martes, 26 de noviembre de 2019

MIDNIGHT SPECIAL (2016), de Jeff Nichols



El secuestro de un niño. Pero él no se rebela. Una extraña secta que celebra una especie de misa interrumpida por el FBI. Un experto de la Agencia de Seguridad Nacional que trata de conocer cuáles son las habilidades de la víctima. Tal vez porque fue adoptado por el jefe de la secta aunque sus padres pertenecían a ella. Un hombre desesperado. Otro que es capaz de llegar más allá de lo razonable sólo por amistad. La luz del sol que hiere al niño. Un bombardeo en una gasolinera provocado por el chaval. Muchas piezas para un rompecabezas que no es fácil de encajar porque, tal vez, haya otro mundo esperando en algún lugar. Seres de luz capaces de cosas maravillosas que reclaman a su igual en un punto donde las coordenadas se repiten como una letanía y parecen llamar a una cita imposible. El chico es especial. Tan especial como la medianoche. Tan especial que una mirada suya puede vaciarte el pensamiento y convencerte de que algo hay más allá de nuestra propia dimensión. Un viaje apasionante que sólo la luz podrá resolver. Una pequeña maravilla de película.
El peligro de las sectas se hace presente porque no pueden admitir que su pequeño mesías haya sido secuestrado por su padre. No, no le van a dejar en paz porque, para ellos, el chico es la única verdad. Enorme, inasible, inalcanzable. Un nuevo Cristo en un mundo que se empeña en agredir todo lo que es diferente. La policía también se aplica en la búsqueda y todo se reduce en llevar al niño al lugar al que pertenece. Un sitio extraordinario donde prima la armonía y la calma, justo encima de nuestro mundo y de nuestra vida, como si la perfección y el caos estuvieran separados por una fina línea que el chico debe atravesar. Implicará sacrificio. Habrá que mirar en el interior de las almas para saber si es posible. Se deberá derrochar paciencia para descifrar alguna de las claves que plantea la infancia. Aunque la recompensa sea algo tan pequeño e insignificante como el saludo de la cálida luz del sol, como un mensaje de cariño que se prolongará para siempre. Sí, el chico es especial. Y nunca abandonará a los que le quieren en medio de la noche.
No cabe duda de que Jeff Nichols es uno de los cineastas más interesantes del momento y que lo ha demostrado con creces con títulos como Take shelter o Loving. En esta ocasión, vuelve a hacer caso a los que se saben diferentes para tratar de apelar a las miradas de comprensión de todo el entorno. Michael Shannon es el guía de un viaje que resulta tan misterioso como apasionante y Kirsten Dunst sabe verter las suficientes gotas de emoción como para que las sensaciones se agolpen pidiendo salir a gritos. A su lado, Joel Edgerton sabe demostrar, con gestos justos y muy medidos, hasta dónde puede llegar el aprecio y la amistad y Adam Driver es capaz de maravillarse con el hecho incógnito y precioso al que tiene el privilegio de investigar. Lo cierto es que es una película bien llevada, bien realizada, con sobriedad y precisión y con la suficiente maestría como para saber que es algo especial en la noche.

