martes, 30 de diciembre de 2025

FATHER MOTHER SISTER BROTHER (2025), de Jim Jarmusch

 

Con este artículo, quiero desear a todos una feliz salida y entrada de año y que todos los deseos se cumplan para 2026. Y, entre medias, que haya muchas películas para darnos algo de felicidad y, también, una manera de pensarnos bien todo lo que nos atañe. Feliz todo.

Parece como si al director Jim Jarmusch le hubieran entrado ganas de reeditar el éxito que tuvo en su película de episodios Noche en la Tierra y hubiese querido hacer algo parecido con tres historias paterno-filiales situadas en distintos lugares del mundo. Sin embargo, la comparación casi ofende. Mientras en aquella asistíamos a un fresco nocturno sobre las relaciones humanas a bordo de cinco taxis alrededor del globo, aquí Jarmusch quiere describirnos a tres modelos distintos de padres que, en el fondo, no son más que unos desconocidos para sus hijos. Ejemplo negativo, ejemplo positivo y ejemplo ausente. Allí, nos dejaba boquiabiertos porque derrochaba sentido del humor y sorpresa. Aquí, sin ser un resultado malo, nos abandona en brazos de un leve bostezo intentando guardar esos retratos ínfimos y secretos que acaba por ser un tratado, más o menos aceptable, sobre el comportamiento paterno.

La primera historia nos lleva a Jersey. Allí vive un hombre bastante aislado y sus hijos van, simplemente, a ver cómo se encuentra. Ya se sabe, le llevan un cajón de comida y tienen muy poca conversación para compartir con él. No obstante, el padre es muy particular. Es viudo, está solo y sólo para hacer sentir bien a sus hijos, muestra un desorden calculado y deliberado. Así los vástagos seguirán siendo arrogantes dentro de un éxito que es menos que moderado y él, con el bolsillo lleno de una ayuda que es posible que no merezca, se marcha a correrse una juerga cuando ellos se van. Incluso hay un pequeño arrebato de violencia que deja entrever la rabia por una existencia que se adivina bastante inútil.

La segunda historia ocurre en Dublin. Una madre con sus dos hijas se reúnen una vez al año para tomar el té. Lo que ocurre es que ella es una escritora de éxito y las hijas coquetean peligrosamente con el fracaso. Quizá por eso ella se niega a hablar de su aportación al mundo de la Literatura. Una de las hijas, interpretada por Cate Blanchett con su solvencia habitual, es apocada, evidentemente soltera y sin visos de relación alguna y, poco a poco, va sacando la cabeza dentro de su vida ordenada y sin apariencias. La otra, también encarnada por otra actriz de reconocida solvencia como Vicky Kreps, es un fracaso absoluto. Su vida es un desastre, pero se niega a reconocerlo en público. Se esfuerza en parecer triunfadora cuando es una perdedora de libro. Los silencios incómodos se suceden. El té, ya se sabe, es casi un ritual y el encuentro es breve y, se podría decir, que demoledor para la moral. La madre, una Charlotte Rampling elegante y muy comedida, siempre con la palabra justa de progenitora, sabe perfectamente cómo son las dos y, también, tiene plena conciencia de que ese encuentro, como muchos otros, es un repertorio de mentiras adornado con pastas para merendar.

La tercera nos hace recorrer algunas calles de París. En esta ocasión, los padres ya no están. Han fallecido los dos en un accidente de avioneta y los hijos van a cumplir con el ritual de pasar una tarde en el piso que ambos compartían. Fotos, bromas muy leves, un café por el camino haciéndose preguntas comunes con otra historia y la certeza, casi sentenciosa, de que hay que echar la persiana y seguir con la vida y que, de alguna manera, el hermano cuidará de ella y ella del hermano.

