Doce hombres justos no
pueden equivocarse. A pesar de que las evidencias son claras, la duda razonable
es como el aire del humo de la ciudad, siempre permanece hasta que aparece la
lluvia. Puede que éste sea un juicio rutinario. El acusado es un joven que ha
crecido en un barrio marginal, que ha sido golpeado y marginado por su familia
y por la sociedad y que, con toda seguridad, no ha podido más. No ha sido capaz
de fabricarse una coartada, ni de recordar dónde perdió el arma homicida. No
tiene defensa posible. Por eso, la esperanza suele habitar en el algún rincón
del destino y entre esos doce hombres que tienen que decidir sobre la muerte de
un chico…puede que haya uno que vea un poco más allá de los demás, que haya
decidido demostrar que hay puntos de flaqueza en una acusación que se muestra
tan convencida de la razón. Para ello tendrá que batallar, exponer sus
argumentos de una forma que todos lleguen a entenderlo. A nadie le gusta
cambiar de opinión sobre algo que se puede ver de forma tan cristalina. Allí,
en una sala de deliberaciones de un jurado, se librará un combate entre la
razón y el empecinamiento. Y las pruebas tendrán que ser puestas en duda una
por una.
Todos, los doce
hombres, están allí por obligación porque la democracia también exige
cumplimientos del deber público. Usted sí, usted no, no me entiende, le voy a
matar, esto no es serio, vámonos que estamos perdiendo el tiempo. La vida de un
hombre bien merece un par de horas de discusión. Escudriñar planos de vivienda
y establecer la fiabilidad de un testigo que renquea de una pierna. Utilizar la
lógica para desmontar el testimonio de una testigo ocular que vio el crimen
desde su ventana. Establecer que esa navaja que acaba por ser una pieza de
convicción puede adquirirse a poco que uno se pasee hasta el conflictivo barrio
del chico…cada uno aportará su experiencia, o su punto de vista, o su frialdad
ante el hecho terrible de hacer depender la vida de alguien de lo que otro
piense o tenga asimilado en su interior. Incluso los hay que actúan por
venganza. Estos chicos, ya no son lo que eran, ya no dan importancia al
respeto, ya no escogen la rectitud de hacer que el comportamiento en una
sociedad sea el que se espera de ellos. Todo porque la duda razonable siempre
va a existir en cada uno de los ámbitos de la vida. Y no siempre es para algo
positivo.
Para aquellos a los que les gusta el cine, invito a cualquiera a que se fije en la técnica que emplea el director Sidney Lumet en esta película. Su repertorio de planos es tan impresionante que deja a cualquier otro en un simple aprendiz. Sin embargo, eso no es todo. La dirección de actores es espectacular, sacando un momento brillante de cada uno de ellos, o varios según sea el personaje. Por supuesto, por encima de todos, está Henry Fonda como ese jurado número ocho…porque ninguno de ellos tiene nombre. Sólo son números en la maquinaria democrática del juicio por jurado. La ciudad espera. Y puede que, incluso sus nombres, sean sólo una agradable forma de presentación porque más de uno puede que haya aprendido algo en esa sala de deliberaciones.

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