viernes, 29 de noviembre de 2013

LOS JUEGOS DEL HAMBRE: EN LLAMAS (2013), de Francis Lawrence



Apenas fue ayer cuando el juego de la supervivencia fabricó a una heroína. Y, sin embargo, algo ha madurado en su mirada. Se ha hecho más dura, más implacable, más segura. Sabe que participar en los juegos del hambre fue una de las experiencias más terribles a las que se puede someter un ser humano y no querría, por nada del mundo, volver a ellos. No es posible que eso suceda. Una vez y solo una vez. Incluso haciendo una gira por todo el país diciendo lo que ellos quieren que diga…No, no, volver a matar es imposible.
Pero es que ella no es solo una heroína. Es un símbolo. Es la certeza de que, dentro de todos, existe una rebelión que lucha por salir a la luz. Ella recuerda a la gente del pueblo lo grande que es solo con existir. Y lo que hay que hacer es apagar cualquier llama de recuerdo. El pueblo no debe tener sentimientos, debe acatar las órdenes. Ella no lo hizo y, de alguna manera, triunfó. Por eso, es peligrosa.
Todo el mundo sabe que las rebeliones prenden cuando hay un solo detalle que enciende la mecha de la injusticia. Algo que, por muy leve que sea, lo único que hace es rebosar el vaso. Y hay que evitar que eso se produzca. Ella debe concursar de nuevo, volver a pasar por todo en un juego de campeones. No podrá durar. No deberá durar.
Hay que reconocer que esta segunda parte de Los juegos del hambre tiene más calidad, más intensidad y más conjunción que aquella fábula sobre la importancia de la individualidad que tanto calaba en los jóvenes de la primera entrega. Aquí hay un instinto mayor de equipo, la interpretación de Jennifer Lawrence es más convincente porque es una actriz que ha crecido desde entonces. En algunos planos se resalta la fiereza de un rostro que llega a ser agresivo a pesar de su aparente dulzura. La película planea más sobre el instinto de equipo, mucho más realista y menos adolescente, que en el interminable juego de tiro al pavo en el que se convirtió la primera. Y lo que es aún más importante: Francis Lawrence no menea tanto la cámara.
Bien es verdad que se desvela ya demasiado el personaje de Donald Sutherland, apenas cincelado antes, que se mueve mucho más cómodamente en los terrenos de la ambigüedad que en los de la evidencia y, por tanto, pierde atractivo en esta ocasión. La presencia de Philip Seymour Hoffman es anecdótica más que otra cosa, previsiblemente presentando al personaje para desempeñar un papel fundamental en la tercera parte que aún está por venir. Hay una cierta imaginación en algunos pasajes pero, sin embargo, se dejan de lado cosas interesantes como la presencia de los patrocinadores, o algunas estupideces que se pasan por alto como el rechazo que se experimenta hacia la protagonista que se vuelve en admiración por una exhibición de entrenamiento del tiro con arco. Pero, en general, el conjunto es mejor, está más encajado y, quizá, se disfruta un poco más como espectador normal y corriente y no lleno de acné juvenil.
Así que la rebelión va tomando forma porque la realidad, poco a poco, se va acercando a todos y cada uno de los miserables que forman parte del pueblo. Una chispa es suficiente para expresar la disconformidad, el no definitivo, la aportación de un granito de arena que se vuelve en semilla de motín cuando ella, solo ella, la chica en llamas, sabe que la victoria no es suya, es de todos los que han puesto la esperanza en un mañana diferente. Esperanza, la riqueza de los pobres, la palabra que siempre está ahí pero que se esfuma como humo ante ventisca. Ella, sin embargo, representa, a cada triunfo, una razón para que la esperanza crezca. Y eso es algo que no tiene flechas, ni blancos, ni razones, ni violencias. Es el deseo de un futuro mejor que el que nos ha reservado una clase dirigente que merece un declive como el del imperio romano. Solo así conseguiremos mirar al cielo y verlo azul. Hoy, todavía, sigue estando en llamas.