Para darle algo de aire fabulado a todo, Jarmusch no duda en mostrar en las tres historias a unos skaters que, de un modo algo jovial, llevan a los protagonistas sobre ruedas a su encuentro con sus padres. Es como si quisiera decir que el destino, aunque no se quiera, lleva inevitablemente a los lugares de donde proceden porque ellos son lo que fueron y, si no lo son, es por pura obligación. El resultado final es una película que carece de algo de mordiente, pero que sí siembra una interesante semilla sobre nuestra mirada a los que nos precedieron. Y, tal vez, siempre tendremos la sensación de que perdemos con la comparación porque ellos fueron y son mejores.

martes, 23 de diciembre de 2025

AVATAR: FUEGO Y CENIZA (2025), de James Cameron

 

Teniendo en cuenta que uno ya no sabe si un personaje muere y luego resucita, si muere y queda bien muerto o si muere y se le puede encontrar en el éxtasis divino, podríamos decir que ésta última entrega de los avatares de James Cameron es mejor que la segunda y peor que la primera. A su favor, desde luego, está ese espíritu de aventura con un mensaje bastante plano y redundante de que la familia es lo primero, de que es lo que conforma cualquier sociedad, etcétera, etcétera. Por los bordes, sí, otra vez algo de racismo, de la seguridad de que la violencia nunca es la solución y que la lucha por la supervivencia es más dura que un turrón de Alicante.

Cameron, además, cuida mucho la presentación visual, como siempre. Resulta casi apabullante, por no decir cansinamente barroco, en muchas de sus secuencias. En otras, diseña buenas secuencias de acción impresionante y, por supuesto, cae en su error habitual de poner en juego una serie de tópicos más vistos que Pretty Woman que resultan algo aburridos, pero que, en general, funcionan y le sirven como excusa para otra escaramuza más. Escarbando un poco más en los errores, podemos encontrar que Cameron retuerce algunas situaciones hasta que no queda una gota más y alarga en exceso los diferentes cuadros en los que se divide su historia. Por ejemplo, grupos de los Na´vi se separan. Uno de ellos tiene un encontronazo, se salvan, huyen, algo se presenta que hace que no puedan seguir con la fuga y se vuelven. Mientras tanto, otros van a buscarlos y resulta que los que se han ido encuentran a los que se han ido a buscarlos que han caído prisioneros y entonces los salvan…pero no, también caen prisioneros y con esa nueva villana, bastante curiosa, que se ha sacado de la manga empieza con su festival de intenciones crueles y la escena dura…y dura…

En cualquier caso, no deja de ser cierto que hay un cierto ritmo en las más de tres horas de película. Secuencias de combate muy bien dirigidas introduciendo la trampa de que, cuando la batalla parece perdida, aparecen criaturas que son nuevas, pero que, cómo no, tienen conexión espiritual con los Na´vi y entonces se da la vuelta a la tortilla. Algún personaje humano hay por ahí, en contraposición con la segunda en la que prácticamente no aparecían, y Cameron se olvida por completo de éste y de aquel después de que le carga de motivaciones fuertes. Así, el espectador poco exigente sale con las piernas cansadas de tanta tensión y el más avezado tuerce la cabeza y lo deja pasar porque, al fin y al cabo, no se pasa un mal rato.

Así que ya saben. La familia es el pilar fundamental de nuestras vidas. Por mucho que cada uno de los miembros que sean tengan su dime o su direte, con sus rayadas adolescentes, sus espiritualidades inexplicables, sus dolores por la pérdida y sus deseos de figurar en el primer lugar de nuestro orgullo. En el fondo, la familia es el origen y el final de todo y los esfuerzos, sean meramente domésticos o con más altas miras, siempre tienen el objetivo de protegerla y procurar su felicidad. Y en el viaje, está la educación, con su amor por la Naturaleza, que en esta ocasión toma un papel mucho más defensor que consolador, su comunicación con el entorno, su preocupación por el resto de seres que nos rodean y su certeza de que un hogar no se construye con facilidad.

Entre medias, por supuesto, habrá gente de todo tipo y condición. Desde el padre que no parece que lo es, pero que no duda a la hora de entregarlo todo, hasta el sobreprotector que parece algo paralizado a pesar de que nadie cuestiona su valentía y su inteligencia. En cualquier caso, piénsenlo detenidamente. En la familia, mal que nos pese, es donde se reflejan todos los comportamientos posteriores de los hijos aunque muchas veces creamos que ese gesto, o aquella palabra, no tienen mayor importancia. Es el primer paso para hacer que los adultos cuiden de su entorno que, para mayor pecado, es la casa de todos.

viernes, 19 de diciembre de 2025

THE HOLIDAY (2006), de Nancy Meyers

 

Con este artículo, quiero desear a todos una Feliz Navidad. Como todos los años, el blog cerrará parcialmente. Sólo se publicarán los artículos correspondientes a los estrenos que podréis leer los martes días 23 y 30 de diciembre y el miércoles 7 de enero. Retomaremos el ritmo habitual el martes 13 de enero. Mientras tanto, sed felices y no dejéis de ir al cine. Él siempre nos da algo de Navidad, aunque no lo sea.

