viernes, 26 de marzo de 2021

UNA NOCHE EN MIAMI (2020), de Regina King

 

Con este artículo de una película sorprendente y estupenda, vamos a cerrar el blog hasta el martes 6 de abril. Decir que vayáis al cine es algo que puede tildarse de temerario, pero hacedlo, son lugares muy seguros. Feliz Semana Santa.

Cuatro hombres se citan en la habitación de un hotel de Miami. Uno de ellos, es Muhammad Ali, que acaba de proclamarse campeón del mundo de los pesos pesados contra Sonny Liston. Otro es Malcolm X, luchador por los derechos civiles. Otro más es Sam Cooke, el famoso cantante. El último es Jim Brown, estrella del fútbol americano a punto de pasarse al mundo del cine. Esa noche, en Miami, hablarán de su amistad, de su compromiso, de su habilidad, de su frustración y de su destino.

Muhammad Alí es el hombre-espectáculo. Sabe que abre la boca y el mundo ríe escandalizado. Aún así, no se puede negar que tuvo talento con su izquierda temible y su baile de mariposa sobre el cuadrilátero. Posiblemente, fue el mejor boxeador de todos los tiempos. Buscador incansable de primeras planas, también fue uno de los primeros personajes públicos alejados de la política que dijo unas cuantas verdades sobre la supremacía blanca, sobre los derechos civiles y sobre la verdad de una sociedad hipócrita que no dudó en llamarle para luchar en una guerra de blancos. Su mensaje eran sus golpes. La verdad ineludible de que, físicamente, era tremendamente superior.

Jim Brown es el hombre razonable. Ha saboreado el éxito y es muy consciente de que se acaba. Los años pasan y sus rodillas se resienten. Debe buscar un estilo de vida en el cine y nunca dice una palabra más alta que otra. Sabe que la fama devora y que su presencia en las pantallas romperá moldes. Ya ha hecho Río Conchos y vendrán otras películas de éxito indiscutible. Dejará el fútbol. Será actor. Quizá no sea de los más grandes, pero dará textura a muchas de sus películas. Con presencia. Con la evidencia de que un hombre de color impone si sabe estar.

Sam Cooke es el hombre romántico. Quizá es el que más se ha acomodado a lo que los blancos quieren hacer de los negros, pero sus canciones llegan a los corazones de todos incluso en una genial improvisación. Sabe que tiene que competir con blancos y, de forma inteligente, también hace canciones para que los blancos paguen. Puede que las letras de sus melodías tengan que ser un poco más significativas y algo menos comerciales. Puede que deba asumir algún compromiso más. Tal vez en un maravilloso mundo en el que sólo sabe que amar es la solución a la ignorancia.

Malcolm X es el hombre manipulador. Ha probado el sabor de la amistad y, sin embargo, la lucha por los derechos civiles desde una perspectiva absolutamente radical y casi incendiaria le ciega en algún momento. En esa larga noche de conversaciones y verdades, propondrá a sus amigos que se comprometan, que sean, que luchen, que sean altavoces. Se olvida de la razón. Y de la moderación. A los amigos no se les utiliza. A los amigos no se les pide que sean adalides culturales o deportivos de la prueba fehaciente de que los negros pueden superar a los blancos. El camino es otro. Y uno de ellos es el libre albedrío.

No cabe duda de que Una noche en Miami se resiente un poco de su origen teatral, pero hay que reconocer que sus diálogos son muy buenos y de que los cuatro intérpretes encargados de dar vida a estos mitos de los sesenta prestan algo más que su físico para parecerse a ellos. Sus discusiones son reales, su amistad sentida, también. Y sus encuentros con el destino oscilarán entre la opresión, la muerte, el éxito y la aceptación. Quizá, por una vez, más allá de la justicia, habrá que dejar de lado la radicalidad impostada y luchar con la razón en la mano. La venganza y la demostración nunca fueron caminos adecuados. 

jueves, 25 de marzo de 2021

THE MAURITANIAN (2020), de Kevin McDonald

 

Cuando el fascismo huele, se mueve y actúa, se deja un buen puñado de esquirlas de metralla por el camino. Es fácil seguir su rastro. Su obsesión por la prohibición de derechos, por hacer que las sospechas tengan que ser ciertas porque es la forma más fácil de callar bocas, por esconder informes comprometedores que harían gritar de pánico a la opinión pública, son algunas de sus características inconfundibles. Cualquier forma dictatorial tratará de borrar las huellas de sus errores. Y, con toda probabilidad, siempre habrá alguien que, desde los lugares más oscuros de la moral, trate de conservarlas.

Uno de los ejemplos más flagrantes de ese fascismo imperialista fue la detención de más de setecientos sospechosos de participación en el terrible atentado del 11-S en el campo de prisioneros de Guantánamo durante años sin tener derecho a juicio alguno. La intuición era casi la única pista que llevaba a mantenerlos aislados, sometidos a tortura si ellos creían que se negaban a colaborar. Para ello, no era necesario negarse. Simplemente proclamar la inocencia ya era suficiente como para que pasara a un grado de tortura casi innombrable. La seguridad nacional de los Estados Unidos estaba por encima de cualquier otra consideración. Incluso de los más elementales factores de cualquier Estado de Derecho. La inutilidad de los servicios de espionaje, absolutamente volcados en llegar a todas las ramificaciones de Al-Qaeda, incluyendo las que no tenían ninguna importancia, llevó a la aberración de sólo conseguir la condena de cinco terroristas entre los setecientos que estuvieron encerrados. Y ninguna administración presidencial desde entonces se ha atrevido a pedir perdón.

Hay diversos detalles que llaman mucho la atención en este caso que describe The Mauritanian. Uno de ellos es el personaje que interpreta de forma impecable Benedict Cumberbatch como ese fiscal que está deseoso de imponer condenas a cualquiera que huela a culpable del 11-S, pero que nunca se olvida del concepto mismo de justicia. La otra es el modo en el que se construye al mauritano en cuestión por parte de Tahar Rahim, un hombre que sufre, sin duda, pero que tiene una admirable tendencia a la sonrisa, a no dejarse vencer, a demostrar su inocencia cuando todo apunta a su culpabilidad. Jodie Foster, como su abogada defensora, realiza un trabajo notable, pero quizá ya está un peldaño más abajo. La dirección de Kevin McDonald es mucho más sobria de los que nos ha tenido acostumbrados con películas como El último rey de Escocia o La sombra del poder, aunque la utilización de la banda sonora no es sobresaliente. El resultado es una película ligeramente desequilibrada, que presta, quizá, demasiada atención a la parte más sórdida cuando es algo que se podría haber sugerido con mucha mayor elegancia e igual efectividad, pero brillante en algunos tramos, como esa parte final en la que se llega a saber de primera mano cuál es el verdadero sentido de la democracia, cuál es su valor, y cuál es el hombre que habita en nuestro interior.

Como siempre, es necesario superar los prejuicios de cualquier clase para tener la cabeza fría y entresacar la verdad del ruido. Hay que atravesar el desierto de las ideas y tratar de llegar a la moderación. Unos y otros tratarán de confundirnos con un puñado de razones que parecen definitivas y que, sin embargo, no son más que distracciones para que no podamos entrar en el fondo de la cuestión. Y aquellos que lo hagan serán los verdaderos ciudadanos libres que saben de lo que hablan, creen en lo que piensan y no tienen miedo de decirlo. 

miércoles, 24 de marzo de 2021

UN TOQUE DE DISTINCIÓN (1973), de Melvin Frank

 

En homenaje a George Segal, que nos acaba de dejar silenciosamente. Muchas horas disfrutando de su difícil naturalidad.

Cuando dos personas se atraen, no hay fuerza en el mundo capaz de parar ese extraño magnetismo. Y eso ocurre incluso antes de conocerse. Parece como si hubiera algo escrito en un libro desconocido sobre el destino en el que se ha dejado establecido que esas dos personas van a tener que vivir un amor por obligación. Y cuando ocurre el encuentro, él no se lo piensa dos veces. Quiere vivirlo. Al fin y al cabo, no es la primera vez que es infiel a su mujer. Ella tiene algo más de reparo. No quiere citas clandestinas en moteles de segunda categoría. Quizá es mejor planear un fin de semana en la cálida España. Allí, tal vez, el fin de semana se convierta en una semana completa porque el amor,  ya se sabe, es un perezoso que quiere recrearse. Y en esa Marbella de los setenta puede que haya tiempo para hablar y plantearse algo parecido a un futuro. Sin embargo, el amor, ese gran fugitivo, no piensa mucho en lo que ha de venir. Prefiere estar vivo en el presente. Sea en Marbella o en Londres, hay que vivir al día. Es su toque de distinción.

El problema está que la chica reticente ya no lo es tanto y está realmente enamorada. Él, por otro lado, es un cobarde vital y, en algún rincón de su pequeña humanidad, sigue queriendo a su mujer y a sus hijos. El amor, esa incógnita irresoluble, entra en la ecuación con fuerza y, lo que parece una comedia de equívocos con amigos indeseables, se convierte en un dilema moral en el que la culpa juega un papel fundamental. Algo presienten los amantes cuando ven en la televisión Breve encuentro y los dos lloran como descosidos. Cada uno, por una razón distinta. El amor tiene estas cosas. Algunas veces desata la risa. En otras, ahoga de pena.

Excelente película que oscila entre la comedia y el drama con dos partes bien diferenciadas y con un estupendo trabajo de George Segal y, sobre todo, de esa grandísima actriz que fue Glenda Jackson, galardonada aquí con un Oscar a la mejor interpretación femenina del año. Melvin Frank, experto director de comedias al que se le deben títulos tan hilarantes como Un gramo de locura, El prisionero de la Segunda Avenida y Buona sera, Señora Campbell, realiza aquí un ejercicio de sobriedad en su estilo, que adapta a la austeridad británica con una trama de sonrisa y un desenlace de agridulce. Sin embargo, el gran mérito estriba en que su transición es serena, pausada, sin cambios bruscos de temperatura. Él sabía que era necesario también un toque de distinción detrás de las cámaras.

Y es que suele pasar que los opuestos se atraen y el cataclismo debe ocurrir tarde o temprano. El amor se hace de rogar también y es bastante posible que tener una aventura no sea tan fácil. De repente, la conciencia aparece, los que no están, regresan y todo se vuelve del revés. Lo que se presentaba como placentero se convierte en estorbo y hay que cuadrar un imposible encaje de bolillos para que esa historia de amor viva un minuto más. Y, a veces, el amor también hace la maleta y se va de vacaciones dejando todo apartado.

martes, 23 de marzo de 2021

EL EFECTO ZERO (1998), de Jake Kasdan


Puede que el hecho de que un detective privado sea un sociópata recalcitrante sea algo relativamente normal. Al fin y al cabo, es un oficio en el que se ve llover demasiadas cosas feas, sórdidas e impensables. Si echamos una mirada a la literatura, podemos concluir que Sherlock Holmes tenía algo de sociópata. Pero, en este caso, estamos delante de un tipo que ni siquiera ve a sus clientes porque los rechaza físicamente. Igual que rechaza al resto del mundo. Quizá haya algo psicosomático en todo ello. Lo cierto es que eso le proporciona una ventaja extraordinaria y es que no se implica emocionalmente con ninguno de los casos que investiga porque no conoce a nadie que tenga que ver con ello. De eso se encarga un individuo que asume su presencia física y hace los recados. Es un tipo eficiente que, de vez en cuando, se vuelve loco con las excentricidades de su jefe. El caso es que Daryl Zero es un tipo de cuidado. Más que nada porque tiene verdadero pánico a traspasar las cuatro paredes que le cercan.