jueves, 28 de noviembre de 2013

PLAN EN LAS VEGAS (2013), de Jon Turteltaub

No es fácil llegar a una edad en la que el hijo te trata como si fueras un niño, o en la que te ves incapaz de llegar a ninguna parte con tu mujer no por una cuestión física, sino por otra de ilusión; o en la que soledad te recuerda a cada instante que no tienes a nadie salvo a tus recuerdos; o, si nos ponemos picajosos, en la que sientes la necesidad de casarte con una chica mucho más joven para decirte a ti mismo que no eres tan viejo. El caso es que aún es mucho más difícil tener un reparto con nombres como Michael Douglas, Kevin Kline, Morgan Freeman y Robert de Niro y hacerlo rematadamente tan mal.

Y es que, a veces, los responsables de una película parecen tan decrépitos como los personajes de los que se tienen que hacer cargo estas cuatro personalidades del cine. Ellos hacen lo que pueden, tienen algún momento brillante, ninguno desternillante, aportan mucha clase, se lo han pasado descaradamente bien pero el resultado es tan pobre, tan decepcionante que ni siquiera uno se puede agarrar al buen rato que te pueden hacer pasar cuatro veteranos que saben infinitamente más que cualquiera que se ha situado detrás de las cámaras.
Todos ellos tienen instantes inspirados en los que demuestran lo que han sido y lo que siguen siendo, por mucho que los absurdos tiempos que corren se empeñen en afirmar lo contrario. Es estupendo comprobar cómo Kline hace amistad con unas cuantas reinonas con la facilidad de quien se toma una copa entre luces de neón, cómo Douglas se esfuerza en ser el tipo encantador, eternamente joven y, paradójicamente, prematuramente viejo que intenta desesperadamente agarrar los pocos síntomas de juventud que aún le quedan, cómo Freeman se marca un baile al son de los Earth, Wind and Fire que nos deja a los que tenemos treinta años menos como simples nenazas y cómo de Niro pasea por el amanecer de Las Vegas con un anillo en las manos y la seguridad en el pensamiento. Pero eso no es bastante. No hay gracia en el asunto. Hay un leve intento de dejar un poso sobre la amistad que une a estos cuatro amigos que se juntan un fin de semana en Las Vegas pero se queda en nada porque la película se escora hacia la comedia de tintes burdos. Todo lo demás son los mismos tópicos de siempre: los consabidos chistes de la próstata, la pátina verde sobre los viejos que sueñan con echar una cana al aire, secuencias verdaderamente ridículas que no vienen a cuento y que no tienen ninguna gracia y, por supuesto, la admiración de todos cuando se cogen a estos cuatro tipos en cámara lenta y te das cuenta de lo que tenían dentro para que maravillaran tanto por todo el mundo.
Y es que la decrepitud no tiene por qué ser simpática aunque sí puede tener cierta gracia si uno tiene la capacidad de reírse de sí mismo. De hecho, ésa es la mayor virtud de la película. Los cuatro se ríen continuamente de sí mismos, como preguntándose qué diablos hacen en un sitio donde les pagan mucho y les favorece poco. Ni siquiera el contraste con una juventud que peca de soberbia funciona demasiado. Ni tiene gracia que, en determinado momento, les hagan pasar por mafiosos que están de vacaciones y a de Niro le llamen Noodles y él se haga el despistado cuando es uno de esos personajes que no se olvidan fácilmente y que él interpretó en Érase una vez en América, de Sergio Leone. Todo es solo un rato de esparcimiento muy mediocre que no contiene ni una borrachera memorable, ni una cima de carcajadas...quizá porque, en el fondo, los mitos se van apagando y vemos cómo aquellos actores que nos arrastraban hacia el cine cuando éramos jóvenes ya no tienen ni un argumento digno que representar. Solo oficio para regalar. Solo unas cuantas arrugas bien colocadas que, con un solo gesto, dicen más que muchos actores en la mayoría de las nuevas películas. Y eso es todo.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