SOMBRAS DE SOSPECHA (1961), de Michael Anderson



Un juicio y todo es muy confuso. George Radcliffe declara como testigo y condena a un hombre a prisión. Está convencido de que lo que ha dicho es verdad. Sin embargo, su esposa, al cabo del tiempo, comienza a dudar. No puede ser sólo casualidad que, a partir del crimen, George haya prosperado hasta convertirse en un rico empresario. Hay pistas que no están del todo claras y el acusado no ha dejado de clamar por su inocencia. Y George, maldita sea, tampoco da demasiadas explicaciones sobre lo que realmente pasó. Quizá porque también exige una prueba de amor y no es otra que su esposa le crea, esté convencida de que su marido es un hombre honrado y de que lo que ha conseguido ha sido por un golpe de suerte y, después, una buena gestión. Allí mismo, en la antesala del tribunal, también estaba el que iba a ser socio de George. Londres parece acusar con la misma seriedad que su apariencia y las noches comienzan a ser largas, penosas, angustiosas. La mujer se plantea la posibilidad de vivir con una mentira. Su marido es un asesino y debe pasarlo por alto. ¿Tan lejos llega la sospecha? George lo sabe y tampoco puede admitirlo. No es capaz de vivir con una mujer que calla por seguridad aunque él mismo sepa que no hizo nada, salvo estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno. Hubo dinero en el crimen. Hubo envidia. Hubo rencor. Y George tendrá que demostrar con algo más que con hechos que él no ha hecho daño a nadie, salvo, quizá, al propio acusado.
Y tampoco ayuda la amiga de la esposa. Con sus comentarios algo insidiosos, siembra semillas de sospecha, cree verle en un taxi en pleno Londres cuando debería estar en París. Hay otro extraño personaje, un antiguo abogado caído en desgracia, que quiere hacer chantaje. Habrá que estar pendiente sobre cualquier palabra de más. Y afilar bien la navaja, calentar cuidadosamente el agua y moverse con sumo sigilo entre las sombras de la suntuosa casa del matrimonio Radcliffe. No, no puede ser un asesino. ¿O sí? Sólo acercarse a un acantilado ya es motivo suficiente como para que la inquietud aumente la sensación de que ella está en peligro si averigua todo. Las sombras de sospecha se multiplican y no hay nadie a quien acudir.
Esta fue la última película que rodó Gary Cooper. Mientras trabajaba en ella, ya sabía que estaba enfermo y aplicó su rostro y su sentimiento a la ambigüedad que emanaba de su personaje. A su lado, Deborah Kerr, con los ojos en busca de respuestas que nunca llegan, tratando de encontrar un asidero con el que exculpar a su marido. Un poco más atrás, un fascinante Michael Wilding, cínico y atractivo, tratando de establecer conexiones a pesar de la brevedad de su cometido. En la dirección, Michael Anderson, que intenta mesurar la tensión con cierta maestría hasta llegar a una torpe resolución final. En la producción, Marlon Brando en una de las escasas incursiones fuera de su propio lucimiento a través de su productora, la Pennebaker Productions. El tiempo y la muerte de Gary Cooper han enterrado este título en la penumbra cuando contiene una de las interpretaciones más conmovedoras y acertadas del actor. Y no cabe duda de que, en determinado momento, se llega a pensar en lo peor porque cuando alguien te quiere hasta el silencio es cuando se deben dar todas las explicaciones necesarias.

viernes, 22 de noviembre de 2019

LE MANS 66 (2019), de James Mangold



La pasión por la velocidad es algo que ha movido a la raza humana desde siempre. Y es aún más obsesiva cuando un puñado de soñadores decide romper el monopolio de victorias de Ferrari para fabricar un coche competitivo que se convierta en leyenda. Sin embargo, en el sueño, suele haber demasiados intereses creados porque, al fin y al cabo, lo que se quiere es vender. No valen excusas como el deporte, o la venganza por no acceder a un proyecto, o la gloria. Lo único que cuenta es la cifra de ventas amparándose en la marca que ha conseguido ganar en las veinticuatro horas de Le Mans.
Para conseguirlo, no sólo hay que contar con un entregado equipo de ingenieros y unos cuantos millones de presupuesto. Las personas indicadas son algo imprescindible si se aspira estar en lo más alto del podio. Alguien fascinado por los ruidos del motor, por el comportamiento de un coche cuando se le está exigiendo algo más de lo que es capaz de dar, y, también, por qué no decirlo, un lubricante de amistad que esté más allá de los enfados, del egoísmo personal, de la ceguera que suele producir el dinero a espuertas. Debe haber unos cuantos tipos que pongan a la velocidad como medio y no como fin y dispuestos a lamerse mutuamente las heridas cuando la derrota realiza su pesarosa visita. El motor ruge. Las personalidades se disparan. El asfalto se devora. Las ruedas se desgastan. Los frenos se queman. Los motores se rompen. El trayecto es lo que realmente importa.
James Mangold, conocido director del que cabría destacar aquella Copland en la que consiguió arrancar la que sea, posiblemente, la mejor interpretación de Sylvester Stallone, se ha hecho cargo de esta película con agilidad, con planos dinámicos, con narración suelta y montaje de carreras. Todo funciona con notable eficacia. Para ello, cuenta con interpretaciones ajustadas de Matt Damon y de Christian Bale, éste al borde de ese histrionismo tan querido para él, pero que, en esta ocasión, lo pide el personaje. Ambos componen una pareja de intrépidos dispuestos a saltarse los límites de las siete mil revoluciones por minutos y exigir el máximo al motor de una historia que funciona sin fisuras, sin llegar a la zona roja de sobrecalentamiento de las piezas, pero interesante en todo momento.
Y es que es muy difícil conseguir que un coche sea la prolongación de uno mismo, conocer sus puntos flacos y repararlos al instante con un diagnóstico sin dudas. El espíritu de Howard Hawks y una de sus más desconocidas películas, Peligro línea 7000, está presente en este viaje hacia lo imposible y se tiene una cierta sensación de que el verdadero peligro no es la competencia con otras escuderías, sino los propios ejecutivos de traje, corbata y chófer que tratan de torpedear cualquier intento que no pase directamente por sus manos. La admiración privada se queda en las cuatro paredes del hogar y, quizá, se intuye que la velocidad es un veneno que no es tan fácil abandonar. Siempre se quiere más, llegar más lejos, lo más rápido posible, con la mejor máquina, con el miedo dominado y el cambio de marchas al rojo vivo. Un trayecto lleno de peligros y de direcciones de doble sentido que hay que sortear a través de la experiencia y de la sabiduría natural de unos tipos que nacieron con un volante entre las manos. Más allá de eso, sólo hay que recoger la corona de vencedor cuando se sabe que se hizo lo debido y cuando la amistad quedó como inspiración para todo lo que vino después.

