miércoles, 11 de diciembre de 2019

CLANDESTINO Y CABALLERO (Cloak and dagger) (1946), de Fritz Lang



No es fácil ser un científico y comenzar a trabajar de espía. Primero para encontrarse con una antigua colega, refugiada en Suiza, que está trabajando en un proyecto secreto que podría ser la competencia inmediata del Proyecto Manhattan. Más tarde, para infiltrarse detrás de las líneas enemigas y sacar de las garras del ejército nazi a un eminente investigador atómico italiano, verdadero cerebro del germen de la bomba atómica para las fuerzas del Eje. Alvah Jesper se ofrece voluntario. Y lo hace porque es parte del sistema, pero, también, porque sabe que la escalada bélica en esa dirección es el certificado de muerte de la humanidad.
Por el camino se encontrará a una mujer de verdad. Una de esas que está dispuesta a arriesgar el pellejo por lo que cree, capaz de disparar y correr, de tomar decisiones peliagudas y fingir lo que no está en el guión. Una de esas mujeres que están hechas para sobrevivir a cualquier guerra y que, si aman, son capaces de cualquier cosa. Así todo es mucho más fácil. El profesor Jesper no se esperaba esta fórmula inesperada porque tiene una misión que cumplir y, tal vez, la paz está por encima de cualquier otra consideración. Por eso, el amor es tan difícil cuando el mundo se derrumba. La persecución será temible, implacable, mortal y feroz y Jesper tiene los nervios templados porque sabe que su bando tiene la razón. Mientras tanto, el ánimo se irá agotando, el cerco se irá estrechando y el cansancio aparecerá para no irse nunca. Ni siquiera en esa última mirada que es toda una declaración de amor. Ni siquiera en ese momento en el que se sabe que la guerra se ha perdido.
Fritz Lang dirigió esta apreciable película de acción con Gary Cooper y Lilli Palmer de protagonistas con la pretensión de dejar sin aliento al espectador. El ritmo es trepidante a pesar de su mensaje propagandístico. Y por delante de los ojos pasan muchas imágenes de auténtico maestro que, con la excusa de la guerra, hace una película de entretenimiento con altura y agonía. Toda una lección de cine que se eleva por encima de muchas mediocridades a las que, sin duda, esta película estaba destinada. El engaño está servido y el triunfo sólo puede venir de la unión y Lang sabe que ése es el punto más débil de los alemanes. Por eso, con un guión de dos miembros de los Diez de Hollywood, Albert Maltz y Ring Lardner Jr., el maestro alemán se emplea a fondo para ofrecer al público lo que quiere y, al mismo tiempo, destilar un mensaje de lo que necesita el mundo. Sin aristas, con naturalidad. Incluso la censura intervino y cortó un discurso antinuclear que se había deslizado con cierta habilidad. No importa. La intención es evidente y es hora de que todos seamos caballeros clandestinos de nuestras propias creencias.

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