DEPREDADOR (1987), de John McTiernan

La selva esconde criaturas que jamás podríamos imaginar. Entre la maleza y las retorcidas ramas de árboles centenarios se mueven los auténticos cazadores. No hay nada que pueda ser comparable al placer que siente un cazador cuando va detrás de una presa que se halla a su altura, sobre todo si la superioridad de ese depredador se ha puesto de manifiesto en varias ocasiones. El enfrentamiento directo es excitante, es demoledor, es único. El silencio se abate sobre una jungla que siempre se yergue amenazante y se torna como el mejor escenario para jugar con la presa. No vale solo la muerte. La víctima tiene que demostrar el valor.
Es difícil ver quién te persigue cuando el camuflaje es el mismo verdor que te agobia por todos los lados. Los disparos sirven de poco cuando todo se plantea como un duelo de inteligencias cuyo premio es la misma vida. Si un hombre mata a otro, es muy fácil. Eso no interesa porque lo puede hacer cualquiera. Si una criatura ociosa de otro planeta se planta en mitad de la tierra virgen para hacer una colección de piezas únicas, la cosa cambia. Los humanos no son tan fieros. Bien vistos, incluso son seres bastante inferiores.
Realizada con ritmo y con algunas secuencias verdaderamente admirables, el director John McTiernan utilizó algunos sabios recursos para describir este juego del gato y del ratón entre un cazador experimentado, cruel y hedonista y un grupo de soldados de alto nivel que van cayendo uno a uno ante las desconocidas tácticas de una criatura desconocida. El resultado es una apasionante aventura, nada indulgente, situada en el mismo filo de lo permitido que encuentra su punto máximo en la recta final, en el duelo que se entabla entre esa criatura enorme y amenazante, llena de recursos y un hombre que acabará con la mirada perdida en las mismas puertas de la locura.
Y es que lo peor de la selva no son sus fieras traicioneras, ni su calor asfixiante, ni ese tupido manto verde en el que esconde todos sus secretos. Lo peor es su silencio y la certeza de que algo siempre estará vigilando, agazapado tras las hojas, bajo las altas ramas o alrededor de los gigantescos árboles que ya buscan convertir sus raíces en dedos agarrados a la tierra. El barro lo esconde todo, incluso la transpiración que tanto delata la fuga. Mirar a los perseguidores a la cara es necesario porque solo así se podrán hallar sus puntos débiles. Vaciar los cargadores contra los fantasmas que se intuyen es munición desperdiciada porque lo que hay que hacer es prever el siguiente movimiento, adelantarse en la crueldad, infligir una derrota total. Ése es el objetivo del auténtico depredador. Al fin y al cabo, el mayor depredador conocido en la Tierra es el hombre. Por muy débil que sea, por muy inferior que parezca, siempre busca la destrucción del enemigo, el arrasamiento total de su entorno, la implícita condición del triunfo lo requiere. Y el hombre, maldito depredador, siempre gana.  

martes, 26 de noviembre de 2013

FURIA (1936), de Fritz Lang

Extraído de mi libro La imagen en el alma y dedicado a Laura Cristóbal, que siempre ha defendido este artículo a capa y espada.

