimosamente, esta película hoy es pasto del olvido por la sencilla razón de que Sturges no consiguió que ninguna estrella protagonizara su extraordinario guión. Puso a Betty Hutton en la cabecera de reparto para encarnar a la alocada Trudy. Y ella es la más conocida de todos. Eddie Bracken es el noviete, Diana Lynn es la hermana y el habitual secundario de todas las comedias de Preston Sturges, el inefable William Demarest es el padre de las chicas que vela por la consabida moralidad del lugar. El resultado es desternillante, muy bueno, con un sentido de la comedia que pocas veces se ha podido ver en el cine, con Preston Sturges sacando el máximo de esa cantidad de actores de segunda que tiene a su disposición y que consiguen dar lo mejor de sí mismos. Si quieren salir a la calle con la sonrisa en los labios, no lo duden, su elección es pegarse un viaje hasta Morgan Creek y ver lo que allí ocurre. Las carcajadas se van a oír en el frente europeo y los soldados allí destinados querrán volver volando.

martes, 11 de noviembre de 2025

LA ORGANIZACIÓN CRIMINAL (1973), de John Flynn

 

Todo en orden. Se ha entrado a cometer a un atraco a un banco y han pillado al fulano. Al trullo y siguiente. El tipo es muy inteligente y cumple condena sin ningún problema. Quizá las cosas no estuviesen suficientemente planeadas o entró en juego el factor suerte, que también cuenta cuando se intenta algo así. Sin embargo, una vez pagada la deuda, el individuo en cuestión tiene otro problema. El banco que se atrevió a asaltar era de la Mafia. Y van a ir a por él. Así que es la deuda multiplicada por dos. Aquí se lía todo. Es de esperar, teniendo en cuenta que el cerebro de todo es el mismo tipo que se cargó a los más altos cargos de esa misma organización no mucho tiempo atrás.

Esta última referencia va dirigida a todos aquellos que disfrutaron con A quemarropa, de John Boorman, protagonizada por Lee Marvin. En esta ocasión, el personaje central es el mismo y se supone que esta película es una continuación de aquella, basada también en otra novela del gran Donald Westlake. Sólo que en lugar de Walker como nombre, esta vez se llama Macklin y, en vez de los rasgos de Lee Marvin, nos encontramos con las expresiones precisas y muy matizadas de Robert Duvall. Y el asunto funciona. Como si fuera un mecanismo de relojería estamos ante otra de esas olvidadas películas que es realmente buena, con un reparto excepcional, que completan nombres de probada solvencia como Karen Black, Robert Ryan, Richard Jaeckel y Joanna Cassidy y la obligada visita al cine negro más clásico con la inolvidable Jane Greer de Retorno al pasado, la pérfida Marie Windsor de Atraco perfecto, o el omnipresente Elisha Cook Jr. que paseó su cara de psicópata por esta última también o El halcón maltés, o El sueño eterno. El resultado es una magnífica historia que da continuidad a ese personaje que vive siempre en el filo y que trata de huir por todos los medios de esa maldición que es ser perseguido por la organización criminal que, dio la casualidad, que era la propietaria de un banco. Todo es una cuestión de dinero.

“Es lo primero que aprendes en la vida. Es muy peligroso hacerse con los enemigos equivocados”. Macklin lo sabe y, a pesar de su aplomo y de su experiencia, trata de deshacerse por todos los medios de su vida anterior. No quiere volver a ser un criminal de medio pelo que tiene que rebañar todas las vasijas para conseguir lo que considera suyo. Ya perdió a su mujer. Ahora también tendrá que perder a su hermano mientras él está entre rejas. Estos criminales van a por todas y no se van a parar en contemplaciones. No sólo quieren su dinero, sino que también quieren impartir una lección para que no haya otros individuos que piensen lo mismo que Macklin, o Walker, o Parker. La voz se correrá y ya no habrá más temerarios que entren y salgan con un botín tan cuantioso. Si les pillas, mala suerte. Habrá que esperar un par de años para que pasen por la justicia de los malos, pero acabarán pasando por ella. Y Macklin es un viejo enemigo de viejas cuentas. El duelo es por todo lo alto.

viernes, 7 de noviembre de 2025

EL PRADO (1990), de Jim Sheridan

 

Esta no es la historia sobre un campo en medio de Irlanda que sale a subasta y que un americano quiere convertir en un próspero negocio. Es la historia del orgullo que le queda a un hombre a través de ese prado que salvó de la hambruna a su familia y que quiere legar a su hijo. Tal vez porque no tiene nada más, o puede que sea por esa estúpida cabezonería irlandesa que impide que los cambios se produzcan con naturalidad. No quiere dinero, no quiere compensaciones, sólo quiere su prado. Más allá de cualquier otra consideración terrenal, ese campo perteneció a los McCabe durante generaciones y no va a venir ningún americano a convertirlo en su precioso comercio de vistas privilegiadas mientras mira con arrogancia las pintorescas costumbres locales.