jueves, 21 de noviembre de 2019

EL IRLANDÉS (The Irishman) (2019), de Martin Scorsese



Frank Sheeran era el hombre que limpiaba los trapos sucios de la Mafia en Filadelfia. Él pintaba casas con un color nuevo. Un rojo sangre salpicado. Lo hacía limpiamente. Sin preguntarse demasiado los porqués y siempre meditando los cómos. Consideró que era su oportunidad dentro del sistema. Al fin y al cabo, había matado por su país en Europa así que ¿por qué no hacerlo en las calles a cambio de una buena cantidad de dinero? Y, además, el revólver no siempre era su lenguaje. A menudo, llevaba recados de aquí para allá. Cobraba deudas. Disparaba a traidores. Era el fontanero ideal que desatascaba cualquier situación. Era una especie de emisario del infierno, enviado por el mismísimo diablo.
De adelante hacia atrás y luego hacia los lados, Sheeran va recordando sus acciones y también ajusta cuentas con su propia existencia. No se arrepiente de lo que hizo salvo, quizá, en una sola ocasión. La amistad, a veces, tira mucho y no es fácil disparar contra alguien sólo para probar su propia lealtad. Esos tipos que se reunían en restaurantes y nunca decían a las claras que había individuos que debían desaparecer se comunicaban con miradas. Se podía decir que sólo había que aclarar cómo estaba el tema. O que había que conseguir unos billetes para Australia. Al fondo, sustentándolo todo, la historia de un país que todo lo consiguió a base de corrupción, muerte y chantaje. La democracia perfecta.
Sí, son tres horas y pico, pero, al ver esta película, uno vuelve a sentir que está asistiendo a algo muy parecido al cine de verdad. Martin Scorsese juega en otra división y recoge verdadero arte con sus imágenes, por mucho que la técnica del rejuvenecimiento informático acartone la expresión. Y, para ello, cuenta con el increíble trabajo que realizan Robert de Niro, Joe Pesci y Al Pacino. Y como Scorsese lo sabe, la película experimenta un ascenso vertiginoso desde el mismo momento en que ya no hay tecnología de por medio y les vemos con todos sus gestos, sus matices, su sabiduría y su impresionante capacidad para decir todo con los ojos. Con esta película, el director italoamericano realiza su Ciudadano Kane porque tiene más de un punto de contacto con la cinta de Orson Welles, retratando el lado más oscuro de la tierra de las oportunidades, esa misma que, llegado el momento, te despachaba con un tiro en la nuca.
Nada sobra, nada falta. La banda sonora, utilizando incluso la canción de La condesa descalza, de Joe Mankiewicz, funciona como elemento de enlace y de clima, el guión de Steven Zaillian es brillante y, por momentos, verdadero. Visualmente, Martin Scorsese vuelve a dar un par de lecciones y casi hay que pellizcarse para comprobar que se está viendo algo tan perfecto en composición y planificación. Es como planear cómo se va a asesinar a un elemento molesto en la estructura del negocio en apenas tres horas, con coche, avión y remordimiento incluidos.
Es peligroso persistir en determinadas actitudes cuando se avisa en repetidas ocasiones que es mejor dejarlo. Las simpatías equivocadas también pueden traer desprecios permanentes y, tal vez, ese emisario que llevaba mensajes de amenazas y de muerte, pudo llevar otra vida que hubiera sido más feliz. Frank Sheeran dejó tras de sí un rastro de sangre que no lleva a la puerta entreabierta del cielo aunque a él le gustó pensar que pudo ser así. Sólo cumplía órdenes y mantenía lealtades. Un par de virtudes muy preciadas en el ambiente del hampa americana. 