Seguro que el chico de tu vida existe. Sólo que puede que se halle a diez mil kilómetros de distancia. No sé, pongamos por caso que has tenido un desengaño amoroso. Por un lado, tu novio se ha acostado con otra. Por el otro, el chico del que has estado enamorada se ha prometido con otra, aunque parece que él quiere seguir el consabido cortejo. Lo mejor es tomarse unas vacaciones de Navidad, y si es lejos mucho mejor. La inglesa buscará el sol de Los Ángeles (y el viento de Santa Ana) y la americana estará como loca por encontrar la paz y el sosiego de una tranquila villa de la campiña británica, con nieve, frío y té.

Sus destinos se cruzan por una de esas páginas de intercambio de casas. Se ponen de acuerdo y ya. Una que se va y la otra que también. Vacaciones de sentimientos. Sólo descanso, disfrutar de las ventajas que ofrece cada uno de los sitios y a la porra el chico, o chicos, en cuestión. Sólo que allí donde van también hay chicos. Típico ¿no? La americana va a perder la cabeza por el hermano de la inglesa. A la inglesa le va a costar un poco más, pero acabará sabiendo que va a estar divinamente con un compositor de bandas sonoras que no deja de hacerla reír. Justo lo que necesitaba. Mientras tanto, las hijas del hermano en Inglaterra y un viejo guionista de la edad dorada de Hollywood en Los Ángeles pondrán la sal a todo el enredo.

Así, una apuesta temporal se convierte en una apuesta de por vida. Mientras nosotros, pobres espectadores de la vida, nos enamoramos de las dos, de Kate Winslet y de Cameron Díaz porque ambas tienen cosas realmente adorables dentro de su agobio existencial. Luego aparece Jude Law y sabes que con ese no puedes competir. Y, por otro lado, Jack Black…al que físicamente le puedes echar un concurso de belleza, pero pierdes en el de encanto. Y ya tenemos una comedia romántica divertida, con grandes momentos de sonrisa, con pusilánimes ojos de desencuentro amoroso, con alguna que otra sorpresa como cierta aparición especial que asoma en un videoclub mientras Black tararea alguna banda sonora que otra. Y Nancy Meyers consigue aquí su mejor película. ¿Por qué? Porque en todas sus películas, la directora parte de una premisa muy prometedora para desinflarse lastimosamente al final, mientras que aquí mantiene el equilibrio, con mucho buen gusto sin dejar de afilar el colmillo en momentos puntuales. La película, en sí, es un gozo, porque reímos, porque empatizamos, porque nos aislamos, porque amamos…

Así que elijan bien en su próximo intercambio de casas. Puede que en la puerta de al lado de la residencia de destino se halle la respuesta a todos los interrogantes de angustia porque no se encuentra al tipo o a la chica adecuada que ocupe el cuarto de alquiler que es el corazón. Traten de vivir cuando la vida les deje. No hay otra recompensa salvo, quizá, la certeza de que la Navidad, de vez en cuando, puede dejar algún que otro poso de felicidad.

jueves, 18 de diciembre de 2025

VALOR SENTIMENTAL (2025), de Joachim Trier

 

A veces, creemos que la ausencia de alguien querido no es más que el vacío. Y puede que no sea así. La intuición del ser humano llega muy lejos y esa persona que, en determinado momento, decidió coger otro camino es capaz de imaginar la soledad que ha dejado tras de sí. Más aún si esa persona es un padre artista, capaz de dibujar el alma con su cámara, permitiéndose llegar a través de historias inventadas hasta el mismo corazón de las inseguridades de aquello que más ha querido.

La familia se ha roto. Y la vida ha seguido sin pausa. La madre, que ha estado tirando del tren, fallece .Y ese padre vuelve a aparecer con un reflejo de la vida bajo el brazo. Un guion en el que esboza todas las frustraciones que intuye que han seguido como chacales a una de sus hijas, actriz de profesión. Quiere volver a dirigir y no quedarse sencillamente en uno de esos directores del que sólo se ven retrospectivas en las que todo el mundo le alaba por hacer un cine que sugiere más que muestra. Desea que su hija interprete a la protagonista porque es ella misma, aunque la historia sea totalmente inventada. Ha escrito un reflejo algo deformado de sus sentimientos, de un valor incalculable y no es fácil enfrentarse a ello porque la realidad, por muy imaginada que sea, siempre duele.

