jueves, 15 de noviembre de 2018

MILLENIUM: LO QUE NO TE MATA TE HACE MÁS FUERTE (2018), de Fede Álvarez

Siempre resulta difícil adaptar un libro al cine. En el papel hay tiempo suficiente como para explicar detenidamente los detalles, desarrollar las acciones con las justificaciones bien atadas y describir a los personajes de forma cerrada. Esta vez se trataba de volver sobre los personajes de Lisbeth Salander y Mikael Blomqvist a través de la novela que no escribió Stieg Larsson y el resultado se asfixia poco a poco en medio de un puñado de ideas visuales interesantes y una banda sonora extraordinaria de Roque Baños.
Y es que, en determinado momento, se nos explica que han pasado tres años desde la última desventura de estos personajes. Por una parte, nos encontramos a una Lisbeth Salander, competentemente interpretada por Claire Foy, más adulta, más centrada. Hasta ahí todo va bien. Sin embargo, nos encontramos con que el Mikael Blomqvist encarnado por Sverrir Gudnasson es más joven que ella y el tipo se emplea con menos dramatismo que un reloj atrasado. Por si fuera poco, hay detalles que no se explican en absoluto y que son fundamentales para que la trama tenga algo de sentido. Esas cosas como que, de repente, los malos saben números de teléfono, o que un señor con muy buenas intenciones se lleve a su hijo de vacaciones a Estocolmo sabiendo que se va a meter en un lío bastante peligroso, o, incluso, que una casa arda como la yesca y la protagonista aguante en una bañera hasta que una oportuna elipsis la sitúa desmayada en la misma. Todo ello hace que la película se vea lastrada a pesar de una realización que se antoja apreciable y de un argumento que llega a ser absorbente.
Al fin y al cabo, las huellas del pasado siempre persiguen a los más rebeldes y puede ser la hora de pagar las deudas pendientes. Sean en una o en otra dirección. La sociopatía que es el rasgo más atractivo de Salander, se convierte en una necesidad al echar un vistazo a la familia con la que tuvo que tragar y así el rojo se enfrenta al negro con furia de rencor cuando la huida era la única salida para la infancia. Quizá por ello las luces de la capital sueca parecen permanentes mientras un subsuelo de retorcimiento y violencia se remueve bajo sus cimientos. Hacer daño es la primera misión de cualquiera. Y es hora de aprender a enfrentarnos a la injusticia con decisión, con inteligencia y sin sesgos. Y también de rodearse de los aliados más apropiados para la ocasión.

La caída al vacío es inevitable cuando se espera que la historia tenga garra y esté bien explicada porque, al fin y al cabo, se está hablando de un misterio, de un enigma, de una búsqueda y de un ajuste de cuentas. Si los cabos no están bien atados, todo se queda en algo desvaído, con algún que otro toque demasiado espectacular que convierte a Salander en una versión femenina de James Bond y a Blomqvist en un pasmarote que carece de intensidad y de fuerza. Y es fácil caer en la trampa de la electrónica avanzada y en la tecnología impensable porque tales descubrimientos sirven de oportuna cortina de humo a lo endeble de la película. Por mucho que Lisbeth Salander tenga razón en todo lo que hace. Por mucho que todo se rodee de negrura y de tenebrismo de humareda. A menudo, dentro del traje de goma de la lógica, no hay nada. Y, en esta ocasión, así es. Si caen al vacío yendo a verla, asegúrense de que la nieve les acoja con dulzura, si no, todo se resquebrajará entre las ramas de los árboles.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

