miércoles, 21 de octubre de 2026

EL CUARTO PROTOCOLO (1987), de John McKenzie

 

Aprovechar el inmenso poder para realizar tu propia acción agresiva sin permiso de la oficialidad. Ahí se resume la esencia en la que se tienen que mover los servicios secretos sin violar el último protocolo de control de armas nucleares. El plan es fácil. Se envía a un agente con un dominio total de la lengua inglesa, se le coloca cerca de una base aérea de la OTAN y se fabrica allí mismo una bomba nuclear con las piezas llevadas por partes. Es tan sencillo que asusta. La OTAN no tendrá más remedio que contestar, puede que el gobierno soviético caiga y así la confrontación será inevitable. Un plan perfecto con muy poco esfuerzo.

No obstante, hay algunas personas que se están dando cuenta de que una operación muy oscura se está cociendo en los pasillos inaccesibles del poder en la sombra. Por parte soviética, un alto funcionario del espionaje ruso ve movimientos raros, con la captación de agentes que estaban siendo preparados para otras misiones más adecuadas para la paz o por el extraño envío de correos durmientes con las distintas piezas, impensablemente pequeñas, para fabricar la consabida bomba. En el lado inglés, un tipo inteligente que ha sido defenestrado a la vigilancia de puertos y aeropuertos sospecha ladinamente de la muerte extraña de un marinero. Dos y dos son cuatro, por mucho que sus superiores quieran que dé tres.

Basada en la novela de Frederick Forsyth, hay que reconocer que El cuarto protocolo es una buena película de espionaje. Y resulta aún más convincente en toda la parte interpretada por Michael Caine. Ese John Preston que es capaz de destapar la filtración de información de un ingenuo funcionario que cree que Sudáfrica es un régimen que hay que defender y que, más tarde, es trasladado y ve indicios de una conspiración peligrosísima para desencadenar la Tercera Guerra Mundial, es un personaje que se mueve por los cánones de la lógica, a menudo obviada por superiores que están más pendientes de su futuro profesional o de la conveniencia de valorar posibles objetivos para que encajen con los del gobierno de turno, es un hombre que valora su escasa felicidad personal y que se mueve con una gran profesionalidad en los abismos del contraespionaje. En el lado opuesto, es necesario nombrar a Pierce Brosnan, convincente como el agente ruso encargado de la construcción de la bomba, frío y sin motivos personales salvo su propia satisfacción. Notable interpretación antes de dar el salto a la serie Bond. Además, habría que nombrar las muy ajustadas interpretaciones de Ray McAnally como el General Karpov y de Ian Richardson, excelente como Nigel Irvine, cargos homólogos en sus respectivos bandos, que juegan con las piezas humanas como si fueran figuras de ajedrez en un interminable partido de tira y afloja que, por otro lado, se antoja como necesario para el equilibrio mundial.

Así que estén atentos a los pequeños detalles y, por supuesto, hagan una planificación correcta y minuciosa de lo que piensan hacer. A veces, esa es la diferencia entre la vida y la muerte. No vayamos a saltarnos de golpe todos los protocolos que nos mantienen vivos.

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