El olor del barro
pegajoso parece que impregna el aire mientras las bombas parecen no tener fin a
lo lejos. En medio de tanta barbarie, parece de locos convocar un Consejo de
Guerra para juzgar una deserción. El acusado es el soldado Arthur Hamp, un
chico sencillo que se ha visto envuelto en esa estúpida y estática guerra de
trincheras en la que cada avance es una invitación a la muerte. En esa
atmósfera gris y fúnebre se designa al Capitán Hargreaves para defenderle. Y
casi todos los compañeros del chico han muerto. ¿Cómo se puede perseguir a un
desertor que, prácticamente, se quedó sin unidad? El soldado en cuestión no
tiene muchas luces, no cree que le vayan a ejecutar. Sería estúpido prescindir
de él, que es la perfecta carne de cañón para cualquiera que tenga un grado.
Hargreaves, como corresponde a un oficial y caballero, al principio lo
desprecia, pero, poco a poco, se va dando cuenta de que hay algo más detrás de
ese chico que parece apocado, obediente y que no responde en absoluto al perfil
del típico desertor. En el Consejo de Guerra se descubrirá la negligencia de
algunos oficiales y parece que es posible que el chico se libre del pelotón de
fusilamiento…pero no hay que olvidar que el estamento militar es muy amante de
dar ejemplo con los más indefensos. El Capitán Hargreaves luchará hasta el
último momento por demostrar que ese pobre chaval no merece ser ejecutado.
Es inevitable pensar en
Senderos de gloria, de Stanley
Kubrick, al hablar de esta película. Tiene muchos puntos de contacto con ella,
aunque es una producción más modesta, dirigida por un hombre de probada
competencia como Joseph Losey y que no oculta su intención de mostrar el lado
más feo de la guerra. Por supuesto, desliza una crítica feroz al ejército
inglés, inflexible con sus normas, que no se pueden saltar bajo ningún
concepto, incluso aunque esté en juego la vida de un ser humano. El resultado
es una película inusualmente áspera, que mira al barro que se acumula, pero
también al rostro de todos los intérpretes entre los que destacan, por derecho
propio, Tom Courtenay en la piel del soldado Hamp y Dirk Bogarde, impecable en
el rol del Capitán Hargreaves encargado de su defensa. Especialmente
ilustrativo en ese oficial impoluto y casi impasible es esa caída en el barro por
culpa de un resbalón que hace probar el sabor del fango a quien usa galones.
Cuando todo está perdido, lo más seguro es que, efectivamente, todo esté perdido. Más aún si la decisión de vivir o morir depende de unos tipos que no hacen más que mandar corderos al matadero sin calcular el riesgo y la posible pérdida de vidas humanas en masa. Lo cierto es que es difícil luchar contra todo ello porque, aunque tienen oídos, no los utilizan. Aunque tienen razón, no la ponen en práctica. Aunque haya un rastro de fingida humanidad en sus diletantes personalidades, no la rescatan. Así, lo único que queda es echarse un buen trago y abrazar la inconsciencia. No merece mucho la pena seguir viviendo cuando se derrumba absolutamente todo a tu alrededor y ni siquiera queda la esperanza.

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