martes, 29 de septiembre de 2026

REY Y PATRIA (1964), de Joseph Losey

 

El olor del barro pegajoso parece que impregna el aire mientras las bombas parecen no tener fin a lo lejos. En medio de tanta barbarie, parece de locos convocar un Consejo de Guerra para juzgar una deserción. El acusado es el soldado Arthur Hamp, un chico sencillo que se ha visto envuelto en esa estúpida y estática guerra de trincheras en la que cada avance es una invitación a la muerte. En esa atmósfera gris y fúnebre se designa al Capitán Hargreaves para defenderle. Y casi todos los compañeros del chico han muerto. ¿Cómo se puede perseguir a un desertor que, prácticamente, se quedó sin unidad? El soldado en cuestión no tiene muchas luces, no cree que le vayan a ejecutar. Sería estúpido prescindir de él, que es la perfecta carne de cañón para cualquiera que tenga un grado. Hargreaves, como corresponde a un oficial y caballero, al principio lo desprecia, pero, poco a poco, se va dando cuenta de que hay algo más detrás de ese chico que parece apocado, obediente y que no responde en absoluto al perfil del típico desertor. En el Consejo de Guerra se descubrirá la negligencia de algunos oficiales y parece que es posible que el chico se libre del pelotón de fusilamiento…pero no hay que olvidar que el estamento militar es muy amante de dar ejemplo con los más indefensos. El Capitán Hargreaves luchará hasta el último momento por demostrar que ese pobre chaval no merece ser ejecutado.

Es inevitable pensar en Senderos de gloria, de Stanley Kubrick, al hablar de esta película. Tiene muchos puntos de contacto con ella, aunque es una producción más modesta, dirigida por un hombre de probada competencia como Joseph Losey y que no oculta su intención de mostrar el lado más feo de la guerra. Por supuesto, desliza una crítica feroz al ejército inglés, inflexible con sus normas, que no se pueden saltar bajo ningún concepto, incluso aunque esté en juego la vida de un ser humano. El resultado es una película inusualmente áspera, que mira al barro que se acumula, pero también al rostro de todos los intérpretes entre los que destacan, por derecho propio, Tom Courtenay en la piel del soldado Hamp y Dirk Bogarde, impecable en el rol del Capitán Hargreaves encargado de su defensa. Especialmente ilustrativo en ese oficial impoluto y casi impasible es esa caída en el barro por culpa de un resbalón que hace probar el sabor del fango a quien usa galones.

Cuando todo está perdido, lo más seguro es que, efectivamente, todo esté perdido. Más aún si la decisión de vivir o morir depende de unos tipos que no hacen más que mandar corderos al matadero sin calcular el riesgo y la posible pérdida de vidas humanas en masa. Lo cierto es que es difícil luchar contra todo ello porque, aunque tienen oídos, no los utilizan. Aunque tienen razón, no la ponen en práctica. Aunque haya un rastro de fingida humanidad en sus diletantes personalidades, no la rescatan. Así, lo único que queda es echarse un buen trago y abrazar la inconsciencia. No merece mucho la pena seguir viviendo cuando se derrumba absolutamente todo a tu alrededor y ni siquiera queda la esperanza.

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