Bull McCabe, el viejo tozudo, tampoco es que saboree demasiada felicidad en su existencia. Apenas se habla con su mujer. Es verdad que el dolor les visitó cuando uno de sus hijos falleció por causas no demasiado claras y eso enfrió cualquier posibilidad de acercamiento entre los dos. Es difícil superar eso. Y más aún si se pretende arrebatar a McCabe ese campo que es el total de la herencia que quiere dejar a su otro hijo, una especie de botarate que disfruta con las brumas crueles que gasta a la viuda que es la aparcera del campo y que no comparte con su padre su pasión por la tierra, ni por las costumbres o tradiciones. Él sólo quiere el dinero para salir de allí y buscarse una buena botella con la que pasar sus tardes interminables en Cork, o en Galway, o en cualquier ciudad en la que merezca la pena emborracharse.

A pesar de eso, Bull hará que su hijo luche por la tierra. La tierra se quedará, pero las razones que impulsaban a Bull se evaporarán como las gotas de rocío bajo el sol de la mañana de la húmeda Irlanda. Bull McCabe sabrá que nada merecía la pena, conocerá el precio de la soledad y ya sólo le quedará esperar a que un rayo le parta en cualquier explanada verde de su amada tierra. La tierra. Las personas. Aceite. Agua.

Richard Harris estuvo extraordinario en el papel de Bull McCabe, marcando en cada una de sus arrugas la experiencia de una vida tan dura como su cabeza. El viento parece que habla a través de su barba, sus miradas son siempre más elocuentes que cualquier frase del diálogo. El director Jim Sheridan, irlandés de nacimiento, es una elección más que adecuada para llevar adelante esta película. Detrás de Harris, un reparto de solidez contrastada con nombres como Sean Bean, Brenda Friker, Tom Berenger y un fantástico John Hurt, poseedor de todos los secretos de los habitantes del pequeño pueblo cercano al prado del título. Resulta muy curioso comprobar cómo, con apenas un mimbre de historia, centrada en algo prácticamente anecdótico, se convierte en una trama que acaba por ser vibrante, llena de energía, que huye premeditadamente de la trampa de la melancolía para ser un tratado sobre la ira y la terquedad. Al final, es verdad, queda un regusto a corto, a que no se ha llegado a llenar la apetencia por una buena historia, pero se ha visto a un monstruo en escena y eso es algo que nunca se debería perder.

jueves, 6 de noviembre de 2025

LOS TIGRES (2025), de Alberto Rodríguez

 

Dentro del agua, en el fondo del mar, las cosas se deforman hasta límites grotescos. Cualquier objeto gigantesco parece aún más grande cuando estás a su lado. Los peces se asemejan a habitantes observadores de una realidad velada que se enturbia a cada metro de profundidad. El sol ya no llega con sus brazos de luz y sólo la intuición o la experiencia parecen los compañeros ideales de una búsqueda, de una reparación, de un rescate o de cualquier otra misión. El agua, en contra de lo que se cree, no es un amigo. Es un medio hostil que extiende sus sutiles trampas en el inmenso tapete líquido de la incertidumbre.

Es posible que alguien que ya ha tenido demasiadas inmersiones, que ha probado el sabor de la sal en todas las latitudes, que ha sufrido síndromes de descompresión, tenga que emboscarse en esa agua que le ha servido como medio de vida para ofrecer una salida a su atascada existencia. Las cosas no han salido como él esperaba y sólo tiene una hermana, una posibilidad y una jubilación tan cercana como el casco de un buque que necesita una revisión completa. Él sabe moverse en las profundidades. Fuera del agua, no sabe. De algún modo, tiene una mentalidad más propia de un pez que de un hombre. A su lado, una hermana que pone el cerebro, la calma, la inteligencia, la precisión, no sólo acuática, sino también verbal. Ambos son seres perdidos en ese desierto de agua que sólo trata de ahogar a todo el que tienta, una y otra vez, a la suerte.