miércoles, 20 de noviembre de 2019

EL ÚLTIMO CABALLO (1950), de Edgar Neville



A los amigos no se les abandona. Por eso, cuando Fernando termina el servicio militar y se da cuenta de que el caballo en el que ha estado haciendo las guardias, le van a mandar a un matadero para hacer filetes, decide quedarse con el equino. Bucéfalo ha sido para él confesor, consejero, amigo y montura y se merece algo más. Crasa tarea para Fernando. El mundo ya no es lo que era y en Madrid ya no hay sitio para los caballos. Sólo coches, ruido, humo, atascos y deshumanización. O, mejor, descaballización. Ya no hay establos en los que Bucéfalo pueda descansar. Ya no hay esa cercanía con la simple y buena gente que terminan siempre ayudándose unos a otros. Madrid ha dejado de ser un pueblo y Fernando no sabe dónde meter su caballo. Jolines, si hasta ha dejado a la novia con la que se iba a casar con tal de quedarse con él. Y ahora esto. Todo es asfalto y prohibición. El placer de ir paseando por cualquier avenida a lomos de un jamelgo es cosa del pasado. Los tiempos lo engullen todo y Fernando se resiste a darse por vencido. Madrid es impersonal y frío. Ya no es lo que era. Pasa un porrón de meses en el servicio militar para esto, para que luego te digan que lo van a motorizar todo y al pobre Bucéfalo lo sacrifiquen. Estúpido mundo que no sabe a dónde va.
Dicen que la luz de Madrid es muy dura, pero, de vez en cuando, también destellan por el horizonte algunas lucecitas que dan sentido a todo y que alumbran allá por donde pasan. Fernando se encuentra con Isabel y, de repente, el problema se vuelve más fácil. A Bucéfalo no le importará trabajar y aún hay una pequeña prórroga para los románticos que anhelan volver a tener amistad con el vecino, a dejarse unos garbanzos para el cocido o a vender unas cuantas flores a cambio de unas pocas pesetas. Fernando consigue más de lo que pensaba. No sólo tiene a Bucéfalo a su lado, trotando despacito por las calles de Madrid. También tiene a Isabel con una sonrisa que hace que todo parezca menos gris y tenga más luz. Sí, Isabel es un ser lleno de luz. El último caballo seguirá recorriendo las calles de la capital mientras haya alguien así.
Edgar Neville, con una enorme valentía, se atrevió con un guión escrito por él mismo y, posiblemente, hizo la primera película ecológica del cine español, reivindicando la sencillez de la gente bondadosa, la permanencia de animales queridos que no sólo brindaron su trabajo y su esfuerzo para que se pudiera progresar, la paciencia para conversar con éste y con aquél con tal de que, de alguna manera, se llegasen a sentir acompañados. El último caballo fue la primera película española que se presentó en el Festival de Cannes, aunque fuera de concurso, y cosechó una ovación de gala. Tal vez porque, a pesar de que el protagonista fuera un caballo, todos nos sentimos algo perdidos en estas enormes urbes que han renunciado a muchas cosas buenas.

