De acuerdo, el Mayor
Cargill ha sido un traidor en Corea. Sin embargo, el Teniente Coronel Edwards,
encargado de investigar los hechos para acusarle de alta traición, no está tan
seguro de que el asunto permita categorizarlo todo. Cargill ha sido un héroe,
pero como dice él mismo, no se puede pedir a un hombre que sea un héroe todo el
tiempo. Puede romperse en mil pedazos en su último mes, o en su última semana,
o en su último minuto. La presión que se soporta en combate es tan insoportable
que puede trasmutarse en otra persona. El Teniente Coronel Edwards le
interroga, por supuesto, pero también quiere saber la opinión de todos los que
rodearon al Mayor Cargill en el frente de batalla. ¿Fue un traido? ¿Hasta qué
punto? ¿Llegó a la simpatía con los comunistas? ¿Traicionó por ideales o por
una sutil tortura psicológica? ¿Era un buen hombre? ¿Sus hombres le respetaban?
¿Era un tipo de carácter voluble? ¿Sabía lo que hacía?
En todo este mar de
dudas que sólo tratan de esclarecer la verdad, el Mayor Cargill sólo se niega a
contestar una pregunta y es ¿Por qué? Y lo peor de todo es que parece no
importarle en absoluto arriesgarse a una ejecución en un futuro consejo de
guerra. Edwards está impresionado con el historial de guerra de Cargill y esa pregunta,
¿por qué?, le obsesiona. No puede creer que un hombre con la determinación y la
templanza del Mayor Cargill haya llegado a ese tiempo límite que todo hombre
tiene antes de romperse en mil pedazos y sucumbir a la humillación del enemigo.
La respuesta a esa pregunta será el sorpresivo desenlace de esta espléndida
historia que, como curiosidad, resulta ser la única película dirigida por el
actor Karl Malden. ¿Por qué no dirigió más? Su contestación fue rotunda: “Prefiero ser un buen actor que un director
mediocre”.
No tiene nada de
mediocre este espléndido drama militar en el que el misterio se reduce a las
motivaciones del personaje del Mayor Cargill, interpretado con eficacia por
Richard Basehart. Ahora bien, quien lleva todo el peso de la función y realiza
un trabajo maravilloso, quizá uno de los mejores de su carrera, es Richard
Widmark en la piel del Teniente Coronel Edwards. Incansable buscador de la
verdad que intenta comprender las razones que llevan al límite a un hombre a
colaborar con el enemigo, con una claridad de ideas para las que tiene siempre
una respuesta, con un aplomo militar absolutamente creíble, Widmark crea un
personaje de peso, casi se podría decir que memorable, con grandes matices y
con un dramatismo totalmente convincente.
Así que, si se deciden por el camino de la traición, que sus buenas razones tendrán, asegúrense de contar con un investigador como ese Teniente Coronel Edwards. Sólo él se va a preocupar de contar la verdad más allá del marasmo de actuaciones propagandísticas o cara a la galería que siempre supone el anuncio del enjuiciamiento de un tipo que ha colaborado con el enemigo. Sólo así se podrán entender los porqués. Los cómos y los cuándos son sólo espejos para la opinión pública y acaban por olvidarse con la siguiente traición.

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