Amor. Separación. Dureza. Desolación. Ilusión. Destino. Incredulidad. Carácter. Búsqueda. Barrotes. Cárcel. Injusticia. Cotilleo. Rabia. Voces. Antorchas. Destruir. Pisotear. Aplastar. Lágrimas. Angustia. Noche. Griterío. Locura. Masa. Peor. Manipulación. Cristales. Romper. Vida. Muerte. Llamas. Infierno. Nada. Bueno. Malo. Salvaje. Venganza. Fiereza. Supervivencia. Corazón. Ojos. Pruebas. Arrastrar. Mirada. Inhumanidad. Olvido. Cacahuetes. Malditos. Dinero. Felicidad. Huida. Cicatrices. Temor. Fingimiento. Despedida. Remordimiento. Conciencia. Distancia. Hermandad. Terror. Sombra. Persecución. Verdad. Mentira. Compañía. Caos. Humareda. Descargo. Justicia. Bondad. Esperanza. Hombre. Mujer. Delito. Acorralar. Querer. Poder. Todo. Nada. Grandeza. Decir. Callar. Golpear. Piedad. Maledicencia. Periódicos. Tú. Yo. Él. Aquellos. Agobio. Opinión. Tristeza. Recuerdo. Ley. Orden. No. Máscaras. Desprecio. Camino. Perdición. Horror. Incomprensión. Oscuridad. Tiniebla. Penumbra. Negrura. Vacío. Ella. Ella. Perro. Coche. Exterminar. Tener. Redaños. Redención. Presunción. Nazismo. Transplantado. Fijación. Autor. Caza. Diferenciación. Linchamiento. Razón. Ceguera. Maldad. Pureza. Alma. Final. Modificación. Complicidad. Tortura. Casualidad. Humillación. Respeto. Memento. Tracy. Sidney. Lang. Furia.

viernes, 22 de noviembre de 2013

MALAVITA (2013), de Luc Besson

La discreción no es una palabra ni un concepto que vaya demasiado emparejada a una buena y tradicional familia de la Mafia neoyorquina. Tienen sus debilidades, pobrecillos. Desean también alcanzar sus cinco minutos de fama honesta, salir con chicos que tienen la normalidad escrita en sus gafas y, al fin y al cabo, valerse por sí mismos dentro de una vida en la que deben permanecer en permanente vigilancia ya que están acogidos al programa de protección de testigos del F.B.I. Pero, claro, estar en esa situación requiere pasar desapercibidos, no llamar la atención, ser unos buenos ciudadanos, respetuosos con sus vecinos y nada, nada, nada problemáticos. Y va a ser que es difícil.
El enfrentamiento entre el deseo de la normalidad y comportarse en un ambiente de violencia que es el único que ha conocido esta familia tradicional mafio-americana es el motivo más importante de esta película. Es un punto de vista divertido e interesante pero tiene un enorme problema. Una vez puestos en contra los opuestos estilos de vida de una gente que no sabe lo que es comportarse de forma normal aunque deseen integrarse en la vida cotidiana de un pequeño pueblo francés de Normandía, no hay nada más. Es un chiste alargado, salpicado con las consabidas dosis de violencia brutal para hacer que el chiste sea negro y perplejo pero nada más. Y es, al fin y al cabo, vivir teniendo en la vecindad a una familia en la que el verbo “matar” se conjuga siempre en presente, es un tanto complicado.
Dentro de la película está Robert de Niro y, sinceramente, no importa cuántas veces hemos visto esa mirada. Sigue dando miedo. Sigue siendo una mirada que no se olvida. También acompaña Michelle Pfeiffer, brillante siendo la chica del gángster, que luego se convirtió en la mujer del gángster para acabar siendo la esposa del huido. Y esos son los mayores activos de la historia. Su atractivo es tan magnético que, sencillamente, la película deja de tener el poco interés que tiene cuando ellos no están. Tommy Lee Jones hace lo que puede para darle una réplica adecuada a de Niro, y lo hace bien. Pero es que no hay historia, es solo un planteamiento que sigue y sigue, que hace gracia los primeros veinte minutos pero que se queda solo en eso, en una prometedora comedia negra que, en manos de un guionista con ideas y de un director con más sentido del humor y menos efectismo, se hubiera convertido en algo digno de recordar.
Así que tengan cuidado con sus nuevos vecinos. No se sabe de dónde pueden venir. No se fíen si, para integrarse en el vecindario, dan una barbacoa en su jardín y les hinchan a coca-cola y bollitos. Quizá tengan un pasado del que huir y que no les gustaría nada descubrir. Si además de todo eso, tienen un dudoso gusto de vestir relajadamente (los chándales son una buena pista), corran y no paren hasta la frontera más próxima. Lo más probable es que haya unos cuantos cadáveres en la propiedad, algún arma que otra que huele a pólvora reciente, un olor a pasta con ajo que tira para atrás y, sin duda, algunos comportamientos extraños en los hijos, como no tomándose demasiado en serio la posibilidad de asumir que la rutina está ahí mismo, al alcance de la mano, que basta con no hacer comentarios, ni ofenderse demasiado por una tocada de narices a destiempo. Eso le pasa a todo el resto de la Humanidad y no se lían a pegar tiros, a arrastrar a gente con los coches, a sumergir cabezas en ácidos corrosivos ni nada de eso. Tal vez, incluso, haya gente normal que se dedique a escribir, a comprar y a ir al colegio. Es la vida y es lo que toca. Ah, y la confirmación de lo que son la tendrán si esos nuevos vecinos se van enseguida. Poco duran en el barrio. Creo que, en el fondo, no pueden vivir con tanto chismorreo a su alrededor. La mala vida ha calado hondo en todos ellos. Incluso en los chicos. Y algo raro tenían ¿verdad? Sobre todo cuando pasaban cosas tan extrañas en las esquinas de un barrio tan pacífico.