DOBLE VIDA (1947), de George Cukor

Cuando un actor se mete en un papel, debe pensar como el personaje que interpreta. Sobre todo si tiene que hacer dos funciones diarias en la piel del otro. Si ese personaje es Otelo, hay que tener mucho cuidado. El demonio de los celos puede arrastrar hacia la locura porque, al fin y al cabo, amar tanto sólo lleva hacia la perdición. Desdémona debe ser asesinada todas las noches y las motivaciones de Otelo son profundas porque sabe que, en el fondo, la pierde aunque sea inocente. Otelo ya no es Otelo, es un ser que dista mucho del valeroso guerrero que ofrece victorias a sus señores. Está carcomido por la envidia, porque el amor nunca es puro, porque la rabia crece en su interior alimentada por el fuego del pérfido Yago. El pañuelo con el que estrangula todo su amor tiene que apretarse fuerte. Si no, es posible que Desdémona vuelva a engañarle, vuelva a no engañarle, vuelva a parecer que cualquiera de sus miradas significa mucho más que el simple hecho de observar. Otelo es un monstruo que puede devorar a quien lo interpreta.
Anthony John es uno de esos actores que se enfundan en los personajes que interpretan. Demasiadas tablas, demasiados textos memorizados, demasiadas luces en los ojos. El agotamiento de su propia creatividad parece que está llegando y la sombra de Otelo se proyecta sobre él como la de un asesino peligroso que le impulsa a cometer el peor de los crímenes. Lo que aún espolea su mente es el divorcio reciente con su mujer, que lo ha abandonado porque no soporta convivir con criaturas procedentes de las plumas de Shakespeare, de Shaw, de Plauto o de Pirandello. Los celos ya están sembrados por sí mismos dentro de la mente de John, y Otelo espolea con sus monstruosos celos. Se avecina una tragedia…o, tal vez, sea solo la última gran escena de un actor entregado en cuerpo y alma.

Atípica película de George Cukor, rodada con un inusual barroquismo visual, que puso en liza el talento de Ronald Colman para lograr una interpretación mítica, obsesiva, pulcra y, a la vez, rechazable. A su lado, Signe Hasso, la encantadora Shelley Winters y el siempre excelente Edmond O´Brien, tratando de guiar de vuelta al loco que se creyó artista para interpretar a alguien que enloqueció. Juego brutal de espejos  que se encierra en un ambiente agobiante y casi hostil, teatral y, al mismo tiempo, abrumadoramente real. Cukor demostrando. Colman actuando. En pie, señores, el telón ha caído.

martes, 13 de noviembre de 2018

AL FINAL DE LA ESCAPADA (A bout de souffle) (1959), de Jean-Luc Godard

La próxima curva es ella. Quizá sea ese remanso de paz que se necesita cuando la vida está demasiado acelerada, buscando la siguiente fechoría inquieta. Quizá ella sea la viva expresión de que lo mejor es ser inmortal y, después, morir. Quizá ese dedo por los labios sea un gesto de ansiedad por cruzarlos con los suyos. ¿Quién sabe? Es un enigma porque Michel no ha sabido amar nunca nada. Se ha dedicado a ir dando tumbos por los rincones que huelen a dinero y a engaño y, si ha habido una relación, ha sido tan esporádica y tan placentera que no ha dejado ningún poso. Ella, sin embargo, es en color aunque el mundo sea en blanco y negro. Es estudiante de periodismo y trata de abrirse camino vendiendo periódicos en París. Y no es buen negocio quedarse en París, Michel, porque allí hay más policías que en ningún otro sitio y el cerco se va a ir cerrando poco a poco. La sociopatía de Michel parece incluso atenuarse con la mirada de Patricia y la vida, juntos, se va a convertir en una huida sin descanso. Italia es lo mejor. Tal vez allí, a salvo de las miradas indiscretas, Michel pueda lucir sus habilidades de ladrón, de jugador de ventaja, de saber vivir sin dar golpe y ella le esperará siempre en la intimidad de una habitación de hotel de tercera.
Antes de irse es el momento de cobrar viejas deudas y Michel se apresta a ello. Tampoco se olvida de ir al cine e imitar a Bogart. Al fin y al cabo, él se siente tan duro como él y, en el fondo, tan perdedor. Michel sólo se siente triunfador si se ve reflejado en los ojos de Patricia y cree que el futuro es perder las horas, los días y el tiempo en una cama, retozando, jugando con ella, fingiendo lo que no es, siendo lo que nunca ha sido. El mundo es un lugar muy pequeño y el cerco, sin que ellos se den cuenta, se va estrechando cada día. Michel acabará sin aliento, pero será por ella. No será por su irresponsable huida, su impulso criminal, su resistencia a la ley. Será ella la que le ponga delante del espejo y le haga ver cuál es la verdadera naturaleza de su maldad. Y esa es la pertenencia a un mundo diferente. Un mundo al que Patricia no pertenece. Un mundo que le condena al final de la escapada.

