Defender
los propios derechos en un país que no entiende de eso, acaba por ser una
herida que nunca se puede cerrar. Puede que, por una huelga, hayas ido a la
cárcel y que, allí, te hayan torturado hasta que tu espalda ya no sea capaz de
erguirse igual. Sigues en el país cuando te liberan, pero, por las noches,
aquel torturador que hacía sonar el temible chirrido de su pierna ortopédica se
te presenta cada vez que cierras los ojos. Los años pasan y las heridas no
cicatrizan. Perdiste la inocencia, parte de tu vida, una porción de tu propia
dignidad, todos los sueños… Eso no tiene ningún remedio.
Sin embargo, el destino
te ofrece una oportunidad para poner unos puntos en la brecha. Por un accidente
en una carretera oscura, te topas con un fulano que, casualmente, tiene una
pierna ortopédica y suena exactamente igual a como lo recuerdas. No puedes
asociarlo a la cara de tu torturador porque nunca se la viste. Te llevaban a
una sala con los ojos vendados y allí te sometían a barbaridades. Sólo ese
chirrido, esa biela gastada, ese ruido entre metálico y gomoso se te ha quedado
en la memoria. Coges al tipo y te lo llevas y lo entierras o le proporcionas
una muerte cruel, igual que los terribles padecimientos que te hizo pasar.
Punto redondo. Fin del pasado. Los tormentos son lavados.
No puedes estar seguro
de que es él. Por supuesto, él lo niega todo. Su pierna cercenada es reciente,
es imposible que fuera el verdugo de todas tus esperanzas. Necesitas más
testigos que compartieron contigo celdas y torturas para que aquello no sea un
crimen sin sentido. Seguro que él, en caso contrario, no se lo pensaría. A ti,
aún te queda un pequeño resquicio de moral. Al fin y al cabo, puede que sea lo
único que te mantiene vivo.
Sin permisos para rodar
y con una economía de medios evidente, Jafar Panahi ha rodado una interesante
parábola sobre la dictadura iraní, sobre el derecho a meterse en la espiral de
violencia que siempre significa la venganza y sobre nuestros límites como seres
humanos. Panahi, por ejemplo, llega a impresionar con ese plano fijo final de
larguísima duración en el que los protagonistas se sinceran y precisan cuáles
son sus inquietudes, sus miedos, sus rutinas y sus anhelos. El hombre está ahí,
atado, indefenso y Panahi se detiene en él porque es el centro de todas las
motivaciones y se ha convertido en el objeto de todas las frustraciones.
Durante el resto de la película, el director iraní nos lleva por las calles de
Teherán, en un eterno vagar divagando sobre si el individuo en cuestión es la
persona o no lo es. Los testigos que acompañan al protagonista dudan, o no,
pero quieren tener una certeza y esa no es otra que poseer la oportunidad de la
humillación, sea en forma de muerte, o sea con los contornos de la dignidad. Da
igual. Sus sentimientos y sus heridas han estado demasiado tiempo encerradas en
un baúl del interior y ahora es el momento en el que la nada puede estar
rellena de algo.
Todos tenemos personas que nos han torturado de una u otra manera y siempre, siempre, deseamos que a esos seres les llegue un buen merecido. Tal vez, tendríamos que plantearnos si eso puede llevar a una espiral que nos condene a la ausencia de bondad, o la corrupción del alma. A veces, lo mejor es olvidar. A veces, no queda más remedio que darle un gusto a la rabia. Es lo que trae la violencia, sea del tipo que sea, que se queda a vivir en nuestro interior y es muy difícil que se vaya. Por mucho que tengamos rasgos de buenas personas, o momentos en los que nuestra auténtica personalidad sale a relucir y hagamos todo lo que se espera de nosotros en el lado más positivo de nuestro ánimo. Puede que no deseemos tanto mal. Puede que sí y que seamos sólo bestias que queremos devolver las dentelladas que se han quedado grabadas en la piel y en el pensamiento. Un simple accidente es capaz de conducirnos a una elección que es realmente complicada y que nadie más puede tomar por nosotros.

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