Hay que reconocer que una película sobre un par de submarinistas que se mueven entre la aventura y el drama es una originalidad nunca vista en el cine español. Alberto Rodríguez y Rafael Cobos siguen tocando todos los palos para demostrar que, en su imaginación, caben grupos de policía, espías, cárceles modelo y la presión insoportable a doscientos metros. Y el resultado es bueno, en parte, porque tiene a dos intérpretes de categoría superior, como Antonio de la Torre y Bárbara Lennie. El primero, ofrece esos ojos que esconden todos los trazos propios de la experiencia, con sus heridas, con sus sueños rotos, con sus momentos de gloria efímera y sus inmersiones de sustento. La segunda, una vez más, nos regala una de las miradas más inteligentes de todo nuestro cine, con una serenidad que va más allá de su belleza llena de clase y seguridad. El resto, es el silencio de las burbujas, la angustia de la claustrofobia marítima, la agonía de desear que las cosas salgan bien para que el final feliz consista, simplemente, en que los protagonistas sigan con su vida. Puede que, por el camino, exista alguna huella difusa o algo increíble en determinado lance, pero eso no empaña la certeza de que se ha visto una película diferente, entretenida, apasionante a ratos y muy entrecortada en sus respiraciones.

Así que cuidado con las búsquedas a profundidad superior. Puede que sea el primer paso hacia el triunfo o, por el contrario, se conviertan en el prólogo del fracaso más desolador. En una tierra sin piedad, el agua se transforma en un infierno del que es muy difícil salir. Se dejan compañeros, se obtiene el presentimiento de que el cuerpo está diciendo basta, se emboquilla el oxígeno necesario para creer que otra realidad es posible y todo ello, no siempre termina bien. El mar lo sabe y es el que mejor sabe esperar. Aquel que lo visita a menudo suele ser una víctima propiciatoria para dejarse engullir por un estado de somnolencia que abraza y consume, que tira y aguarda. Mientras tanto, lo único que hay que hacer es hallar la mejor manera de caminar hacia la orilla y empezar a vivir en tierra firme. Algo que tampoco es fácil, pero que, de alguna manera, permite dormir tranquilo cuando los huesos y los músculos claman por un descanso que el agua no otorga. Y es el momento en el que la respiración fluye con calma y el corazón y los pulmones se sosiegan en la dulce retaguardia de la vida.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

EL REPARTO (1968), de Gordon Flemyng

 

El trabajo es fácil. Pan comido. Se entra en el Coliseo de Los Ángeles en pleno partido de fútbol y se roba el taquillaje. Entrar y salir. Ya está. Cuatro hombres, los movimientos cronometrados al milímetro. Cada uno sabe lo que tiene que hacer. Si se hace rápido, la policía no sabrá ni por dónde empezar. McClain sabe mucho sobre el asunto. Luego, más tarde, se decide que el botín lo guarde la novia de McClain. Hay que dejar pasar unos días hasta que las sirenas se callen y haya un poco más de tranquilidad. Sin embargo, ocurre lo inesperado. La novia de McClain es asesinada. El dinero se volatiliza. Y, claro, todo el resto de la banda piensa lo más lógico y es que McClain tiene el dinero, pero no lo tiene. Así que tenemos a un ladrón que tiene que investigar qué ha pasado con el asesinato de su novia para demostrar a sus colegas de golpe que él no se ha llevado la pasta. En el fondo, McClain es como un quarterback de fútbol americano. Tiene que retroceder, elegir el pase, cantar la jugada y efectuar el lanzamiento. Y eso sí que no es nada fácil.

Al fondo, un poco escorado, hay un policía algo molesto que trata de esclarecer el robo. El problema está en que parece que calla algo más de lo que cuenta y McClain, perro viejo de viejas estratagemas, comienza a sospechar que el asunto sale de su más estricta competencia. Ahora no sólo va a tener que ser el quarterback sino que también va a apostarse en la banda y decidir los cambios.

Estupenda y desconocida película con un reparto realmente extraordinario que incluye nombres como Jim Brown, Ernest Borgnine, Dihann Carroll, Julie Harris, Gene Hackman, Jack Klugman, Warren Oates, James Whitmore y Donald Sutherland. Ahí es nada. Todos ellos intérpretes de solidez para participar en el reparto de esos billetes que queman y matan. Por si fueran poco todos los nombres anteriores, en el guión y en el material de partida figura el nombre de Donald Westlake, reputadísimo autor de novela negra que aquí da una vuelta de tuerca más al género de atraco. Sí, es cierto, quizá la película se resiente un poco de la mediocre dirección de Gordon Flemyng, un realizador integrado en el blaxploitation de la época, sobre todo en lo que concierne a los flashbacks que restan tensión a una obra que podría haber sido una estupenda historia de atracos y posterioridades.

Así que mucho cuidado. No se relajen. Un golpe puede salir a la perfección, con todos sus detalles planeados hasta la exasperación y aún así no haber acabado cuando se llega con las bolsas llenas, la risotada a punto y las armas sin tocar. Cuanta más gente participa, más riesgo de filtraciones. Todos querrán una parte del pastel siempre y cuando no hayan planeado quedarse con toda la tarta. Y asegúrense que el cabecilla no sea demasiado listo. Les puede complicar la vida a conciencia. Y más aún si hay un policía listo tratando de llenarse los bolsillos de papel con ceros y la placa de honores. Cuidado con el reparto.

martes, 4 de noviembre de 2025

VERANO DEL 42 (1971), de Robert Mulligan

 

Es curioso comprobar cómo el tiempo cambia nuestras actitudes. Cuando eres apenas un adolescente y te enamoras de alguien, recuerdas que estás pendiente de cada uno de los movimientos de la persona amada. Y te fijas en cómo cae su pelo, como se buscan complicidades, cómo ella movía las manos aunque lo que buscase no era a ti, cómo cambiaba la mirada buscando otro sitio en donde apoyarse. También recuerdas, y a veces no lo recuerdas, cómo eras capaz de sentirte amigo de tus amigos, esa sensación de ser alguien importante en la vida de otra docena más de seres con los que has coincidido en el tiempo y en el espacio. Aquellas confidencias, aquellos secretos a media voz, aquella traición, aquella pelea en la que casi llegas a las manos. Sin embargo, hay cosas que, más allá del recuerdo, las tienes atesoradas en algún lugar de tu memoria sensitiva. Sabes que te sentías inferior, que no eras capaz de rellenar el hueco del ausente porque no tenías recursos, por muy bien que te sintieras. Podías acudir al siempre socorrido humor, podías desear con todas tus fuerzas probar el que sentías que era el amor de tu vida, aunque sólo fuera la tontería del verano, podías cerrar los ojos y dejar volar tu imaginación creyendo que aquello con lo que fantaseabas podía ser verdad. Y no, nunca lo era. En esta ocasión, en este verano del 42, sí se hizo realidad algo que se imaginó y las cosas ya no fueron nunca más las mismas.

A esas edades, en las que no eres niño, pero tampoco eres hombre, parece que todo es irritantemente etéreo y, al mismo tiempo, es abrumadoramente real. Puede que las olas del mar sean un acompañamiento perfecto y que, en un momento dado, sólo en un momento, des con la tecla adecuada, esa que hace entornar los ojos a esa chica, mucho mayor que tú, que se ve seducida por culpa de la impertinente soledad, de la desesperante espera, de la inocencia que ella también quiere volver a probar. Sí, ella es ese deseo desbocado que, por un instante, se convierte en realidad. Y, cuando pasa, se aprovecha, se vive, pero no se guarda, pasa demasiado rápido, apenas un segundo en la eternidad, apenas una sensación del repertorio por mucho que luego sea un recuerdo que no quieres borrar y que, tal vez, nadie podrá saber nunca.

Robert Mulligan, como siempre en su trayectoria, vuelve al mundo de la ingenuidad infantil para desarrollar una historia de amor en la isla de Nantucket, mitad fantasía, mitad realidad. El resultado es una película que, hoy en día, es muy difícil que se llegue a pasar por ninguna cadena porque, en realidad, se pone en juego la seducción de un menor por parte de una mujer…por mucho que el menor también quiera seducir. Aún así, la película está recubierta de una pátina nostálgica, como si fuera un recuerdo mal contado, como si fuera esa sensación que pasa fugaz y que, por un maldito instante, te hizo el chico más afortunado de la Tierra. Eso no pasa siempre. Eso no pasa nunca.