Nunca hubo un gángster
más cinéfilo que John Dillinger. Sin disculpar su brutalidad en absoluto, era
un amante de las películas. No se perdía una y cuenta la leyenda que su actor
favorito era Douglas Fairbanks al que le gustaba imitar entre sus compinches,
saltando de un lado a otro simulando estar enfrascado en una lucha a espada. De
hecho, su muerte vino dada porque el FBI sabía exactamente cuáles eran sus
gustos cinéfilos y le tendieron sendas trampas en los dos cines en los que
creían que podría estar. Fue en el cine Biograph, saliendo de ver a Clark Gable,
Myrna Loy y William Powell en El enemigo
público número uno, de W. S. Van Dyke. El FBI le acribilló por la espalda
después de identificarse.
Con estos mimbres, John
Milius escribió y dirigió esta película y se ocupó personalmente de convencer a
Warren Oates para que interpretase al malvado criminal porque, además de ser un
excelente actor, también guardaba un cierto parecido físico con él. La película
está espléndidamente ambientada en los años treinta y no ahorra críticas hacia
el villano, aunque tampoco se queda corto con los métodos del FBI a través del
personaje de Melvin Purvis, el hombre que lo cazó y al que le presta su
expresión el actor Ben Johnson (curiosamente Oates y Johnson interpretaron a
los hermanos Gorch en la mítica Grupo
salvaje, de Sam Peckinpah). El caso es que Dillinger y su banda
aterrorizaron a todo el medio Oeste de Estados Unidos perpetrando doce atracos
en distintos bancos en apenas un año. Por supuesto, sin escatimar violencia y
llevándose por delante a los que osasen interponerse en su camino, entre ellos,
un agente del propio FBI.
El resultado es una
película llena de vigor, de mirada algo lejana, con una fotografía muy
contrastada, ligeramente acelerada en algunos pasajes, pero que está a años luz
por delante del intento más moderno de Michael Mann en su casi infame Enemigos públicos, con Johnny Depp. Aún
así, Milius no deja de ser truculento en algunos pasajes aunque, más que
truculento, podríamos decir que es descarnado, precisamente, porque no quiere
presentar a John Dillinger como un santo, sino que era un asesino y un ladrón
sin conciencia a pesar de ser un amante del cine que el propio director también
ama.
Es mejor no olvidar que las personas, por malvadas que sean, tienen múltiples facetas que hacen que nunca estén hechas de una sola pieza. Un hombre puede sonreír y seguir siendo un canalla. Un hombre puede matar y admirar algo que también nos secuestra el pensamiento. La belleza no está vedada a nadie, ni siquiera a aquellos que se empeñan en destruirla. Y esa dualidad es la que Milius quiere resaltar en ésta película, que fue la primera vez que se puso tras las cámaras. Rodeado de un equipo competente y la intromisión del mismísimo John Edgar Hoover que le exigió cambios en el final para presentar una imagen más amable del FBI, Milius ofreció una buena película que se halla lejos de la obra maestra, pero que resulta estimable. Ah, y si deciden verla, esperen a que terminen los créditos finales. Eso no tiene precio.

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