Jean-Luc Godard llegó a pedir de rodillas y llorando poder dirigir esta película con guión de François Truffaut. Y, con su ópera prima, consiguió el mejor de sus títulos. Jean-Paul Belmondo fue el perfecto pillo de calle, soñador y perdido, que no alcanza a ver el callejón sin salida en el que se está metiendo y Jean Seberg fue la misma delicadeza, casi de cristal irisado, con su mirada juvenil y su ansiedad intacta. La misma que nos hizo saber, con toda certeza, que podía ser otro ángel venido del cine. No es fácil llegar al final sabiendo que todo en esta vida tiene firma de mujer.

jueves, 8 de noviembre de 2018

BOHEMIAN RHAPSODY (2018), de Bryan Singer

Mañana, festividad de la Almudena en Madrid, no habrá artículo. Volveremos con el ritmo normal a partir del martes, 13 de noviembre. Y no dejéis de ir al cine. A veces, incluso, nos hace soñar.

Quizá todo empiece por la conciencia de ser diferente, de estar llamado a ser alguien que, de alguna manera, alcance la eternidad. A partir de ahí, siempre se trata de dar con las personas adecuadas, de sentirte a gusto dentro del pequeño grupo al que, desde el principio, se le llama familia. Si alguno de estos elementos falla, entonces el camino será cuesta abajo, jalonado de trampas que no se podrán evitar porque la vanidad es muy fuerte y el éxito, engañoso. Y, sin embargo, cuando uno mira en su propio interior, se da cuenta de que está solo, desoladora y absolutamente, y lo único que desea es tener alguien a quien amar.
Puede que la genialidad esté ahí mismo, cuando se sabe que se rompen barreras con cualquier arte, aunque en este caso es la música. Y parte de esa genialidad consiste en saber qué es lo que quiere el público, con qué melodía se va a saltar, con qué ritmo se va a acompañar, con qué emoción se va a cantar. Mientras tanto, al otro lado del escenario, hay demasiadas zonas oscuras que llaman con sus tentadores cánticos de confusión. Y es difícil resistirse, porque hay muchos vacíos que no se han rellenado, tal vez porque no se ha experimentado el amor en toda su extensión y, cuando se ha tenido cerca, tampoco se ha sabido amar. Es una parte fundamental de la vida de cualquiera, incluso de los mitos. Y es tiempo de saber que ellos están hechos para estremecer, para ser los campeones, para que otro muerda el polvo o para que se sepa lo que es estar bajo presión. No importa nada. Sólo encontrar el sitio. Y a menudo se pierde, al igual que la oportunidad, lo mismo que la voz única e incomparable, semejante al amor, gemela a la grandeza.
Bohemian Rhapsody funciona como espectáculo de Queen y, sobre todo, como muestra de lo que puede hacer un actor cuando se entrega en cuerpo y alma a reproducir físicos y sensaciones, posturas y actitudes como es el caso de Rami Malek. Su encarnación de Freddie Mercury llega a producir escalofríos porque, en algún momento, se piensa que ha regresado de entre los muertos para contarnos una parte de su vida. Es verdad que la película bordea con pudor los puntos más oscuros del cantante y que, en algún momento, se nota la falta de timón motivada por el despido de Bryan Singer y su reemplazo por Dexter Fletcher, al parecer por el escándalo que salpicó la vida privada del primero y por sus continuas peleas con la estrella. No obstante, se disfruta con las melodías, se mueven los pies descontroladamente, se sufre con los avatares de un personaje que lo tuvo todo y que no supo hacer de su vida algo diferente como sí lo hizo con su música. A destacar ese momento, espléndidamente dirigido, que da pie al nacimiento de We will rock you y que consigue impresionar. Tal y como sabía hacer el propio Freddie Mercury cuando estaba en plena sintonía con aquellos que se acercaban a escucharle. Y es que en el fondo, todos deseamos que no muriera, que no se hubiera ido como lo hizo y que siguiera cantando con su voz inconfundible y sus maneras llenas de provocación. Es la carne con la que están hechos los sueños.
Así que es momento de buscar alguien a quien amar y tener la fortuna de disfrutar de la compañía de esa persona que lee tus pensamientos, comparte tus anhelos y convierte la vida en algo que realmente merece la pena. Sólo así podremos darnos cuenta de la inmensa suerte que hemos tenido y que tanto le costó encontrar a Freddie Mercury.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA (2018), de Mike Newell