Es cierto que el director Joachim Trier se ha acercado peligrosamente a Ingmar Bergman con esta película. Es evidente ese homenaje a Persona para quien la haya visto. Y muchas de las constantes del maestro sueco también se trazan en una película que habla de valores tan sentimentales como la familia, o el silencio de Dios, o la ansiedad por no saber afrontar las encrucijadas que han quedado surcadas en el alma. Para ello, cuenta con un Stellan Skarsgard inmenso, y con una Renate Reinsve que, después de aquella La peor persona del mundo, también a las órdenes de Trier, vuelve a demostrar que es una actriz enorme, espejo de inseguridades no habladas, de soledades inaguantables, de ansiedades propias de quien tiene que enfrentarse todos los días con sus interiores encima del escenario. Ambos otorgan un valor sentimental extraordinario a esta película que acaba por ser, por ende, un testimonio de amor al cine.

Y es que ese director que interpreta Skarsgard juega con las personas, haciendo que tomen desvíos mientras disfraza su cariño con la apostura propia del intelectual del que se espera la próxima agudeza, o su siguiente demostración de sentido del humor, o su emoción por venir. Sabe que, quizá, sea la última oportunidad para contar algo que realmente merezca la pena y pone en juego toda su intuición para que la actriz y su hermana pequeña comprendan que la vida es un rompecabezas de difícil solución y que sólo cuando el espejo nos devuelve una imagen verdadera con algo inventado, podremos encajar unas pocas piezas.

El resultado es una película importante, profunda, hipnótica en algunos momentos porque el espectador se sumerge en un mapa de reacciones sin palabras que Trier trunca con brusquedad en algunas de sus escenas mientras, en otras, hace gala de las elegantes transiciones de Bergman en medio de una casa que se convierte en el cuarto personaje, tras el director y sus dos hijas, porque ha sido testigo de todas las desgracias, de todas las separaciones, de todos los gritos y de todas las lágrimas. Mientras tanto, nos vamos despojando de todas las fachadas porque, al final, siempre quedarán los muros más sólidos que cualquiera de nosotros podemos construir con un cemento llamado amor.

Leamos nuestro guion, hagamos que nuestra historia sea la fascinación propia de un camino de acciones y reacciones que nos lleve a la verdad inevitable. En ese estado de ánimo llamado soledad, escribimos muchas de nuestras historias y de nuestros sentimientos y, de vez en cuando, cuando ya no tenemos más salidas, rezamos cuando, en realidad, no es más que un grito que abre la última salida que nos queda. Veamos esta película y descubramos lo que es un pedazo de buen cine.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

¿ES EL ENEMIGO? (2024), de Alexis Morante

 

Miguel Gila nos enseñó que podíamos reírnos de cualquier cosa, incluso de la guerra. Bien es verdad que todo es una cuestión de carácter. Mi padre no contaba muchas cosas de su experiencia en el frente porque, era muy evidente, lo único que quería era olvidarlo todo, pero también sacaba un par de sonrisas cuando contaba los avatares de su fuga cuando, siendo soldado de la llamada Quinta del Biberón, fue condenado a muerte por, supuestamente, pasar información al enemigo cuando lo único que hacía era escuchar la radio de los nacionales porque ponían música de Glenn Miller. Gila también iba por ahí. Era capaz de extraer el chiste donde sólo había muerte y desgracia. Y oye, quieras que no, la muerte es más llevadera porque, de vez en cuando, también lo hace mal. Con esto no quiero decir que no haya que guardar respeto por algo que nunca debería pasar de nuevo (y es por ello que hay que huir de posiciones extremistas, el enfrentamiento, a los españoles, nunca nos ha ido muy bien). Por supuesto que sí. Fue una tragedia, un tablero de odio vergonzoso en el que no hubo vencedores, por mucho que la sinrazón triunfara. De vez en cuando, también hay que coger un palo, simular que es un teléfono, y vaciar el corazón de una forma sencilla y sincera y, si de paso, se puede hacer un chiste aunque sea por la forma de contarlo, pues oiga usted, coño ya, bienvenido sea. Que la vida sin reír es una vida gastada, desgastada, descastada y descasada.

