El plan se presenta
atractivo. Una secretaria acompaña a su jefe y a su esposa al aeropuerto. De
repente, se le ocurre una idea loca, una de esas que se presenta sin avisar y
que se cree que es irremediablemente atractiva. Aprovechando la ausencia del
mandamás, lo mejor es coger ese coche de lujo último modelo y darse una vuelta
por la Costa Azul, probar la experiencia de alojarse en hoteles de primera
categoría mientras todo el mundo la mira y conduce ese vehículo que llama la
atención. ¿Por qué no? Nada es como se sueña y comienzan a presentarse los
problemas. Cuando llega al hotel donde decide estar más a gusto que nadie, la
gente parece reconocerla. Ella nunca ha salido de su ciudad. Es imposible, pero
la saludan como si la conocieran desde hace tiempo. Además de eso, un
sospechoso ruido parece salir del coche. Es posible que sea el exceso de
trabajo que hace que una pueda imaginar que la multitud la reconozca cuando
nunca se han cruzado en su vida o que un extraño sonido salga de ese coche, ese
maldito coche, que tal vez debiera haber dejado en el garaje de la casa de su
jefe y haberse ido a su casa a tomar una copa en el sofá. Las cosas se van a
complicar. Mucho. Y se van a poner extremadamente serias.
Hasta aquí puedo leer.
Un punto de arranque que llega a ser muy interesante con Samantha Eggar al
volante. Además, es la última película que realizó un director de cierta
solvencia como Anatole Litvak. El argumento, no hay duda, resulta digno de
atención, pero hay diversos puntos que hacen perder peso a la película. Uno de
ellos, sin lugar a ninguna duda, es la totalmente inadecuada banda sonora con
Petula Clark a la cabeza golpeando los tímpanos con una melodía bastante
insoportable. El otro es la ausencia de química en una pareja como la que
forman Oliver Reed y Stephane Audran como el jefe de la secretaria en cuestión
y su mujer. Un último ítem, quizá ya más discutible, es que el espectador no
sabe nada de lo que está ocurriendo y va descubriendo lo que pasa a la vez que
el personaje protagonista. Y, la verdad, llega a ser bastante cansino.
A su favor, el trabajo
de Samantha Eggar, que navega entre el disfrute, la confusión y el horror
mientras se mueve en unos escenarios extraordinariamente bien cuidados, telón
de fondo ideal para la manipulación que se pone en juego con algunos tintes de
sadismo. También es evidente que el espectador se llega a morder las uñas
preguntándose qué es lo que se halla detrás de la complicada trama a la que,
tal vez, le falta unas gotas de siniestra exposición. En cualquier caso, es una
buena película, que mantiene el suspense y que, lastimosamente, también ha
pasado al olvido de todos los cinéfilos.
Y es que no siempre el olvido y el retiro en un paraíso es la mejor solución a todos los problemas. Un fin de semana a escondidas puede costar muy caro. Mucho más que la factura de un hotel de ensueño.

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