jueves, 21 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE (2013), de Woody Allen

Es difícil adaptarse a las nuevas situaciones después de una caída de muchos metros hacia abajo. Descender a la velocidad del sonido desde la cúspide es duro, torturante, humillante, desolador. Quizá eso ocurre también después de haber guardado demasiado silencio y jugar con el dinero de los demás aunque se finja ser una frívola entregada al lujo y a la moda más cara. Da lo mismo. El resultado es una soledad que deja sin aliento, una burla del destino que hace que el cielo se convierta en un techo odioso, un deseo inamovible de volver a escalar aunque todo esté empedrado con escalones de mentira.

Y es que no es fácil acostumbrarse a lo más bajo cuando se ha estado en lo más alto. No se puede pasar de la galantería entre cócteles al acoso de dentista al mejor estilo de W.C. Fields. Es imposible encontrar algo en común entre un mundo de derrota y de fracaso y otro lleno de falso éxito y de ropa envidiable. El equilibrio huye entre bahías y parece que las lágrimas, irritantes y ambiciosas, están dispuestas a salir a la mínima ocasión. Es una lección para la presuntuosidad, desde luego, pero también es un castigo hacia la arrogancia y hacia la pretendida moral que jamás se puede encasillar en un estrato social. Ésa existe en todas partes. Solo hace falta tener la suficiente clase como para demostrarla, enseñarla y vivirla.
Cate Blanchett es el alma de esta película porque en ella confluye la canción triste del jazmín nocturno y la luminosidad de una esperanza que parece empeñada en huir. Detrás de todos esos deseos de volver a recuperar una vida que nunca se ha merecido, no hay ambición, ni tampoco hay soberbia. Todo eso no son más que fachadas. Lo que hay es neurosis. La obsesión de creer que todo el mundo está sonriente y expectante por asistir a la caída más humillante. De tener todo a no tener nada. Y, desde luego, por ahí pasa un tranvía llamado Deseo.
Woody Allen dirige con enorme precisión, sabe exactamente en qué momento hay que introducir la melodía más adecuada para el estado de ánimo por el que pasa la protagonista, huye de la comedia para adentrarse en la ironía y ponerse descaradamente del lado de los perdedores pero está lejos de ser una de sus mejores películas. Más que nada porque vuelve a hacer algo ya visto aunque ponga en juego su veteranía para introducir sus obsesiones, sus miradas lacerantes, sus desprecios justificados. Allen se pone el rostro de Blanchett y consigue que ella sea él, con sus gestos y sus vacilaciones, con sus conversaciones truncadas y sus neuróticas banalidades pero le falta el humor. Puede que, en algún momento, se escape una sonrisa de complicidad pero hay historia suficiente como para que se deslizara un chiste sobre este ridículo espectáculo que es la vida, sobre los absurdos sueños destrozados y los anclajes morales a una posición social elevada. Prefiere quedarse en tierra de nadie, volcado levemente hacia el drama pero siendo ligero en todos los solares que pisa, con visitas al realismo de cocina, con una fotografía más fría de lo normal debida a nuestro Javier Aguirresarobe y con un pulso milimétrico para dirigir a una gran actriz de rara belleza y talento más que acusado...más que acusador.
La contraposición de mundos de bolsillos vacíos con planetas de ociosa opulencia es lo más atractivo cuando Allen decide jugar con la estructura e ironizar con la aventura emocional de una mujer que solo supo ganar porque todos nos acostumbramos fácilmente a eso, sin importar sentimientos o sueños ajenos. De vez en cuando, el destino también se sienta en un banco y comienza a hablar solo para descubrir que el fracaso está ahí, a la vuelta de la esquina, argumentando excusas y agarraderos. Falacias que crecen con marca como una caída que no se quiere asumir. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