El caso es que aquí tenemos una biografía bélica de las experiencias de Gila en el campo de batalla. Con sus miedos, que también los tenía, sus chistes incluso en los momentos más inoportunos, sus espantos y sus debilidades. En el fondo, lo que nos dice la película es que el sentido del humor es muy capaz de hacernos más fuertes, porque eso sí que nos une. Como le dice el Teniente Villegas, estupendo Vicente Romero: “Gila, en esta guerra hacen falta más idiotas como usted y menos gente como yo”. El trabajo de Oscar Lasarte en la piel del cómico no sólo es bueno, es inteligente. Huye de imitar la voz del gran cómico, pero sí que se asemeja en sus tonos y en sus cadencias. Trabaja muy bien la mirada para dejar bien claro que el horror estaba ahí mismo, al otro lado de la broma. Y que a él, en el fondo, nunca le iban a alcanzar, por mucho que muriera unas cuantas veces en el transcurso de la contienda. Mejor para nosotros. No fue un gran combatiente, pero fue un héroe. Y nos reímos sin parar para ahuyentar todos los miedos.

Para los que desconfían de las películas de la Guerra Civil por el posible sesgo partidista que presentan muchas de estas historias, habría que decir que sí, evidentemente, Gila luchó con los republicanos (igual que mi padre), pero que, en ese sentido del humor tan certero y tan valiente, también había críticas para unos y para otros. Al fin y al cabo, la guerra, lo que hace a conciencia, es quitarte las ganas de todo, por muchos mensajes patrióticos o políticos o libertarios o como quiera que se llamen. No hay nada comparable a unas buenas croquetas de la abuela o a subirse a un escenario, descolgar un teléfono y arrancar unas buenas risas mientras se habla de esto y de aquello con el enemigo.

martes, 16 de diciembre de 2025

EL LADRÓN QUE VINO A CENAR (1973), de Bud Yorkin

 

Webster McGee es uno de esos aburridos programadores de computadoras que tanto proliferaron en los años setenta. Su vida es tediosa y se ha dado cuenta de que, a su alrededor, no hay más que una corrupción bastante ociosa. Así que ha decidido dar un giro a su existencia. Se va a convertir en ladrón. Así robará con conocimiento de causa y para él mismo. Es como uno de esos trabajadores que está harto de hacer que los demás se encaramen en lo más alto y, sin un puñetazo en la mesa, con discreción y elegancia, pone su propio negocio. El objeto de su nueva actividad va a ser las joyas. Sobre todo, las valiosas. Nada de oro de dieciocho quilates. Nada de diamantes tallados a medias. Va a por todo. Va a por más. Primero, debe aprender unas cuantas cosas sobre cómo moverse en el mundillo y, cuando se sienta preparado, hay que elaborar una lista de posibles víctimas. Todas ellas acaudaladas y que, más allá de la ruptura en los sentimientos que eso supone, no van a sentir en absoluto que les libre del peso de los quilates acumulados. Están aseguradas. En el fondo, Webster McGee es un ladrón, sí, pero tampoco es cruel en su nuevo trabajo.

Por el tortuoso camino de la delincuencia elegida, Webster se va a topar con una chica que no es fácil de olvidar. Está en la papilla social, se sabe mover como pez en el agua entre fiestas, copas de champagne y arrogancias de lo más variado. Se llama Laura Keaton y esa aparente indiferencia de Webster la vuelve loca. Además, el nuevo amigo de lo ajeno va a plantearlo todo como si fuera una partida de ajedrez en la que va a desafiar al experto que trabaja como analista del juego en el Houston Post. Arriesgado ¿no? Sobre todo, cuando un investigador de una compañía de seguros, nada despistado, empieza a meter sus narices en los sucesivos robos. Cuidado, Web, ese tipo es un perro de presa de cuidado.