En esta ocasión, el caso es un chantaje a un magnate. Todo rutina. Sin embargo, hay algo que llama poderosamente la atención de Daryl Zero y es el hecho de que el millonario no dice por qué le hacen chantaje. Sólo quiere encontrar a los responsables y que la ley se haga cargo de ellos. Algo extraño. Steve Arlo, su ayudante, va a tener que emplearse a fondo porque esto, damas y caballeros, está más cerca de la novela negra que del salón de té. Y, por supuesto, el detective Zero va a tener que salir y mostrar algo de empatía por el problema. Todo un desafío para un individuo que no quiere tener nada que ver con el resto de la sociedad.

Esta desconocida película merece mucho la pena. Es original en sus planteamientos y, aunque tradicionalmente estamos acostumbrados a ver un Bill Pullman blando y sin demasiado carácter, es probable que aquí haga el mejor trabajo de su carrera. Sorprendentemente, el ayudante es Ben Stiller, muy lejos de sus astracanadas aunque sí se encarga de poner un par de notas de humor en las idas y venidas de ese ayudante que trata de hacer el trabajo físico que Daryl Zero no quiere o no puede llevar a cabo. También es, quizá, la mejor película del director Jake Kasdan que siempre se ha movido a años-luz de lo que consiguió su padre, Lawrence Kasdan, y que, en esta ocasión, parecía mostrar que algún gen se había conservado en la transmisión biológica. En cualquier caso, es una historia notable almacenada en el cajón de las más olvidadas y, tal vez, no merece tal destino.

Y no hay que dejar de escuchar ese discurso que el detective coloca sobre los mejores métodos de deducción y supervivencia. Puede que, en ocasiones, los que han renunciado a tratarse con el resto de la Humanidad tengan también un par de lecciones interesantes que dar. El efecto cero, a veces, es algo más que la neutralidad y el aislamiento.

jueves, 18 de marzo de 2021

MINARI (Historia de mi familia) (2020), de Lee Isaac Chung

 

Comenzar desde cero nunca es fácil. Puede que la casa en la que se cuenten todos los sueños no sea precisamente la ideal o que el aislamiento no sea la situación más adecuada para que crezcan unos niños. El ingrediente principal siempre debe ser el amor. El dinero tendrá que llegar porque si no, el cero nunca se convertirá en un uno. Habrá que luchar duramente contra el fracaso, que se queda pegado como si fuera un extraño caldo con asta de ciervo. La vida no está. Hay que ir a buscarla.

Una familia coreana que viene de California se instala en Arkansas con la idea de convertirse en agricultores. El proyecto es a largo plazo y requiere tesón, ganas, apoyo mutuo y mucho cariño. Las discusiones no tardan en aparecer. La desconfianza se hace pareja del fracaso y comienzan las suspicacias porque se duda del que debe empujar. Nada es como se había soñado. Tal vez lo mejor sea volver a California. Al fin y al cabo, el niño tiene una dolencia de corazón y no es muy buena idea vivir a una hora del hospital más próximo. La abuela aparece y es atípica, porque su filosofía es radicalmente simple y lógica, con alguna que otra palabra malsonante para dejar las cosas bien claras. Para completar el cuadro, un tipo medio sonado, absorbido por la religión, intentará echar una mano. Verduras coreanas. ¿A quién se le ocurre?

Él tiene entusiasmo y fe en lo que pretende hacer. Sin embargo, tiene pocos medios. Pretende encontrar agua y no pagar por ella. Ya está harto de trabajar como sexador de pollos y la vida, por fuerza, tiene que dar algún respiro. Ella, por otro lado, tiene miedo. No se siente con fuerzas para empezar de nuevo, por mucho que el sueño tenga algún que otro viso de ser una bonita verdad. Quiere relacionarse, quiere ser una más entre la multitud, aunque los pollos sigan siendo el motor económico. No quiere vivir en una casa en medio de la nada, con la compañía de los grillos por la noche, de tormentas en otoño y de la dureza del campo. Y todo se verá a través de los ojos de un niño que, aún relleno de la más encantadora inocencia, tratará de encontrar sentido a sus escasos días.

