martes, 27 de octubre de 2026

LA DAMA DEL COCHE CON GAFAS Y UN FUSIL (1970), de Anatole Litvak

 

El plan se presenta atractivo. Una secretaria acompaña a su jefe y a su esposa al aeropuerto. De repente, se le ocurre una idea loca, una de esas que se presenta sin avisar y que se cree que es irremediablemente atractiva. Aprovechando la ausencia del mandamás, lo mejor es coger ese coche de lujo último modelo y darse una vuelta por la Costa Azul, probar la experiencia de alojarse en hoteles de primera categoría mientras todo el mundo la mira y conduce ese vehículo que llama la atención. ¿Por qué no? Nada es como se sueña y comienzan a presentarse los problemas. Cuando llega al hotel donde decide estar más a gusto que nadie, la gente parece reconocerla. Ella nunca ha salido de su ciudad. Es imposible, pero la saludan como si la conocieran desde hace tiempo. Además de eso, un sospechoso ruido parece salir del coche. Es posible que sea el exceso de trabajo que hace que una pueda imaginar que la multitud la reconozca cuando nunca se han cruzado en su vida o que un extraño sonido salga de ese coche, ese maldito coche, que tal vez debiera haber dejado en el garaje de la casa de su jefe y haberse ido a su casa a tomar una copa en el sofá. Las cosas se van a complicar. Mucho. Y se van a poner extremadamente serias.

Hasta aquí puedo leer. Un punto de arranque que llega a ser muy interesante con Samantha Eggar al volante. Además, es la última película que realizó un director de cierta solvencia como Anatole Litvak. El argumento, no hay duda, resulta digno de atención, pero hay diversos puntos que hacen perder peso a la película. Uno de ellos, sin lugar a ninguna duda, es la totalmente inadecuada banda sonora con Petula Clark a la cabeza golpeando los tímpanos con una melodía bastante insoportable. El otro es la ausencia de química en una pareja como la que forman Oliver Reed y Stephane Audran como el jefe de la secretaria en cuestión y su mujer. Un último ítem, quizá ya más discutible, es que el espectador no sabe nada de lo que está ocurriendo y va descubriendo lo que pasa a la vez que el personaje protagonista. Y, la verdad, llega a ser bastante cansino.

A su favor, el trabajo de Samantha Eggar, que navega entre el disfrute, la confusión y el horror mientras se mueve en unos escenarios extraordinariamente bien cuidados, telón de fondo ideal para la manipulación que se pone en juego con algunos tintes de sadismo. También es evidente que el espectador se llega a morder las uñas preguntándose qué es lo que se halla detrás de la complicada trama a la que, tal vez, le falta unas gotas de siniestra exposición. En cualquier caso, es una buena película, que mantiene el suspense y que, lastimosamente, también ha pasado al olvido de todos los cinéfilos.

Y es que no siempre el olvido y el retiro en un paraíso es la mejor solución a todos los problemas. Un fin de semana a escondidas puede costar muy caro. Mucho más que la factura de un hotel de ensueño.

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