Realizada con suavidad y elegancia, sin un momento de más ni de menos, El ladrón que vino a cenar es una comedia sin carcajadas, sólo la sonrisa asoma tímidamente en algún momento y casi se podría decir que se inclina más por la satisfacción que por lo hilarante. Bud Yorkin dirige con estilo y sabe que en sus manos tiene a dos de los actores más atractivos del momento como Ryan O´Neal y Jacqueline Bisset y, por si fuera poco, por debajo de ellos hay una serie de secundarios de seguridad y tronío como un impagable Warren Oates como ese investigador de seguros incesante e implacable, la estupenda y dueña de un par de escenas Jill Clayburgh o el sempiterno toque cómico de Austin Pendleton. El resultado es una película que se deja ver, sin excesiva acción, sin estridencias, con una estupenda fotografía nocturna y un ladrón de esos que recuerda a los guantes blancos de huella difuminada.

Así que no lo olviden. Asegúrense de depositar sus joyas en algún lugar seguro. Siempre puede haber algún aburrido chupatintas de ordenador que decida darle un giro de ciento ochenta grados a su vida y meter mano en el cajón de las alhajas. Eso sí, pueden estar seguros de que no será tan detallista y amable como éste. Déjenle algo para cenar, si quieren.

viernes, 12 de diciembre de 2025

EL CLUB DE LAS PRIMERAS ESPOSAS (1996), de Hugh Wilson

 

Cuando llega la hora del cataclismo, no basta con bajar la cabeza y aceptar el movido vaivén del destino. Lo que hay que hacer es darles a esos maridos de cuchufleta lo que realmente merecen. ¿Que se han ido con una chica más joven para ponerles un pisito y lo que ella quiera? Lo que hay que hacer es destrozarles el pisito de marras y asegurarse de que la cuenta corriente se quede en números rojos. ¿Que vienen la consabida crisis de los cincuenta y que quieren ser más independientes para poder dedicarse a lo que siempre han soñado? Lo que hay que hacer es comprar la empresa en la que trabaja y convertirse en su jefe. Va a saber lo que es sufrir el condenado. ¿Que prefieren a la última estrella de la televisión porque la chica de talento dramático ya es tan mayor que se ha tenido que meter colágeno a espuertas en los labios? Lo que hay que hacer es arruinar las finanzas, decirle que la chica en cuestión es menor y que lo mismo debe parar con sus huesos en la cárcel. El negocio es simple, chicas. Se trata de montar una oficina que hurgue en los puntos débiles de esos maridos ingratos, estúpidos y malandrines para que la venganza sea completa. Bienvenidas al club de las primeras esposas.

Y es que hay algo que también tienen las mujeres, aparte de los ataques de nervios descontrolados. Saben reírse de todo. Cuando están cómodas entre ellas, agárrate los machos porque te van a despellejar. Son capaces de salir bailando por una calle húmeda y montar una fiesta en plena calzada. Son así. Imprevisibles, volubles, caprichosas, pero cuando se ponen, tienen una fuerza de voluntad que nada ni nadie es capaz de detener. Son verdaderos tanques de cañón recortado rellenos con balas de empuje. Sí, son muy diferentes de nosotros. Mucho. Para bien y para mal. Aunque para ellas todo sea para bien. Y que se te ocurra decir lo contrario, machote.

Diane Keaton, Goldie Hawn y Bette Midler fueron las protagonistas de una de las películas más taquilleras de 1996. Nadie daba un duro por esta historia. Eran los años testosterónicos de Bruce Willis, Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger y nadie iba a querer ir a ver a tres amargadas que se ríen mucho de sí mismas porque sus maridos las han abandonado de forma, más bien, humillante. Sin embargo, el éxito fue fulgurante. La gente se reía. Hombres y mujeres (en eso, somos iguales). Y gozaba con la venganza cuidadosamente planeada de estas tres gamberras que eran capaces de levantar una comedia sobre la guerra de sexos y de estados con secuencias realmente divertidas (como el tronchante ataque de nervios de Diane Keaton cuando están a punto de descubrirlas en el despacho del marido de Bette Midler). Las tres actrices estuvieron dispuestas, incluso, a rodar una segunda parte sobre este club tan particular. Los estudios se agarraron a sus ideas retrógradas y concluyeron que el éxito de esta película fue una “casualidad”. Sí, la casualidad de juntar a tres chicas con sentido del humor, capaces de bailar, reírse de todo y organizar un buen jaleo mientras el mundo entero las acompañaba y comprendían su rabia contra el sexo contrario. Estúpidos, eso sí, hay en todos los lados.