De producción americana, pero hablada casi íntegramente en coreano y con Brad Pitt a los mandos del dinero, no cabe duda de que Minari es un drama realista, ambientado en los ochenta, no demasiado amable y, en algunos pasajes, algo inerme. Sin embargo, funciona en la mayoría de ellos con eficacia porque todo está contado con ternura, rindiéndose a la evidencia de que, sin una cuenta corriente, es imposible encontrar la vida que a todos corresponde. Tal vez porque la verdadera felicidad no se halla en esa búsqueda incesante de ceros que permitan llegar hasta el aprobado vital, sino en la única y auténtica certeza que representa la familia como catalizador y factor de unión. Es posible que ahí se encuentre el triunfo, en la capacidad de mantenerse todos juntos, a pesar de todo y de todos. No importa la decepción, o la posibilidad de empezar de cero cada mañana haciendo que todo resulte casi insoportable. Todo se puede sobrellevar si la familia permanece unida, con el amor como único medio para llegar a todos los objetivos. Puede que, en el fondo, el encanto se pueda cortar a la orilla de un arroyo para asegurar que todo puede tener una continuidad o, al menos, una posibilidad. Por eso, el amor no debe derrocharse, no debe caer en lo inútil, no debe ser fútil, ni frívolo, ni pasajero. Sólo así el cero con los ojos de un niño tendrá algo de atractivo en sus recuerdos de infancia. Sólo así se podrá encontrar un camino en medio de la oscuridad más inhóspita.

miércoles, 17 de marzo de 2021

LA AUSENCIA (1992), de Peter Handke


“A mí lo que más me hubiera gustado hubiera sido pasarme la vida entera sin hacer otra cosa que andar arriba y abajo, en silencio, agachándome al suelo de vez en cuando y esto hubiera sido toda mi obra, mi única obra.

El silencio: yo vivo. El silencio: estoy aquí. El silencio: soy yo.

Hacia el silencio, sólo el silencio ¿Dónde estás, silencio, silencio mío?

Siempre fuiste bueno conmigo, silencio. Contigo volvía siempre a ser niño, silencio. Vine al mundo sólo por ti, silencio. Me hice oír sólo por ti, silencio. Fui a los hombres como hombre sólo por ti, silencio.

Vuelve a ser lo que fuiste para mí, silencio. Abrázame, silencio. ¿Pero el silencio no me ha hecho también arrogante, irritable, impaciente? ¿Pero estoy abierto al silencio todavía? Cógeme por debajo de los hombres, silencio. Mándame callar, silencio, y hazme receptivo, silencio. Receptivo, nada más, silencio.

Te estoy llamando a gritos, silencio.

Por encima de todo, tú, silencio. Silencio, tú eres la fuente de las imágenes. Silencio, la gran imagen. Silencio, madre de la fantasía.

Y así, en el silencio, es como un viejo, una mujer, un soldado y un jugador emprenden el largo viaje de camino a casa. Envueltos en la bruma de lo desconocido de una ciudad sin nombre, sintiendo el frío en los rostros y el abrigo en los cuerpos, deseando un fuego amigo que abrace todas las inquietudes que dejan atrás y las guarde en algún lugar sin llegar al olvido. Gente vulgar que se encuentra en un tren y parten hacia allí… ¿dónde? Allí, sin más. El bosque acecha y el viento sopla y se reafirma esa idea de que las personas no son de ninguna parte y, a la vez, lo son de todas. Porque nuestra entropía nos obliga a ir hacia adelante, tratando de mirar nuestras sombras difuminadas en un ir y venir sin demasiado sentido que acaba por ser la razón de nuestras vidas. La ausencia no es otra que la de nosotros mismos porque siempre estamos yéndonos. Nunca nos quedamos. Siempre hay otro kilómetro más que hacer, otra tarea que dejamos pendiente, otro día tras la noche. Y, mientras, rogamos por el silencio porque el ser humano, en realidad, clama por la quietud y la calma. Sólo somos lo que realmente somos si estamos en silencio. Lo demás es fingir, esperar, correr, correr mucho sin darnos cuenta de que el momento se acaba de ir.

