En
los años setenta se decía que a los brasileños les bastaba el samba, el fútbol
y el sexo para ser felices. Era como dar una idea de libertad en un país que
estaba asolado por la pobreza, la represión política y la prostitución. Dentro
de aquel ambiente sudoroso y enrarecido, había disidentes que luchaban a su
manera contra un régimen en el que la corrupción era lo habitual y más aún si
se echaba una mirada a los estamentos universitarios. En esta ocasión, un profesor
jefe de un departamento de investigación resulta ser un agente secreto sin amo
que, en realidad, trabajaba por la libertad, siempre tan escurridiza y, a
veces, elemento en fuga de una sociedad que luchaba por encontrar un sitio en
el que sobrevivir.
Bajo la mirada
reprobatoria de un presidente como Ernesto Geisel, hacía falta mucho valor para
sobreponerse a los continuos abusos policiales, encabezados por una serie de
agentes que, en realidad, creían con firmeza en la certeza de que eran los
dueños de la voluntad popular. No se andaban con tonterías y hacían gala de su
fanfarronería que, en muchas ocasiones, lindaba con una actitud circense que no
podía ser censurada porque eran de gatillo fácil y justicia volátil. Brasil
estuvo muy cerca del caos porque, en su condición de grandeza por la extensión
de su territorio, no se podía controlar esa disidencia que, en su mayoría,
destacaba por su silenciosa resistencia.
No cabe duda de que,
después de la excelente Aún estoy aquí,
se vuelve sobre esos mismos apuros que, esta vez, también tiene una mirada de
optimismo. Las nuevas generaciones son capaces de hablar de aquella época sin
el trauma como guía a pesar de que había razones más que suficientes como para
que hubiera desánimos insalvables. Kleber Mendonça dirige esta historia con
aires neorrealistas, apelando a la naturalidad y con una ambientación muy fiel
a aquellos años de tristeza maquillados por los bailes callejeros y una falsa
libertad sexual que no hacía más que emponzoñar cualquier intención democrática.
Era caer en la trampa en la que se quería que todo el mundo estuviera preso.
Una de las razones
principales para ver esta película es la interpretación de Wagner Moura que,
siempre desde la serenidad y sin un gesto de más, incorpora a ese profesor
universitario que lo único que desea es salir de allí con su hijo, por mucho
que su verdadera intención sea oponerse al régimen injusto y brutal que
atenazaba a todo el país. Desde la naturalidad, Moura compone un personaje
creíble, atravesado por el dolor, pero muy patriota porque, al fin y al cabo,
se puede amar a un país sin necesidad de adorar su sistema político. Más allá
de eso, se suceden las conspiraciones, la tela de araña que propone Mendonça,
que no huye del planeamiento chapucero, resulta creíble y, desde luego, resulta
efectivo y fiel.
Y es que la libertad,
en el fondo, también puede ser disfrazada con la creación de una leyenda que
acaba por ser popular con una pierna peluda, cercenada y devorada por un
tiburón, que se dedica a coser a patadas todo lo que ensucia a un país. Y la
gente no lo cree, pero se divierte con las sucesivas noticias de una prensa al
servicio de la dictadura. La gente lo cree todo y es fácil atribuir teorías
conspirativas al terrible hallazgo de esa pierna que la policía se apresura a
hacer desaparecer porque las piernas, no nos engañemos, también son los
instrumentos necesarios para salir corriendo por delante de las balas, de los
golpes y de la injusticia.
Hay que destacar que, en su duración excesiva, hay algún que otro error que, por otra parte, no empaña en absoluto la valoración final de la película. Ese mismo argumento, con múltiples homenajes al cine, ese instrumento de evasión que proporciona la oportunidad de entretenerse y, al mismo tiempo, pensar, es la demostración preclara de que ningún gobierno que quiera perpetuarse está demasiado a favor de que sus ciudadanos tengan criterio propio. Es de primero de dictadura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario