lunes, 29 de noviembre de 2021

SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS (1954), de Stanley Donen

 

Te diré algo sobre las mujeres sabinas,

que vivieron en la época romana.

Creo que se iban todas a nadar,

mientras los hombres se iban a pastar.

Bien, una tropa de romanos se puso en camino,

y las vieron y dijeron: “oh, vaya”.

Así que se las llevaron a todas para ponerlas a secar.

Y es que la vida de los hombres solitarios es muy dura. La nieve, la leña, los pasos cerrados, los animales. Sin mujeres. ¿Sin mujeres? Eso hay que arreglarlo en un periquete. Al fin y al cabo, siete hermanos no merecen ser sólo novios de la soledad. Ésa ya tiene suficientes con los que entretenerse. Habrá que bajar al pueblo antes de que el paso esté cerrado por la nieve y coger lo que se necesita. Sí, un rapto. Pero ellas lo van a pasar muy bien allí arriba, en la cabaña. Estarán acogidas. Calientes. Atendidas. Y sabrán lo que es el amor. El de verdad. ¿o no?

Eso al menos es lo que dice Plutarco,

¡oh, sí!

Había mujeres sabinas, sabinas, sabinas,

deseando ser atadas,

y cada músculo estaba palpitante, palpitante

para disfrutar de ese paseo desenfrenado.

Oh, ellas lloraron y luego besaron y luego lloraron y besaron,

por toda la campiña romana,

así que no lo olvides cuando tengas una novia:

Las sabinas no pueden ser atadas.

Y eso es lo único que hay que aprender. Nada por la fuerza. Todo por el encanto. Con la sonrisa puesta, el hacha guardada, el instinto servicial a punto y la galanura como código. No hay que ser como esos brutos de ciudad, esos vaqueros que se creen que son más educados y más elegantes sólo porque llevan traje en lugar de camisa y sus maneras son tan cuidadosas que parecen muñequitos deseando llevarse su merecido en una competición de danza.

Desde esa cabalgada desenfrenada,

nunca devolvieron su botín,

el vencedor se lo llevaba todo,

se las llevaron a casa, a lomos del trueno,

a pequeñas y bonitas plazas,

y nunca se ha visto nada igual.

Me dijeron que era un auténtico encanto,

verlas con un bebé romano en cada rodilla

y llamándolos Claudio y Bruto…

Y es que el lugar puede ser un elemento muy importante para la seducción. Compañía hay de sobra. Basta imaginar las cenas con catorce comensales. Habrá que educar un poco a esos chicos demasiado acostumbrados a tomar las cosas por la fuerza y sin decoro, pero eso será un pequeño defecto sin importancia. Las mujeres sabinas han existido siempre. También en medio de las montañas del Oeste.

Esas mujeres sabinas, sabinas, sabinas, pasando sus noches,

mientras los romanos salían afilaban sus espadas y descabezaban a sus enemigos,

empezando las peleas,

y manteniéndose ocupados por un buen montón de togas viejas,

mientras murmuraban pequeños “algún día las mujeres tendrán derechos”

y ellas pasaban todas esas noches

sólo cosiendo.

Por supuesto que tendrán derechos, y bien ganados. Pero si por el camino se lo pasan bien, mucho mejor, además de mucho más elegantes en la lucha y mucho más divertidas en la rutina. Eso sólo se le puede ocurrir a las mujeres que siempre han sido ingeniosas, únicas y, en el fondo, verdaderas dominadoras. ¿O no?

Cuando sus hombres fueron a buscarlas,

no encontraron a sus mujeres,

los Romanos las habían atrapado,

y a sus amigas, también.

Y si esto es verdad,

que sea una lección para gente como tú.

Trátalas con rudeza como hacen los romanos,

de lo contrario, pensarán que eres un débil.

Y no te dejes engañar. Ellas llevarán la iniciativa. Ellas son las que elegirán. Ellas son las que tendrán la razón. Ellas son las que mantendrán la polémica. Ellas, amigos, lo son todo. Incluso para siete hermanos cuya letra del nombre va por orden alfabético.

¡Oh, sí!

Esas mujeres sabinas, sabinas,

derramaban cubos de lágrimas sabinas,

mientras oían nuestras viejas historias,

eso les hizo vibrar los oídos,

y actuaron enojadas y molestas,

pero secretamente estaban llenas de alegría

y deberás recordar que llenaran tus calles

con poemas muy queridos.

Como se ve, ellas dominarán cualquier situación. Sacarán a relucir sus lágrimas mientras manipulan a cualquier que se ponga por delante. Mujeres sabinas, secuestradas en contra de su voluntad para servir como esposas de valerosos romanos. Quizá el plan no es tan feo, ni tan malo. La vida va a ser mucho más aburrida en la ciudad y allí arriba, cerca del cielo y rodeadas del blanco de la nieve, va a ser todo mucho más divertido, mucho más romántico y mucho más poético.

¡Oh, sí!

Esas mujeres sabinas, sabinas, sabinas…

llorando una tonelada y luego sollozando,

recuerda lo que Robin Hood habría hecho

con esas mujeres sollozantes.

Seremos como esos tres hombres alegres

para que todos seamos felices

y seguirán sollozando durante un tiempo,

pero haremos sonreír a las mujeres sollozantes.

Y ahí estaba Stanley Donen para hacerlo, para llevarnos en volandas hacia un cuento de raptos, de amor y de competición bailada. Y el gozo no hace más que darnos fuerzas. Y la música nos asegura que hoy es un día realmente bonito. No importa cuándo se vea esta película. Siempre está ahí. En el equilibrio de una tabla que parece el campo de batalla de dos caballeros duelistas. O en la tarima que sirve para que las parejas bailen y decidan sus destinos. Howard Keel, Jane Powell, Russ Tamblyn, Tommy Rall, Julie Newmar…¿hace falta algo más para disfrutar de una película?

viernes, 26 de noviembre de 2021

EL GRAN ROBO (1968), de Peter Yates

 

En 1964, el asalto al tren correo de Glasgow conmocionó al mundo entero. Su planificación y osadía fueron comentadas incluso con admiración en todos los noticiarios y fue muy difícil atrapar a los responsables. Incluso algunos de ellos fueron encarcelados muchos años después de cometido el robo y porque se entregaron. Peter Yates, en 1967, dirigió esta recreación del famoso crimen que se basaba, casi exclusivamente, en la manipulación de un semáforo del recorrido ferroviario para que el tren se detuviese y los ladrones pudieran abordarlo. Sin embargo, Yates, con sabiduría, no se entretiene mucho en el hecho en sí mismo, sino en la meticulosa planificación de los asaltantes, con Bruce Reynolds a la cabeza, convenientemente disfrazado bajo el nombre de Paul Clifton. El resultado es una película enormemente ágil, en la que se descubre que los cerebros del golpe tuvieron que negociar la participación de otros con el reparto del botín, o la insistencia en el reclutamiento de otros que, simplemente, no tenían la cabeza tan fría como para formar parte de la banda, pero que poseían los conocimientos necesarios para solventar los problemas técnicos. Además, Yates puso en juego una espectacular persecución de sello inglés que hizo que, un año después, el propio Steve McQueen reclamara para él la dirección de Bullitt con el fin de rodar la que sería una de las mejores nunca realizadas para el cine.

Así que ahí está el tal Clifton, un individuo que se ha juramentado a sí mismo no volver a pisar una cárcel y, para ello, pretende dar el golpe definitivo, con los tipos más competentes y a pesar de que sabe que la policía está pisándole los talones. Por una vez, no son unos inútiles y sabe que todo debe estar milimétricamente planeado, con la menor violencia posible, sorteando esa perseverancia que demuestra el Inspector Langdon, perro de presa de Scotland Yard, y llenándose los bolsillos con una cantidad de dinero que cuesta imaginar.

Stanley Baker, con su físico imponente, es el encargado de encarnar a Clifton-Reynolds, y lo hace con una economía gestual muy eficaz porque en sus miradas están la amenaza, la dureza, la decisión e, incluso, la renuncia porque se ha propuesto sacrificarlo todo con tal de alcanzar sus objetivos. Alrededor de él, todo un regimiento de secundarios británicos que, tal vez, no tengan nombres resonantes, pero que constituyen un estupendo repertorio de rostros conocidos para cualquiera que haya visto dos o tres películas. Al fondo, el cuidado y la matemática ejecución del plan alternada con visitas ocasiones a la ficción porque las cosas no ocurrieron exactamente así, pero eso no importa porque la historia está bien llevada, con lógica, concediendo la ajustada admiración por la precisión y la audacia con la que se concibió el asalto, pero también asegurando que, tal vez, tanto riesgo no merecía la pena.

Son minutos de rapidez, contando el dinero por tacos, cayendo en el pecado de la precipitación, pero, también en el de la inteligencia. Puede que el dinero no merezca otra cosa más que el fuego y el viaje haya sido mucho más apasionante que el resultado, pero eso no importa. Alguno saldrá indemne. Y la gente se preguntará durante mucho tiempo cómo fue posible urdir un plan que tenía tanto de perfecto.

jueves, 25 de noviembre de 2021

ÚLTIMA NOCHE EN EL SOHO (2021), de Edgar Wright

 

Todos hemos tenido alguna vez la sensación de que hubiésemos encajado mejor en otra época. Tal vez, a mí me hubiera gustado bailar con una chica de falda ajustada bajo los acordes de Glenn Miller, y usted hubiese quedado hechizado por el ambiente que se generó en el Swinging London con todas aquellas faldas cortas, aquellas camisas con chorreras, aquellas permanentes imposibles o aquellas burdas imitaciones de los modos y maneras de Sean Connery en la piel del más famoso agente secreto de la historia. Y, aún así, también habríamos caído en que no todo era tan fantástico, ni tan especial, ni tan ensoñador.

Al fin y al cabo, la corrupción y la hostilidad ha imperado desde siempre, sobre todo en las grandes ciudades. Detrás del humo de los cigarrillos habría algún intento de aprovecharse de las personas, igual que ahora. Algún atajo para conseguir dinero fácil a costa de los demás. Alguna fuga de una época que dejó bastantes flecos sueltos. Hubiera sido, quizá, como mirarnos al espejo para comprobar que, en el fondo, la infelicidad también iba en busca de unas cuantas víctimas y que hubiésemos sido candidatos ideales para la desgracia.

Así que no hay nada como venir de un sueño para entrar en la esquizofrenia, en la alucinación de una noche pintada de neón en medio de las calles mojadas y expectantes y, lo que en un principio es una comedia suave de tonos ligeramente románticos se transforma, por arte de brujería, en pánico inquietante que se abre ante un abismo de frustración y fracaso. Tal vez, hacer un boceto para un vestido sea una puerta abierta para los fantasmas. Puede que el deseo de cantar sea algo tan prescindible como las ganas de olvidar. Lo cierto es que la locura, puntada a puntada, irá abriéndose paso para dejar una plantada una semilla que va a ser muy difícil de obviar. La verdad siempre es equívoca y más vale que la música no deje de sonar.

Edgar Wright dirige con cierta habilidad esta película que, de alguna manera, también se coloca en los límites de la realidad. Con excelentes trabajos del original y su reflejo, estupendas Anya Taylor-Joy y Thomasin McKenzie y con obligatorias y evocadoras apariciones de auténticos representantes de aquella época como Terence Stamp y la inolvidable Emma Peel de Los vengadores, Diana Rigg en la que es su última aparición ante el público al fallecer a los pocos días de terminado el rodaje, la historia se mueve entre la fantasía, la imaginación, la inspiración, algún que otro leve derrape sin ruido y la maldición con cierta gracia, secuestrando la atención y convenciendo de que las luces, por muy brillantes que sean, pueden conducir directamente hacia la oscuridad.

Y es que no cabe duda de que la estabilidad mental y la represión sexual juegan un papel importante en la travesía entre realidad y reflejo en un continuo cruzado de líneas que llevan a la originalidad a través de una hábil ambientación. La inquietud, paulatinamente, se va apoderando de las alegres melodías de ese Londres de aureolas frívolamente legendarias y, con dos pintas de cerveza a cuestas, no es fácil encontrar la salida directa a la calle y a la noche en vela. El éxito está esperando a la vuelta de la siguiente pasarela y no hay nada como resucitar algo viejo que estuvo de moda más de lo que creemos. Mientras tanto, querremos caminar por esas calles mojadas, luminosas y misteriosas, que esconden tantos secretos como cuchillos y el pasado, como siempre, tendrá una invitación a punto. Para bailar. Para cortar. Para sentir. Para morir.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

INSIGNIFICANCIA (1985), de Nicolas Roeg

 

Es una noche cualquiera en medio de una gran urbe. En un hotel de la ciudad, ocurre una insignificancia. Cuatro personajes que marcan el devenir de los tiempos son huéspedes a la vez. El profesor Albert Einstein, la actriz Marilyn Monroe, el jugador de béisbol Joe di Maggio y el Senador Joseph McCarthy. Quizá sean unas cuantas horas de relativismo en estado puro. Las dudas que despierta en su autor un discurso a favor del pacifismo, el estado de indecisión que destila una estrella después de rodar la icónica escena del aire surgido del metro en La tentación vive arriba y que ve cómo su matrimonio se derrumba, la determinación del deportista de hacer un último lanzamiento para intentar salvar todo lo que más quiere y la obsesión del senador por demostrar que ese judío científico no es más que otro rojo comunista se convierten en una lucha por la comprensión en un mundo que ya está de espaldas. En todos ellos, se esconden miedos muy profundos que se van revelando poco a poco, según van avanzando las múltiples conversaciones entre ellos. Se descubren sus tremendas debilidades y el servilismo hacia las apariencias hasta que, quizá, sólo haya una verdad indiscutible y, tal vez, horrorosa, pero habrá que hacerle frente igual que a la muerte.

Puede que a Einstein le persiga la deriva que han tomado todos sus descubrimientos. O que Monroe quiera sacudirse de encima la etiqueta de rubia tonta y demostrar que ella es capaz de comprender la teoría de la relatividad. O que Joe McCarthy sea un impotente que desee exteriorizar toda la frustración que siente recortando las libertades. O que Joe di Maggio sea una estrella mediática de carácter muy inseguro, con cierta inclinación a la violencia. Sin embargo, todas esas características son intercambiables porque esto es una ficción que sólo toma personajes reales alrededor de una insignificancia. No tiene la más mínima trascendencia. Es sólo una noche de diálogos. Una obra de teatro que sólo quiere poner de manifiesto que el pánico habita en todos y cada uno de nosotros y que no importa la altura en la que se nos ubique.

Michael Emil como Einstein, Theresa Russell haciendo una auténtica creación como Marilyn Monroe (una de las mejores que se hayan visto nunca, quizá sólo con el permiso de Michelle Williams en Mi semana con Marilyn), Tony Curtis como el Senador McCarthy y Gary Busey, tal vez el menos indicado, como el gran Joe di Maggio forman un cuadro de obsesiones al mando de Nicolas Roeg en una película que ha quedado olvidada en el fondo de muchas memorias. Y merece rescatarse porque, aún con momentos de humor, plantea algunas cosas interesantes, de cierto calado, sobre el escaparate que forman las personas, cómo se les ve y cómo se sienten, aunque todo sea una ficción que se deshaga con la luz del día. Es lo que tiene la fama, buena o mala. Es efímera. Es traidora. Y es sólo superficial.

Puede, eso sí, que la película requiera algo de preparación previa por parte del espectador que se acerque a verla. ¿Está usted preparado?


martes, 23 de noviembre de 2021

SU PROPIA VÍCTIMA (1964), de Paul Henreid

Ya es hora de vivir la vida que le hubiera correspondido a Edith. Hace años, cuando las arrugas y la amargura no habían aparecido, ella lo tenía todo para triunfar. Había conocido al hombre de sus sueños. Coronel del ejército, de familia adinerada, de modales caballerescos, con amor de por medio…Sin embargo, su hermana gemela se cruzó por el camino y, a través de una mentira, todo se fue al garete. El destino de Edith, desde ese momento, se torció por caminos oscuros hasta parar a un club de mala muerte en algún lugar de Los Ángeles. Y mientras, esa arpía de Maggie viviendo como una reina, en una casa de ensueño, rodeada de sirvientes y de sus estúpidos amigos de la alta sociedad, preocupándose tan sólo de elegir la próxima piel en su armario, perder el tiempo en alguna que otra peluquería de lujo y vestir a la última moda. Ya está bien.

No obstante, ocupar el lugar de otro de un día para otro, no es tarea fácil. Hay hábitos con el cigarrillo, bebidas espantosas, antiguos compromisos pendientes, costumbres religiosas y la indiscreta mirada de los criados. Incluso un amante más joven. Puede que tenga aspecto de gigoló algo estúpido, pero el fulano se da cuenta enseguida y lo que quiere, suele conseguirlo. Además, hay un policía que sentía algo por Edith y anda merodeando por ahí, haciendo preguntas que van de la nada más absoluta al algo más peligroso. ¿Y cuál será la combinación de la caja fuerte? ¿Cómo va a firmar los ansiados papeles de la herencia del marido de Maggie? Ni la propia Edith se cree cómo todos han sucumbido al engaño. Sólo está ese maldito conquistador que, por si fuera poco, también guardaba algún secreto inconfesable con Maggie. Al final, Edith será Maggie. Hasta las últimas consecuencias.

No cabe duda de que gran parte del atractivo de esta película se centra en el enorme doble papel que realiza Bette Davis, matizando a cada una de estas hermanas gemelas que intercambian sus propias vidas. La dirección de Paul Henreid, inolvidable Viktor Laszlo de Casablanca, es precisa y austera, sin grandes movimientos de cámara, más atento a la narración que a las formas. Karl Malden y Peter Lawford secundan con eficacia, haciéndose cargo de unos papeles que no tienen demasiada profundidad, pero que resultan fundamentales en la trama. El resultado es una película que se toma su tiempo para contar la intriga y eso aumenta, con acierto, la sensación de angustia a través de los ojos de una mujer que no tuvo suerte y ya está harta de no tenerla.

Así que es la hora de diferenciar entre dos gotas de agua y de acompañar en el trayecto a una dama que se encamina hacia el final sin reparación posible. La mentira sobre la mentira se acumula y ya no hay demasiado tiempo para dar marcha atrás. Aunque, tal vez, más vale ser reina por unos pocos meses que una vulgaridad prescindible durante toda la vida. Edith Philips lo va a intentar. Al fin y al cabo, no tiene mucho que perder. Sólo el cariño de un hombre.

viernes, 19 de noviembre de 2021

INTRIGA EXTRANJERA (1956), de Sheldon Reynolds

 

Un multimillonario muere y hay demasiadas preguntas sin responder. Sobre todo, una. ¿Dijo algo antes de morir? Eso es lo que pone a Bishop, su asistente personal, sobre la pista. Quizá Víctor Dannemore no era el hombre que decía ser. Quizá había más secretos de los que parecía. Quizá su matrimonio fue una farsa. Quizá su vida fue un chantaje permanente. Lo cierto es que Bishop se queda muy intrigado con un asunto que nadie conoce y que todo el mundo quiere. El hombre rico murió en sus brazos sin decir ni una sola palabra, pero parece que hay demasiados intereses en juego. Bishop se mueve rápido desde la Riviera hacia Viena y Estocolmo. Va a probar en sus propias carnes el precio de la vida acomodada que llevaba su jefe, la madera de la que está hecha su mujer y, de paso, cuál es el aspecto del amor.

Ocurre algo curioso con esta película. Tiene un planteamiento interesante, a Robert Mitchum se le ve cómodo y dando lo mejor con un buen puñado de miradas colocadas con sabiduría. La dirección, aunque un tanto bisoña en algunos momentos, resulta efectiva, disfrazando las localizaciones y dando al ambiente un aire muy europeo. Sin embargo, cuando se conoce cuáles eran los propósitos del millonario, la historia comienza una cuesta abajo sin frenos que, además, deja inacabado el argumento, abandonando al espectador con la apasionante trama que, en teoría, empieza por el final. El proyecto, escrito, producido y dirigido por Sheldon Reynolds, un oscuro realizador fascinado por la figura de Sherlock Holmes, toma partes prestadas de El tercer hombre, de Carol Reed y de Míster Arkadin, de Orson Welles, tiene una puesta en escena elegante, con ese color que sólo los años cincuenta fueron capaces de dar y, no obstante, no acaba de funcionar. El misterio se resuelve, parece que empieza una nueva intriga y ahí termina todo. La interpretación de Ingrid Thulin es excesivamente ingenua y ella no está bien maquillada y fotografiada siendo una mujer de una belleza excepcional. Demasiados elementos confluyen en esta película para hacer de ella algo contradictorio, que denota preparación, pero no todos los elementos encajan debido, principalmente, a la decepción que supone en su último tercio.

Y es que no cabe duda de que ninguna fortuna ha sido construida a base de mucho trabajo. Las trampas y la asociación con algunos personajes muy poco recomendables suelen ser bastante frecuentes en las altas finanzas que, por otra parte, es otra forma de llamar al chantaje. El espionaje es el nexo de unión entre la élite empresarial y el poder político y Europa acaba de salir de una guerra casi innombrable. La noche en Europa se cierne de nuevo porque siempre habrá intereses que traten de volver a dominar el panorama internacional. Y, a veces, evitarlo es cuestión de un solo hombre que decidió investigar ese universo de presiones alrededor de un multimillonario que, aparentemente, ha sufrido un ataque al corazón. Todos quieren saber si dijo algo. Más que nada porque, cuando eso sucede, cuando un hombre rico muere, todos quieren sacar algo más que el falso luto por su memoria.

jueves, 18 de noviembre de 2021

WAY DOWN (2021), de Jaume Balagueró

 

Asaltar uno de los bancos más seguros del mundo es una tarea reservada para los más osados que, además, deben tener un punto de privilegio en el pensamiento. No vale cualquiera y es mejor alejarse de posibles comparaciones con recientes y penosas series que también hablan de atracos con rehenes en casas de la moneda y demás zarandajas. No pasa nada por intentar describir un atraco perfecto en un escenario que no deja de ser impresionante. Aunque el escenario sea falso y el agua siga creciendo imparable.

No hay nada más confuso que la explosión de una multitud que está mirando hacia el gol que cambió nuestras vidas. Por supuesto, el sistema de seguridad está fuertemente vigilado y el asunto requiere de una planificación muy meditada. El secreto está en el equilibrio de la báscula de la justicia y se trata, simplemente, de ofrecer un producto entretenido, uno más de tantos, pero bien realizado, con un cierto sentido del ritmo en la mayor parte de la película y dejando un regusto de haber pasado un rato sufriendo con aquella leyenda que decía que las cámaras acorazadas del Banco de España estaban inundadas y que, por eso, era inexpugnable.

Uno de los secretos que esgrime el director Jaume Balagueró es la competencia mayoritaria en su reparto con Liam Cunningham aportando experiencia, Freddie Highmore con problemas para quitarse de encima la sombra de un buen médico, pero sin llegar a irritar, Luis Tosar siendo el español en su perfección, con un buen trabajo dentro de la ambigüedad y precisión de Sam Riley, con el oficio que demuestran tanto José Coronado como Emilio Gutiérrez Caba y con el desafine de una demasiado intensa Astrid Bergés-Frisbey que debería recibir alguna lección de relax de vez en cuando. Ah, y desde luego y sin ninguna duda, con la certeza de que hay que colgar del palo mayor del pecio más voluminoso posible al médico cirujano plástico que le tocó la cara a Famke Janssen. Por lo demás, con sus tópicos incluidos, la historia funciona bien, sin estridencias, dando lo que se espera de ella sin grandes estridencias y, eso sí, con algún que otro detalle en su último tercio que desluce su resultado final. No podía ser menos teniendo a la justicia mirando mientras el pozo de la multitud grita con sus aullidos y sus fiestas en un momento que algunos todavía recordamos con los pelos como escarpias y la emoción rozando la lágrima.

Así que no hay más que resolver los problemas con una identificación clara de los mismos. No cabe duda de que la antigua sede del Banco Urquijo en la calle Alcalá esquina a Barquillo, hoy casa central del Instituto Cervantes, ha sido convenientemente aprovechada por Balagueró para poner en pie toda su puesta en escena con mucha habilidad y que se acude a homenajes y referencias a películas como Con el agua al cuello, de Stuart Rosenberg o, de modo más evidente, a Ocean´s Eleven, de Steven Soderbergh. Nada molesta demasiado y, en algunos instantes, el disfrute se instala con facilidad en medio de la visión. Sin pretensiones, salvo, quizá, recordar aquel día de gloria del 11 de julio de 2010 y ofrecer una producción cuidada y entretenida de algo que, tal vez, se ha visto unas cuantas veces. Y no es poco. Aunque haya algo en la resolución que no convenza demasiado y tengamos la impresión de que acarrear con unas cuantas bombonas de nitrógeno no sea tan fácil para un hombre solo.