ESTUDIO DE TERROR (1965), de James Hill

Entre las brumas de los barrios más húmedos y oscuros de Londres se mueve un asesino que mata a prostitutas por placer. En aquella época, un detective privado llamado Sherlock Holmes, se internaba entre las rutas del crimen para dar solución a todos los problemas a través de ese principio policíaco que enuncia que toda evidencia circunstancial no es más que una conjetura. Así, se emprende una cacería para atrapar a uno de los psicópatas más misteriosos de todos los tiempos como fue Jack el Destripador, revisitado por Holmes cuatro años después en la excelente Asesinato por decreto, de Bob Clark. En esta ocasión, Holmes aparece interpretado por John Neville, un actor que, tal vez, mereció mejor suerte y que siempre será recordado por su encarnación del papel protagonista de Las aventuras del Barón de Munchhausen, de Terry Gilliam. Su interpretación del mítico personaje de Conan Doyle se revela como la de un hombre mucho más inteligente, ligeramente inquieto y con algún que otro toque misógino. Su compañero, John Watson, interpretado por Donald Houston, es un retrato del amigo que admira profundamente a Holmes, que es valiente cuando es necesario, que se muestra permanentemente perplejo por las deducciones de su compañero y que lo pasa realmente mal cuando tiene que fingir en público algunas maneras descorteses. Por detrás de ellos, un plantel de excelentes secundarios como John Fraser, Anthony Quayle, Robert Morley, Frank Finlay, Cecil Parker, Adrienne Corri y una jovencísima Judi Dench que ya da muestras de saber dominar la escena con esas miradas capaces de atravesar la carne con un punzón con más facilidad que el propio asesino. No deja de ser un acercamiento muy británico a la figura del genial detective y dentro de un presupuesto que se antoja modesto pero resulta una película muy atractiva, que sigue las líneas del suspense más flemático y que acaba por atrapar con una solución creíble y ajustada al misterio con la Historia que rodeó al legendario psicópata. Y es que no hay nada peor que alimentar el odio con el fantasma monstruoso de un pasado que no deja de hacer resonar sus pasos en los adoquines del tenebroso Londres. Las mentes retorcidas suelen pasar algún tiempo en los pasillos del dolor porque convertir la belleza en fealdad es uno de los mayores pecados que la vida ha cometido nunca. Holmes lo sabe y, entre tanta maldad, se refugia en las cosas más sencillas que ha sabido apreciar porque también conoce cuál es el camino de la locura. Basta con unos cuantos desprecios, unos cuantos sueños rotos, una presión social injusta…y ya está. La cabeza gira trescientos sesenta grados para colocar todo al revés, encerrarse en sí misma y hacer que la inteligencia se ponga en fuga para dejar paso a la ignorancia más atrevida. Así es cómo nacen los sospechosos. Así es cómo el mejor premio para alguien tan endiabladamente inteligente es tener algo en qué pensar. Si no solo queda el ostracismo, la nada, el retraso y el aroma perdido de un amor que quedó sepultado en las llamas del rencor.