En muchas ocasiones, nos podemos encontrar con una historia que parece sacada de la ficción. Tal vez, en una isla perdida del Canal de La Mancha, unos cuantos incautos decidieran fundar una sociedad literaria para intercambiar ideas que vienen en los libros, leer párrafos o capítulos, discutir sobre lo que pretendió aquel autor o, incluso, traer algo de equilibrio a unas vidas que están en perfecto desorden por culpa de la ocupación alemana. Puede que todo naciera de la casualidad. O del miedo. O del deseo de obviar, por un momento, que el hambre aprieta y los invasores no se andan con tonterías.
Lo cierto es que, algunos años después, una escritora de cierto éxito decide trasladarse allí, a esa isla en la que parece que no existe el resto del mundo, e investigar sobre cómo se creó y cómo pervive ese pretendido club literario, poblado de personas encantadoras, que vieron el horror de cerca, lo padecieron y aún aguardan alguna letra de esperanza. No les queda mucho más porque la guerra se lo llevó todo. Incluso lo que más querían. Y no van a permitir de ningún modo que una escritora, por muy respetuosa y brillante que sea, hable de ellos, de lo que hicieron o dejaron de hacer, de su sufrimiento y de su actividad. Los libros, a menudo, esconden secretos que no deben ser revelados y ellos son fieles guardianes de ese libro que se abrió y comenzó a escribirse con la letra indeleble de sus vidas.
Así, sin dejar de lado el buen humor, podemos intuir cuánto disfrutaron con las aventuras de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson; o con las ironías punzantes de La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde; o con las diferencias de talento que podían hallarse entre las hermanas Bronte. Y, también, cuánto sufrieron teniendo que separarse de lo que más querían, cómo lloraron porque alguien murió y cómo esperan porque alguien fue detenido. La escritora bucea en sus vidas y necesita escribir sobre ello aunque nadie llegue a leerlo. Eso es lo que menos importa, porque las historias de valor y de resistencia siempre deben ser un ejemplo para los que tienen la fortuna de conocerlas. Y, quizá, haya que romper con todo para apreciarlo en toda su intensidad. ¿Quién sabe? Puede que el futuro esté rodeado de agua.

Agradable de ver, con sus paisajes, sus pasajes y sus peajes, con interpretaciones estupendas de Lily James y, especialmente, de ese anciano entrañable que es Tom Courtenay, con el amor de las personas como fondo y el pasado como parte indeleble de lo que somos, La sociedad literaria y el pastel de piel de patata nos propone un viaje de ternura y de comprensión ante una oscuridad que se abría por todas partes en una época sin horizontes claros. Cuando la vemos, queremos escribir para estos personajes, ser parte de su vida, de sus reuniones, de comer ese fantástico asado de cerdo que dio lugar a todo y de compartir esa sensación que nunca debe irse y a la que se llama esperanza. Y si es acompañada del amor, mucho mejor. Ya vendrá el frío del exterior, la incomprensión y el fanatismo, o el morbo que siempre acompaña cualquier habladuría maledicente. El mundo está afuera y siempre espera. Los libros están dentro y, como amigos ilusionados, también lo hacen.

martes, 6 de noviembre de 2018

EL PECADO DE CLUNY BROWN (1940), de Ernst Lubitsch

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de "La sal de la tierra", de Herbert Biberman, podéis hacerlo pinchando aquí.

Le gustan las cañerías más que comer con los dedos… ¿y qué? ¿Vamos a condenar su condición femenina e inmensamente atractiva por eso? Ella es encantadora, es divertida, es ingenua, es única y los señorones y señoritas, los mayordomos y mayordomas no saben leer todos sus encantos. Sólo un humilde refugiado político de Checoslovaquia que ha salido de su país por la puerta de atrás porque hay unos individuos muy mal encarados que no hacen más que pasearse con cruces gamadas en sus brazaletes. Y es humilde porque tiene que ir mendigando una libra aquí y otra allí para seguir adelante. Lo cual no es ninguna vergüenza cuando alguien de su posición se ve obligado a huir de la incandescente Europa y refugiarse en las islas. Estos británicos estirados tienen una idea muy peregrina sobre lo que es un héroe. Y, sobre todo, creen que el sentido pacífico de la vida reside en una taza de té y en un pedazo de pastel de manzana. Lo creen hasta los mayordomos y las mayordomas.
El caso es que lo normal es dar nueces a las ardillas…pero si alguien quiere dar ardillas a las nueces ¿quién es nadie para decir que se está equivocando? Lo importante es estar contento con uno mismo y hacer callar al ruiseñor que trina con su hermoso canto hiriendo el silencio de la mañana. Y, por supuesto, desenmascarar al boticario, un hombre bastante pequeño que se hace pasar por grande, enamorado de su armonio y de su sencilla vida en un pueblecito inglés con una madre enviciada por el carraspeo y una campanilla en la puerta de la botica. Encantador ¿verdad? Pues tampoco le gusta que las mujeres se dediquen a las cañerías. Y Cluny Brown cuando ve una, se pierde. Le encanta retorcer sus bridas y golpear su metal orgulloso y macizo de plomo. Le pirra asistir a la bajada de nivel del agua de un desagüe atrancado cuando encuentra una vía de escape. Le vuelve loca agarrar la enorme llave inglesa y girar las tuercas, como un signo de aprobación de las mismas tuberías. Y eso es todo. Nada de té, ni de pasteles de manzanas. Cañerías, cañerías, cañerías. Si el mundo se dedicara más a las cañerías y menos a los cotilleos malsanos, tal vez todos acabaríamos dando ardillas a las nueces.