Peter Handke dirigió esta película con Bruno Ganz, Jeanne Moreau, el filólogo y traductor español Eustaquio Barjau y Alex Descas con la seguridad de que no todo el mundo iba a entender lo que quería decir con palabras y apenas la han visto unos pocos. Sin embargo, al acabar, más allá de gustos y de tendencias, sólo cabe la pregunta de qué hemos visto, hasta dónde nos ha llegado el mensaje y hasta qué punto nos echamos de menos porque, una vez más, una parte de nosotros mismos ha ido hasta la siguiente meta, hasta el siguiente recodo, hasta el siguiente instante que, inevitablemente, huirá desperdiciado y, tal vez, abochornado. La soledad tiene muchas respuestas, aunque no todas. Y puede que sea el momento de llamar al silencio con ganas, sabiendo que nos aguarda la desgracia y algún que otro pedacito de felicidad disfrazado de segundo. La ruta a seguir es fácil. Es hacia adelante.

 

martes, 16 de marzo de 2021

THE ITALIAN JOB (2003), de F. Gary Gray

 

Un último golpe para que las cuentas queden saldadas. En todos los grupos de robo, siempre hay algún listillo que se salta las normas no escritas y pretende que los demás se queden con un palmo de narices. Ya es hora de que sean otros los que paguen. Y van a pagar no sólo por restituir, sino también por hacer negocios con una serie de facinerosos que no deberían tocarse ni con pinzas. Más vale ir abriendo cajas fuertes y burlando sistemas de seguridad para que todo vaya sobre ruedas. Y nunca mejor dicho. Al fin y al cabo, las calles son como pasillos y en cuanto la presa se vea acorralada, va a ser aún más difícil porque el perro tiene la manía de defenderse a mordiscos. Así que habrá que tirar de repertorio. La seducción, la tecnología, el contrabando, el explosivo, el milímetro, los pernos, el cristal que no se puede romper, los deseos que se van a cumplir y, sobre todo y ante todo, la venganza, que, a pesar de ser un plato que se come frío, siempre deja un sabor agradable cuando se consume. Apretar a fondo. Ése es el secreto. Adelantar sin que el enemigo se dé cuenta. Así se quedan los lingotes de oro bien quietos y el corazón latiendo a tope porque la adrenalina también forma parte del juego. A mi señal.

No cabe duda de que, junto con Negociador, esta película conforma un díptico muy interesante y nunca repetido en la filmografía de F. Gary Gray, un realizador solvente, ágil, inteligente y con sentido, que se sitúa en la estela del mejor John McTiernan, para ofrecer un espectáculo de acción y robo, de ritmo alto e imaginación, con una historia que no deja de ser un remake alargado y que apasiona con buenas sensaciones a muchos de los que se acercan.

El truco está en abrir mientras se monta una distracción en sentido opuesto. Las estelas rugen con el motor fuera del agua, los coches vuelan con las aspas del helicóptero muy cerca, el factor tiempo es vital para que todos los objetivos queden bien cerrados y cada cosa en su contenedor. Ya vendrá tiempo de disfrutar de un sol de tarde en algún canal veneciano o de herir el agua del mar con un fueraborda de probada potencia o, incluso, por qué no, de desnudar a una chica a base de sonido. Quizá el rencor debe ser desahogado con un deseo de fastidiar muy atenuado, sin perder de vista que ése puede ser el último y definitivo golpe. Lo demás es una ventaja añadida, algo, por otro lado, bastante propio de un negocio que consiste en apropiarse de lo ajeno. Y, en este caso, más justificado que nunca porque los malos son aún más malos y los buenos también son malos. Aprieten el acelerador. Ésta es una película con la que nadie se equivoca. En todo caso, dan ganas de robar la idea y salir corriendo para deleitarse viéndola sin interrupciones, sin molestos ruidos al otro lado de la pared de la cocina, sin más placer que ver cine del bueno, del entretenido, del de toda la vida.