Aprovechar el inmenso
poder para realizar tu propia acción agresiva sin permiso de la oficialidad.
Ahí se resume la esencia en la que se tienen que mover los servicios secretos
sin violar el último protocolo de control de armas nucleares. El plan es fácil.
Se envía a un agente con un dominio total de la lengua inglesa, se le coloca
cerca de una base aérea de la OTAN y se fabrica allí mismo una bomba nuclear
con las piezas llevadas por partes. Es tan sencillo que asusta. La OTAN no
tendrá más remedio que contestar, puede que el gobierno soviético caiga y así
la confrontación será inevitable. Un plan perfecto con muy poco esfuerzo.
No obstante, hay
algunas personas que se están dando cuenta de que una operación muy oscura se
está cociendo en los pasillos inaccesibles del poder en la sombra. Por parte
soviética, un alto funcionario del espionaje ruso ve movimientos raros, con la
captación de agentes que estaban siendo preparados para otras misiones más
adecuadas para la paz o por el extraño envío de correos durmientes con las
distintas piezas, impensablemente pequeñas, para fabricar la consabida bomba.
En el lado inglés, un tipo inteligente que ha sido defenestrado a la vigilancia
de puertos y aeropuertos sospecha ladinamente de la muerte extraña de un
marinero. Dos y dos son cuatro, por mucho que sus superiores quieran que dé
tres.
Basada en la novela de
Frederick Forsyth, hay que reconocer que El
cuarto protocolo es una buena película de espionaje. Y resulta aún más
convincente en toda la parte interpretada por Michael Caine. Ese John Preston
que es capaz de destapar la filtración de información de un ingenuo funcionario
que cree que Sudáfrica es un régimen que hay que defender y que, más tarde, es
trasladado y ve indicios de una conspiración peligrosísima para desencadenar la
Tercera Guerra Mundial, es un personaje que se mueve por los cánones de la
lógica, a menudo obviada por superiores que están más pendientes de su futuro
profesional o de la conveniencia de valorar posibles objetivos para que encajen
con los del gobierno de turno, es un hombre que valora su escasa felicidad
personal y que se mueve con una gran profesionalidad en los abismos del
contraespionaje. En el lado opuesto, es necesario nombrar a Pierce Brosnan,
convincente como el agente ruso encargado de la construcción de la bomba, frío
y sin motivos personales salvo su propia satisfacción. Notable interpretación
antes de dar el salto a la serie Bond. Además, habría que nombrar las muy
ajustadas interpretaciones de Ray McAnally como el General Karpov y de Ian
Richardson, excelente como Nigel Irvine, cargos homólogos en sus respectivos
bandos, que juegan con las piezas humanas como si fueran figuras de ajedrez en
un interminable partido de tira y afloja que, por otro lado, se antoja como
necesario para el equilibrio mundial.
Así que estén atentos a los pequeños detalles y, por supuesto, hagan una planificación correcta y minuciosa de lo que piensan hacer. A veces, esa es la diferencia entre la vida y la muerte. No vayamos a saltarnos de golpe todos los protocolos que nos mantienen vivos.

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