El círculo vicioso del
Hotel Algonquin. Una mesa llena de intelectuales de la época que se reunían
allí para discutir sus proyectos, parlotear sobre la actualidad y conocer las
inquietudes de los demás. Entre ellos, nombres muy señalados como Alan
Campbell, Donald Ogden Stewart, Ben Hecht, Robert Benchley, Charles McArthur,
Edna Ferber o Dorothy Parker. Sí, todo eso se ponía sobre la mesa del
Algonquin, pero también había un ingrediente más y es que todos coqueteaban
peligrosamente con la desesperación. En el fondo, no veían mucha solución a un
mundo que se encaminaba ineluctablemente
hacia el extremismo, hacia posiciones encontradas que harían imposible
cualquier entendimiento, incluso, entre ellos. Y aún había algo más de postre y
es que el amor saltaba de silla en silla, porque todos, lo que más deseaban en
el mundo era ser amados. Y el amor siempre se vende muy caro y, lo que es aún
peor, se hunde en medio de los océanos de la desesperación. Eran mentes
privilegiadas, brillantes, agudas, cultas, casi perfectas, pero sufrían porque,
en parte por sus propios errores, no conseguían encontrar lo que más querían en
ese mundo que marchaba hacia el caos a paso de la oca.
Entre ellos, una mujer
independiente, libre, autodestructiva, más brillante que muchos de los
componentes de la mesa del Algonquin. Dorothy Parker sabía de las debilidades
humanas, de hombres y mujeres, pero era bastante incapaz de lidiar con las
suyas propias. Su día empezaba cuando se reunían en esa mesa de ideas
superlativas y se terminaba con una resaca bien entrada la tarde después de
haberse ido a la cama con algún espejismo del amor que tanto quería dar y
recibir. Dorothy vivió hasta los setenta y cuatro años, pero, seguramente,
murió mucho, mucho antes.
Excelente película del
ya olvidado Alan Rudolph, aquel director que revolucionó las carteleras de
medio mundo con Elígeme, con Lesley
Ann Warren y Keith Carradine, o con Inquietudes,
con Kris Kristofferson y Genevieve Bujold. Aquí se fija en una mujer
admirable que perdió parte de su norte porque nunca tuvo la estabilidad sentimental
que anhelaba. Los ambientes están perfectamente retratados, las tramas
paralelas fluyen con facilidad y los destinos de cada uno de los integrantes de
la mesa del Algonquin parecen coincidir en esa tabla redonda que la prensa no
dudó en bautizar como “el círculo vicioso del Algonquin” y que marcó una época
en cuanto a la intelectualidad, a la creación y a la imposibilidad de conseguir
herederos que supieran continuar con la tradición de reunirse para hablar de
todo un poco y de nada un mucho. El resultado es una película ágil, en la que
se mueven los sentimientos como cubos de hielo en el fondo de un vaso de whisky
y en la que se sienten los dolores de una vida que, estando llena de belleza,
se empeña en ser fea para aquellos que miran más allá de la siguiente esquina.
Asómense a estas tertulias y a estas desesperaciones. Hay más lecciones en ellas de las que podemos aprender. El círculo vicioso, en el fondo, fue un ágora de olores calientes y sabores fuertes. Y Dorothy Parker era una mujer con toda la extensión de la palabra.

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