Así que ahí tenemos a Cluny, sola en el campo, como chica de servir, acosada por un refugiado político, acogida por unos ingleses más estirados que el dinero a fin de mes y mandada por un mayordomo y una mayordoma que son maestros del halago cortés y educado cuando la levita está perfectamente planchada. Así que, con estos elementos, tenemos a un maestro alemán como Ernst Lubitsch riéndose con su puro, sacando una de las mejores interpretaciones a una actriz como Jennifer Jones y poniendo en lo alto de la comedia a un Charles Boyer que rara vez estuvo mejor. ¿No creen ustedes? Lo celebro si lo ven así. Yo, la verdad, siempre disfruto enormemente cada vez que veo esta película, si me permiten expresarlo así de rudamente, claro.

viernes, 2 de noviembre de 2018

DE RATONES Y HOMBRES (1939), de Lewis Milestone

George Milton vaga por los campos en compañía de Lennie, un niño grande. Para sostener sus pasos, alimenta los sueños perdidos de poseer una granja algún día. Una granja con conejos, gallinas y alguna que otra vaca para poder separar la nata y untarla en un buen pedazo de pan. La pobreza les persigue y están obligados a emplearse como jornaleros en cualquier plantación que pague lo mínimo. Lennie no sabe arreglárselas solo y depende en todo de George. No sabe comportarse, no sabe cómo reprimir la rabia que siempre surge de la pobreza, no sabe que hay vida al otro lado de la humildad. Es como un perro que le acompaña a todas partes, al que hay que acariciar de vez en cuando, darle un poco de cariño y cargarlo como una mula cuando hay que llevar unas balas de paja. Lennie es pura inocencia, pura fuerza. George es pura rabia, puro desamparo.
Quizá, en algún lugar, haya algún viejo con algo ahorrado y puedan, si no comprar la granja, sí dar el primer plazo. A veces, la suerte aparece cuando las manos están más agrietadas y el polvo de los campos se adhiere como una segunda piel. Mientras tanto, habrá que trabajar duro porque, aprovechándose de su situación de superioridad, siempre habrá algún sádico dispuesto a restañar el látigo de la crueldad sobre las espaldas de los trabajadores. Lennie se deja llevar por su inocencia. Encantadora, ingenua hasta los límites de la razón. Definitiva. Y, tal vez, llegue a romper la muñeca con la que le gusta jugar. George tendrá que tomar la decisión más penosa de su vida mientras asiste, sin derramar lágrimas, como el primer plazo de su futuro se esfuma ante sus ojos. Sencillamente porque la vida no quiere que realice sus sueños. El perro es suyo y tendrá que matarlo él.

Lewis Milestone realizó esta espléndida versión de la novela de John Steinbeck con Burgess Meredith y Lon Chaney Jr., de protagonistas y, en la sequedad de esas vidas olvidadas y errabundas, consigue superar el intento que realizó Gary Sinise delante y detrás de las cámaras acompañado de John Malkovich en los noventa, dando profundidad al personaje de George, verdadera figura trágica de una obra que, cada día, se nos antoja más cercana y más posible. Es como si la lleváramos a todas partes intentando cuidar de ella y se empeñara en contarnos, una y otra vez, la misma historia. La de dos tipos que hacían millas andando para ganarse un trozo de pan. Y estamos con George, y con Lennie, y con todos aquellos que tanto sufren por ganarse el derecho de existir. Todo el mundo sabe que la vida siempre estará poblada por ratones y hombres. Y ambos serán reconocidos rápidamente.