martes, 19 de noviembre de 2019

EL DESAFÍO DE LAS ÁGUILAS (1968), de Brian G. Hutton



La misión requiere a unos cuantos profesionales que no pestañeen a la hora de poner una bomba o de apretar el gatillo a fondo hasta que el cargador esté vacío. Es allí arriba, en el castillo de las águilas, donde hay un general prisionero y, aprovechando que los paracaídas caen en Alemania, desenmascarar a un traidor que está haciendo la vida imposible en el Alto Mando británico. Incluso se deben permitir el lujo de traer a un comando americano para acompañar a los ingleses. Sin embargo, según avanza la incursión, nada es lo que parece y el doble y triple juego de los espías, juego sucio en una guerra aún más sucia, se hace presente con total naturalidad. La tabernera inteligente y atractiva, el polizón que también salta, la misteriosa muerte de un miembro de la patrulla, la atractiva tranquilidad del Mayor Smith que suelta, sin moverse un músculo de la cara, que es el hermano de Himmler, los traidores que muestran sus cartas, el Mayor Smith, implacable, que también decide apostar…Y comienza la aventura en un risco imposible, al que sólo se puede acceder a través de un delator funicular en el que, por supuesto, no falta el consabido forcejeo que termina con algún cuerpo precipitado al vacío. Y, la verdad, ya no se hacen películas así.
Lo trepidante es la consigna y no hay un minuto de respiro, tampoco una verdad dicha completamente, y aún menos la seguridad de que todo vaya a salir bien porque hay enemigos por todas partes. Un salto en el corazón de Alemania para rescatar a un general que coordina las fuerzas que, en breve, desembarcarán en Normandía. De suicidas. O, en todo caso, de locos. No, más bien de águilas que deciden poner en jaque a toda una guarnición usando armas como la frialdad y la osadía. Y no cabe duda de que no se debe bajar la guardia en ningún momento, ni siquiera al final, cuando todo parece ya haber terminado. Algún rasguño que otro y la certeza de que se ha dado un paso más hacia la victoria en la guerra. Aunque sea abriéndose paso con un autobús quitanieves.
Basada en una novela de Alistair MacLean, uno de los novelistas más leídos en los años sesenta y autor de otros relatos también adaptados al cine como Los cañones de Navarone, Estación Polar Cebra u Operación: Isla del Oso, Brian G. Hutton dirigió esta operación relámpago de rescate con Richard Burton al mando y hábilmente secundado por Clint Eastwood. El resultado final es una película de aventuras brillante, absorbente, que no deja ni un solo respiro en su mitad final y que nos devuelve la tensión con un ligero sentido del espectáculo que, en muchas ocasiones, se echa en falta. Al fin y al cabo, no todos los días se tiene la oportunidad de ver volar a unas águilas por encima de las más altas cumbres, cazar su presa y emprender de nuevo el vuelo con la respiración liberada tras dos horas y cuarto de persecuciones, explosiones, trampas, traiciones, disparos, dobleces y bravuras. Su desafío hay que aceptarlo obligatoriamente.

viernes, 15 de noviembre de 2019

UN FUNERAL DE MUERTE (2007), de Frank Oz



En un principio, el dolor lo puede todo. Al fin y al cabo, ha fallecido una persona muy querida. No sólo por sus hijos y por su mujer, sino por todo el entorno que ha estado compartiendo sus mejores momentos (y, también, algunos malos). Lo que pasa es que la muerte, a veces, se dedica a sonreír y no sabemos reprimir las carcajadas cuando asistimos al paisaje pintoresco de unos cuantos personajes que no saben o no pueden comportarse como es debido. Ahí está Simon, un tipo inseguro aunque bueno que, por error, se mete una pastilla de ácido creyendo que es un valium y, de ahí, su fascinación por el verde y por estar en paños menores en lo alto de la casa. O Howard, el típico tío que siempre está donde no debe, incluso poniendo la mano. O Justin, que se acerca hasta el funeral sólo para ver si puede ligar como es debido con Martha que, a su vez, quiere casarse con Simon. O Troy, ese chico brillante que estudia farmacia y que, en sus ratos libres, se dedica a fabricar drogas alucinógenas. Y, sobre todos ellos, ese tipo bajito…más bien enano, que nadie conoce y que, sin embargo, parece conocer al difunto mejor que todos los demás. Habrá que andarse con mucho cuidado.
Y todo esto lo observa Daniel que, por increíble que parezca, es el único que es un poco más normal. El caso es que él sólo quiere pronunciar un panegírico por su padre y que todo vaya como la seda y, unas veces por el muerto y otras por los que le caen, no puede y no sale. La locura se instala en medio del dolor y resulta que el muerto escondía cosas muy sorprendentes, los invitados corren de aquí para allá como despavoridos, el tío bajito dice no sé qué de unas fotos y que quiere cobrar parte de la herencia porque, al fin y al cabo, el que ha aguantado al muerto más tiempo es él. Y todo acaba por ser el muerto al hoyo y el vivo al bollo y aquí hay más bollo que hoyo porque, llegada la hora de la verdad, nadie se acuerda para qué ha venido, ni siquiera el tío Alfie, que debe buscar un baño con verdadera urgencia.
Con notable elegancia, Frank Oz dirige esta película de producción británica y que no duda en utilizar todo el humor negro inglés para poner en ridículo la pompa y circunstancia de la muerte cuando lo más bonito y, posiblemente, lo que todos pidamos en nuestra última hora sea que alguien nos recuerde con cariño. ¿Tan difícil es? Pues sí y aquí tienen una prueba evidente. Todos inmersos en sus propios problemas para que, luego, nadie se acuerde de para qué han venido. Ni siquiera el hermano de éxito que, para más escarnio, resulta que es un bala perdida que se gasta todo lo que gana y no puede ni pagar el funeral. No lloren, señores, más vale reírse. Seguro que es el mejor homenaje para alguien que, seguro, ha dejado su huella.